Espiritualidad

Ecos inesperados: El filósofo chino Mozi y la encíclica «Fratelli tutti»

En 2020, el papa Francisco promulgaba la encíclica social Fratelli tutti (FT)[1]. En ella reflexionaba sobre los desafíos urgentes de nuestro tiempo: la guerra y los conflictos armados, las pandemias, el hambre, las amenazas nucleares, el colapso ecológico y un tejido social cada vez más fragmentado. Con un llamamiento urgente, pero también esperanzador, el Pontífice invitaba al mundo a repensar una ética social fundada en la fraternidad universal. Ante un mundo marcado por la inestabilidad, la desconfianza y la polarización, trazaba el horizonte de una renovada comunión de la humanidad, en la que se afirme y proteja la dignidad de cada persona. Esta visión nos interpela a despertar la imaginación moral, responder con solidaridad al sufrimiento, resistir a la indiferencia, sanar las divisiones y construir un mundo configurado no por la exclusión o el interés personal, sino por un amor que abrace a todos.

La encíclica constituye una invitación dirigida a toda la familia humana. El papa Francisco se dirige a personas de todas las naciones, culturas y religiones para que abandonen los prejuicios y superen las barreras de la política, las interpretaciones erróneas de la religión y la ideología. Exhorta a construir una comunidad global caracterizada por el amor, el perdón, la acogida y una solidaridad inclusiva. Este llamamiento posee, al mismo tiempo, una dimensión social y espiritual: la reconciliación entre los pueblos, con la naturaleza, con uno mismo y con Dios. Fratelli tutti nos invita a mirar más allá de las fronteras y las identidades, a ver a los demás a través de la mirada del amor y a recomponer las relaciones humanas en una fraternidad de paz, esperanza y humanidad compartida.

Mucho tiempo antes, en la antigua China, el filósofo Mozi había enunciado los principios de Jian Ai (兼爱, «amor universal»), Fei Gong (非攻, «no agresión») y Shang Tong (尚同, «unidad armoniosa»). Su pensamiento proponía una ética inclusiva del cuidado, el rechazo de la guerra y un orden social fundado en la justicia, la paz y la atención a los más vulnerables.

En este artículo exploramos las resonancias entre la filosofía de Mozi y los temas centrales de Fratelli tutti. Aunque están separados por dos milenios y arraigados en tradiciones diferentes, Mozi y el papa Francisco proponen visiones convergentes de solidaridad con los marginados, de compromiso con la paz y de aspiración a la justicia social. Su diálogo a través de culturas y épocas abre nuevas perspectivas para la reflexión espiritual y ética, así como para la regeneración de un mundo fragmentado.

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El espíritu del amor universal en el pensamiento de Mozi

Mozi (c. 468 – 376 a. C.) vivió en una época de profundas turbulencias en la historia de China, poco después de la muerte de Confucio y antes de que Mencio difundiera su pensamiento. Su vida se sitúa entre la última etapa del período de las Primaveras y Otoños y el comienzo del período de los Estados Combatientes. Fue una época marcada por la desintegración de la autoridad central de la dinastía Zhou, el derrumbe del orden feudal y el ascenso de Estados regionales en guerra permanente entre sí. Con la desaparición de las normas rituales y la decadencia de la música —símbolo y fuerza rectora del orden moral—, la sociedad también se disgregaba. El pueblo soportaba el mayor peso de esta crisis y sufría desplazamientos forzosos, miseria y violencia. Como respuesta a un sufrimiento tan generalizado, Mozi se presentó como un reformador moral y fundó la escuela mohísta: una filosofía práctica y comprometida con la sociedad, orientada a restablecer el orden, la justicia y un gobierno ético.

Para los lectores occidentales, más familiarizados con el confucianismo y el taoísmo, Mozi y sus enseñanzas ofrecen una perspectiva original sobre el pensamiento filosófico chino, dentro del cual el mohísmo sigue siendo reconocido como uno de los cinco grandes sistemas. El énfasis en el amor universal, la acción no militar y el cuidado imparcial resulta hoy de extraordinaria actualidad y, en muchos aspectos, anticipa el discurso global contemporáneo y la doctrina social de la Iglesia católica. Esta perspectiva es importante tanto para los lectores orientales como para los occidentales, no solo por el contenido del pensamiento de Mozi y su potencial para entablar un diálogo con la reflexión occidental, sino también porque amplía nuestra imaginación recíproca acerca de las posibilidades y el alcance de un diálogo de este tipo.

En el centro del pensamiento de Mozi se encuentra el Jian Ai, traducido habitualmente como «amor universal» o «cuidado imparcial». El filósofo identificaba en la ausencia de preocupación mutua la causa originaria del desorden social: el egoísmo genera conflictos, opresión y daño. Como afirma en Jian Ai I: «Preguntémonos: ¿de dónde nace el desorden? Comienza cuando los hombres no se aman mutuamente»[2].

Mozi ofrece un diagnóstico concreto del fracaso moral y de sus consecuencias sociales. Los hijos que persiguen su propio beneficio en lugar de cumplir con sus deberes filiales, los ministros que anteponen sus intereses personales a los del Estado y los ciudadanos que se muestran indiferentes entre sí, cuando no hostiles, conducen colectivamente a la sociedad al caos. Escribe: «Hoy los hijos no aman a sus padres, sino que desean sus riquezas; los hermanos menores no aman a los mayores, sino que codician sus bienes; los ministros no aman a sus soberanos, sino que ambicionan sus reinos. Así, entre padres e hijos, entre hermanos, entre gobernantes y ministros, reinan el daño y la traición mutuos»[3].

Para Mozi, el Jian Ai no es una abstracción utópica, sino una visión ética concreta: un medio para eliminar el odio, poner fin a la guerra y fundar un orden social justo y armonioso. Este amor debe ser, ante todo, imparcial; debe extenderse más allá de los vínculos de parentesco, amistad o interés personal. Así lo imagina: «Supongamos que todos los hombres bajo el Cielo se amaran mutuamente y cuidaran de los demás como de sí mismos… ¿Seguiría habiendo impiedad filial? […] ¿Seguiría habiendo falta de benevolencia? […] ¿Seguiría habiendo ladrones y bandidos? […] ¿Seguirían atacándose los señores feudales y anexionándose mutuamente sus Estados?»[4].

En una sociedad semejante, los individuos actúan no por interés propio, sino por empatía y responsabilidad ética hacia los demás; los soberanos aman a sus súbditos como a sus hijos; los ciudadanos honran a los gobernantes como a sus padres; los vecinos viven en concordia; los Estados colaboran en lugar de combatir entre sí. La ética de Mozi es profundamente igualitaria: extiende el cuidado a los débiles, los oprimidos y quienes se encuentran fuera del propio círculo. El filósofo critica enérgicamente el «amor diferenciado», es decir, el favoritismo que privilegia a unos y descuida a otros, fuente de jerarquías, desigualdad y conflictos.

En Jian Ai II, Mozi reafirma el principio fundamental: «El amor universal implica un cuidado imparcial; se debe amar a los demás como a uno mismo»[5]. Esta ética radical, fundada en el Ai Wu Cha (愛無差, «amor sin distinciones»), cuestiona directamente las jerarquías de parentesco, rango y clase social. En una sociedad dominada por el ritual jerárquico y las estructuras patriarcales, la visión de Mozi resulta profundamente anticonvencional y moralmente subversiva. Frente al amor gradual del confucianismo, que se irradia progresivamente desde la familia, rechaza la benevolencia selectiva, al considerarla origen de la injusticia y la discordia.

La filosofía de Mozi se extiende más allá de la ética y abarca la política y la organización social. Promueve la frugalidad, se opone a la ostentación de la riqueza y rechaza las doctrinas que justifican la desigualdad como un hecho natural. Según sostiene, la autoridad política debe fundarse en la virtud y la competencia, en lugar de en la herencia, de acuerdo con principios como Shang Xian (尚賢, «exaltar a los dignos») y Shang Tong (尚同, «unidad armoniosa»). En este marco, el Jian Ai funciona como un imperativo tanto moral como estructural, que orienta la vida social, económica y política hacia la justicia y la armonía.

En respuesta a la devastación causada por las guerras incesantes y el colapso social, Mozi elabora una concepción del gobierno fundada en el cuidado mutuo: «Puesto que el sabio se propone gobernar el mundo —escribe—, ¿cómo podría no promover el amor recíproco y prohibir el daño mutuo?»[6]. El verdadero gobierno exige cultivar la empatía, reprimir la violencia y crear estructuras que privilegien el bien común.

Mozi sintetiza el potencial transformador del Jian Ai al afirmar: «Supongamos que existe una persona que ama a todos los hombres del mundo como se ama a sí misma y los beneficia como se beneficiaría a sí misma: esa persona encarna el Jian Ai»[7]. Esta revolución ética desplaza el centro de gravedad moral del interés personal al altruismo, del yo aislado al bien común. Cuando los individuos consideran que el bienestar de los demás es inseparable del propio, se hace posible una verdadera armonía social.

En síntesis, la filosofía mohísta del amor universal afirma la dignidad humana, rechaza el dominio y la violencia y cuestiona las jerarquías de su tiempo. Propone una alternativa fascinante a ese dominio: una sociedad gobernada no por el privilegio o la coerción, sino por una compasión racional y el cuidado mutuo. En la historia del pensamiento, el Jian Ai prefigura conceptos que abarcan desde la ética cristiana del ágape hasta los discursos ilustrados sobre los derechos universales, pasando por los principios modernos de justicia social y distributiva. Surgida del caos de la antigua China, la visión moral de Mozi sigue dirigiendo un llamamiento vivo y urgente a un mundo marcado por las desigualdades y los conflictos.

La filosofía de la no agresión («Fei Gong»)

En medio de las guerras incesantes y las luchas por el poder del período de las Primaveras y Otoños y de los Estados Combatientes, Mozi se erige como una figura de profunda claridad moral y conciencia social. Movido por una sincera preocupación por el sufrimiento del pueblo, formula la doctrina del Fei Gong, «no agresión», como crítica ética y política de la guerra injusta. En su ensayo fundamental Fei Gong, combina una argumentación lógica rigurosa con un apasionado llamamiento moral, denunciando la guerra no solo como algo inútil, sino también como fuente de destrucción catastrófica, especialmente para los más vulnerables: los pobres, los ancianos, las mujeres y los niños.

El filósofo no duda en representar con realismo la brutalidad del conflicto: «Así, cuando las ciudades son asediadas y se libran batallas en los campos, los cadáveres llenan las calles, los bienes del pueblo son saqueados y sus casas quedan reducidas a cenizas»[8]. Estas palabras dan testimonio del coste humano de la guerra: familias destruidas, vidas inocentes truncadas y comunidades sumidas en el sufrimiento. Además de provocar la destrucción material, la guerra corrompe la cohesión social y vulnera las obligaciones éticas fundamentales que unen a la humanidad.

La oposición de Mozi a la guerra no nace de un principio abstracto, sino de una ética concreta, centrada en la persona. La perspectiva del beneficio para «las innumerables gentes del pueblo» debe llevar a los gobernantes a renunciar a la conquista militar y al dominio basado en la fuerza. Su primer deber, insiste, es proteger el bienestar de los ciudadanos y mantener la paz. Los costes de la guerra superan con creces cualquier posible beneficio: «En las grandes guerras, los muertos se cuentan por decenas de miles; en las pequeñas, por miles»[9].

Con extraordinaria claridad moral, Mozi cuestiona las motivaciones de los belicistas: «Si la guerra consume los recursos del pueblo, perjudica sus intereses y causa sufrimientos incalculables, ¿por qué emprenderla?»[10]. Frente a los gobernantes ávidos de fama, territorios o riquezas, rechaza de plano tales justificaciones. Las guerras de este tipo revelan una ceguera moral: sacrifican la vida y la dignidad humanas en aras de un prestigio o un poder efímeros. Y concluye con lucidez: «Gobernar de este modo no es la función propia del soberano»[11].

Lo que hace que el Fei Gong resulte especialmente significativo es que trasciende la estrategia política para encarnar una profunda visión ética. Al hablar en nombre de los indefensos y de quienes carecen de voz, Mozi pone de relieve el coste humano de la guerra, centrándose en quienes no cuentan con protección ni tienen voz en las decisiones que determinan su destino. Su preocupación abarca tanto la paz como la justicia: una sociedad en la que las políticas estén al servicio del bien común y en la que el amor y la solidaridad prevalezcan sobre la violencia y el dominio. Arraigado en la ética del amor universal, el rechazo mohísta de la guerra refleja una concepción del orden social fundada en la compasión, la convivencia y el cuidado mutuo.

El compromiso de Mozi con la no agresión no es puramente teórico. El episodio titulado «Detener el ataque de Chu contra Song» narra su intento de poner fin activa y personalmente a aquel conflicto. Mozi acudió ante los gobernantes de Chu para disuadirlos de atacar al pequeño Estado de Song. Frente a una potencia militar superior, combinó la argumentación moral con la demostración práctica, poniendo de manifiesto la inutilidad de la conquista y proponiendo estrategias defensivas. Este episodio ejemplifica el carácter aplicado de la filosofía mohísta: su atención al sufrimiento real y su disposición a combatir la violencia mediante la razón ética y el ingenio técnico. El principio mohísta de «recurrir a la justicia para detener las armas» representa así, al mismo tiempo, una condena de la violencia y un modelo concreto de paz, fundado en una obligación moral universal.

La doctrina del Fei Gong conserva una sorprendente actualidad, que va mucho más allá de su época turbulenta. Al cuestionar la moralidad de la guerra en cualquier tiempo y cultura, ofrece una enseñanza perdurable para un mundo que sigue herido por los conflictos armados, la proliferación de armas, el terrorismo y el militarismo. Como afirma Mozi, el verdadero signo de la sabiduría política no consiste en someter a los demás, sino en ganarse sus corazones, garantizar la paz y proteger los intereses fundamentales del pueblo.

Amor universal para todos

Aunque Mozi y el papa Francisco vivieron en épocas históricas y contextos culturales muy diferentes —Mozi, en el turbulento período de los Estados Combatientes, hace más de dos milenios, en la antigua China, y el papa Francisco, como guía espiritual de la Iglesia católica en el siglo XXI—, las respuestas que ambos ofrecen a las crisis morales de su tiempo revelan una profunda consonancia que trasciende épocas y civilizaciones. Pese a las diferencias de expresión y de circunstancias, ambos convergen en un imperativo ético universal: amar a los demás como a uno mismo. Tanto en la doctrina de Mozi sobre el amor universal y el rechazo de la agresión como en la encíclica Fratelli tutti, que, siguiendo la enseñanza evangélica, pone el acento en la fraternidad y en la unidad de la familia humana, se destaca un amor incondicional y sin fronteras, orientado a construir una sociedad justa, armoniosa y digna del ser humano.

Incluso antes de este encuentro ideal entre visiones complementarias, hallamos en Fratelli tutti las mismas esperanzas y aspiraciones que animaban a Mozi: una visión de confianza en el futuro, aun siendo conscientes de las dificultades del presente. En un mundo marcado por crisis cada vez más graves —guerras, pandemias, hambre, degradación ecológica y la amenaza constante de las armas nucleares—, el papa Francisco lanza un llamado profético a la responsabilidad y a la solidaridad. Afirma que solo una sociedad fundada en el amor, la justicia y la fraternidad puede favorecer un desarrollo auténtico y una paz universal. La humanidad, insiste, es una única familia: interdependiente, partícipe de las alegrías y los sufrimientos de los demás, unida tanto en la vulnerabilidad como en la esperanza.

El papa Francisco escribe en Fratelli tutti: «Anhelo que, en esta época que nos toca vivir, reconociendo la dignidad de cada persona humana, podamos hacer renacer entre todos un deseo mundial de hermandad. Entre todos: «He ahí un hermoso secreto para soñar y hacer de nuestra vida una hermosa aventura. Nadie puede pelear la vida aisladamente. […] Se necesita una comunidad que nos sostenga, que nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante. ¡Qué importante es soñar juntos! […] Solos se corre el riesgo de tener espejismos, en los que ves lo que no hay; los sueños se construyen juntos». Soñemos como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos» (FT 8).

En el segundo capítulo de Fratelli tutti, titulado «Un extraño en el camino», el papa Francisco reflexiona sobre la parábola del buen samaritano y la presenta como una clave de lectura decisiva para comprender el mandamiento ético de «amar al prójimo como a uno mismo». El samaritano —extranjero y marginado— es el único que se detiene, se inclina y levanta al hombre herido, abandonado al borde del camino. Esta imagen ilumina tanto la fragilidad como la vocación de la condición humana: a veces nos encontramos como el «extraño en el camino», aislados y olvidados, pero cada uno de nosotros está también llamado a encarnar al samaritano, venciendo la indiferencia mediante la compasión.

Esta parábola no se propone como una mera ilustración moral, sino como una llamada radical a la responsabilidad compartida. En una época marcada por la división, la hostilidad y el repliegue defensivo, Francisco nos desafía a redescubrir nuestro deber recíproco. No somos islas, sino miembros de una familia íntimamente unida. La pregunta crucial, entonces, es si, en los múltiples y fugaces encuentros de la vida cotidiana, sabemos detenernos para reconocer a los heridos y responder con compasión a su clamor. El modo en que tratamos a los más vulnerables revela el estado de nuestra alma y hasta qué punto nuestra vida está orientada al amor de Dios.

Rechazar la guerra y la violencia: Mozi y el papa Francisco

Esta sensibilidad común y esta visión convergente hacen posible un diálogo fecundo entre Mozi y la encíclica Fratelli tutti. En el siglo XXI, la civilización material ha alcanzado cotas sin precedentes: la humanidad ha realizado avances extraordinarios en la ciencia, la tecnología, la economía, la medicina y la comunicación. Sin embargo, a pesar de estos logros, la guerra y la violencia siguen siendo una presencia constante y, a menudo, creciente. Desde los conflictos entre Estados hasta las guerras regionales, desde las hostilidades étnicas hasta los atentados terroristas y las tensiones generadas por los desequilibrios económicos o la escasez de recursos, el mundo no se ha vuelto más seguro, sino más fragmentado y frágil.

Ante esta dramática realidad, el papa Francisco formula en Fratelli tutti un imperativo moral inequívoco: ¡No existe una guerra justa!. Y declara: «La guerra es un fracaso de la política y de la humanidad, una claudicación vergonzosa, una derrota frente a las fuerzas del mal. No nos quedemos en discusiones teóricas, tomemos contacto con las heridas, toquemos la carne de los perjudicados» (FT 261). La guerra no solo siembra muerte y destrucción, sino que también desgarra el tejido social, deja cicatrices profundas y, a menudo, irreparables, y acrecienta las divisiones y las hostilidades entre los pueblos. En una época marcada por los arsenales nucleares y las tecnologías bélicas avanzadas, las consecuencias de los conflictos ya no se limitan al sufrimiento local, sino que ponen en peligro el futuro mismo de la humanidad.

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La paz, subraya el papa Francisco, no puede imponerse por la fuerza: debe cultivarse mediante el diálogo, la construcción de instituciones justas, la fidelidad a la verdad y un espíritu de amor fraterno. El pontífice hace un llamamiento a restablecer la confianza, superar los prejuicios y abrir el corazón al «otro». «El camino hacia la paz no implica homogeneizar la sociedad, pero sí nos permite trabajar juntos. Puede unir a muchos en pos de búsquedas comunes donde todos ganan. Frente a un determinado objetivo común, se podrán aportar diferentes propuestas técnicas, distintas experiencias, y trabajar por el bien común» (FT 228).

La verdadera reconciliación no borra el sufrimiento ni niega la realidad del mal: se fundamenta en el respeto a la memoria histórica, la revelación de la verdad y la sanación de los corazones heridos. Solo afrontando los traumas del pasado, reconociendo las raíces de la injusticia y asumiendo colectivamente la responsabilidad de reparar el daño, las sociedades pueden salir de la lógica de la venganza. A través de este proceso arduo pero necesario, la humanidad puede encaminarse hacia un futuro marcado por la inclusión, la compasión y una esperanza duradera.

En Jian Ai, Mozi afirma: «Considera el Estado ajeno como tu propio Estado; considera las familias ajenas como tu propia familia; considera a las personas ajenas como a ti mismo»[12]. Aquí formula una visión moral que amplía el yo hasta incluir al otro: un principio de identificación recíproca y altruismo. Y prosigue: «Por tanto, cuando los príncipes feudales se aman mutuamente, no hacen la guerra; cuando los jefes de familia se aman, no se usurpan unos a otros… Si todos en el mundo se amaran mutuamente, los fuertes no oprimirían a los débiles, los muchos no maltratarían a los pocos, los ricos no insultarían a los pobres, los nobles no despreciarían a los humildes y los astutos no engañarían a los sencillos. Todas las calamidades, las usurpaciones, los rencores y los odios del mundo podrían evitarse practicando el amor recíproco. Por eso los virtuosos lo elogian»[13].

Mozi imagina una sociedad ideal fundada en el altruismo universal, en la que los poderosos no explotan a los débiles y todas las personas son tratadas con dignidad, independientemente de su riqueza, estatus o inteligencia. Su Jian Ai va más allá del cultivo moral individual: se convierte en un principio político y social, con profundas implicaciones para el gobierno y la paz. Su objetivo no es solo la armonía familiar o la formación ética personal, sino la transformación moral del mundo, lo que él denominaba «beneficiar al mundo de manera imparcial».

De manera análoga, el papa Francisco reafirma en Fratelli tutti que el «verdadero amor» debe trascender las fronteras raciales, religiosas, nacionales, políticas y de clase. Inspirándose en la parábola del buen samaritano, subraya cómo el excluido —el extraño rechazado por la sociedad— se convierte en modelo de compasión, mientras otros pasan de largo con indiferencia. Escribe: «Es un texto que nos invita a que resurja nuestra vocación de ciudadanos del propio país y del mundo entero, constructores de un nuevo vínculo social. Es un llamado siempre nuevo, aunque está escrito como ley fundamental de nuestro ser: que la sociedad se encamine a la prosecución del bien común y, a partir de esta finalidad, reconstruya una y otra vez su orden político y social, su tejido de relaciones, su proyecto humano» (FT 66).

Este compromiso con el bien común está en consonancia con la visión de Mozi sobre el cuidado universal, que consideraba digno de la alabanza de los virtuosos. Tanto el Jian Ai de Mozi como el llamamiento del papa Francisco a la fraternidad aspiran a una humanidad capaz de superar el egoísmo y los prejuicios arraigados, e instan a mostrar compasión y solidaridad hacia los marginados, los que sufren y los excluidos. Es precisamente esta capacidad de renunciar a la autorreferencialidad y elegir el amor la que permite a la humanidad responder a las exigencias éticas de nuestra existencia compartida.

Oportunidades de crecimiento a través del diálogo

Aunque del diálogo entre Fratelli tutti y Mozi se pueden extraer grandes fuentes de inspiración, también es posible reconocer algunas diferencias y puntos problemáticos entre ambos. En primer lugar, resulta evidente que Fratelli tutti se arraiga en la enseñanza tradicional de la Iglesia y encuentra su fuente última en Dios, origen del amor incondicional, y en Jesucristo, Verbo encarnado. Mozi, en cambio, fue un filósofo cuyas ideas se fundamentaban en la experiencia humana y en la comprensión cultural; su perspectiva es, por tanto, más antropocéntrica, forjada en un contexto histórico marcado por las guerras y la inestabilidad social. En Fratelli tutti, el amor universal y la amistad social se fundamentan en la convicción de que el ser humano ha sido creado a imagen de Dios y posee una dignidad intrínseca e igual a la de los demás, como hijo de Dios. Vivir conforme a esta dignidad significa manifestar el amor divino. El universalismo de Mozi, en cambio, es de naturaleza utilitarista y pragmática: sostiene que el amor universal reduce los conflictos, aumenta la productividad y mantiene la estabilidad social.

Además, Fratelli tutti propone una visión del mundo basada en la colaboración global, la solidaridad y el diálogo, e invita a toda la humanidad a construir la fraternidad y la amistad social, no solo entre los seres humanos, sino también extendiéndolas al conjunto de la Tierra. Mozi, por su parte, se centraba sobre todo en la no violencia, la prevención de la guerra y la satisfacción de las necesidades materiales esenciales de su época y de su país.

A pesar de los puntos de divergencia, ambos textos pueden iluminarse mutuamente. Como ha pasado inadvertido para algunos comentaristas, Fratelli tutti no propone un universalismo indiferenciado, sino que reconoce ampliamente la relación dinámica entre lo particular y lo universal, como se desprende de los nn. 142-153. ¿Hay espacio para esta dialéctica también en la visión de Mozi? Fratelli tutti reconoce que «entre la globalización y la localización se produce una tensión» (FT 142) e invita a tomar conciencia de estos desafíos concretos, construyendo al mismo tiempo instrumentos de diálogo entre las realidades locales y los horizontes universales. De manera análoga, en el concepto de Jian Ai queda claro que Mozi no propone un ideal abstracto, sino un proceso progresivo: de lo personal a lo comunitario, de uno mismo a los demás. Anima a las personas a extender su cuidado más allá de sus propios intereses y del ámbito restringido de la familia, hasta abarcar a la sociedad en su conjunto. Reconoce las diferencias de perspectiva en los ámbitos familiar, comunitario y social, pero subraya que las particularidades locales o personales nunca deben convertirse en un pretexto para limitar la responsabilidad y el cuidado hacia los demás.

En el escrito «Amor universal» (Jian Ai), el filósofo chino ilustra este principio con un ejemplo: «Si todos practicaran el amor y el beneficio recíprocos, los Estados no se atacarían y las familias no caerían en el desorden». Esto demuestra que, cuando los individuos extienden su amor a comunidades más amplias, la sociedad puede evitar los conflictos y promover el bien común. Esta idea coincide plenamente con el énfasis que Fratelli tutti pone en la amistad social, la solidaridad y la fraternidad.

A pesar de las diferencias, tanto de Mozi como de Fratelli tutti se pueden extraer enseñanzas prácticas, especialmente para el mundo contemporáneo, en el que millones de personas sufren a causa de las guerras, la pobreza, las enfermedades y las privaciones. Una sociedad en la que los pobres son cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos no refleja el mundo querido por Dios ni responde a la responsabilidad moral del ser humano. El diálogo entre estas dos tradiciones puede inspirar un cambio radical, siempre que las necesidades humanas se aborden de manera concreta; de lo contrario, el conocimiento teórico resultará estéril. En este sentido, la enseñanza de Mozi conserva una sorprendente actualidad y una gran aplicabilidad práctica, pues muestra cómo muchos de los principios que se destacan en Fratelli tutti, inspirados por la luz del Evangelio, son plenamente compatibles con una sabiduría ética humana que ya florecía hace 2.500 años.

Conclusión

En una época marcada por una globalización sin precedentes, avances tecnológicos extraordinarios y una abundancia material nunca antes conocida, la humanidad se enfrenta a una paradoja: junto con el progreso, aumentan las desigualdades sociales, la desconfianza mutua, la indiferencia entre las personas y la fragmentación cultural. En este contexto, las intuiciones de Mozi y del papa Francisco —que abarcan milenios y unen Oriente y Occidente— ofrecen una guía ética de valor inestimable. Recurriendo, respectivamente, a la filosofía de la antigua China y a la tradición de la fe cristiana, ambos exhortan a la humanidad a renovar su comprensión del amor y a llevarlo a la práctica. La doctrina mohista del amor universal y el énfasis del papa Francisco en la fraternidad universal convergen en un mismo principio: el verdadero progreso humano no depende de la acumulación material ni del poder tecnológico, sino del cuidado mutuo, la confianza, la comprensión y la responsabilidad compartida.

En un mundo cada vez más fragmentado, cada uno de nosotros no es solo miembro de la sociedad, sino también «prójimo» de los demás, de los más vulnerables y del propio medio natural. Llevamos en nosotros la responsabilidad de cuidarnos mutuamente y el imperativo moral de actuar en favor de los demás. Solo cuando el concepto de «prójimo» se interioriza como ética universal del ser humano, la sociedad puede irradiar una verdadera esperanza y ofrecer una promesa de futuro. Mozi y el papa Francisco afirman ambos que el amor debe superar las fronteras de la cultura, la religión, la clase social y la nacionalidad, convirtiéndose en una fuerza transformadora capaz de favorecer la cohesión social y la solidaridad humana. Su diálogo atemporal traza un horizonte ético más amplio: si la humanidad aspira a la armonía, la comunión y la paz, debe superar los límites del egocentrismo y asumir la responsabilidad hacia el «otro».

Solo sobre la base del amor universal y la prosperidad recíproca puede la sociedad humana avanzar hacia la justicia, la paz y la dignidad. Esta visión no es únicamente una aspiración de los sabios o los santos, sino también un imperativo moral para todo individuo consciente de nuestro tiempo. En un mundo interdependiente, el sufrimiento de una persona se entiende como una herida y una responsabilidad compartidas. Las crisis contemporáneas —la guerra, la desigualdad sistémica, el cambio climático y el aislamiento social— se derivan, en gran medida, de la falta de compasión y del debilitamiento de los vínculos humanos.

Reavivar un amor universal que trascienda el interés personal, la etnia y la nación es esencial para recomponer el tejido desgarrado de la humanidad y restablecer la confianza, la empatía, la calidez humana y el sentido de comunidad. Mozi y el papa Francisco, aunque separados por siglos y pertenecientes a culturas diferentes, convergen en un mensaje poderoso: el amor no es un ideal ornamental ni una retórica sentimental, sino el fundamento de la civilización y un imperativo para la acción concreta. Es la única vía posible hacia un futuro compartido y sostenible, el llamamiento más profundo de la conciencia y el principio rector tanto de las sociedades como de los individuos.

En la era de la globalización, un diálogo intercultural e intertemporal de este tipo proporciona una base indispensable para la comprensión mutua y la búsqueda conjunta de un mundo más justo, pacífico y humano. Las visiones de Mozi y del papa Francisco ofrecen así los fundamentos éticos indispensables para recomponer el tejido de las relaciones humanas y promover las condiciones necesarias para una convivencia pacífica.

  1. Cf. Francisco, Encíclica Fratelli tutti, 3 de octubre de 2020. ↑

  2. Mozi, Jian Ai I («Amor universal I»). El texto original chino está disponible en Chinese Text Project (www.ctext.org/mozi/universal-love-i/zhs). ↑

  3. Ibid. ↑

  4. Ibid. ↑

  5. Mozi, Jian Ai II («Amor universal II»), en Chinese Text Project (www.ctext.org/mozi/universal-love-ii/zhs). ↑

  6. Ibid. ↑

  7. Ibid. ↑

  8. Mozi, Fei Gong I («Contra la guerra de agresión I»), en Chinese Text Project (www.ctext.org/mozi/book-5/zhs). ↑

  9. Ibid. ↑

  10. Ibid. ↑

  11. Ibid. ↑

  12. Mozi, Jian Ai II («Amor universal II»), cit. ↑

  13. Ibid. ↑

Joseph You Guo Jiang
Joseph You Guo Jiang es un docente jesuita del Boston College (EEUU). En 2012 obtuvo su doctorado en Liderazgo en Educación Superior en la misma universidad. Ha estudiado y trabajado en numerosos países asiáticos.

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