La santidad es la elección de una amistad. Todo camino de santidad presupone una opción que se renueva a cada paso. Escribe el papa Francisco: «Antes de toda ley y de todo deber, lo que Jesús nos propone para elegir es un seguimiento como el de los amigos que se siguen y se buscan y se encuentran por pura amistad» (Christus vivit [CV], n. 290). Y también: «Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad. Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez» (Gaudete et exsultate [GE], n. 15).
Pero ¿es realmente cierto que se elige ser santos? Nos cuesta concebir la santidad en términos de una opción radical. De hecho, es difícil decir «no» a la santidad de manera directa, definitiva y excluyente. Nuestra razón práctica nos impide elegir el mal en cuanto mal. Es más probable que ese «no» sea, en realidad, un «sí» aplazado indefinidamente, un «sí, pero…», un «sí» condicionado. Parecería poco realista elegir algo que supera nuestras posibilidades. Más aún: decir «elijo ser santo» suena pretencioso. Pero, si es así, es porque la imagen que tenemos de la santidad no es evangélica[1].
La elección de ser santos, como muestra claramente el Pontífice, no es, ante todo, nuestra, sino de quien nos ha creado: «Porque a cada uno de nosotros el Señor nos eligió “para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor” (Ef 1,4) (GE 2). Quien nos ha dado la existencia nos ha soñado santos. Y es importante que esta santidad se realice a través del amor, y no mediante otras cualidades extraordinarias.
El amor del que habla la Carta a los Efesios es, por una parte, el amor que Dios nos da y, por otra, nuestro amor, el que podemos dar nosotros tal como somos. No se trata de un amor heroico, y mucho menos de un amor estándar o estereotipado, sino de un amor personal y sencillo, el de Dios y el nuestro, cada uno tal como es: el de Dios es infinitamente misericordioso y creativo; el nuestro es pequeño y vacilante, pero no deja de ser amor.
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El presupuesto ignaciano de la elección
Al final de la segunda semana de los Ejercicios espirituales (EE), san Ignacio presenta una sección compuesta por 20 números: son las normas sobre cómo «hacer elección», es decir, elegir y reformar el propio género y estado de vida (EE 169-189).
Se trata de un «documento práctico», como lo denomina Miguel Ángel Fiorito, que lo distingue de las contemplaciones y meditaciones (documentos temáticos) y de las reglas de discernimiento (documentos normativos)[2]. San Ignacio habla de las condiciones necesarias para hacer una elección buena y sana: los tiempos y la materia de la elección.
El tiempo (que también podríamos entender como estado de ánimo interior) es una condición subjetiva en la que uno se encuentra, sin poder elegirla. Puede ser un tiempo de lucha espiritual, en el que se experimentan consolaciones y desolaciones; puede ser un tiempo tranquilo, en el que uno puede servirse de su propia inteligencia para reflexionar serenamente sobre lo que Dios le pide; y puede ser un tiempo en el que Dios, con su gracia, nos hace ver de manera clara e irresistible la misión a la que nos llama.
Nos detendremos aquí en la materia de la elección. Se trata de una condición más objetiva, sobre la cual sí podemos elegir. Como sabemos, la materia de la elección deben ser cosas «indiferentes o buenas en sí —dice san Ignacio— y que militen dentro de la santa madre Iglesia jerárquica» (EE 170). No se elige entre cosas buenas y cosas malas: se elige, desde una perspectiva evangélica, aquello que es mejor, aquello que permite amar más.
La materia de la elección es algo radicalmente personal
En realidad, esta orientación general no basta para elegir, sobre todo cuando se trata de decidir una reforma de la propia vida. En cuanto a la materia de la elección, Ignacio plantea a quien hace los Ejercicios otra condición, más personal y práctica, que debe aceptar. El ejercitante ha de estar dispuesto a revisar cualquier situación de hecho en la que se encuentre si ha llegado a ella «no pura o debidamente por amor a Dios» (EE 150; 174). Por tanto, si la primera condición de la materia es su indiferencia genérica, la segunda será, por así decirlo, su «radicalidad personal». De ello hablaremos al abordar la «santidad» considerada como «materia de elección».
Cada uno debe encontrar y elegir el elemento concreto —la materia— en el que Dios lo llama a ser santo hoy. A este respecto, hay una tentación de la que debemos ser conscientes desde el principio. Es la que más que ninguna otra debilita el deseo de santidad que nuestro Creador ha inscrito en nuestros corazones: la tentación de considerar esta elección en términos abstractos.
En los Ejercicios, todo es concreto. En la primera semana, de preparación remota para la elección, Ignacio nos invita a concentrarnos en la raíz de nuestra vida: somos creados y somos pecadores. Creados no «en general», sino cada uno como hijo predilecto. Pecadores no «en general», sino cada uno como hijo pródigo o hijo hipócrita. En la segunda semana de los Ejercicios, que constituye la preparación inmediata para la elección y la reforma de la propia vida, Ignacio nos lleva a la raíz de la propuesta de Cristo, a su bandera, es decir, a la realidad concreta y desnuda de la cruz. El Señor nos llama a seguirlo radicalmente en la pobreza y la humildad. Serán un signo concreto de ello las humillaciones sufridas o elegidas por amor a Jesús humillado. Y en la tercera semana, la de la elección o reforma de vida, san Ignacio nos invita a ir a la raíz de nuestro estado de vida actual, para elegir cuál será la materia concreta de nuestra santidad personal.
Podemos afirmar que esta santidad se identifica con la bienaventuranza que el Señor nos propone cada día como estilo de vida y con la obra de misericordia que se nos propone en cada situación para que decidamos ponerla en práctica. Es la «simplificación evangélica» que el papa Francisco lleva a cabo constantemente, afirmando que para ser santos bastan las bienaventuranzas y ese protocolo de la santidad que encontramos en Mt 25, en el pasaje sobre el Juicio final.
El realismo del «aquí y ahora»
Las bienaventuranzas y las obras de misericordia tienen la gracia del «aquí y ahora». Al ponerlas en práctica, cada bienaventuranza y cada obra de misericordia crean sus propias oportunidades (kairoi) y abren su propio espacio —el del Reino— para que podamos realizarlas plenamente.
El Papa nos presenta un ejemplo maravilloso de ello: el del cardenal François-Xavier Nguyên van Thuân: «Cuando el Cardenal estaba en la cárcel, renunció a desgastarse esperando su liberación. Su opción fue “vivir el momento presente colmándolo de amor”; y el modo como se concretaba esto era: “Aprovecho las ocasiones que se presentan cada día para realizar acciones ordinarias de manera extraordinaria”» (GE 17).
El énfasis puesto en el «momento» y en la situación social y cultural en la que vive cada persona ayuda a que la llamada universal a ser santos entre en diálogo con la mentalidad actual, sin temor a la llamada «sociedad líquida». Algunos temen que las decisiones tomadas de manera «provisional» y «enculturada» sean más débiles, pero esto no es del todo cierto. En este caso, quizá se debilite la estructura conceptual en sus características universales abstractas, pero se fortalece la libertad de la persona, que es lo que más importa. La libertad del amor que se traduce en obras cuenta más que las ideas y los esquemas mentales con los que se proponen o expresan las cosas.
Por ejemplo, es un lugar común afirmar que los jóvenes no se comprometen para toda la vida. Este es un falso problema. Los condicionamientos culturales no existen desde hoy, sino que siempre han existido. Sin embargo, antes se privilegiaba la estabilidad, mientras que hoy se da más importancia al cambio. En realidad, el Evangelio siempre nos desafía a vivir ambas dimensiones de la vida. El mismo Señor, que nos llama a seguirlo sin condiciones, exhorta a sus discípulos a elegir una y otra vez, a renovar su elección ante cada situación crítica.
Dios nos quiere santos en la totalidad de nuestra vida
Cuando el Papa nos señala como modelo la vida de quienes han «elegido ser santos», tiene presente un aspecto que también nosotros debemos tener en cuenta. Nos dice: «Esto es un fuerte llamado de atención para todos nosotros. Tú también necesitas concebir la totalidad de tu vida como una misión. Inténtalo escuchando a Dios en la oración y reconociendo los signos que él te da. Pregúntale siempre al Espíritu qué espera Jesús de ti en cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión. Y permítele que forje en ti ese misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy» (GE 23). Se trata de estar siempre abiertos —eligiendo una y otra vez la santidad— a la realidad de que Dios nos quiere santos en la totalidad de nuestra vida. Esta es la misión a la que cada uno de nosotros está llamado.
En la base de este discernimiento del Papa se encuentra el criterio según el cual el todo es superior a las partes. Dios nos hace santos «totalizando» y no «fragmentando», tanto al final de nuestra vida como en cada circunstancia. Los sacramentos son un ejemplo de ello. Cada vez que me confieso, toda mi vida queda purificada mediante un acto de misericordia que perdona todos mis pecados particulares y me santifica por completo, no solo una parte de mí. Lo mismo sucede con la comunión: cada vez que comulgo, establezco una alianza total con el Señor; no entra en comunión con Él tan solo una parte de mí mismo. El amor tiene la capacidad de integrar la totalidad de nuestra vida en cada acto, y lo hace tanto cuando le decimos «sí» en nuestros votos —matrimoniales o de vida consagrada— como cada vez que le decimos los múltiples y pequeños «sí» de las obras de misericordia.
El poder totalizador e inclusivo de cada bienaventuranza puesta en práctica
En el capítulo de Gaudete et exsultate titulado «A la luz del Maestro», Francisco formula las expresiones «totalizadoras» de la santidad que encarna las bienaventuranzas.
«Ser pobre en el corazón, esto es santidad» (GE 70), afirma el Papa. Y concreta ese «ser pobre de espíritu» en lo que Ignacio dice en el Principio y fundamento: «Que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás (EE 23)» (GE 69). El hombre debe preferir la voluntad de Dios a la suya propia, despojarse de sí mismo para estar abierto a lo que Dios pueda querer y, mientras tanto, dejar todo lo demás entre paréntesis. Quien elige «lo que Dios pueda querer» elige ser santo a través del amor.
«Reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad» (GE 74). Elegir ser santos significa elegir reaccionar con mansedumbre. Uno elige cómo reaccionar. Quizá no haya elegido el primer impulso de ira, pero después puede decidir si moderarla o darle rienda suelta. Y es aquí donde se juega la santidad. El Señor afirma: «Aprenan de mí, porque soy manso y humilde de corazón, y encontrarán alivio» (Mt 11,29). No debemos ser duros ni despreciar a los demás; por el contrario, cuando contemplamos sus límites y defectos con ternura y mansedumbre, sin sentirnos superiores, podemos tenderles una mano y evitamos malgastar energías en quejas inútiles. Para santa Teresa de Lisieux, «la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás, en no escandalizarse de sus debilidades» (GE 72).
«Saber llorar con los demás, esto es santidad» (GE 76). Muchas veces vemos sufrir y llorar a personas pequeñas e inocentes. Basta con mirarlas a los ojos, contemplar su situación, y también a nosotros se nos saltan las lágrimas de compasión. Y somos nosotros quienes elegimos abrirnos o cerrarnos a esas lágrimas, a esa piedad y a esa ternura de corazón.
«Buscar la justicia con hambre y sed, esto es santidad» (GE 79). Buscar es «elegir buscar». Luchar por la justicia es una opción: la opción a favor de los más pobres, de aquellos a quienes no se les hace justicia.
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«Mirar y actuar con misericordia, esto es santidad» (GE 82). Sabemos que nuestra mirada es «selectiva». Cada uno de nosotros elige, «subjetivamente», qué quiere mirar. Y de ello se deriva lo que ve «objetivamente». La objetividad no es una evidencia que se imponga por sí sola. Hay cosas que no se ven a menos que uno se detenga a contemplarlas durante largo tiempo y se ponga en el lugar del otro. Por eso decimos que «mirar con misericordia» es una elección. De esa mirada nace el sentimiento de compasión y, después, la acción misericordiosa.
«Mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor, esto es santidad» (GE 86). También la pureza del corazón es una opción que hay que renovar constantemente. Es necesario elegir renovar la pureza de la mirada, porque nada es más «influenciable» que nuestra mirada. Esta primero observa todo lo que es bello y bueno para los sentidos y, después, mueve nuestro corazón, que se encariña con los bienes que considera valiosos. Elegir que Jesús «nos lave los pies y mantenga puro nuestro corazón» es elegir ser santos.
«Sembrar paz a nuestro alrededor, esto es santidad» (GE 89). Sembrar es elegir: se elige la semilla que se va a sembrar y el terreno en el que se sembrará. También sembrar la guerra es una elección. Sembrar no es una fatalidad: lo son las siembras que se heredan, pero no aquellas que le corresponde realizar a cada uno.
«Aceptar cada día el camino del Evangelio, aunque nos traiga problemas, esto es santidad» (GE 94). También aquí hay una elección de vida. Debemos prestar atención: no se dice «aceptar el Evangelio», sino «el camino del Evangelio». La primera elección sonaría abstracta; en cambio, aceptar el camino que cada día se abre ante nosotros es una elección concreta y posible.
Reconocemos que las bienaventuranzas son las «opciones profundas» de Jesús. Él nos invita a hacerlas nuestras, a su vez, como estilo de vida y modo de sentir que elegimos para cumplir el «gran protocolo» —el del capítulo 25 de Mateo— por el que seremos juzgados.
Esta elección es más profunda que los resultados de cada acción particular, que podrá tener, y ciertamente tendrá, sus aspectos positivos y negativos. Optar por la totalidad de las bienaventuranzas y de las obras de misericordia es la opción profunda, la de Jesús y la nuestra después de él: «El texto de Mateo 25,35-36 “no es una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo”. En este llamado a reconocerlo en los pobres y sufrientes se revela el mismo corazón de Cristo, sus sentimientos y opciones más profundas, con las cuales todo santo intenta configurarse» (GE 96).
Elegir ser más santos es una opción que solo podemos concebir si Jesús nos tiende la mano y nos hace estar en su compañía de una manera cada vez más amistosa e íntima, hasta que llegamos a no poder vivir lejos de Él, de su presencia, de sus consejos, de su perdón y de su palabra. Elegir ser más santos encuentra su pleno sentido en Cristo y solo se comprende a partir de Él. Afirma Francisco: «En el fondo la santidad es vivir en unión con él los misterios de su vida. […] La contemplación de estos misterios, como proponía san Ignacio de Loyola, nos orienta a hacerlos carne en nuestras opciones y actitudes» (GE 20).
Examinar cómo nos transformamos
Si concebimos el ser santos como una misión, ya no se tratará simplemente de «realizar obras santas exteriores», sino más bien de «ser santificados por el Espíritu de tal manera que esta santidad se refleje en las obras». Y esto implica «dejarse transformar por Cristo».
Esta transformación cuenta con un valioso instrumento de verificación: la práctica habitual del bien, comprobada mediante el examen de conciencia. «Somos libres, con la libertad de Jesucristo, pero él nos llama a examinar lo que hay dentro de nosotros ―deseos, angustias, temores, búsquedas― y lo que sucede fuera de nosotros —los “signos de los tiempos”— para reconocer los caminos de la libertad plena: “Examinadlo todo; quedaos con lo bueno” (1 Ts 5,21)» (GE 168).
Sin embargo, este «examinarlo todo» no es un ejercicio escrupuloso y autorreferencial, una mirada dirigida hacia uno mismo, sino un examen de sí para «salir» de uno mismo hacia el amor de Dios y de los demás.
Hay tres grandes ámbitos en los que el «examinarlo todo» ensancha el corazón. El primero es el de las novedades de Dios. Es importante examinar atentamente «cuando aparece una novedad en la propia vida, y entonces hay que discernir si es el vino nuevo que viene de Dios o es una novedad engañosa del espíritu del mundo o del espíritu del diablo» (GE 168).
El segundo ámbito consiste en dejar que el Señor nos examine, como hizo con Pedro, en lo que respecta al amor y la amistad. No olvidemos que «antes de toda ley y de todo deber, lo que Jesús nos propone para elegir es un seguimiento como el de los amigos que se siguen y se buscan y se encuentran por pura amistad. Todo lo demás viene después, y hasta los fracasos de la vida podrán ser una inestimable experiencia de esa amistad que nunca se rompe» (CV 290).
El tercer ámbito es el de la humildad. Afirma el Papa: «La humildad solamente puede arraigarse en el corazón a través de las humillaciones. Sin ellas no hay humildad ni santidad. Si tú no eres capaz de soportar y ofrecer algunas humillaciones no eres humilde y no estás en el camino de la santidad» (GE 118). «No me refiero solo a las situaciones crudas de martirio, sino a las humillaciones cotidianas de aquellos que callan para salvar a su familia, o evitan hablar bien de sí mismos y prefieren exaltar a otros en lugar de gloriarse, eligen las tareas menos brillantes, e incluso a veces prefieren soportar algo injusto para ofrecerlo al Señor: “En cambio, que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios” (1 Pd 2,20)» (GE 119).
La mejor versión de mí mismo «para los demás»
En estos tres ámbitos —las novedades evangélicas, la amistad y la humildad— se juega la elección última, es decir, la de «ser la mejor versión de mí mismo para los demás». Afirma Francisco: «Esta vocación misionera tiene que ver con nuestro servicio a los demás. Porque nuestra vida en la tierra alcanza su plenitud cuando se convierte en ofrenda» (CV 254). Y añade: «Para cumplir la propia vocación es necesario desarrollarse, hacer brotar y crecer todo lo que uno es. No se trata de inventarse, de crearse a sí mismo de la nada, sino de descubrirse a uno mismo a la luz de Dios y hacer florecer el propio ser: “En los designios de Dios, cada hombre está llamado a promover su propio progreso, porque la vida de todo hombre es una vocación”. Tu vocación te orienta a sacar afuera lo mejor de ti para la gloria de Dios y para el bien de los demás» (CV 257).
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Cf. N. Steeves, «San John Henry Newman: fe, santidad e imaginación», en La Civiltà Cattolica, 17 de octubre de 2025 (https://www.laciviltacattolica.es/2025/10/17/san-john-henry-newman/). ↑
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Fiorito utiliza este «esquema mental», como lo llama, para estudiar analíticamente los Ejercicios sin romper su unidad (cf. M. A. Fiorito, «Apuntes para una teología del discernimiento de espíritus [segunda parte]», en Ciencia y Fe 20 [1964] 83). Sobre la figura de Fiorito y sobre su influencia en Bergoglio, cf. J. L. Narvaja, «Miguel Ángel Fiorito. Una reflexión sobre la religiosidad popular en el entorno de Jorge Mario Bergoglio», en La Civiltà Cattolica, 5 de enero de 2023 (https://www.laciviltacattolica.es/2023/01/05/una-reflexion-sobre-la-religiosidad-popular-en-el-entorno-de-jorge-bergoglio/) ↑
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