En el Antiguo Testamento se proclama a menudo que el Señor es rey. Del Dios cuyo nombre es tres veces santo, que reinaba sobre las constelaciones del cielo, se podía decir: «El Señor reina: ¡Alégrese la tierra!» (Sal 97,1). El Señor era visto primero como rey de Israel y luego como rey del universo. Con el exilio, en efecto, había emergido plenamente la confesión de fe según la cual había un solo Dios que reinaba sobre el mundo. Y Dios lo decía por medio de sus profetas: «Yo soy Dios, y no hay otro, soy Dios, y no hay nadie igual a mí» (Is 46,9b). Este Dios era Dios no solo de Israel, sino de todos los pueblos: «Porque sólo el Señor es rey, y él gobierna a las naciones» (Sal 22,29).
Y, en cuanto rey, también era juez, porque, entre todos los pueblos, una de las principales funciones de un rey era juzgar a su pueblo. Y Dios era también el legislador: «Porque el Señor es nuestro Juez, el Señor es nuestro Legislador, el Señor es nuestro Rey: él nos salvará» (Is 33,22). El rey de Israel podía ser llamado rey y juez, pero solo de manera subordinada, relativa y dependiente de la Ley y de la palabra de Dios, que podía manifestarse a través de sus profetas. En el apogeo de la vida del rey David, se nos dice de él: «David reinó sobre todo Israel, y administraba el derecho y la justicia a todo su pueblo» (2 Sam 8,15).
El juicio del Hijo del hombre
Pero con el libro de Daniel se manifiesta un nuevo desarrollo. Más allá del caso particular del rey de Israel como juez de su pueblo, se habla de una misteriosa figura que aparece asociada al juicio divino: el «hijo de hombre» o «hijo del hombre». A mediados del siglo II a. C., cuando el pueblo de Israel sufría bajo el dominio del Imperio seléucida, el autor del libro de Daniel hizo afirmaciones inauditas. Había tenido una visión extraordinaria: la de un hombre que instauraba un reino, el reino querido por Dios. Más que de un simple «hombre», habría que hablar con mayor precisión de un «hijo del hombre». «Yo estaba mirando, en las visiones nocturnas, y vi que venía sobre las nubes del cielo como un Hijo de hombre […].Y le fue dado el dominio, la gloria y el reino» (Dn 7,14). Dios no quería conformarse con reinar «en los cielos»: quería que su voluntad de vida y de salvación se realizara también «en la tierra».
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En esta figura confluirían otras expectativas anteriores, que expresaban todas ellas la sed de justicia de un pueblo a menudo despreciado y desalentado. Este «hijo del hombre» ejercería la justicia que se esperaba del futuro rey: «Oh Dios, concede tu justicia al rey, y tu rectitud al descendiente de reyes, para que gobierne a tu pueblo con justicia y a tus pobres con rectitud» (Sal 72,1-2). También la misteriosa figura del Siervo en el libro de Isaías había recibido esta misión: «El no juzgará según las apariencias ni decidirá por lo que oiga decir: juzgará con justicia a los débiles» (Is 11,3-4a). Jeremías había hablado de un enigmático retoño futuro: «Llegarán los días –oráculo del Señor– en que suscitaré para David un germen justo; él reinará como rey y será prudente, practicará la justicia y el derecho en el país […]. Y se lo llamará con este nombre: “El Señor es nuestra justicia”» (Jr 23,5-6b).
Dios siempre había deseado que hubiera verdadera justicia en la tierra, que su misericordia fuera imitada y su palabra conocida. Por eso aquel reino sería también el reino de sus hijos, el reino de su pueblo: «Los Santos del Altísimo recibirán la realeza, y la poseerán para siempre, por los siglos de los siglos» (Dn 7,18). Sería el reino de aquellos hombres de Israel que desearían ardientemente, con el mismo deseo de Dios, que ese reino llegara y floreciera aquí en la tierra. Entre la época de Daniel y la de Jesús, fueron numerosas las visiones de ese reino y los anuncios del papel que en él desempeñarían los santificados, los piadosos, los humillados, aquellos que no querían renunciar a su libertad frente a los arrogantes ejércitos paganos que se sucedían en su territorio.
Jesús y la esperanza del Reino
Jesús nace de este terreno fértil de esperanza; comparte las convicciones de fe de estos creyentes de Israel animados por una gran esperanza. Espera ese día en que «muchos vendrán de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, en el Reino de los Cielos» (Mt 8,11). Aquel día será un día de banquete y de alegría para los justos, pero también un día de desolación para los injustos y los opresores. Los justos llegarán de todas partes del mundo: «Vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur» (Lc 13,29a).
¿Quiénes son estos justos? Son todos los seres humanos que siguen su estrella, que escuchan su propia conciencia y prestan atención a la voz del Dios vivo: «En lo íntimo de la conciencia, el hombre descubre una […] voz, que lo llama siempre a amar, a hacer el bien y a evitar el mal, [y que] en el momento oportuno resuena en lo íntimo del corazón. […] El hombre tiene, en realidad, una ley escrita por Dios en su corazón; obedecerla es la dignidad misma del hombre, y según ella será juzgado», dirán los Padres del Concilio, siguiendo las huellas de santo Tomás de Aquino y del cardenal Newman[1].
Jesús no era el único que albergaba esta esperanza; un hermoso ejemplo se encuentra en el libro de Enoc, patrimonio de nuestros hermanos cristianos de Etiopía: «Y los justos y los elegidos se salvarán en aquel día y, desde ese día, no volverán a ver el rostro de los pecadores y de los perversos. Y el Señor de los espíritus habitará con ellos, y ellos habitarán, comerán, dormirán y resucitarán, en la eternidad, con este Hijo de la Madre de los vivientes» (1 Enoc 62,13-14)[2]. Este reino de justicia y de paz, de perdón y de apertura a todos los justos del mundo, a todos los hombres de buena voluntad, estaba cerca.
Jesús estaba completamente volcado hacia ese reino. En su oración personal, que compartía con sus doce apóstoles, a quienes había elegido después de orar, decía: «Venga tu reino» (Mt 6,10). Cuando una persona hablaba y actuaba de manera justa y santa, libre y recta, Jesús le decía: «No estás lejos del reino de Dios» (Mc 12,34). En las palabras de Jesús recogidas por Mateo y Lucas —lo que tradicionalmente se denomina «la fuente de los logia», porque se trata, en esencia, de una recopilación de dichos de Jesús—, la última palabra es el llamado «logion de los doce tronos». En él, Jesús anuncia a los Doce que juzgarán al pueblo de Israel: «Pedro, tomando la palabra, dijo: “Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos tocará a nosotros?”. Jesús les respondió: “Les aseguro que en la regeneración del mundo, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, ustedes, que me han seguido, también se sentarán en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel”» (Mt 19,27-28).
La franqueza de Pedro constituye, como siempre, una bocanada de aire fresco. Jesús había prometido una recompensa cien veces mayor a quien lo siguiera. «De acuerdo, pero ¿de qué manera?», pregunta Pedro. Jesús lo sorprende, y sorprende a todo oyente; incluso a nosotros nos deja perplejos. Afirma que su misión será sentarse en los tronos y juzgar a todo Israel, mientras que, hasta ese momento, solo se conocía el trono de Dios y, eventualmente, si no fuera el mismo, el del «Hijo del hombre» en Daniel: «Yo estuve mirando hasta que fueron colocados unos tronos» (Dn 7,9a).
Dios comparte su juicio con los Doce
Ahora bien, ese juicio escatológico y final no puede ser un juicio superficial o apresurado, un juicio reduccionista. ¡Dios no lo permita! Dios es el infinitamente justo, aquel que no tolera la injusticia. Como dirá Pablo a los Romanos: «La ira de Dios se revela desde el cielo contra la impiedad y la injusticia de los hombres, que por su injusticia retienen prisionera la verdad» (Rm 1,18). Dios solo puede conceder a los Doce su propio derecho a juzgar si son capaces de hacerlo con justicia y si, para juzgar, poseen, al igual que Dios, los atributos de justicia y misericordia. Esta promesa solo es posible si estos hombres imperfectos han llegado a ser tan semejantes al Mesías que su juicio será como el suyo. Ni más ni menos.
Ya durante su vida, Jesús conocía los pensamientos ocultos de cada uno, manifestando así su identidad divina. Entonces, para los Doce será lo mismo que para él. Serán hijos como el Hijo, hijos con el Hijo. Pues bien, el Hijo se define por medio de su misión: salió del Padre para salvar al mundo. Orígenes, un gran teólogo entre los Padres de la Iglesia en tiempos de las persecuciones del siglo III, escribirá: «¿Quién de nosotros será considerado digno [de estar] entre aquellos a quienes [Dios] dirá: “Siéntense también ustedes, conmigo, en doce tronos, para juzgar también ustedes a las doce tribus de Israel”? […] Para estar entre aquellos de quienes dirá: “Padre, quiero que, donde yo estoy, también estos estén conmigo; quiero que también ellos sean reyes, para que yo sea el Rey de reyes; quiero que también ellos tengan señorío, para que yo sea el Señor de los señores”»[3]. Reyes y, por tanto, jueces.
Los Doce participarán de esta misión de juicio y, ante todo, de salvación. Con estas palabras, Jesús revela el corazón de Dios. Dios no quiere solamente dar la vida, sino dar su propia vida. No se conforma con que sus hijos compartan la vida eterna: quiere que aquellos a quienes creó para la vida reciban sus atributos de justicia y misericordia. «A los que Dios conoció de antemano, los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el Primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29). Y se tratará de reinar y de juzgar como Dios: con mansedumbre.
¿Son capaces los Doce? ¿Y es capaz de ello la multitud de hijos a la que pertenecemos? Si nos lo preguntaran, responderíamos sin duda, aterrorizados: «¡En absoluto!». Diríamos más bien, como Pedro en el momento de la llamada: «Señor, aléjate de mí, que soy un pecador» (Lc 5,8). Dios, en cambio, nos dice: «¡Pueden hacerlo! Los he creado para compartir mi gloria; Los he creado para ser esta unión única de justicia y misericordia. Los he creado para esta realeza inédita y eterna, donde reinar no significa dominar aislándose, sino amar sirviendo; donde se trata de encontrar la propia alegría en el don de sí mismo, porque “hay más dicha en dar que en recibir” (Hch 20,35b)».
Cuando Santiago y Juan le piden a Jesús: «Concédenos sentarnos, en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda», Jesús no se escandaliza ante aquella petición increíblemente ambiciosa y les responde: «No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo beberé y recibir el bautismo que yo recibiré?». Y ellos le responden, sin duda de manera un tanto inconsciente: «Podemos». Jesús no protesta ni afirma que aquella respuesta sea absurda. Al contrario, los toma en serio y les dice: «Ustedes beberán el cáliz que yo beberé y recibirán el mismo bautismo que yo». Jesús considera que son capaces de seguirlo. Sí, lo son. Considera normal que haya seres humanos a su lado para juzgar. Pero no quiere comprometerse en lugar del Padre: «En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinado» (Mc 10,37-40). Por tanto, Jesús no imagina un trono solitario, sino una realeza compartida.
Juzgar sin olvidar el banquete celestial
Retomando las palabras de Jesús sobre los doce tronos y el juicio, Lucas quiso añadir una precisión, recordando lo que Jesús había dicho sobre el banquete cuando se encontraba en Galilea. En el Evangelio de Lucas, Jesús dice a los Doce: «Ustedes son los que han permanecido siempre conmigo en medio de mis pruebas. Por eso yo les confiero la realeza, como mi Padre me la confirió a mí. Y en mi Reino, ustedes comerán y beberán en mi mesa, y se sentarán sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel» (Lc 22,28-30). ¡Qué visión tan sorprendente!
Aquí Jesús evoca dos realidades: el banquete y el juicio. Ante todo, el hecho de comer y beber con él en su Reino, que es el mismo reino de Dios. Se trata de una profunda comunión entre amigos que comparten una buena comida. En la Biblia, en el mundo antiguo en general y, en realidad, en toda la humanidad, el banquete representa la visión perfecta de la paz, la amistad y la alegría. Es aquello a lo que aspiramos como seres humanos: un lugar de paz, de descanso y de comunión; una mesa donde todos tenemos un lugar. Cuando Jesús había dicho: «Voy a prepararles un lugar» (Jn 14,2b), era precisamente este el lugar que imaginábamos y anticipábamos. Jesús había hablado anteriormente del banquete junto a Abraham, Isaac y Jacob. Es el mismo banquete.
Pero Jesús no se detiene aquí; nos dice que tendremos que participar en su juicio sobre el mundo; tendremos que juzgar con él. Dios no dice: «Soy el gran director; ya tengo todo lo que necesito, el guion y los actores; los contrato como comparsas; gracias por haber respondido a la llamada; ahora deben ser discretos, deben pasar inadvertidos y hacer como si nada ocurriera; sobre todo, no digan nada, no hagan nada, dejen que los actores principales hagan su trabajo; para eso tengo ángeles muy cualificados que juzgarán al mundo». No. Dios hace de nosotros protagonistas, nos implica plenamente y nos confía la misión más importante: la de juzgar. Quiere asociarnos en todo a su vida, hacernos semejantes a él. Este es el corazón de la fe cristiana, resumido en la célebre frase de Ireneo de Lyon: «Por esto precisamente el Verbo se hizo hombre y el Hijo de Dios se hizo Hijo del hombre, para que el hombre, mezclándose con Dios y recibiendo la adopción filial, se convierta en hijo de Dios»[4].
Reconozcámoslo: juzgar es una tarea extremadamente delicada y difícil. Pues bien, nadie puede ser juzgado sino por quien lo conozca perfectamente. Cada uno puede exigir ser juzgado por el juez supremo, Dios, el único que lo conoce todo. ¿No debería ser esta también nuestra reacción espontánea cuando lleguemos a las puertas del cielo? Si nos dijeran: «Podéis elegir entre Jesús, Santiago y Mateo. Para el juicio de Jesús la espera es un poco más larga, pero no dudéis en pedir a Juan o a Tomás». Nosotros responderíamos de buen grado: «Gracias por la amabilidad, muchas gracias, pero preferiríamos ser juzgados por el Rey-Mesías, por Jesús en persona. ¡No es que no confiemos en sus apóstoles, faltaría más! Pero nosotros conocemos a Jesús, confiamos en él; hemos hablado con él muchas veces; Jesús nos conoce; sí, Jesús nos juzgará muy bien». Es una reacción más que comprensible… Pero en los Evangelios, al igual que en las cartas de Pablo, se dice claramente que Jesús compartirá su juicio con los apóstoles, e incluso con todos sus discípulos.
Todos los fieles como jueces en Pablo
Aunque los primeros cristianos eran un grupo reducido, a menudo objeto de calumnias, sospechas y rumores, mal vistos tanto por los dirigentes de las sinagogas como por las autoridades romanas, se consideraban destinados a juzgar. Creían que serían asociados a ese Reino. El apóstol que tuvo mayor éxito en el mundo romano, Pablo, escribe a la comunidad que había fundado en la colonia romana de Corinto: «¿No saben ustedes que los santos juzgarán al mundo? Y si el mundo va a ser juzgado por ustedes, ¿cómo no van a ser capaces de juzgar asuntos de mínima importancia?» (1 Cor 6,2). Así pues, no solo los Doce, sino también los simples fieles serán llamados a juzgar al mundo. Pablo va incluso más allá, con una afirmación todavía más sorprendente, en la que se incluye a sí mismo: «¿Ignoran que vamos a juzgar a los mismos ángeles? Con mayor razón entonces, los asuntos de esta vida» (1 Cor 6,3). ¿Juzgar a los ángeles? ¿Cómo podría alguien, y sobre todo un simple mortal, juzgar a los ángeles del Señor? ¿Quién, aparte del Señor mismo, podría juzgar a los ángeles? ¡Esta audacia de Pablo resulta sorprendente!
Esta convicción de Pablo será conservada por la tradición. En la segunda carta a Timoteo, escrita a finales del siglo I, leemos: «Esta doctrina es digna de fe: Si hemos muerto con él, viviremos con él. Si somos constantes, reinaremos con él» (2 Tm 2,11-12a). Más precisamente, el autor de la carta emplea un único verbo: «reinaremos juntos», es decir, «co-reinaremos». No hace más que retomar el verbo utilizado por Pablo en la primera carta a los Corintios: «¡Ojalá que así fuera, para que nosotros pudiéramos reinar con ustedes! [“co-reinar”]» (1 Cor 4,8). Pablo se mostraba entonces irónico, pero se refería a una realidad verdadera. Los fieles llegarán a ser juntos reyes[5], y la principal tarea de un rey es precisamente juzgar. Lo que era prerrogativa de uno solo, del único rey, pasa a ser patrimonio de todos.
El Apocalipsis resume muy bien esta fe: «Tú has hecho de ellos un Reino sacerdotal para nuestro Dios, y ellos reinarán sobre la tierra» (Ap 5,10), o bien: «serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él durante mil años» (Ap 20,6b)[6]. El autor del Apocalipsis añade la dimensión sacerdotal, pero existe un vínculo bíblico antiguo y profundo entre realeza y sacerdocio. David vistió el atuendo sacerdotal, el efod de lino (cf. 2 Sam 6,14a), y no fue reprendido por ello. En cuanto a los hijos de David, los hijos del rey-mesías, se dice: «Los hijos de David eran sacerdotes» (2 Sam 8,18b). Y, sin embargo, David, al igual que Jesús, no pertenecía a una familia de sacerdotes.
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Los cristianos son conscientes de ser hijos del Rey, hermanos del Mesías Jesús, llamados a ejercer la justicia junto con él. A reinar con él, a ser sacerdotes con él, como se dice de todo bautizado el día de su bautismo. Así, los versículos de Pablo sobre el juicio nos revelan el proyecto de Dios desde el principio: asociarnos para siempre a su vida y a su obra.
El primogénito de una multitud de hijos
Así pues, en un tiempo en que un pequeño número de cristianos, dispersos en algunas grandes ciudades, trata de sobrevivir mientras es calumniado, amenazado y, en ocasiones, denunciado, alberga una esperanza inmensa: juzgar al mundo, ejercer junto a Cristo la función regia del juicio. No parecen plantearse la pregunta de María: «¿Cómo será esto?» (Lc 1,34). ¿Por medio de qué obra, de qué milagro pueden unas criaturas imperfectas, marcadas por el pecado, que no saben mirar más allá de las apariencias, beneficiarse de la mirada de Dios, conocer la justicia de Dios y, sobre todo, estar habitadas por la sorprendente misericordia de Dios? El Apocalipsis da la respuesta: «el Señor Dios los iluminará, y ellos reinarán por los siglos de los siglos» (Ap 22,5). Como dirá Jesús: «Para los hombres esto es imposible, pero para dios todo es posible» (Mt 19,26).
Esta afirmación de Jesús hunde sus raíces en una convicción teológica judía que se había desarrollado en la época de Daniel. En tiempos del Mesías, en tiempos de aquel a quien algunos llamaban —siguiendo al profeta Daniel— «el Hijo del hombre», quienes lo siguieran participarían en su misión. Y ellos también podrían sentarse en tronos. «Y haré salir a la luz resplandeciente a quienes aman mi santo nombre y los pondré a cada uno en el trono de la gloria, (de la) gloria de Él. Y resplandecerán por tiempos inconmensurables»[7], proclama el libro intertestamentario de Enoc (1 Enoc 108,12-13). Pero esta idea también se encuentra en el libro canónico de la Sabiduría: en el día fijado por el Señor, en el día de Dios, « Por eso [los justos] brillarán […]. Juzgarán a las naciones y dominarán a los pueblos» (Sab 3,7-8a).
Aunque la tradición rabínica se mostrará reacia a avanzar en esta dirección, conserva, no obstante, alguna huella de ella. En efecto, está escrito: «Los justos se sentarán con la corona en la cabeza, gozando del esplendor de la Presencia divina» (Talmud, Sanedrín 91b). Aquí no se dice que juzgarán al mundo, pero, en cualquier caso, tienen una corona, que solo puede venir de Dios. Los rabinos del Talmud interpretan el versículo «si caminas por sus caminos» (Dt 28,9) como una invitación a «asemejarse» a Dios, a «tomarlo como ejemplo» (Tratado Shabat 133b). Así lo comenta Maimónides: «Así como Dios es llamado Clemente, también tú serás clemente. Así como Dios es llamado Misericordioso, también tú serás misericordioso. Como es llamado Santo, también tú serás santo. Desde esta misma perspectiva, los profetas han designado a Dios con los siguientes atributos: paciente, lleno de gracia, justo, recto, íntegro, poderoso y otros semejantes, para hacer comprender que se trata de comportamientos buenos y rectos que el hombre debe adoptar para asemejarse a Él, dentro de los límites de sus propias capacidades»[8]. «La fe nos hace creer que Dios concederá estas capacidades por medio del Espíritu Santo».
¿Qué pensaba el propio Jesús al respecto? Muchas de sus afirmaciones nos lo revelan. Jesús había meditado sobre el capítulo 34 de Ezequiel, que hablaba de ovejas en dificultades: «Buscaré a la oveja perdida, haré volver a la descarriada, vendaré a la herida y curaré a la enferma, pero exterminará a la que está gorda y robusta. Yo las apacentaré con justicia» (Ez 34,16). Jesús dijo que su misión era ir al encuentro de las «ovejas perdidas de la casa de Israel» y curarlas. Se dirigía a los humildes. Al mismo tiempo, impartía enseñanzas sobre el reino de Dios, que encarnaba toda su esperanza teologal. Invitaba a rezar a aquel Padre a quien llamaba Abbá, con confianza y familiaridad. Invitaba a los pequeños a entrar en el reino de su Abbá, aquel Padre de corazón materno. Tenía una fe inmensa en su Padre y exhortaba a imitarlo: «Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, ella les obedecería» (Lc 17,6). Las palabras «Padre», «Reino» y «pequeños» componen el triángulo teologal de Jesús.
Ser misericordiosos como el Padre
Esta capacidad humana de imitar a Dios en el perdón y en la providencia ya había sido anunciada al final del primer libro de la Biblia. José decía, en efecto, a sus hermanos: «No tengan miedo. ¿Acaso yo puedo hacer las veces de Dios? El designio de Dios ha transformado en bien el mal que ustedes pensaron hacerme, a fin de cumplir lo que hoy se realiza: salvar la vida a un pueblo numeroso. Por eso, no teman. Yo velaré por ustedes y por las personas que están a su cargo» (Gn 50,19-21). José habla y actúa como Dios, diciendo: «No tengan miedo». Es como un juez justo y misericordioso. Y actúa de manera providencial, como Dios. Después de José, encontraremos también la figura de Daniel. De joven recibió del Señor el Espíritu Santo, que le permitió salvar a Susana y condenar a los dos ancianos perversos: «El Señor suscitó el santo espíritu de un joven llamado Daniel» (Dn 13,45). Y Daniel actuó de modo que se hiciera justicia.
En el Éxodo, el Señor había revelado sus dos atributos esenciales en la llamada «fórmula de gracia»: «Moisés invocó el nombre del Señor. El Señor pasó delante de él y exclamó: “El Señor es un Dios compasivo y bondadoso, lento para enojarse, y pródigo en amor y fidelidad”» (Ex 34,5-6). Los dos primeros adjetivos, «compasivo y bondadoso», definen a Dios de manera más personal. Estos dos términos reaparecen en Sal 111,4b. Pero, sorprendentemente, en el salmo siguiente es un ser humano, el justo, quien recibe estos atributos divinos: «Para los buenos brilla una luz en las tinieblas: es el Bondadoso, el Compasivo y el Justo» (Sal 112,4). Dios quiso que los seres humanos fueran a su imagen, capaces de imitarlo en el perdón, en la fidelidad, en la piedad y en la misericordia.
Recordemos al buen samaritano. También él se llenó de compasión, «se conmovió en lo más profundo» —con una expresión utilizada anteriormente solo para Cristo— al ver el cuerpo inmóvil del hombre agredido por los bandidos. El verbo «conmoverse en lo más profundo» es especial: evoca las entrañas maternas del Dios bíblico y su atributo de misericordia, de origen materno. En el Evangelio de Lucas, este verbo se utiliza solo tres veces. En Lc 7 describe el sentimiento que Jesús experimenta ante la viuda de Naín, que se dispone a enterrar a su único hijo. En Lc 15 se utiliza para hablar del padre del hijo pródigo en la parábola que, situada en el centro del Evangelio, es la más adecuada para hablar del Padre celestial: «Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó» (Lc 15,20). Finalmente, este verbo se utiliza en la parábola del buen samaritano para referirse a un hombre común, anónimo, además samaritano, pero que se conmueve como Dios y, sobre todo, actúa como él. Evalúa correctamente la situación y se acerca al cuerpo. Está dispuesto a «enterrar a los muertos y remendar a los vivos»[9], según una hermosa expresión de Chéjov. Una vez que llega a su lado, se ocupa de él, tanto en el presente como de cara al futuro. En efecto, deja al posadero lo suficiente para que pueda cuidar del herido. Aunque invisible, su bondad sigue actuando.
Se comprende por qué ha sido visto como una figura de Cristo. Está al servicio de la vida con inteligencia. Se deja conmover, se inclina sobre el prójimo; actúa con tacto, competencia y previsión. Representa a cada uno de nosotros. Lo que Jesús le dice a él nos lo dice también a cada uno de nosotros: «Haz tú lo mismo» (Lc 10,37). Aquel samaritano es lo que todo bautizado está llamado a ser: otro Cristo, un ser misericordioso, inteligente y providente.
Conclusión
Después de su venida al mundo con la misión del Siervo sufriente, que soporta con valentía la humillación y ofrece su propia vida por Israel y por las multitudes (cf. Is 53,11-12), Cristo habla de su segunda venida en la gloria con los ángeles: «El Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras» (Mt 16,27). Es decir, será juez, y un juez justo. Nos ha llamado a seguirlo en su camino de humildad: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mt 16,24); y también nos llama a seguirlo en su camino de gloria y a compartir su misión de juez.
Si Dios mismo dice que compartirá su juicio con el Hijo del hombre, y si el Hijo del hombre dice que compartirá su juicio con nosotros, esto solo puede significar una cosa: se nos hará partícipes de su conocimiento puro y perfecto, se nos hará partícipes de su divinidad. «Seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es» (1 Jn 3,2). Seremos, según la expresión de la teología oriental, «divinizados», recibiendo los atributos de Dios: «Se nos han concedido las más grandes y valiosas promesas, a fin de que ustedes lleguen a participar de la naturaleza divina» (2 Pe 1,4a).
En la palabra sobre los doce tronos, Jesús revela el corazón del proyecto de Dios: quiere que seamos semejantes a él, que tengamos su mismo corazón, su misma justicia, su misma misericordia.
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Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 16. ↑
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P. Sacchi (ed.), Apocrifi dell’Antico Testamento, vol. 1, Milán, TEA, 1990, 142 (la cursiva es nuestra). ↑
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Orígenes, Omelie sui Numeri, XXVIII, 4, Roma, Città Nuova, 1988, 407. ↑
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Ireneo de Lyon, s., Contro le eresie e gli altri scritti, III, 19, 1, Milán, Jaca Book, 1997, 278 (la cursiva es nuestra). ↑
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Este verbo es poco frecuente en la literatura griega, pero no sorprende que Plutarco lo use en Licurgo 5 – συμβασιλεύοντα –, porque en Esparta los dos reyes de la ciudad reinaban juntos. ↑
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Βασιλεύσουσιν en ambos casos. El mismo verbo se usa en Ap 22,5. ↑
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P. Sacchi (ed.), Apocrifi dell’Antico Testamento, cit., 254 (la cursiva es nuestra). ↑
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Mishneh Torah, Leyes morales 1,5-6. ↑
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A. Chéjov, Platonov, Turín, Einaudi, 1959, 278. ↑
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