Viajes

«Alzad la mirada» (Jn 4,35):

El viaje apostólico de León XIV a España

Foto: ⓒ Vatican Media

Del 6 al 12 de junio, el papa León XIV realizó su cuarto viaje apostólico, visitando España con escalas en Madrid, Barcelona y las Islas Canarias. El país, que no recibía a un pontífice desde hacía 15 años, cuenta con cerca de 49 millones de habitantes, de los cuales el 56,1 % se identifica como católico. Se trata, por tanto, de una sociedad plural. Aunque históricamente católica, está marcada por una creciente secularización y por la indiferencia religiosa, que también se manifiestan en las decisiones políticas y legislativas. Como ocurre en otros países europeos, se observan, sin embargo, señales de un despertar religioso entre los jóvenes adultos: un fenómeno que requiere una interpretación atenta, así como un acompañamiento específico y adecuado, pero que invita a la esperanza. También es necesario reconocer el papel social de la Iglesia católica, que se manifiesta especialmente en su compromiso con las personas en situación de mayor vulnerabilidad y en el ámbito de la educación[1].

Para León XIV fueron días intensos de escucha, diálogo y anuncio, marcados por una intensa agenda de encuentros y celebraciones cuyo eje fue el lema del viaje, «Alzad la mirada» (Jn 4,35), desarrollado e ilustrado en múltiples dimensiones. En total, el Papa pronunció 22 intervenciones entre discursos, saludos y homilías. En numerosas ocasiones hizo referencia a la invitación de Jesús a sus discípulos a levantar la vista para percibir e interpretar los signos que los rodeaban. Actualizando esa invitación, León XIV pidió a quienes lo acogieron y escucharon que profundizaran en la conciencia de su propia historia y de las raíces cristianas presentes en ella. Tampoco faltaron los llamamientos a la unidad y a la cohesión, la invitación a la santidad, así como el estímulo a acoger e integrar a los más necesitados, en particular a los refugiados y los migrantes.

Muchos fueron también los gestos simbólicos que acompañaron las palabras del Pontífice. En Barcelona, la inauguración de la torre de Jesucristo, la más alta de la basílica de la Sagrada Familia, fue la ocasión para invitar a elevar la mirada y confrontarla con la de Cristo, para así seguirlo. Tampoco deben olvidarse los numerosos momentos en que el Papa escuchó con atención y emoción los testimonios de niños, jóvenes, agentes de pastoral, personas privadas de libertad y migrantes. Con frecuencia, esa escucha culminó en un abrazo, haciendo aún más evidente la cercanía del Pastor con su rebaño. Antes de regresar a Roma, en las palabras pronunciadas al término de la celebración eucarística en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, León XIV expresó su agradecimiento por el «gran afecto» con que había sido rodeado y confesó sentirse «reconfortado por los testimonios de fe y de amor a la Iglesia, expresiones del gran corazón católico de España»[2]. Dos días más tarde, durante el Ángelus del 14 de junio, quiso reiterar su gratitud por el «gran entusiasmo y devoción» con que había sido recibido[3].

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La Iglesia «al servicio del futuro de un pueblo que busca la reconciliación y la paz»

El avión de Ita Airways que transportaba a León XIV, su séquito y a unos ochenta periodistas despegó del aeropuerto de Fiumicino con destino a Madrid en la mañana del 6 de junio de 2026. A su llegada al aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas, el Pontífice fue recibido por el rey de España, Felipe VI; la reina Letizia; y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Desde el aeropuerto, León XIV se dirigió al Palacio Real para la ceremonia oficial de bienvenida y la visita de cortesía a los monarcas, en la que también estuvieron presentes sus dos hijas, la princesa Leonor y la infanta Sofía. Posteriormente, también en el Palacio Real, tuvo lugar el encuentro con las autoridades, representantes de la sociedad civil y el cuerpo diplomático.

En sus palabras de bienvenida, Felipe VI recordó que el Pontífice tiene raíces familiares en España y que conoce bien la lengua española, fruto de su prolongado compromiso misionero en el Perú. Asimismo, evocó la labor de León XIV en favor de la unidad y de la paz. Tras reconocer con gratitud el papel de la Iglesia católica en el país, el Rey hizo también referencia al dolor causado por los casos de abusos, afirmando que «no son ni pueden ser representativos de la inmensa comunidad eclesial», y añadió que la claridad y la firmeza son decisivas en el proceso de sanación y reparación para todas las víctimas, los fieles, la Iglesia y la sociedad en su conjunto[4].

El Papa pronunció luego su discurso, reconociendo que, aunque la fe cristiana no agota la «compleja identidad» del pueblo español, «ha moldeado profundamente su cultura y representa una fuente de esperanza y de orientación entre los desafíos que hoy, como familia humana, debemos afrontar juntos». León XIV señaló después los objetivos de su visita: «inspirar una renovada fidelidad de los creyentes al Evangelio, así como una reconciliación y una cooperación más profundas entre las distintas fuerzas de esta Nación». A continuación, se refirió a san Juan de la Cruz y a santa Teresa de Ávila, caracterizados por una «mística con los ojos abiertos, es decir, no ajena a la historia». De manera semejante, prosiguió el Pontífice, en la vida pública de nuestros días hacen falta hombres y mujeres capaces de reconocer que «nuestra época, que en apariencia se ve sacudida por terribles desequilibrios y conflictos, clama en lo más profundo por la paz, por un nuevo conocimiento de la persona humana y de su dignidad inviolable». Es precisamente en estas circunstancias donde, según las palabras de León XIV, se desarrolla la misión de la Iglesia católica, «hoy dispuesta a ponerse al servicio del futuro de un pueblo que busca la reconciliación y la paz».

En el discurso del Pontífice tampoco faltó una invitación «a abandonar las narrativas divisivas y polarizantes […], para pasar de las simplificaciones estériles a la apreciación fecunda de la complejidad». Se trata, continuó, de «huir de esos enfoques identitarios que parecen aclararlo todo, pero que pueblan el mundo de fantasmas y enemigos». En este sentido, la seguridad no proviene de las armas ni de los muros, sino más bien de la disposición «a avanzar junto al otro, a crecer juntos, codo con codo». Al referirse a las dificultades de nuestro tiempo, León XIV evocó a san Ignacio de Loyola. Él nos enseña que «en las pruebas y los fracasos es posible replantearse todo», pues tuvo la audacia de dar «crédito a las desolaciones y consolaciones de su corazón, en un ejercicio de discernimiento e imaginación por el cual prefirió la paz a las armas y los santos a los poderosos. Comprendió que el bien al que se sentía atraído no era utópico, y entonces su crisis se transformó en gracia». «Lo mismo —prosiguió el Papa— puede suceder con las “novedades” que nos inquietan hoy y sobre las que nuestras sensibilidades están divididas».

Al concluir su intervención, León XIV quiso expresar su reconocimiento a España «por su fidelidad al derecho internacional y al multilateralismo, que se traduce en un compromiso activo con la paz y la solidaridad entre los pueblos». En cuanto a la situación interna del país, pronunció palabras de aliento para cultivar «el diálogo y la amistad social, a tener en cuenta las perspectivas de los pobres y los jóvenes al imaginar el futuro, a armonizar las demandas de autonomía y de unidad, y a impulsar el proceso de unión europea, no en oposición a otras potencias, sino como un don para toda la familia humana».

Terminados los encuentros en el Palacio Real, el Papa se dirigió a la Nunciatura Apostólica, donde se alojó durante su permanencia en Madrid. A media tarde, retomó el intenso programa del viaje con la visita al Centro de información y acogida CEDIA 24 horas, una estructura gestionada por Cáritas diocesana que ofrece servicios básicos, apoyo social y procesos de reinserción. Después de escuchar las palabras introductorias del arzobispo de Madrid, cardenal José Cobo Cano, los cantos y los testimonios, León XIV, en su saludo, animó a considerar las oportunidades de ayuda a quienes lo necesitan como una responsabilidad, porque la caridad y la solicitud «son la prueba de nuestra fe». Al finalizar el encuentro, el Papa se dirigió a la cercana iglesia de la Crucifixión del Señor para saludar y bendecir a representantes de las asociaciones sociales de la archidiócesis de Madrid, tras lo cual regresó a la Nunciatura.

«Que seáis humanos. Sí, ¡sed humanos! Hombres y mujeres de carne y hueso»

Por la tarde-noche tuvo lugar, en la Plaza de Lima, la vigilia de oración con los jóvenes. Estuvieron presentes alrededor de 600.000 personas. Acompañado por el arzobispo de Madrid y por un grupo de jóvenes, León XIV subió al escenario y, después de las palabras de bienvenida, los cantos y la representación escénica Godspell, escuchó las preguntas que le fueron dirigidas. Entre ellas destacaron aquellas en las que los jóvenes preguntaron al Papa cómo deberían comprometerse en la sociedad y qué misión quería confiarles.

En su respuesta, León XIV recordó que, a lo largo de los siglos, los cristianos han vivido en todo tipo de sociedades, por lo que «los discípulos de Jesús son siempre contemporáneos, pero nunca prisioneros del tiempo que pasa». Por ello, exhortó a sus interlocutores a «dar testimonio de Cristo» y a ser sal de la tierra y luz del mundo, habitándolo con sabiduría para poder transformarlo. A continuación, formuló con palabras claras y quizá inesperadas la misión que quería confiar a los jóvenes: «que seáis humanos. Sí, ¡sed humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso. […] Personas que buscan la justicia porque tienen hambre de ella, […] personas que desean una vida honesta y recta. […] Sed humanos como lo es Cristo, el hombre perfecto, […] sed misioneros del Evangelio ante las pobrezas materiales y espirituales de nuestro tiempo, sabiendo bien que nuestra fe es un estilo de vida que se cumple en la caridad». Después, siempre en un ambiente de recogimiento, de alegría serena y de espontánea devoción, la vigilia continuó con la adoración eucarística y la bendición. A continuación, el Papa regresó a la Nunciatura.

A la mañana del día siguiente, domingo 7 de junio, la Plaza de Cibeles fue el escenario elegido para la celebración de la solemnidad del Corpus Christi, seguida de la procesión eucarística. Estuvo presente una multitud de alrededor de 1.200.000 personas y, a la derecha del altar, se encontraban el rey Felipe VI, la reina Letizia y sus dos hijas. Durante la homilía, León XIV destacó la importancia de lo que se estaba celebrando: «Se trata de la fe en la presencia del Señor Resucitado», que «se entrega como alimento» y que «no permanece encerrado en el templo, sino que sale a nuestro encuentro», habitando los «lugares de nuestra vida cotidiana», como «el Dios cercano que camina con su pueblo», que nos aparta «de una fe cómoda y privada» y «nos hace constructores de un mundo nuevo».

Por la tarde, León XIV se reunió en privado, en la Nunciatura apostólica, con los miembros de la Orden de San Agustín. Después se dirigió al Movistar Arena, una estructura polivalente con capacidad para acoger hasta 17.000 personas. Allí tuvo lugar el encuentro «Tejer redes con el mundo de la cultura, del arte, de la economía y del deporte». Entre los numerosos testimonios escuchados, quedó grabado en la memoria de todos el muy personal y emotivo de Antonio Banderas, actor, director y productor cinematográfico, quien recordó la relación determinante de la Iglesia con el arte, compartió su experiencia de fe, habló de Jesús como el «gran protagonista de la película de la vida» y, finalmente, se declaró «víctima del hechizo de Dios»[5].

Después de los testimonios y de los momentos musicales, el Papa tomó la palabra para expresar, en primer lugar, su admiración por el país que lo acogía, reconociendo «la huella de creatividad que atraviesa su historia y da forma a su identidad». Consciente de esta extraordinaria herencia y constatando la capacidad actual de «producir, innovar y comunicar», León XIV se refirió a la necesidad de «custodiar el alma» de aquello que la sociedad contemporánea es capaz de generar. Por su parte, la Iglesia —continuó— «desea permanecer en diálogo con el mundo contemporáneo» y reconoce que en el «ADN de la humanidad está radicado el deseo de bien, de belleza, de verdad». Por ello, la «Iglesia comparte con humildad, pero también con firmeza aquello que ha descubierto en la experiencia de la fe: que Jesucristo responde a las grandes preguntas sobre la vida humana y su plenitud, ya en este mundo y hasta su culmen en la eternidad». Al finalizar el encuentro, León XIV se dirigió a la residencia del cardenal arzobispo de Madrid para la cena y, posteriormente, regresó a la Nunciatura apostólica.

La grandeza moral de una nación se manifiesta en la protección de las vidas más frágiles

Al día siguiente, 8 de junio, en la Nunciatura, el papa León XIV mantuvo un encuentro privado con el presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez. Inmediatamente después se trasladó al Palacio de las Cortes, donde fue recibido en una sesión conjunta del Congreso de los Diputados y del Senado. Tras las palabras de bienvenida de la presidenta del Congreso de los Diputados, Francina Armengol, León XIV pronunció su discurso, el primero de un pontífice ante el órgano legislativo de España.

En él situó el bien común y la dignidad de la persona humana como fundamento de toda actividad legislativa y recordó el pensamiento de la Escuela de Salamanca, cuyos maestros, «hace quinientos años, cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones entre los pueblos», introdujeron «en el discernimiento histórico la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder». Hoy las enseñanzas de los maestros de Salamanca, especialmente Francisco de Vitoria junto con otros dominicos y jesuitas, constituyen una herencia que permanece viva —reafirmó León XIV— «cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar».

A este respecto, el Pontífice quiso dirigir a sus interlocutores «una palabra serena y firme» sobre la vida como valor fundamental, preguntando: «¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?». Después, reafirmó que la «defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia», por lo que «la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad».

En el discurso de León XIV ante las Cortes no faltaron otros temas de gran actualidad. Entre ellos, la familia y la educación, los migrantes y los refugiados, la situación internacional, el rearme y un renovado llamamiento al diálogo y a la paz. Sobre el papel de la religión en la sociedad, el Papa subrayó que la «fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública». De manera particular, reafirmó la importancia del sigilo sacramental de la Confesión, que se inserta «en el ámbito más amplio de la libertad religiosa», por lo que su protección jurídica «significa preservar un espacio sagrado de libertad interior, […] sin temor a presiones externas».

Al finalizar su intervención, el Papa expresó su deseo de que España pueda custodiar siempre la memoria de sus propias raíces y mirar con valentía hacia el futuro, uniendo en la vida pública «la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio». Finalmente, deseó al país «días de prosperidad, justicia y paz duradera». A estos deseos, el hemiciclo del Parlamento respondió con una ovación de pie de nada menos que siete minutos.

«La fuerza de la Iglesia no nace de la grandeza de los medios, sino de la santidad de sus hijos»

Esa misma mañana del 8 de junio, en la sede de la Conferencia Episcopal Española, tuvo lugar el encuentro de León XIV con los obispos de España. Tras las palabras de bienvenida del presidente de la Conferencia, monseñor Luis Argüello, arzobispo de Valladolid, intervino el Papa, quien se refirió a diversos aspectos de la vida de la Iglesia en España y del ministerio de los obispos: desde el camino sinodal hasta la valentía de abandonar aquellas estructuras que ya no ayudan; desde la vida sacramental hasta el diálogo respetuoso y el uso de nuevos lenguajes; desde la escucha, el respeto y la franqueza hasta el testimonio de unidad en la pluralidad; desde el ministerio del obispo como principio visible de comunión hasta el servicio y la misión de los laicos.

Especialmente significativas fueron las palabras dedicadas a las vocaciones y a la pastoral vocacional, que «no puede reducirse a una simple búsqueda de números. Esta nace de comunidades vivas, de sacerdotes felices, de familias capaces de testimoniar la belleza de la fidelidad, de una Iglesia que sabe mostrar con sencillez que seguir a Cristo no empobrece la existencia, sino que la expande». A la atención prestada a la pastoral vocacional siguió la dedicada a la formación de los seminaristas, cuando el Papa afirmó que estos «tienen derecho a la mejor formación posible», porque también la Iglesia «tiene derecho a sacerdotes bien formados». Por ello, continuó, los seminarios deben garantizar «una adecuada experiencia de vida comunitaria», contar con «formadores totalmente dedicados al estudio y la enseñanza, con experiencia en el acompañamiento espiritual» y disponer de «Centros Superiores de Teología dotados con los medios necesarios para desarrollar su función».

No menos significativas fueron las palabras del Pontífice sobre los abusos sexuales cometidos en el ámbito eclesial. «Ante esta plaga —afirmó—, la comunidad eclesial está llamada a responder con la escucha, la verdad, la justicia, la reparación y un compromiso cada vez más decidido en la prevención y la cultura del cuidado». Finalmente, León XIV recordó que, en todas las situaciones, también colaborando con otras instituciones, religiosas o civiles, «la Iglesia no deja nunca de ofrecer lo que le es propio: el amor de Dios revelado en Cristo», por lo que «la fuerza de la Iglesia no nace de la grandeza de los medios, sino de la santidad de sus hijos, de la comunión de sus pastores, de la fidelidad humilde y perseverante de quien se deja guiar por el Espíritu».

Al término del encuentro en la sede de la Conferencia Episcopal, el Papa regresó a la Nunciatura, donde, por la tarde, mantuvo diversos encuentros privados, entre ellos con un grupo de seis víctimas de abusos sexuales cometidos en el ámbito eclesial. Después, León XIV se dirigió a la catedral de Santa María la Real de la Almudena, donde fue recibido por el arzobispo de Madrid. En presencia de la reina emérita Sofía, tuvo lugar un momento de oración y de homenaje a la Virgen, que incluyó la entrega de la Rosa de Oro por parte del Pontífice.

En las grandes ciudades, «cultivar el deseo de encontrar al Resucitado, que siempre va por delante de nosotros»

Como última etapa de una intensa jornada, el Papa se trasladó al estadio Santiago Bernabéu, la conocida sede del Real Madrid, con capacidad para unas 80.000 personas. Allí tuvo lugar, en un ambiente de gran entusiasmo, realzado aún más por la configuración del estadio y por la escenografía preparada para la ocasión, el encuentro con la comunidad diocesana. Después de varios testimonios, vídeos, cantos y danzas, León XIV tomó la palabra. Impresionado por el ambiente que lo acogía, comenzó improvisando con humor: «Yo supongo que, para un jugador de fútbol, hacer un gol en este estadio es algo que le marca un poco la vida. Pero [dirigiéndose al arzobispo de Madrid], don José: ¡hoy la Iglesia de Madrid ha hecho un golazo para siempre!». A continuación, tomando como punto de partida la imagen del canto utilizada por el arzobispo en sus palabras de apertura, se dirigió a la gran asamblea recordando cómo, desde los tiempos de los apóstoles, ha existido una relación especial entre la Iglesia y la ciudad. Subrayó que «cada vez se hace más patente la especificidad de la misión cristiana en el seno de las grandes realidades urbanas». Esa especificidad exige la disposición a «no encerrarnos cada uno en el grupo o en el entorno en el que ya nos sentimos seguros, entre personas que siempre cantan la misma melodía».

A este respecto, el Papa añadió importantes orientaciones pastorales: «Para llegar al corazón de la ciudad hay que cultivar […] el deseo de encontrar al Resucitado, que siempre va por delante de nosotros, nos precede y tal vez ya esté presente donde aún no lo hemos buscado. Por eso, buscarlo y seguirlo es la condición para indicarlo. […] Entonces hay que volver a aprender el arte espiritual de ser cordiales, sin el cual incluso el anuncio del Evangelio corre el riesgo de convertirse en una repetición impersonal». No menos importante fue la referencia de León XIV al fenómeno, cada vez más frecuente, de los adultos que regresan a la fe o la descubren por primera vez. En estas circunstancias, invitó a confiar y a acoger los «nuevos comienzos no como una excepción, sino como la regla de la misión». Concluida la jornada, el Papa regresó a la Nunciatura apostólica para pasar su última noche en Madrid.

Al día siguiente, 9 de junio, en IFEMA Madrid, el principal recinto ferial de España, el Pontífice se reunió con representantes de los miles de voluntarios implicados en la preparación y el desarrollo del viaje. Les dio las gracias, afirmando que «los cristianos están llamados a llevar al mundo la levadura de la gratuidad», que «hace crecer la calidad humana, ética y espiritual de una sociedad, porque podríamos decir que es un rasgo típico de la “ciudad de Dios”». Posteriormente, León XIV se trasladó al aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas, desde donde partió hacia Barcelona en un vuelo especial de Iberia.

«La inquietud es un don que Dios mismo nos ha dado»

A su llegada al aeropuerto de Barcelona-El Prat, el Papa fue recibido por varios representantes de la Generalitat de Catalunya. A continuación, se dirigió a la catedral de la Santa Cruz y Santa Eulalia, patrona de la ciudad, donde fue recibido en la entrada por el arzobispo de Barcelona, el cardenal Juan José Omella. Durante la homilía de la celebración de la Hora Media, León XIV recordó que trabajar juntos «no es una elección de “estilo”, sino una necesidad fisiológica, fundada en la gracia concedida a cada uno». Después, confió a los barceloneses y a los catalanes la responsabilidad especial de ser, «con la ayuda de Dios, constructores de unidad». Al término de la celebración, el Pontífice se dirigió a la casa arzobispal, donde residió durante su estancia en Barcelona.

Por la tarde, León XIV recibió al presidente de la Generalitat de Catalunya, Salvador Illa i Roca, y a miembros de la Orden de San Agustín. Por la noche, en el estadio olímpico Lluís Companys, ante unas 40.000 personas, tuvo lugar la vigilia de oración, que comenzó con las palabras de bienvenida, la entronización de la Cruz, varios cantos y un vídeo introductorio titulado Las cruces en el mundo. Inmediatamente después, en un momento de profunda emoción, tres jóvenes compartieron sus experiencias de inquietud, sufrimiento y renacimiento, y plantearon algunas preguntas al Papa. El Pontífice respondió —hablando en español y en catalán, como hizo durante los días de su estancia en Barcelona— recordando, ante todo, que «la inquietud es un don que Dios mismo nos ha dado», porque hemos sido creados para el infinito. Por ello, «todo horizonte finito, todo paso, toda conquista, mientras nos satisface al mismo tiempo nos impulsa hacia adelante y nos invita a seguir buscando». En consecuencia, una «sana inquietud» debe cultivarse porque, «a pesar de las dificultades, el lugar en el que Dios se hace presente y donde debemos encontrar sus huellas es siempre en la realidad donde nos encontramos».

Refiriéndose a los momentos de dolor, León XIV reiteró la importancia de abrirse a alguien «que nos acompañe con discreción sin la prisa de explicarnos ese dolor» y sin intentar espiritualizarlo indebidamente, «reconduciéndolo superficialmente a la “voluntad de Dios” o a algún misterioso proyecto suyo». En efecto —explicó—, «Dios no quiere el sufrimiento, lo lleva con nosotros y nos invita a confiar en Él de modo perseverante». Por último, al hablar de las dificultades para perdonar, el Papa invitó a considerar el perdón como un remedio «que sana nuestras heridas interiores», un proceso que implica pedir a Dios que nos ayude a reconciliarnos con nosotros mismos y a transformar lentamente el «resentimiento en misericordia y compasión». Tras este intenso y conmovedor momento de diálogo con los jóvenes, la vigilia continuó con la proclamación del Evangelio y la homilía del Papa, quien, al término de la celebración, regresó a la casa arzobispal.

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Ser cristiano no consiste en no equivocarse, sino en «crecer en la capacidad de convertirse»

En la mañana del día siguiente, 10 de junio, León XIV se dirigió al Centro Penitenciario Brians 1, situado en el municipio de Sant Esteve Sesrovires. Después de escuchar el testimonio de un responsable de la pastoral penitenciaria y de dos internas, tomó la palabra para recordar, ante todo, que ninguna situación puede llevar al «Señor a apartar de nosotros su mirada» y para reafirmar que «los errores de la vida no determinan la identidad de una persona» ni condenan su futuro. A continuación, exhortó a confiar en la gracia divina, que nos ofrece la posibilidad de «empezar siempre de nuevo, pues ser humano y ser cristiano no consiste en no equivocarse sino en crecer en la capacidad de convertirse, arrepentirse, enmendarse y, sobre todo, de reconciliarse y de perdonar».

León XIV prosiguió el programa de la mañana visitando, a unos 40 kilómetros de Barcelona, la histórica Abadía de Nuestra Señora de Montserrat, cuya fundación se remonta al siglo XI. Allí se venera la imagen románica de la Virgen de tez oscura, conocida popularmente como la Moreneta. El Papa presidió el rezo del Rosario y, en su intervención, exhortó a la asamblea a escuchar la invitación de María: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2,5). Recordó asimismo la presencia de san Ignacio de Loyola en Montserrat, donde, tras «una noche en oración ante la Virgen, entregó sus armas de caballero, momento que marcó el inicio de una vida nueva al servicio de Jesucristo». Después de saludar desde el balcón a los fieles reunidos en la plaza, León XIV fue recibido para el almuerzo por la comunidad benedictina.

Al comienzo de la tarde, el Papa regresó a Barcelona y se dirigió a la iglesia de Sant Agustí, situada en un barrio multicultural con una fuerte presencia de migrantes. Allí se reunió con las entidades diocesanas dedicadas a la caridad y a la asistencia social, escuchó varios testimonios y también las preguntas sencillas y sinceras de Renzo, un niño de apenas seis años. Precisamente esas preguntas le dieron la oportunidad de compartir algunas reflexiones sobre la importancia del deporte, sus sueños de infancia, el bien y el mal, el valor de los abuelos y de las personas mayores, así como sobre el perdón. El Papa animó a los presentes y a las instituciones representadas «a acercarse, según sus propias posibilidades y capacidades, con discreción, delicadeza y perseverancia a las heridas y necesidades de los más pequeños y vulnerables para aliviar sus sufrimientos y remediar su pobreza».

La vida cristiana, «una obra maestra que hemos de realizar juntos»

Al caer la tarde llegó el momento más esperado de la estancia del Papa en Barcelona: la celebración eucarística en la basílica de la Sagrada Familia y la inauguración y bendición de la torre de Jesucristo, elemento central del proyecto concebido por Antoni Gaudí, que, con sus 172,5 metros de altura, constituye el edificio más alto de la ciudad y la iglesia más alta del mundo.

A su llegada a la Sagrada Familia, León XIV fue recibido por el rey Felipe VI y la reina Letizia, y saludó a las autoridades presentes. A continuación, en un momento cargado de simbolismo, Valentina, una joven ciega, explicó al Papa, al Rey y a la Reina la torre de Jesucristo utilizando una maqueta a escala que recorría con las manos. De este modo, consiguió «hacer ver» a sus interlocutores los distintos elementos de la construcción. Durante la homilía de la celebración eucarística, León XIV se refirió a la Sagrada Familia como «una casa que crece con constancia a lo largo de los años», recordando que «la vida cristiana es siempre un camino, porque se trata de un proyecto que Dios lleva a cabo», «una obra maestra que debemos realizar juntos». A continuación, invitó a contemplar la torre de Jesucristo levantando la mirada hacia Él, porque solo Él «nos revela la verdad de Dios y la verdad de nosotros mismos», nos hace «ver el mundo con ojos renovados» y nos conduce a vivir en la caridad. Al término de la celebración eucarística, ya entrada la noche, el Papa bendijo e inauguró la nueva torre en el exterior de la basílica, en una ceremonia acompañada por un espectáculo de luces, cantos y fuegos artificiales. Después regresó a la casa arzobispal.

«Cada vida perdida en estas rutas es un fracaso para la familia humana»

Al día siguiente, 11 de junio, por la mañana, León XIV se trasladó al aeropuerto de Barcelona-El Prat y, a bordo de un vuelo especial de Iberia, partió hacia Las Palmas de Gran Canaria. Tras unas tres horas y media de vuelo, aterrizó en la base aérea de Gran Canaria-Gando, donde fue recibido por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, por el obispo de Canarias, monseñor José Mazuelos, y por diversas autoridades locales. A continuación, se dirigió al puerto de Arguineguín, lugar emblemático de llegada de numerosos migrantes que alcanzan territorio europeo en embarcaciones precarias procedentes de las costas africanas, situadas a entre 100 y 200 kilómetros de distancia.

En Arguineguín tuvo lugar el encuentro con las entidades dedicadas a la acogida de migrantes que trabajan en la isla. Después de escuchar varios testimonios, el Papa tomó la palabra teniendo como telón de fondo el puerto y el mar. Muchas de sus afirmaciones ocuparon los titulares de apertura de los medios de comunicación y sacudieron las conciencias. Entre ellas destacó la de que «la dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera». Con la misma claridad, León XIV afirmó que Europa «no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas», y planteó una pregunta que interpela la conciencia de todos: «¿Qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?». Al concluir el encuentro, el Papa arrojó al mar una corona de flores en memoria de las víctimas de las migraciones y bendijo una cruz realizada con la madera de una embarcación de migrantes.

Posteriormente, León XIV se dirigió a la catedral de Santa Ana, donde tuvo lugar el encuentro con el clero, los religiosos, los seminaristas y los agentes de pastoral. El Papa agradeció a todos ellos por ser cireneos que ayudan a tantos hermanos y hermanas a llevar sus cargas, y los exhortó a abrazar la cruz de Cristo y a cultivar una espiritualidad eucarística. Al término de la larguísima mañana, León XIV fue recibido en la casa episcopal de Las Palmas, donde residió durante la última etapa del viaje apostólico a España.

Al caer la tarde, en el Estadio de Gran Canaria, tuvo lugar la celebración eucarística, con la participación de unos 35.000 fieles. Era la víspera de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y el Papa, en la homilía, recordando la gratuidad del amor de Dios manifestado en Cristo, exhortó al servicio de los hermanos y hermanas, especialmente «de los más necesitados, indefensos e incapaces de devolver algo a cambio». «Precisamente como ocurre en esta isla —añadió con gratitud—, en la acogida, en el compartir, en el don desinteresado». Al finalizar la celebración, León XIV regresó a la casa episcopal, donde pasó la noche.

A la mañana siguiente, 12 de junio, el Pontífice partió nuevamente, a bordo de un vuelo especial de Iberia, hacia Santa Cruz de Tenerife. Tras un breve vuelo de unos treinta minutos, el avión aterrizó en el aeropuerto de Tenerife Norte–Los Rodeos, donde León XIV fue recibido por el obispo de San Cristóbal de La Laguna, monseñor Eloy Santiago, y por diversas autoridades locales. A continuación, se dirigió al Centro de Acogida Las Raíces, una instalación de acogida temporal para migrantes, donde, en un saludo pronunciado en francés, recordó el ejemplo de los santos canarios Hermano Pedro y José de Anchieta, migrantes y misioneros que anunciaron el Evangelio en América, transmitiendo su propia experiencia, pero también acogiendo aquello que les era ofrecido. «Por eso —concluyó el Pontífice— les invito también a ustedes a ofrecer el tesoro de humanidad, de sueños y de cultura que han traído a estas islas, y a estar abiertos a recibir aquello que se les brinda».

Esa misma mañana, en la Plaza del Cristo de La Laguna, tuvo lugar un encuentro con las entidades dedicadas a la integración de los migrantes. También allí, tras escuchar diversos testimonios, León XIV intervino con palabras claras. Sobre la integración, reiteró que esta completa la acogida inicial y exige «un camino recíproco». Quien llega debe aprender «a habitar una tierra nueva», abriéndose a ella con confianza, aprendiendo su lengua, respetando sus leyes, conociendo sus costumbres y participando en la vida común. Por su parte, quien acoge «aprende a ensanchar su propia casa sin diluir su identidad ni cerrar el corazón al encuentro», consciente de que «el extranjero de ayer puede ser el hermano y el vecino de hoy».

A los católicos que acogen, León XIV les pidió además que ofrezcan, «con el testimonio de la vida y de la palabra, caminos para conocer a Jesucristo, respetando siempre la conciencia y la libertad de cada persona». Por último, tras reconocer que «cada vida perdida en estas rutas es un fracaso para la familia humana», el Papa pronunció unas palabras valientes, pensando en «quienes se aprovechan de la desesperación», «organizan rutas de muerte» y «trafican con personas». A ellos les dijo con tono profético: «¡Deténganse! ¡Conviértanse! […] Por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado habrán de comparecer ante la justicia divina».

Concluido el encuentro en la Plaza del Cristo, León XIV hizo una breve parada en la cercana casa episcopal, desde cuyo balcón saludó brevemente a la comunidad católica local. Después se dirigió al puerto de Santa Cruz de Tenerife, donde, ante unos 40.000 fieles, presidió la celebración eucarística de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Durante la homilía, el Papa, reafirmando una vez más el protagonismo de las Islas Canarias como «lugar de primera acogida», en el centro de las rutas migratorias, pidió a los fieles dejarse evangelizar por quienes son socorridos, porque los pobres ocupan un lugar privilegiado «en la Revelación divina y en la misión de la Iglesia».

Con esta celebración concluyó la visita de León XIV a las Islas Canarias y el viaje apostólico a España. El Papa se trasladó después al aeropuerto, donde fue recibido y se despidió del rey Felipe VI. Posteriormente, debido a una avería en el avión de Iberia que debía llevarlo de regreso a Roma, partió a bordo de un Falcon 900 de la flota del Reino de España, puesto a su disposición por el Rey.

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El 17 de junio siguiente, el papa León XIV dedicó la audiencia general a compartir algunas reflexiones sobre el viaje apostólico a España. Expresó su gratitud a Dios, al pueblo español, al Rey y a las autoridades civiles, a los obispos y a las comunidades eclesiales, reconociendo que fue «acogido en todas partes con entusiasmo y apertura a la escucha». Añadió que había percibido cómo la gente «esperaba la visita del Papa», pues encontró por todas partes multitudes que lo recibieron con enorme calidez. Además, quiso interpretar esa acogida como un signo de la «necesidad generalizada de reencontrarse unidos sobre un fundamento verdadero y profundo, no ideológico ni de interés parcial. Ese fundamento que solo Cristo, en último término, puede asegurar»[6].

Corresponde ahora a la Iglesia en España la tarea, nada fácil, pero sin duda apasionante, de dar continuidad a lo vivido durante el viaje del Pontífice. En palabras del cardenal Cobo, arzobispo de Madrid, la Iglesia y el Papa han «dado a la gente la oportunidad de sentirse parte de un pueblo. Ahora tendremos que acompañarlos también en el futuro»[7].

  1. Cf. A. Sirgant, «En Espagne, l’Église face à la sécularisation et au débat identitaire», en https://tinyurl.com/4dph52hr. Hacia finales de 2024, los alumnos de escuelas católicas eran 1.434.578: cf. Boletín oficial de la Oficina de prensa de la Santa Sede, n. 0472, del 3 de junio de 2026.
  2. Los discursos y las imágenes del viaje apostólico a España pueden consultarse en el siguiente enlace: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/travels/2026/documents/spagna-6-12giugno2026.html
  3. León XIV, Angelus, 14 de junio de 2026 (https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/angelus/2026/documents/20260614-angelus.html).
  4. Cf. «L’unità come norma universale», en L’Osservatore Romano (https://www.osservatoreromano.va/it/news/2026-06/quo-127/l-unita-come-norma-universale.html), 6 de junio de 2026.
  5. Cf. el discurso completo del actor Antonio Banderas: https://www.rtve.es/play/videos/rtve-noticias-video/discurso-antonio-banderas-papa-movistar-arena/17104674/
  6. León XIV, Audiencia general, 17 de junio de 2026, https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/audiences/2026/documents/20260617-udienza-generale.html
  7. P. Ynestroza, «Cobo, tras la visita del Papa: “nos ha dejado muchas tareas para el future”» (https://www.vaticannews.va/es/iglesia/news/2026-06/cardenal-cobo-visita-papa-situacion-politica-social-sed-verdad.html).
Nuno da Silva Gonçalves
Es el director de La Civiltà Cattolica desde octubre 2023. Se licenció en Filosofía y Letras en la Facultad de Filosofía de la Universidad Católica Portuguesa de Braga en 1981, y luego en Teología (1988) e Historia de la Iglesia (1991) en la Pontificia Universidad Gregoriana. Obtuvo su doctorado en la misma universidad en 1995, con la tesis: «Os Jesuítas e a Missão de Cabo Verde (1604-1642)». Entre 2005 y 2011, fue Provincial de la Compañía de Jesús en Portugal. En 2011, fue nombrado Académico de Mérito de la Academia Portuguesa de Historia. El 21 de marzo de 2016, fue nombrado Rector de la Pontificia Universidad Gregoriana, cargo que ocupó hasta agosto 2022. Antes de asumir como director de nuestra revista, ya formaba parte del Colegio de Escritores de La Civiltà Cattolica.

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