«El Reino de los cielos se parece a un rey que ofreció una fiesta por las bodas de su hijo. Envió a sus servidores para que llamaran a los invitados a la fiesta, pero estos no quisieron venir. De nuevo mandó a otros servidores, para que dijeran a los invitados: “Tengo preparado mi banquete, he matado novillos y mis mejores terneros y todo ya está listo: ¡vengan a la fiesta de bodas!” Pero ellos, sin hacer caso, se fueron uno a su propio campo, otro a su negocio y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron. El rey se enfureció y envió a sus tropas, las cuales acabaron con aquellos asesinos e incendiaron su ciudad. Entonces dijo a sus servidores: “Ya que la fiesta está preparada y los invitados no han sido dignos, vayan a los cruces de los caminos e inviten a cuantos encuentren”. Aquellos servidores, después de salir a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de la fiesta se llenó de invitados. Sin embargo, cuando el rey entró a saludar a los invitados, vio a un hombre que no estaba vestido con el traje de bodas, y le preguntó: “Amigo, ¿cómo entraste así, sin tener el traje de bodas?” Pero él se quedó callado. Entonces el rey ordenó a los servidores: “¡Átenlo de pies y manos, y arrójenlo fuera, a la oscuridad! ¡Allí habrá llanto y desesperación!” Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos» (Mt 22,2-14).
Pertenecer al pueblo de Dios es considerado a veces una garantía de salvación: esto no era verdad en el pasado, no lo es en el presente y nunca lo será. Formar parte del pueblo elegido es una vocación que exige una conversión continua.
Para comprender la parábola, que sigue a la de los viñadores homicidas, hay que recordar que el banquete de bodas del Hijo nunca está completo mientras falte una sola persona: todos deben participar (cf. Lc 15, el hijo mayor que no quiere participar en la fiesta del Padre). De ahí las distintas llamadas. La invitación presupone una respuesta libre: pero no todos la dan; es más, varios se niegan a ir. El Señor nos propone tanta alegría, nos ofrece tantos dones que a menudo no solo son rechazados, sino también despreciados porque interesan otras cosas. El detalle de la ciudad entregada a las llamas quizá alude a la destrucción de Jerusalén del año 70, un hecho gravísimo que comportó la demolición del Templo, signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo.
Cuando los invitados no responden, el rey manda llamar a todos los que los servidores encuentran en las plazas y en las calles: «malos y buenos». Esta precisión sirve para introducir la segunda parte de la parábola, donde aparece quien acoge la llamada pero no se da cuenta de su valor y de su importancia.
Para participar en el banquete se exige un determinado comportamiento; en el caso concreto, el traje de fiesta. Hay que tener presente que en el mundo antiguo, cuando un rey invitaba a un pariente pobre a una ceremonia, debía darle también el vestido, puesto que carecía de él. Esto explica la pregunta final: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de boda?». El título de «amigo» indica familiaridad, trato habitual, cercanía.
¿Qué es, entonces, ese vestido que le ha sido regalado? Este es el núcleo de la parábola. Es la conciencia de un don recibido y acogido, pero luego rechazado. Es un «sí» pronunciado una vez, pero no renovado continuamente en la vida cotidiana. Es clara la referencia al vestido blanco del bautismo, que nos reviste de Cristo (cf. Ga 3,27; Rm 13,14) y nos hace discípulos suyos. Es el traje de quien ha sido perdonado y vive del perdón; de quien se reconoce pecador y responde a la invitación a hacer el bien. Es la actitud de quien no piensa en sí mismo, sino que está orientado hacia los demás; es la acogida gozosa de un don que nos convierte en donantes. Es el don de la gracia, que nos hace agradecidos y generosos con los hermanos. Es la responsabilidad de pertenecer al pueblo de Dios, a la Iglesia.
La primera lectura de Isaías prepara la parábola: habla de un banquete de Dios para todos los pueblos, sin limitaciones ni discriminaciones. Un banquete maravilloso del que es imposible imaginar algo mejor. Él quiere poner fin a la vergüenza y a la tristeza de la gente, quiere eliminar la muerte para siempre, secar las lágrimas de todos los rostros y hacer desaparecer el deshonor de su pueblo (Is 26,6-10).
Papa León XIV: «Jesús y María […] esta noche les pedimos un don especial: la paz para todos los niños del mundo, especialmente para aquellos que viven donde hay guerra, en tantos países de la tierra».


