Al llegar el día de Pentecostés estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto toda la casa donde se encontraban se llenó con un ruido parecido a un viento impetuoso que venía del cielo y se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se dividían y se posaban sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en diferentes idiomas, según como el Espíritu les permitía expresarse.
En Jerusalén habitaban judíos piadosos de todas las naciones del mundo. Cuando se produjo este ruido, se reunió una multitud y todos quedaron asombrados, porque cada uno les oía hablar en su propio idioma. Admirados y sorprendidos decían: «¿Acaso no son galileos todos estos que están hablando? ¿Cómo es que nosotros los oímos hablar en nuestro propio idioma? Partos, medos y elamitas, los que vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, Ponto y Asia, Frigia y Panfilia, Egipto y la zona de Libia que limita con Cirene, los peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes les oímos decir en nuestros propios idiomas las grandezas de Dios». Todos estaban admirados y perplejos (Hch 2,1-12).
Pentecostés es la cumbre del año litúrgico, la plenitud de la Navidad (la encarnación de Jesús) y de la Pascua (la Resurrección). Propiamente, el término «pentecostés» indica el número griego «50», porque cae cincuenta días después de Pascua, pero recuerda la gran fiesta judía de Pentecostés, que conmemoraba el don de Dios. Israel celebraba la cosecha, la recolección de las mieses como signo de la bendición divina. Y la convirtió en la fiesta más grande del año, la fiesta de la Ley, porque el fruto de la tierra hace que el hombre esté vivo y viva de la Palabra de Dios. Por tanto, Pentecostés es la bendición más grande de Dios sobre el hombre, la fiesta de las fiestas, el día del cumplimiento de la salvación, el día sin ocaso.
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Los discípulos, después de la Ascensión, vuelven a Jerusalén, se reúnen en el cenáculo para orar: son unas 120 personas (un número simbólico, 12×10, el número de las tribus de Israel y de los apóstoles, multiplicado por diez, que son los necesarios en la sinagoga para poder iniciar la oración litúrgica). Entre ellos también hay mujeres y María, la Madre de Jesús. Volver a Jerusalén tiene un significado profundo: es el lugar de la cruz, es el lugar donde el Señor murió y resucitó. Allí, en la cruz, Jesús muriendo «exhaló el espíritu», es decir, «entregó el Espíritu» (Jn 19,30).
En Jerusalén, y precisamente en el cenáculo, ocurren hechos extraordinarios durante Pentecostés. Un fragor del cielo, un viento impetuoso, lenguas de fuego que se posan sobre cada uno de los presentes. Más allá de las imágenes, surge la certeza de estar en la cumbre de nuestra historia con Dios. El vocabulario no es casual: «El día de Pentecostés estaba a punto de cumplirse [plêroõ…], como un viento impetuoso […] llenó [eplêrosen] toda la casa. […] Todos fueron llenados [pimplêmi] del Espíritu Santo» (Hch 2,1-4). Los discípulos salen del cenáculo y anuncian el evangelio a todos, incluso a los enemigos de Israel: …a los egipcios, a los romanos, e incluso a los «árabes».
El Espíritu de Dios realiza en nosotros lo que le faltaba a la Ley: esta decía lo que había que hacer, pero no nos daba la energía para hacerlo. El Espíritu, en cambio, nos da la fuerza para cumplir lo que es justo, nos hace personas capaces de amar. Pentecostés es la vocación del cristiano: Dios nos llama a vivir en el mundo, a entrar en las contradicciones de la vida, a ensuciarnos las manos en la historia, a ser signos –pobres, pero auténticos– del Resucitado.
Ven, Espíritu Santo, y desde el cielo envía un rayo de tu luz.
Ven padre de los pobres, ven dador de las gracias, ven luz de los corazones.
Consolador óptimo, dulce huésped del alma, dulce refrigerio.
Descanso en el trabajo, en el ardor frescura, consuelo en el llanto.
Oh luz santísima: llena lo más íntimo de los corazones de tus fieles.
Sin tu ayuda nada hay en el hombre, nada que sea inocente.
Lava lo que está manchado, riega lo que es árido, cura lo que está enfermo.
Doblega lo que es rígido, calienta lo que es frío, dirige lo que está extraviado.
Concede a tus fieles que en Ti confían, tus siete sagrados dones.
Dales el mérito de la virtud, dales el puerto de la salvación, dales el eterno gozo.
Amén, Aleluya.
¡Que Pentecostés conceda la paz al mundo!


