Pascua y Pentecostés
El acontecimiento más grande en la historia de nuestra salvación es la Pascua, la resurrección de Cristo. El drama del Calvario es reconocido por los cristianos como el sacrificio que nos obtuvo la liberación de los pecados y las maravillas de la gracia, pero necesitó su culminación en la resurrección. Cristo es plenamente Salvador en cuanto ha resucitado.
Por este motivo, la religión cristiana se desarrolla en un clima de alegría; se presenta como la religión de la cruz, pero aún más como la religión del triunfo de la vida sobre la muerte. No ignora el pecado, el sufrimiento y la muerte, sino que se funda en la victoria obtenida por el Redentor sobre las fuerzas del mal para ofrecer optimismo y esperanza. El misterio de la resurrección de Cristo revela el verdadero rostro de la religión cristiana. Sin embargo, en el plan divino es con Pentecostés, es decir, con el envío del Espíritu Santo, que se concluye la obra de la salvación y se comunican a los hombres los frutos de la redención. Así, después del acontecimiento de la Pascua viene el de Pentecostés.
Jesús no dejó de preparar a los discípulos para la venida del Espíritu Santo. El anuncio que hizo de esta venida fue sorprendente para ellos. Según el Evangelio de Juan, Jesús esperó hasta el final de su vida pública para dar una enseñanza explícita sobre la persona y la misión del Espíritu. Antes se había limitado a algunas alusiones o a una promesa misteriosa, como la de los ríos de agua viva que brotarían de su seno (cf. Jn 7,38). Como Jesús todavía no había llegado a su estado glorioso, aún no era necesario precisar el significado de la promesa.
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Podemos recordar que Jesús, tanto en su enseñanza como en sus acciones, quería revelar el misterio de la Trinidad. Para manifestar su identidad de Hijo de Dios hablaba de su relación filial con el Padre; llamándolo «Abbá», mostraba concretamente la profunda intimidad que lo unía al Padre, hasta el punto de poder afirmar: «Yo y el Padre somos una sola cosa» (Jn 10,30). En muchas situaciones daba testimonio de que sus palabras y sus gestos tenían valor únicamente a los ojos de quienes reconocían en él al Hijo único y eterno del Padre celestial. Explicaba su presencia en la tierra por el hecho de haber sido enviado por el Padre, de venir de él y de volver a él. Subrayaba que el Padre permanecía en él y realizaba en él sus obras. Por ello, el Evangelio debe leerse en esta perspectiva filial, que reconoce en Jesús a un Hijo que recibe todo del Padre.
Jesús no podía, por tanto, revelarse en su propia persona sin revelar al Padre. En cambio, habló mucho menos del Espíritu Santo, porque, para revelar su identidad de Hijo, al comienzo no era necesaria una información específica sobre el Espíritu. En la Última Cena, Jesús aprovecha la última posibilidad de enseñar a sus discípulos y les hace comprender la importancia de la venida del Espíritu Santo, llamándolo «otro Paráclito» (Jn 14,16), es decir, alguien que no tiene menos importancia que él mismo, que es el primer Paráclito, en el sentido de primer Defensor o Abogado (cf. 1 Jn 2,1). Así ofrece una enseñanza complementaria sobre el Dios trinitario, precisando que la persona del Espíritu no es de valor inferior.
El nacimiento de la Iglesia
Con su anuncio sobre la venida del Espíritu Santo, Jesús prepara el nacimiento de la Iglesia. El acontecimiento de Pentecostés ha sido reconocido como la fecha de este nacimiento. A veces esta datación ha sido cuestionada por algunos que querían situar el nacimiento de la Iglesia en un acontecimiento de la vida terrena del Mesías. Observaban que la Iglesia había sido el objetivo de la venida del Hijo de Dios a la tierra; el Salvador se dedicó totalmente a la formación de una comunidad que pudiera asegurar la difusión de su doctrina y de su amor en la humanidad. Según los textos evangélicos, la fundación de la Iglesia es la obra esencial que movilizó todas las fuerzas de Cristo: él llamó y reunió en torno a sí a un grupo de discípulos con vistas a una misión en el mundo.
Hay un acontecimiento simbólico que, al concluir el drama del Calvario, ha sido a veces señalado como signo del nacimiento de la Iglesia. El evangelista Juan lo relata brevemente, subrayando su importancia: «Alver que Jesús ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua» (Jn 19,33-34). El costado fue atravesado; el golpe no fue doloroso, porque Jesús ya había muerto, pero tenía un valor simbólico. El evangelista menciona expresamente el testimonio que garantiza el hecho histórico y su significado. La sangre y el agua han sido interpretadas como signos de la Eucaristía y del Bautismo que brotan de la Pasión del Mesías. También pueden considerarse, de manera más general, como dones de vida espiritual derramados en el mundo por la Iglesia.
No hay duda de que el símbolo testimonia que la vida de la Iglesia surge del sacrificio redentor. Esta es vida del Espíritu Santo, correspondiendo al anuncio hecho mucho antes por Jesús acerca de los ríos de agua viva que debían brotar de su seno. Pero es una vida obtenida mediante un amor que se ofreció plenamente para la liberación y la salvación de todos los hombres.
A la pregunta sobre el momento del nacimiento de la Iglesia es, por tanto, necesario establecer una distinción. La opinión común que ve en el acontecimiento de Pentecostés el día del nacimiento de la Iglesia está suficientemente fundada en el relato de este evento, transmitido en los Hechos de los Apóstoles. Por primera vez, la comunidad cristiana se reunió y se formó para recibir el soplo del Espíritu Santo e iniciar, con esta fuerza nueva, la misión de evangelización del mundo. En el desarrollo de la sucesión de días que forman la historia de la humanidad, un día bien determinado, el quincuagésimo después de la fiesta de Pascua, probablemente del año 30, fue un día de nacimiento: el día en que la Iglesia comenzó a existir y a difundirse por el universo.
Por otra parte, este nacimiento tenía su origen en la actividad desarrollada por Jesús durante el tiempo de su vida pública, que había durado dos años y algunos meses. En este sentido, debemos reconocer que la Iglesia nació de Jesús, quien llevaba en sí el proyecto divino de fundación de la Iglesia, elaborado ante todo en el pensamiento y en la voluntad del Padre. Jesús es, por tanto, el fundador de la Iglesia, porque preparó todo lo que era necesario para el nacimiento y el ulterior desarrollo de la Iglesia. Más concretamente, sufrió para hacer nacer y crecer a la Iglesia, de modo que su acción fundadora continuara haciéndose sentir en cada momento de la historia. Ofreció el sacrificio supremo de su muerte para que la Iglesia pudiera vivir y alcanzar todos los objetivos que le han sido confiados en el plan divino. El amor comprometido en el drama de la redención fue el precio pagado por Cristo para la fundación de la Iglesia y para la formación de toda su riqueza espiritual, de la cual la Iglesia puede sacar todo lo necesario para su vida y el testimonio de amor que constituye su camino de desarrollo.
Cristo demuestra de manera más especial su título de fundador de la Iglesia cuando, el día de Pentecostés, comunica el soplo del Espíritu: «Exaltado por el poder de Dios, él recibió del Padre el Espíritu Santo prometido, y lo ha comunicado como ustedes ven y oyen» (Hch 2,33).
Pentecostés de todos
Pentecostés es un acontecimiento que se produce con la presencia de todos: esta es la característica que Lucas pone de relieve en su relato: «Estaban todos reunidos en el mismo lugar» (Hch 2,1). Esta era, en efecto, la condición necesaria para un auténtico nacimiento de la Iglesia: se requería la presencia de todos aquellos que habían dado su adhesión de fe a Cristo. Todo el grupo debía participar en el nacimiento, es decir, en la formación de la nueva comunidad. En el período anterior, en el que Jesús resucitado se había aparecido para demostrar su resurrección y manifestar las nuevas condiciones de su vida, normalmente las apariciones habían estado dirigidas a pocas personas.
Antes de la Ascensión, al anunciar la venida de aquello que el Padre ha prometido, es decir, el Espíritu Santo, el Maestro dice a los apóstoles: «Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto» (Lc 24,49). No es una simple invitación, sino una orden: «Les ordenó no alejarse de Jerusalén, sino esperar el cumplimiento de la promesa del Padre» (Hch 1,4). La orden está formulada para asegurar el cumplimiento de la voluntad del Padre, una voluntad esencialmente benévola, puesto que se trata de una promesa. Todos son, por tanto, convocados para acoger al Espíritu Santo. Esta convocatoria muestra que la intención de Jesús no es solamente procurar a los apóstoles los dones divinos del Espíritu para el cumplimiento de su misión, sino disponer todo para la formación de la comunidad de salvación. Se trata de la constitución del nuevo pueblo de Dios, formado por todos aquellos que adhieren a Cristo.
El relato de Pentecostés, después de afirmar que «todos» estaban presentes, declara que con el soplo venido del cielo «todos fueron llenos del Espíritu Santo». Pero luego concentra su mirada en el efecto producido por este soplo sobre los apóstoles, Pedro y los Once. Esto lleva a pensar que Pentecostés es un acontecimiento que transformó a los apóstoles, haciéndolos capaces de predicar eficazmente y de suscitar conversiones. Las representaciones que el arte cristiano ha dado del acontecimiento de Pentecostés han confirmado a menudo esta interpretación: han representado al grupo de los apóstoles que, junto con María, recibían las lenguas de fuego.
Esta representación expresa un aspecto verdadero e importante de Pentecostés: es cierto que los apóstoles fueron transformados por el soplo del Espíritu y recibieron una fuerza superior que les permitía convencer a los oyentes y conducirlos a la conversión. El símbolo de las lenguas de fuego se reveló eficaz: por medio de la lengua de los apóstoles, era el lenguaje del Espíritu el que se hacía oír. El relato de Lucas nos ha transmitido más específicamente el discurso y las exhortaciones de Pedro, pero la participación de los otros apóstoles no estaba ausente de este primer anuncio del Evangelio.
En el caso de María, las representaciones que intentan expresar la transformación obrada por el Espíritu Santo en su alma corresponden a una verdad innegable. Antes, el Espíritu había actuado de manera excepcional para realizar la maternidad virginal. María estaba también destinada a recibir un nuevo influjo del Espíritu para el cumplimiento de la maternidad espiritual que le había sido confiada por Jesús en la cruz. Para el ejercicio de esta misión materna, habría sido necesaria una ayuda continua del Espíritu Santo, y le fue dada en el momento de Pentecostés. Por este motivo podemos comprender que, en la preparación para Pentecostés, María había orado no solamente por la venida del Espíritu Santo sobre toda la comunidad cristiana, sino también para recibir un nuevo impulso en el ejercicio de su maternidad hacia todos los hombres.
Sin embargo, las representaciones del efecto de Pentecostés sobre los apóstoles y sobre María no pueden expresar toda la verdad del misterio, porque esta aparece plenamente cuando Pentecostés es reconocido y representado como Pentecostés de todo el pueblo de Dios. Con demasiada frecuencia, debido a que los apóstoles eran colocados en plena luz, la presencia de las mujeres ha quedado oscurecida, e incluso olvidada, aunque se manifestaba de un modo más singular a través de la presencia de María, honrada de manera más particular.
Pentecostés de carismas
El Pentecostés de todos es Pentecostés de carismas. La efusión del Espíritu Santo se manifiesta con dones extraordinarios distribuidos de manera sobreabundante. A quienes se maravillan del entusiasmo que se ha apoderado de los apóstoles y especialmente a aquellos que buscan una explicación natural sospechando que estaban ebrios, Pedro responde que las nueve de la mañana no es una hora en la que se pueda estar borracho, sino que se trata de otra hora, la de los últimos tiempos, en la que se cumple la profecía de Joel: «Derramaré mi Espíritu sobre todos los hombres y profetizarán sus hijos y sus hijas; los jóvenes verán visiones y los ancianos tendrán sueños proféticos. Más aún, derramaré mi Espíritu sobre mis servidores y servidoras, y ellos profetizarán» (Hch 2,17-18).
Según esta profecía, el Espíritu Santo eleva el pensamiento humano a un nivel superior y da una nueva capacidad de actuar en conformidad con los deseos y los proyectos divinos. La vida cristiana se desarrolla con una fuerza espiritual que, desde el interior, hace crecer a todo el ser humano. Esta vida no consiste simplemente en un comportamiento moral que sigue fielmente los mandamientos. Ciertamente, tal fidelidad tiene una importancia esencial para asegurar la armonía con Dios y la posibilidad de un crecimiento sereno. Pero también hace falta un impulso de fe y de amor que ponga en movimiento lo más profundo del alma; es el impulso que surge del soplo del Espíritu.
Puesto que este soplo no está reservado a algunos privilegiados, sino que actúa en todos, el Espíritu Santo se ha comprometido a desarrollar en todos una vida espiritual intensa y muy dinámica. Este propósito aparece claramente en el mismo acontecimiento de Pentecostés. El acontecimiento testimonia que algo se mueve en el mundo espiritual y que la actitud ideal no puede ser la de una tranquilidad pasiva. El soplo violento de Pentecostés, que llena a todos los testigos, manifiesta una irrupción de vida que desborda un lugar demasiado estrecho y quiere apoderarse de todas las facultades de aquellos que abren su mente y su corazón a su influjo.
El oráculo de Joel anuncia que todos «profetizarán» y tendrán visiones o sueños. Los diversos vocablos utilizados —profetizar, tener visiones, soñar— aluden a un mismo carisma, que es concedido cuando el Espíritu Santo hace penetrar en la inteligencia humana los pensamientos divinos y comunica el modo de expresarlos. El anuncio pone el acento en el carácter universal conferido a tal carisma: aquello que constituía el privilegio de algunos profetas se vuelve accesible para todos. Tal ampliación de la generosidad divina corresponde a los tiempos nuevos, que debían permitir la abolición de todas las fronteras que las condiciones del tiempo habían impuesto a la comunicación de los dones divinos. Pentecostés fue la fuente de muchos carismas, que marcaron profundamente la vida primitiva de la Iglesia. Puesto que el carisma designaba un don divino, la vida cristiana estaba llena de carismas. Al tratar de estos carismas, san Pablo observaba que «nadie puede decir “Jesús es el Señor” si no está impulsado por el Espíritu Santo» (1 Cor 12,3). La más simple invocación dirigida a Cristo debe ser reconocida ante todo como un don del Espíritu.
Los dones divinos o carismas se refieren a todos los aspectos de la existencia cristiana. Pablo afirma su unidad, pues todos provienen de un solo Espíritu; pero subraya también su diversidad, que es plenamente legítima y no elimina la unidad: «En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común. El Espíritu da a uno la sabiduría para hablar; a otro, la ciencia para enseñar, según el mismo Espíritu; a otro, la fe, también el mismo Espíritu. A este se le da el don de curar, siempre en ese único Espíritu; a aquel, el don de hacer milagros; a uno, el don de profecía; a otro, el don de juzgar sobre el valor de los dones del Espíritu; a este, el don de lenguas; a aquel, el don de interpretarlas» (1 Cor 12,7-10). Después de enumerar esta diversidad, que podría dejar una impresión de dispersión, Pablo vuelve a la fuente de la unidad: «Pero en todo esto, es el mismo y único Espíritu el que actúa, distribuyendo sus dones a cada uno en particular como él quiere» (1 Cor 12,11). Es la voluntad soberana del Espíritu la que suscita y difunde los carismas.
Pentecostés de las diferencias
La diversidad de los carismas muestra que el Espíritu Santo no es solamente Espíritu de unidad, sino Espíritu de las diferencias que se afirman dentro de esa unidad. Siendo Espíritu de amor, desea que cada uno pueda disponer de un espacio de libertad para desarrollar su personalidad. Quiere adaptarse a las exigencias y aspiraciones de cada uno. La unidad que quiere establecer no es aquella que aplasta a las personas, sino aquella que respeta las diferencias y las reúne en armonía.
En la enumeración de los carismas ya citada, es difícil determinar la diferencia entre el lenguaje de la sabiduría y el lenguaje de la ciencia. Verosímilmente, la sabiduría era reivindicada por aquellos que buscaban su inspiración en el libro de la Sabiduría, mientras que otros fundaban su doctrina en algún concepto de ciencia o gnosis. En ambas orientaciones, el acento estaba puesto en el valor de la comprensión intelectual. No parece que esto sea subrayado en el carisma de la fe, sino más bien la fuerza de convicción, tal como se manifiesta en la «fe capaz de trasladar montañas» (1 Cor 13,2). Existen también otros carismas que desarrollan la vida del pensamiento: el don de profecía, que hace penetrar en la inteligencia humana la mirada soberana de Dios, y el don de discernir los espíritus, que es de notable importancia, porque permite desenmascarar las sugestiones peligrosas del espíritu del mal. A estos carismas de nivel intelectual podemos añadir aquellos que Pablo indica en otro lugar a propósito del ministerio: los carismas de enseñanza y de exhortación: «El que tiene el don de enseñar, que enseñe. El que tiene el don de exhortación, que exhorte» (Rm 12,7-8).
No menos importantes son los carismas destinados a procurar ayuda a quienes sufren. En la venida del Hijo de Dios a la tierra se había manifestado una gran compasión hacia numerosos enfermos y débiles. El Salvador había multiplicado las curaciones. Se comprende que entre los carismas suscitados por el Espíritu Santo se encuentren el don de curaciones y el poder de realizar milagros. En el rostro carismático del Espíritu se vuelve a encontrar un rostro del Evangelio. Para la eficacia de los carismas de compasión, podemos retener particularmente un consejo de Pablo: «El que practica misericordia, que lo haga con alegría» (Rm 12,8). Esta alegría contribuye a testimoniar la sinceridad del amor que quiere llevar socorro a todos aquellos que están en la prueba. Además, la alegría proporciona un consuelo moral que permite afrontar más serenamente y con mayor valentía las dificultades que deben superarse.
Pentecostés no debería ser reconocida como «Pentecostés de las diferencias» solamente en razón de la variedad de los carismas. El Espíritu Santo forma una comunidad destinada a extenderse a todas las naciones del mundo y a todos los ambientes humanos. Su tarea es hacer penetrar en todas partes el mensaje de la Buena Nueva y establecer la Iglesia en todos los lugares donde viven los hombres. Para alcanzar este objetivo, el Espíritu acepta las diferencias que caracterizan a cada sociedad y guía un esfuerzo continuo de adaptación a las diversas mentalidades que coexisten en la humanidad.
En su realidad histórica, el acontecimiento de Pentecostés mostró la intención de proponer a todos los pueblos la adhesión de fe al mensaje evangélico. El Espíritu conserva este mensaje en toda su integridad y así asegura la unidad indeleble de la fe cristiana. Sin embargo, quiere abrir los espíritus y los corazones a dicho mensaje, acogiendo todas las diferencias compatibles con las exigencias de la doctrina y de la vida de Cristo. El principio de la inculturación, es decir, de la inserción de la doctrina y de la vida de la Iglesia en todo ambiente que deba ser evangelizado o que ya haya sido evangelizado, significa que el Espíritu Santo manifiesta el amor divino que humildemente tiene en cuenta las condiciones concretas en las cuales el Reino del Salvador podrá desarrollarse y crecer. El sincero respeto por toda cultura manifiesta la autenticidad del amor anunciado por la predicación evangélica.
En la primera Pentecostés, el Espíritu había inspirado a los apóstoles un lenguaje que cada oyente escuchaba en su propia lengua. Así había salvaguardado la unidad en la diversidad. En cada Pentecostés, él garantiza el desarrollo de las diferencias en la unidad de un amor perseverante.
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Pentecostés sacramental
Pentecostés es un acontecimiento carismático; dio a la Iglesia un rostro carismático, con una multitud de carismas que demuestran un poder espiritual extraordinario. Pero Pentecostés es también un acontecimiento sacramental; es el punto de partida del desarrollo de los sacramentos que forman otro aspecto del rostro de la Iglesia. Ya durante la vida pública de Jesús, el bautismo y el don del Espíritu Santo se manifiestan íntimamente ligados. Juan el Bautista había anunciado el bautismo que sería dado por el Mesías, superior al simple bautismo en agua porque sería realizado en el Espíritu Santo: «Él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego» (Mt 3,11). Antes de realizar este bautismo, Jesús se hace bautizar por el Precursor para mostrar que asume todo el peso de una humanidad que necesita purificación. Él da al rito de inmersión un significado más elevado, dirigiendo al Padre una oración destinada a pedir la efusión del Espíritu Santo para su misión. Es significativo que el Espíritu descienda en forma de paloma, como signo de benevolencia divina y de reconciliación de la humanidad con Dios, recordando la paloma del diluvio.
La voz del Padre que proclama a Jesús como su Hijo confirma el marco trinitario del bautismo y hace comprender la participación en la filiación divina que constituye su fruto. Esta participación es realizada por el Espíritu: «Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios» (Rm 8,14). El Espíritu nos hace hijos adoptivos, y por medio de él gritamos: «Abbá, Padre». El don del Espíritu Santo, que comunica mediante el bautismo la filiación divina, no consiste solamente en una intervención externa que hace gritar «Abbá». Se trata de un compromiso muy profundo del Dios trinitario: el Padre ha dado a su Hijo; el Hijo, en su bautismo, ha querido asumir toda la obra redentora con el sacrificio de su propia vida. Puesto que él se ofreció sin mancha al Padre «movido por el Espíritu eterno» (Hb 9,14), es evidente que el Espíritu Santo se comprometió totalmente en la obra salvífica. Él, en la vida de la Iglesia, asegura la eficacia del bautismo en virtud de su compromiso personal en la ofrenda del sacrificio. Al hacer nacer a la Iglesia, el Espíritu proveía a los miembros de la comunidad de todos los dones necesarios para su vida cristiana y para el cumplimiento de su misión al servicio del Reino.
Pentecostés estaba destinada a procurar a la Iglesia todo aquello que era deseable para un pleno desarrollo de su vida sacramental. El don del Espíritu era requerido particularmente para la celebración de la Eucaristía. El mismo Jesús había puesto de relieve el papel del Espíritu en el alimento y la bebida eucarísticos. A algunos discípulos que se habían escandalizado porque pensaban que la intención de su Maestro era dar su carne y su sangre en el estado natural de la vida terrena, respondió que se trataba de la carne y la sangre en el estado glorioso asumido después de la Ascensión. En ese estado glorioso, carne y sangre son transformadas por el Espíritu. «El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve» (Jn 6,63). La carne, cuando no está animada por el Espíritu, no puede contribuir a la salvación.
Las palabras que siguen no siempre han sido interpretadas según su verdadero significado: «Las palabras que les he dicho son Espíritu y son Vida». Estas palabras se refieren al discurso sobre la Eucaristía. Las palabras, según un modo semítico de expresarse, designan las cosas dichas, es decir, el anuncio de la Eucaristía. Estas cosas son espíritu y vida, porque la carne y la sangre deben entenderse como carne y sangre animadas por vida espiritual. Para el desarrollo de la Iglesia, el don del Espíritu Santo será necesario, más aún, esencial.
Pentecostés de perdón
Pentecostés muestra su rostro sacramental con la institución del sacramento del perdón: esta institución nos es referida de manera particular en el Evangelio de Juan. El evangelista, al relatar en el «primer día de la semana» una aparición de Jesús resucitado, nos hace comprender la intención del Maestro en la revelación de su victoria. La palabra dirigida a los apóstoles, que habrían podido temer reproches por su comportamiento durante la prueba de la Pasión, es solamente un saludo de paz. Dos veces, para subrayar sus disposiciones de benevolencia y amistad, Jesús dice: «¡La paz esté con ustedes!» (Jn 20,19.21). Aunque el deseo de paz era formulado habitualmente por los amigos que se reencontraban después de una breve separación, en estas circunstancias resonaba con un significado particular. La paz había sido perturbada no solo por acontecimientos dramáticos, sino también por una falta de fidelidad por parte de los discípulos. Los apóstoles eran conscientes de no haber manifestado, en un momento de crisis, el profundo apego que los unía a Cristo.
El saludo de paz los tranquilizaba; mostraba que el Salvador perdonaba todo aquello que lo había hecho sufrir en la actitud de quienes había escogido como compañeros y tratado como amigos. Algunos quizá se sorprendieron, pero, al escuchar por segunda vez las palabras «¡La paz esté con ustedes!», comprendieron mejor que habían obtenido el perdón completo por las debilidades del pasado. Debían, por tanto, renunciar a toda preocupación y recibir la paz interior que su Maestro les ofrecía en su amor generoso.
La generosidad del Salvador va más allá de esta oferta de paz. Jesús confía a sus apóstoles una misión semejante a la misión que él mismo recibió del Padre. A su debilidad responde con una confianza superior, no dudando en comprometer en su obra de salvación a aquellos que lo habían decepcionado con su comportamiento en el drama del Calvario. Garantiza su fidelidad soplando sobre ellos para comunicarles el Espíritu Santo.
Impresionante es este gesto de Cristo tal como es relatado por un evangelista que, aunque no puede referir los acontecimientos posteriores a la Ascensión, nos introduce sin embargo en el misterio de Pentecostés: «“Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió “Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”». (Jn 20,21-23). El soplo sensible es signo de una realidad espiritual; el gesto humano de soplar expresa simbólicamente el soplo espiritual que sale de Cristo. Por una parte, el soplo es el de Jesús; por otra, se comunica a los apóstoles y se convierte en el soplo que animará el cumplimiento de su misión. Es la verdad que se manifestará en Pentecostés: un viento impetuoso que viene del cielo, el Espíritu Santo derramado por Cristo glorioso para llenar a todos los presentes.
Jesús pide a los apóstoles explícitamente que reciban el Espíritu Santo. El don divino es perfecto, pero a este don debe responder la acogida humana, una acogida que se abre totalmente a la persona del Espíritu y establece con él una relación personal íntima. A través de las palabras de Jesús aparece el carácter trinitario del don: es el Padre quien envía, el Hijo quien sopla y da el Espíritu. La apertura total al don trinitario requiere la máxima apertura en aquellos que reciben el Espíritu.
El objetivo particular de este don del Espíritu Santo es formulado claramente: la remisión de los pecados. Los apóstoles reciben, con el Espíritu Santo, el poder de otorgar el perdón divino para todos los pecados. En la religión judía, solo Dios reivindica y ejerce el poder de perdonar las culpas. Al ejercer este poder, Jesús había mostrado ser el Hijo de Dios, poseedor de toda la soberanía divina. Con esa misma soberanía comunica a los apóstoles el poder de perdonar. Expresa la plenitud de este poder afirmando que se trata de perdonar o de retener. Pentecostés es el gran acontecimiento que, con el don del Espíritu Santo, está destinado a difundir en toda la humanidad el perdón divino que procura al corazón humano la paz y la serenidad.
Pentecostés sacerdotal
Para hacer surgir la Iglesia y darle la posibilidad de desarrollarse según la orientación del Evangelio, Pentecostés tiene necesariamente un alcance sacerdotal. Por una parte, el Espíritu Santo ha recibido la tarea de instituir aquello que se llama el sacerdocio común o universal, propio de todos los bautizados; esto significa una consagración o santidad fundamental, que se expresa en la unión con Cristo y en la ofrenda de sacrificios espirituales en participación en la obra redentora. Por otra parte, el Espíritu Santo está particularmente comprometido en la formación del sacerdocio ministerial: según la voluntad de Cristo, existen hombres que desempeñan el papel de ministros y ejercen una autoridad pastoral en la comunidad.
Desde el inicio de su misión pública, Jesús llamó a algunos hombres a seguirlo, a compartir su modo de vida y a proclamar su mensaje. Entre los numerosos discípulos que acogieron el llamado y estaban destinados a un servicio continuo para el crecimiento del Reino, eligió a los doce apóstoles, que debían ser sus colaboradores más íntimos; a uno de ellos le dio el nombre de Pedro, para hacer de él la piedra sobre la cual edificaría su Iglesia. A este apóstol le comunicó el poder supremo. Así estableció una sólida jerarquía con poderes muy superiores a los atribuidos a los sacerdotes en la religión judía.
La audacia de este régimen es impresionante y podría suscitar objeciones, pero se impone una respuesta: aquellos que reciben la autoridad sacerdotal la reciben junto con un don del Espíritu Santo, que da la fuerza espiritual necesaria para un ejercicio moderado y profundamente humilde del poder venido de lo alto. Conviene recordar que, en el momento del bautismo, el Espíritu se manifestó con el símbolo de la paloma, que significaba una actitud divina llena de mansedumbre. En la manera propia de ejercer la autoridad, Jesús reveló un corazón humilde y manso, en armonía con el símbolo de la paloma. El don del Espíritu Santo, otorgado a quienes deben ejercer la autoridad en nombre de Cristo, no puede apartarse de este símbolo.
Debemos admitir que, en Pentecostés, el Espíritu Santo confirió un don especial a aquellos que habían sido escogidos por Cristo para el ministerio sacerdotal. Ellos no eran los únicos que recibían un don especial, pero sí eran los únicos a quienes se confería el don apropiado al ministerio. El Espíritu quiso formar con su poder penetrante una comunidad estructurada y diversificada, conforme a la voluntad fundadora de Cristo. Por tanto, dio a cada uno el don espiritual que le convenía y que correspondía a la misión que le había sido confiada. Para algunos, el don estaba destinado al ejercicio de un carisma; para otros, comunicaba el poder de realizar las actividades del ministerio sacerdotal.
Así, en Pentecostés, los doce apóstoles fueron llenados por el soplo del Espíritu y recibieron la fuerza de anunciar el mensaje evangélico con vistas a suscitar numerosas conversiones. Más tarde, en el desarrollo de la Iglesia, el don del Espíritu Santo para el ministerio sacerdotal será conferido mediante el rito de la ordenación. Los apóstoles no habían recibido una ordenación.
De este modo, el rostro sacerdotal de Pentecostés tiene pleno significado, aun sin ser su único rostro. Pentecostés es rica en todos los dones del Espíritu Santo que se manifiestan en la vida de la Iglesia.

