SOCIOLOGÍA

Encarnar la democracia en la vida y en las esperanzas de los jóvenes

«¿Por qué debería hacer oír mi voz? Total, mi vida nunca cambiará». Quien pronunció estas palabras resignadas fue una joven que vive en un barrio popular de Yakarta, en Indonesia. Mientras hablaba, los demás presentes asentían. Siguió un largo silencio, el mismo que muchos otros jóvenes mantienen frente a una política democrática que parece cada vez más distante de ellos.

El clima sombrío de aquella habitación cerrada se extiende bastante más allá de océanos y continentes. En todo el mundo, muchos jóvenes están frustrados por la forma en que la democracia no ha logrado cumplir su promesa inclusiva. Algunos han expresado su indignación en grandes protestas; pero, en su mayoría, han soportado en silencio su exasperación, desconfiando de que la democracia aún resguarde un espacio para su voz.

Aunque muchos jóvenes prefieren permanecer en silencio, la política sigue siendo, sin embargo, una cuestión central. Si pudieran, participarían. Sin embargo, en ausencia de seguridad económica, de canales eficaces de participación y de competencias cívicas adecuadamente cultivadas, el voto y la difusión de contenidos políticos en redes sociales siguen siendo las únicas formas de participación a su alcance. El desinterés no nace necesariamente de la apatía personal. Para muchos jóvenes la política es importante, pero ya no creen que su vida y sus aspiraciones realmente cuenten para quienes detentan el poder.

¿Cómo puede la democracia devolver la esperanza a los jóvenes? Para que puedan depositar su confianza en sus instituciones, hay un solo camino: la democracia debe encarnarse necesariamente en sus vidas, con todas sus alegrías y sus dificultades.

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El desinterés político juvenil en Yakarta

Un estudio de 2025 realizado por Praksis (Centro jesuita para la investigación y la defensa en Indonesia) ofrece un útil punto de partida[1]. Basado en una encuesta original que involucró a 400 jóvenes de entre 16 y 30 años residentes en Yakarta y en una serie de grupos focales realizados con algunos participantes, el estudio identifica tres limitaciones interconectadas que determinan las formas de participación e implicación política de los jóvenes. Por «participación política» se entienden las actividades más formales, mientras que la «implicación política» incluye formas más amplias de involucramiento, como seguir los asuntos políticos en las redes sociales o participar en debates sobre temas de relevancia cívica.

En primer lugar, la política aparece como un lujo reservado a los jóvenes que no cargan con la precariedad económica. Aunque más de dos tercios de los encuestados declararon estar interesados en la política contemporánea y nueve de cada diez afirmaron participar en actividades sociales, casi ninguno toma parte en organizaciones políticas formales. Al ser preguntado por la razón de una brecha tan marcada, un entrevistado observó: «En mi barrio el nivel educativo es bajo. La gente dice: “¿Para qué sirve protestar? Cada día solo trato de conseguir comida y bebida. El gobierno no me da dinero, tengo que ganármelo por mi cuenta”». Si la supervivencia económica domina sus preocupaciones cotidianas, la política y la participación democrática se vuelven accesibles solo cuando no restan tiempo al trabajo. Otro participante afirmó: «Quien tiene bajos ingresos incluso tiene dificultades para comer. Es evidente que le queda poco espacio para la participación política».

La vulnerabilidad económica también influye en lo que los jóvenes esperan del gobierno. Entre los encuestados, las cuestiones prioritarias resultan ser el desempleo, la corrupción y la inflación. Los políticos lo saben, y por eso cada campaña electoral está llena de promesas en estos ámbitos. Un entrevistado comentó irónicamente: «Nos habían prometido lapangan pekerjaan (“puestos de trabajo”), pero lo que ha crecido son los lapangan padel (“canchas de pádel”)». En estas condiciones, encuentran fácil acogida los programas populistas que prometen un alivio económico inmediato. Para los jóvenes económicamente vulnerables, las transferencias directas de dinero no solo alivian la carga cotidiana, sino que también permiten un pequeño margen de respiro. «Por eso pensamos que la situación está mejorando. Para nosotros, gente común, incluso una pequeña cantidad de dinero ya tiene mucho valor», explicó un participante.

En segundo lugar, las instituciones políticas existentes parecen poco receptivas a las necesidades de los jóvenes. Aproximadamente el 76% de los encuestados declaró haber votado en las elecciones generales; sin embargo, casi ninguno pertenece a partidos políticos ni tiene contacto con sus representantes. «¿Cómo podemos expresar nuestras ideas? No sabemos de qué manera hacerlo ni dónde», se quejó uno de los jóvenes. Otro añadió: «Nos escuchan solo cuando les conviene salir en fotos, cuando se acercan las elecciones. Luego ya no se hacen oír». Casi la mitad de los encuestados siente ya rechazo hacia la política. No por ignorancia, sino por la repetida experiencia de no contar para quienes detentan el poder.

En tercer lugar, las redes sociales, aunque representan el único espacio que queda para la expresión política, son un terreno lleno de riesgos. Contrariamente a lo que se suele pensar, la mayoría de los jóvenes no produce contenidos políticos originales; más bien, amplifica contenidos virales, con la esperanza de que la viralidad supla la falta de acceso. «Si compartimos contenidos propios, no pasa nada. Por eso esperamos a que alguien más influyente publique algo y luego lo apoyamos para hacerlo viral». Sin embargo, quien se atreve a expresar opiniones corre el riesgo de ser objeto de acoso digital sistemático: «Sí, la cuenta fue cerrada y hubo muchos ataques coordinados de difusión de datos personales (doxxing). Cuando creamos una nueva, los ataques comenzaron de nuevo».

En resumen, para los jóvenes entrevistados, sobre todo para los más vulnerables económicamente, el compromiso político implica costos elevados y beneficios lejanos. Para participar, deben sacrificar tiempo de trabajo, algo que no pueden permitirse. Y, del mismo modo, no pueden esperar que su compromiso sea eficaz, mientras que al mismo tiempo se exponen al riesgo de sufrir acoso digital. Las limitaciones económicas que pesan sobre ellos los llevan a valorar la democracia solo en la medida en que pone comida en la mesa. En ausencia de beneficios concretos, esta termina por parecer una realidad ajena a su vida, con todas sus alegrías y sus dificultades. Lamentablemente, este desarraigo no es un fenómeno exclusivo de la capital indonesia…

El desencanto global con la democracia

El distanciamiento de la democracia es un fenómeno que atraviesa naciones y continentes. En todos los países del sudeste asiático es evidente la misma paradoja: mucho interés, pero escasa implicación. En una encuesta de 2024 realizada a más de 3.000 estudiantes universitarios en seis países de la región, alrededor de dos tercios afirmaron estar interesados en ingresar en organizaciones sociopolíticas[2]. Aún más significativo, no más de la mitad de esos estudiantes expresó un apoyo incondicional a la democracia. La otra mitad está dispuesta a aceptar otras formas de gobierno, se muestra indiferente o no sabe qué responder. Tendencias similares también se observan en las democracias más consolidadas del continente. En Japón, Corea del Sur y Taiwán, quienes están a favor de abandonar la democracia liberal superan en número a sus defensores, y ni el nivel educativo ni el desarrollo económico parecen bastar para revertir esta tendencia[3]. Por diversas razones, las democracias asiáticas no han logrado consolidarse como la única vía posible[4].

En África, el desinterés político juvenil sigue siendo generalizado, en un contexto de creciente insatisfacción con la democracia. En 39 países africanos, los jóvenes de entre 18 y 35 años participan menos que las generaciones mayores en reuniones comunitarias, votan menos en las elecciones y recurren con menor frecuencia a los representantes políticos[5]. Aunque son más propensos que las generaciones anteriores a protestar, solo uno de cada diez lo hace efectivamente. Estos datos se inscriben en un marco más amplio de declive del apoyo a la democracia. Entre 2011 y 2023, en 30 países africanos el respaldo descendió del 50% al 38%, mientras que también disminuyó el rechazo al gobierno militar, del 76% al 65%[6]. Una frase de un joven sudafricano resume eficazmente esta tendencia: «La democracia no me interesa. A mí solo me importan mi bienestar y el de mi familia. Si la democracia no es capaz de ofrecer empleo y una vida digna, ¿para qué sirve?»[7].

En todas las regiones del mundo, niveles igualmente bajos de implicación caracterizan también a las democracias consolidadas. En Estados Unidos, las condiciones económicas siguen influyendo de manera decisiva en la propensión a la participación cívica entre los jóvenes de hoy[8]. Al igual que los jóvenes de Yakarta, los estadounidenses que no cuentan con educación superior o con un empleo estable son mucho menos propensos a implicarse en actividades de promoción social o en formas de organización comunitaria. Además, a pesar de la imagen extendida de jóvenes políticamente activos —por ejemplo, en las protestas contra las políticas migratorias—, solo la mitad de ellos participa en las votaciones y menos de uno de cada cinco toma parte en protestas políticas[9]. La razón es la misma que se observa en los países africanos: los niveles limitados de participación se enmarcan en un descenso del apoyo a la democracia por parte de las nuevas generaciones[10].

En los países de la OCDE, la participación electoral de los jóvenes de entre 18 y 24 años es, en promedio, inferior en 12 puntos porcentuales a la de los adultos de entre 25 y 50 años[11]. Un estudio de 2018 realizado en poblaciones de los Estados miembros de la Unión Europea mostró con claridad que la clase social y el nivel educativo son factores determinantes del grado de participación: los menos implicados son quienes pertenecen a los estratos socioeconómicos más bajos[12]. Los jóvenes que abandonan los estudios a los 18 años tienen la mitad de probabilidades de integrarse en una organización política en comparación con sus coetáneos que continúan su formación. En la misma línea, una encuesta Eurobarometer de 2025 indica que la familiaridad con los procesos de toma de decisiones participativas de la Unión Europea varía del 10% entre quienes terminaron la educación formal a los 15 años al 24% entre quienes estudiaron hasta los 20 años o más[13]. El panorama es claro: cuanto más alejados están los jóvenes de la educación y de la seguridad económica, más se distancian de la participación democrática.

Pero el desencanto y el desinterés hacia la democracia no afectan solo a los jóvenes: en la última década, la confianza en la democracia se ha debilitado en todas las generaciones[14]. Sin embargo, entre los jóvenes este declive parece más marcado.

A pesar de las profundas diferencias que existen entre los distintos contextos nacionales, muchos países parecen compartir un mismo síntoma: sus democracias conceden un espacio formal a los jóvenes ciudadanos mediante el voto, pero estos no se sienten implicados en los procesos que moldean sus vidas. Es esta distancia institucional la que explica el desinterés juvenil. Como observa la investigadora Intifar Chowdhury, «el desinterés juvenil no es la causa, sino el síntoma de la crisis de la democracia»[15].

La desincarnación de las democracias contemporáneas

El desinterés político de los jóvenes es solo uno de los muchos síntomas de una crisis más amplia que afecta a las democracias del siglo XXI. Hoy, casi tres cuartas partes de la población mundial vive en regímenes autocráticos[16]. Según la clasificación de Regimes of the World, pueden distinguirse dos tipos (las autocracias cerradas y las electorales), así como dos tipos de regímenes democráticos (democracias electorales y democracias liberales)[17]. En el último cuarto del siglo XX, el número de democracias creció de 37 a 85[18]. Tras alcanzar un máximo de 96 en 2016, descendió a 88 en 2024, mientras que las autocracias aumentaron de 83 a 91. En general, no es un colapso directo lo que transforma los sistemas democráticos en formas autoritarias cerradas, sino un deslizamiento progresivo desde democracias electorales hacia autocracias electorales. Y dado que los autócratas buscan en todas partes ampliar su poder, es poco probable que este retroceso democrático se detenga a corto plazo.

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Algunos analistas describen el proceso de transformación de la siguiente manera: esta tendencia está impulsada por aspirantes a autócratas que aprovechan los mecanismos democráticos para promover ambiciones autoritarias. A diferencia de sus predecesores, que llegaban al poder mediante golpes de Estado militares, los autócratas actuales avanzan por etapas graduales dentro de las instituciones democráticas[19]. El primer paso consiste en limitar la independencia del poder judicial, llenando los tribunales de personas afines. Una vez controlada esta garantía, recurren a estrategias sofisticadas para distorsionar la percepción pública, neutralizar la disidencia, sofocar a los opositores políticos y obstaculizar la acción de la sociedad civil[20]. Dado que estas medidas se introducen progresivamente, los procesos de autocratización suelen pasar desapercibidos para la opinión pública. Cuando el cambio se vuelve evidente, los autócratas ya se encuentran en una posición difícilmente cuestionable.

Por grave que sea su responsabilidad, personajes de este tipo no habrían podido desmantelar las instituciones democráticas sin el apoyo del electorado. Sin el respaldo popular, nunca habrían logrado conquistar el poder ni socavar las garantías democráticas. Sin embargo, la relación entre los líderes populistas y sus seguidores no se reduce a una mera instrumentalización electoral: se trata más bien de un proceso de identificación recíproca entre líderes y seguidores, así como entre los propios seguidores[21]. Es esta doble identificación la que hace posible el éxito de los movimientos populistas y el desmoronamiento de las democracias. La decadencia de estas últimas responde a una especie de «democidio» llevado a cabo por su propio demos: la destrucción del mismo sistema que pretende representarlo, pero que no logra hacerlo.

¿Por qué, entonces, los ciudadanos de las democracias han optado por apoyar a actores políticos que no se preocupan por la democracia? En primer lugar, esto puede explicarse por el hecho de que han sido las propias democracias las que los han abandonado. Como muestran claramente los jóvenes más vulnerables en todo el mundo, la democracia cuenta solo en la medida en que sienten que sus voces son escuchadas y que sus condiciones de vida muestran mejoras reales. Cuando estas dos condiciones no se cumplen, la democracia se reduce a un discurso confinado a los estratos más altos. Aunque algún filósofo político pueda considerar estos criterios demasiado limitados, estos se derivan de las percepciones existenciales concretas de las personas. Una economía fuera de control ha dejado atrás sus condiciones materiales de vida; sus valores han sido desestabilizados por un mundo sociocultural en rápido cambio; sus aspiraciones son ignoradas por los procesos democráticos que pretenden representarlos. Para los últimos entre estos excluidos, el abandono es aún más radical[22]. En el momento de necesidad, las democracias no se han hecho presentes de manera concreta. El sufrimiento de estas personas las lleva a dirigirse a quienes prometen soluciones inmediatas, aunque estén cargadas de costos a largo plazo.

En busca de democracias que infundan esperanza

La crisis de las democracias contemporáneas es ya evidente. Para contrarrestar la autocratización, deben ir más allá de las meras formalidades electorales y encarnarse en la vida de las personas, especialmente de aquellas que viven en los márgenes de la sociedad. Estas llevan mucho tiempo esperando ser invitadas al gran banquete, pero quienes detentan el poder aún no las han convocado.

La magnitud de la crisis exige una encarnación de la democracia a escala global. Paradójicamente, sin embargo, este proceso debe comenzar en las comunidades locales, mediante una renovada integración entre la dimensión económica y la política. En el plano económico, es necesario reconocer que la hiperglobalización no solo no ha cumplido sus promesas, sino que ha generado inseguridades generalizadas en muchas comunidades locales. El fracaso ha derivado de haber considerado el comercio internacional no como un medio para una prosperidad compartida, sino como un fin en sí mismo[23]. El resultado ha sido un modelo uniforme y rígido, similar a la Torre de Babel, que ha limitado la capacidad de los Estados para responder a las necesidades de los ciudadanos. Las inseguridades económicas se han extendido así entre los jóvenes de Yakarta y Durban, de Londres y Washington, pero también entre las generaciones mayores en las zonas marginadas.

El camino a seguir no es el de la autarquía ni el del aislacionismo, sino el de una globalización que permita a los Estados promover políticas capaces de garantizar, especialmente a los jóvenes, empleos dignos. Es decir, empleos que ofrezcan, en palabras del economista de Harvard Dani Rodrik, «dignidad y reconocimiento social»[24], porque, como ha recordado el papa Francisco, permiten a las personas contribuir realmente a la sociedad y cultivar «las semillas que Dios ha puesto en cada uno: sus capacidades, su iniciativa, sus fuerzas»[25]. Este proceso comienza en las comunidades locales, mediante iniciativas de formación profesional dirigidas a quienes viven en las periferias olvidadas. Cuando las personas disponen de un buen empleo, recuperan su dignidad y pueden volver a ocupar su lugar en el gran banquete que siempre ha sido también suyo.

La seguridad económica garantizada por empleos dignos contribuye además a prevenir la deriva de las democracias hacia formas autocráticas. Aunque pueda parecer una afirmación demasiado simplista, el vínculo entre trabajo digno y democracia es real[26]. A través del trabajo, las personas sostienen a su familia, obtienen reconocimiento y participan en la vida social. Estas experiencias están en la base de un espíritu de «apertura a todos» y de un «amor capaz de acoger toda diferencia»[27]. Cuando tales actitudes impregnan la sociedad, los ciudadanos no desean participar en el banquete en solitario, sino que buscan llevar consigo también a los más frágiles.

Sin embargo, el trabajo por sí solo no basta para encarnar la democracia. Las democracias deberían preguntarse cómo pueden generar un sentido auténtico de participación. Así como el gran banquete solo puede tener lugar gracias a quienes salen al encuentro de las personas allí donde se encuentran, también las democracias deben desarrollar nuevas formas de relación con los ciudadanos. Esto implica innovar los mecanismos institucionales y promover competencias cívicas.

En el centro de las innovaciones institucionales está la necesidad de hacer que las democracias sean realmente sensibles a las necesidades de las personas. Para muchos ciudadanos, el principal problema es la escasa eficacia de los canales de participación: aparte del voto, no saben a dónde van a parar sus aspiraciones ni si producen efectos. Para que la democracia se encarne de verdad, la participación debe realizarse «en todas las posibles relaciones entre el ciudadano y las instituciones»[28]. Una vía consiste en establecer mecanismos de consulta pública regulados por procedimientos claros y acompañados por la obligación, por parte de las autoridades, de dar respuesta. Otra es la protección de los ciudadanos que expresan pacíficamente sus opiniones políticas, resguardándolos de intimidaciones, doxxing y del uso abusivo de instrumentos legales para silenciar las críticas. En conjunto, estas innovaciones pueden permitir a los jóvenes acceder al gran banquete sin tener que atravesar un campo minado.

Al mismo tiempo, es necesario cultivar las competencias cívicas, especialmente en las comunidades locales desfavorecidas. Para los jóvenes económicamente vulnerables, el compromiso político nace de prácticas cotidianas y concretas: momentos de diálogo sobre cuestiones públicas en contextos residenciales, religiosos y educativos; procesos de acompañamiento que ayuden a formular sus propias aspiraciones; formas de activismo arraigadas en el territorio. Estas crean espacios que permiten a los jóvenes no solo expresarse, sino también ser escuchados. Con esta seguridad y con competencias cívicas adecuadas, los jóvenes pueden participar en el gran banquete con la dignidad de ser «protagonistas del cambio»[29].

Estas tres iniciativas pueden contribuir a hacer de la democracia ese gran banquete vital que promete ser: un espacio de auténtico diálogo entre el Estado y los ciudadanos, basado en la escucha recíproca. En su centro no hay procedimientos formales, sino personas presentes, implicadas y reconocidas en su dignidad. Una democracia así permite a todos prosperar y, al hacerlo, infunde esperanza también en los más pequeños. Con este aliento de esperanza, quizá los más jóvenes puedan afirmar: «Debería hacer oír mi voz. Mi vida cambiará».

  1. Cf. A. Indraswara – A. Suryadi – M. R. Sedjahtera, «aspiration without Institutions: Dynamics and Causes of Political (Dis)engagement of Young Jakarta Citizens», en Praksis, 10 de diciembre de 2025 (https://praksis.id/journal-detail/paspirasi-tanpa-institusip). Las citas comprenden datos originales no presents en el informe. En cuanto al informe, véase el estudio citado.

  2. Cf. N. Saat et Al., Youth and Civic Engagement in Southeast Asia: A Survey of Undergraduates in Six Countries, Singapur, ISEAS – Yusof Ishak Institute, 2025 (www.iseas.edu.sg).

  3. Cf. D. Chull Shin, «Democratic deconsolidation in East Asia: exploring system realignments in Japan, Korea, and Taiwan», en Democratization, 28 de enero de 2021, 150.

  4. Cf. J. J. Linz – A. C. Stepan, Problems of Democratic Transition and Consolidation: Southern Europe, South America, and Post-Communist Europe, Baltimore, Johns Hopkins University Press, 1996, 5.

  5. Cf. «African Insights 2025: Citizen Engagement, Citizen Power: Africans Claim the Promise of Democracy», en Afrobarometer (www.afrobarometer.org/feature/african-insights-2025).

  6. Cf. «African Insights 2024: Democracy at risk – the people’s perspective», en Afrobarometer (www.afrobarometer.org/feature/flagship-report).

  7. «Political Fatalism and Youth Apathy in South Africa», en Accord (www.accord.org.za/conflict-trends/political-fatalism-and-youth-apathy-in-south-africa), 27 de noviembre de 2019.

  8. Cf. R. B. Booth, «Youth Lack Community Connections that Are Critical to Civic Engagement», en Circle (www.circle.tufts.edu/latest-research/youth-lack-community-connections-are-critical-civic-engagement), 3 de diciembre de 2025.

  9. Cf. O. Hebert, «“This isn’t America anymore”: Thousands rally against ICE in SF’s Dolores Park», en Sfgate (www.sfgate.com/bayarea/article/sf-dolores-park-ice-rally-21325277.php), 30 de enero de 2026; A. Speri, «Students and faculty at over 100 US universities protest against Trump’s attacks», en The Guardian, 7 de noviembre de 2025.

  10. Cf. C. Claassen – P. C. Magalhães, «Public Support for Democracy in the United States Has Declined Generationally», en Public Opinion Quarterly 87 (2023/3) 719-732.

  11. Cf. OECD, Society at a Glance 2024: OECD Social Indicators, París, OECD Publishing, 20 de junio de 2024.

  12. Cf. M. Kitanova, «Youth political participation in the EU: evidence from a cross-national analysis», en Journal of Youth Studies (www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/13676261.2019.1636951#d1e123), 23 de julio de 2020, 819-836.

  13. Cf. European Union, Eurobarometer Report 2025, «Protecting and Promoting Democracy», Special Barometer, 568 (www.europa.eu/eurobarometer/surveys/detail/3383).

  14. Cf. R. Wike – J. Fetterolf – J. Schulman, «Dissatisfaction with democracy remains widespread in many nations», en Pew Research Center (www.pewresearch.org/short-reads/2025/06/30/dissatisfaction-with-democracy-remains-widespread-in-many-nations), 30 de junio de 2025.

  15. I. S. Chowdhury, «Are Young People Turning Away from Democracy? A Comparative Study of Youth Disengagement in Advanced Democracies», Tesis de doctorado, Australian National University, 2023, 12.

  16. Cf. M. Nord et Al., Democracy Report 2025: 25 Years of Autocratization – Democracy Trumped?, University of Gothenburg, V-Dem Institute, 2025.

  17. Cf. A. Lührmann – M. Tannenberg – S. I. Lindberg, «Regimes of the World (RoW): Opening New Avenues for the Comparative Study of Political Regimes», en Politics and Governance 6 (2018/1) 60-77.

  18. Para calcular estas cifras nos basamos en el banco de datos de V-Dem elaborado por M. Coppedge et Al., «V-Dem [Country-Year/Country-Date] Dataset v15», en Varieties of Democracy (V-Dem) Project (www.v-dem.net/data/dataset-archive), 2025.

  19. Cf. D. Runciman, How Democracy Ends, Londres, Profile Books, 2018, 26-28.

  20. Cf. N. C. Curato – D. Fossati, «Authoritarian Innovations: Crafting support for a less democratic Southeast Asia», en Democratization, 27 de julio de 2020, 1006-1020.

  21. Cf. F. Panizza – P. Ostiguy – B. Moffitt, «Conclusions: Reflections on the Lessons Learned», en Idd. (edd.), Populism in Global Perspective: A Performative and Discursive Approach, New York, Routledge, 2020, 261.

  22. Cf. A. Rodríguez-Pose, «The revenge of the places that don’t matter (and what to do about it)», en Cambridge Journal of Regions, Economy and Society 11 (2018/1) 189-209.

  23. Cf. D. Rodrik, Shared Prosperity in a Fractured World: A New Economics for the Middle Class, the Global Poor, and Our Climate, Princeton, Princeton University Press, 2025, 55-58.

  24. Ibid., 126.

  25. Francisco, Carta encíclica Fratelli tutti, n. 162.

  26. Cf. D. Rodrik, Shared Prosperity in a Fractured World, cit., 91-95.

  27. Francisco, Carta encíclica Fratelli tutti, nn. 190; 191.

  28. Compendio della Dottrina sociale della Chiesa, n. 191.

  29. Francisco, Exhortación apostólica post-sinodale Christus vivit, n. 174.

Angga Indraswara S.I. – Maria Rosiana Sedjahtera
Angga Indraswara es Director de investigación en Praksis (Centro jesuita de investigación y defensa de los derechos en Indonesia) y doctorando en Ciencias Políticas en la Escuela de Economía y Ciencias Políticas de Londres. Maria Rosiana Sedjahtera es investigadora de Praksis.

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