Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había dejado callados a los saduceos, se reunieron en torno a él. Entonces uno de ellos, que era maestro de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «¡Maestro!, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?». Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente; este es el más importante y el primer mandamiento. El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,34-40).
«Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?». Desde hacía tiempo, los doctores de la Ley y los fariseos discutían sobre el tema, sin llegar a una conclusión. Esto se debía a los numerosísimos preceptos de la Ley: 613 en total. Para el judío piadoso no existían únicamente los diez mandamientos, sino también una serie de enseñanzas basadas en la Ley. En particular, las prohibiciones eran 365, tantas como días tiene el año, y los mandamientos positivos, 248, tantos como partes tiene el cuerpo humano (según se creía). Entre tantos preceptos, ¿cuál es el mandamiento más importante?
La pregunta era también una trampa para poner a prueba al Maestro. A Jesús se le desafía en materia de la Palabra de Dios para poner en duda, ante el pueblo, su conocimiento de la Torá. Un doctor de la Ley y, por tanto, un teólogo, se enfrenta al hijo del carpintero (Mt 13,55), procedente de un pueblo, Nazaret, del que se sabía que no podía salir nada bueno (cf. Jn 1,46).
La respuesta de Jesús es sorprendente: no elige ninguno de los preceptos, sino una enseñanza del Deuteronomio (6,5) y del Levítico (19,18). Según la Biblia, los mandamientos representan la palabra que Dios ha revelado a su pueblo para que este elija el bien, el camino de la vida y de la verdad: ¿acaso no son estos los más importantes de todas las enseñanzas?
Sin embargo, Jesús no los considera así. Si reflexionamos detenidamente, vemos que los mandamientos se expresan mediante una serie de prohibiciones: no robar, no matar, no cometer adulterio. E incluso cuando piden honrar a Dios, o al padre y a la madre, en realidad indican las condiciones necesarias para no apartarse de la relación correcta con Dios y para respetar al otro. En definitiva, constituyen un conjunto de normas para ser verdaderamente personas capaces de convivir en sociedad.
Jesús dice algo más: el mandamiento más importante es «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» (Mt 22,37). Es la respuesta más hermosa a quien ya te ha amado; es la mayor muestra de gratitud hacia quien primero se ha entregado a ti y ha cuidado de ti. Es la disolución de toda regla: no hay un cuánto…, no se dice hasta qué punto… Se abre una puerta a la creatividad del corazón de Dios y del corazón del hombre.
Pero lo más sorprendente es el segundo mandamiento, «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (v. 39), que Jesús declara unido al primero y semejante a él… ¿Cómo puede existir tal semejanza? «Amar a Dios» se puede entender: él es el origen de la vida, del amor, de todo; es la perfección, es lo absoluto. Pero… amar a los hombres, tan llenos de defectos, miserias, pecados, desórdenes e injusticias, ¿cómo puede considerarse el mandamiento más importante?
Esta es la novedad que el Señor nos ofrece: mientras que en Levítico 19,18 «amar al hermano» se limita a los miembros del pueblo elegido, Jesús extiende su significado a todos los hombres. «Amar a Dios» significa amar al hermano, y el amor al hermano es la señal de que verdaderamente se ama a Dios. El otro que vive junto a mí constituye la prueba de que amo de verdad al Otro, de quien el hermano es signo… Como el samaritano de la parábola, que se hace cargo del desconocido, exhausto y al borde de sus fuerzas, se preocupa por él, se acerca y le cura las heridas. Y lo lleva consigo a la posada, sin hacer cálculos ni escatimar recursos, dedicándole todo el tiempo que sea necesario (a pesar de sus propias obligaciones).
El Señor a quien debemos amar —por paradójico que pueda parecer— es, entonces, el hermano que está a mi lado, mi prójimo: este es el corazón del Evangelio.
El papa León XIV: «La guerra en la martirizada Ucrania sigue causando sufrimientos también mucho más allá de sus fronteras, sobre todo en los países más pobres, donde tantas personas dependen de las importaciones de cereales. Dirijo un sentido llamamiento a las partes en conflicto para que permitan el transporte seguro de los cereales en el mar Negro. El pan de cada día de millones de personas no puede ser rehén de la guerra» (11 de octubre de 2026).


