Jesús les dijo: «Si me aman, cumplirán mis mandamientos, y yo rogaré al Padre y les dará otro Consolador para que esté siempre con ustedes. Es el Espíritu de la verdad a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes. No los dejaré huérfanos: ¡regresaré con ustedes! Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y ustedes también vivirán. En aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y ustedes están en mí y yo en ustedes. Quien me ama es el que acepta mis mandamientos y los cumple. Y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él» (Jn 14,15-21).
El Evangelio nos prepara para la fiesta de Pentecostés, el don del Espíritu Santo, culmen del año litúrgico.
Se realiza así la promesa hecha en el Antiguo Testamento de una nueva existencia fruto de la presencia de Dios. Jeremías anunciaba: «Esta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel: pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo» (Jer 31,33). Y Ezequiel completa: «Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes» (Ez 36,26s).
La nueva existencia que se anuncia es, por tanto, una íntima comunión entre nosotros y el Señor: es el cumplimiento del misterio de la encarnación. Jesús, en la hora final de su vida, quiere abrir el corazón de los suyos a la comprensión y al seguimiento: «No los dejaré huérfanos, ¡regresaré con ustedes!» (Jn 14,18). «Quien me ama es el que acepta mis mandamientos y los cumple» (v. 21). Ningún sentimentalismo en estas palabras, sino la indicación de un camino arduo: «Ámense los unos a los otros como yo los he amado» (Jn 15,12); «Amen a sus enemigos» (Mt 5,44); «Nadie tiene un amor más grande que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15,13).
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En el texto griego encontramos ἀγαπάω, «amar», y el verbo aparece hasta diez veces en este capítulo: expresa el amor de quien cuida de alguien, lo protege, da su vida y es capaz de sacrificarse incluso si no es correspondido. Es el amor del Padre que nos ha amado hasta dar por nosotros a su Hijo unigénito (cf. Jn 3,16). Y el nuestro no puede ser sino el amor de respuesta de quien es consciente de haber sido amado primero.
Un camino arduo, pues, pero iluminado por una promesa: el Padre les dará otro Paráclito que permanecerá con vosotros para siempre. El Paráclito, nuestro abogado (como lo era en los procesos junto al acusado), el apoyo, «el Consolador» (quien da consuelo a quien está solo), es la presencia del Espíritu de la verdad junto a nosotros: tiene la tarea de abrirnos a la verdad de Jesús, a la memoria de cuanto nos ha enseñado, para darnos la fuerza y la alegría de cumplirlo en la certeza de que «el amor de Dios es para siempre» (Sal 136,26).
En la primera lectura, Pedro y Juan se dirigen a Samaría para imponer las manos sobre los neófitos y darles el Espíritu (Hch 8,5-17). La segunda lectura, en cambio, nos presenta la responsabilidad de todo cristiano frente al mundo: «Estén siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que les pida dar razón de su esperanza» (1 Pe 3,15). Vale la pena preguntarse cuál es nuestra esperanza cristiana: la razón por la que uno vive para el Evangelio y está dispuesto a hacerlo vivo en su propia vida.
Para la Misión Permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas de Nueva York, la eliminación total de las armas nucleares «no es una aspiración lejana, sino una responsabilidad necesaria que exige pasos concretos y creíbles, orientados a alcanzar una paz más justa, segura y duradera».


