El primero de noviembre, la Iglesia nos invita a celebrar la solemnidad de Todos los Santos: es decir, de aquellos santos que no figuran en el calendario litúrgico y que tampoco han sido canonizados. No conocemos sus nombres, sus rostros, sus historias, sus testimonios ni los posibles martirios que hayan sufrido; solo sabemos que fueron dóciles a la voz del Señor, vivieron el Evangelio y ahora se encuentran en comunión con el Señor resucitado. El dos de noviembre, la Iglesia conmemora a los fieles difuntos, a nuestros seres queridos, que nos han precedido en el signo de la fe y duermen el sueño de la paz. Ambas celebraciones están estrechamente unidas, no solo en el calendario, sino también en el espíritu de las Bienaventuranzas del Evangelio.
La primera lectura de la Misa de Todos los Santos (Ap 7,2-14) anuncia que los santos no son pocos: junto a los 144.000 de todas las tribus de Israel, hay «una enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas» (7,9). Si bien es cierto que vemos cómo el mal se extiende por el mundo, cómo la lucha por el bien suele terminar en derrota y qué dificultades entraña perseverar en la fe cristiana, el Apocalipsis afirma que la última palabra de la historia es la victoria del bien. Y también nos indica cómo alcanzarla: los santos «son los que vienen de la gran tribulación; ellos han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero» (7,14). El blanco es el signo de la victoria pascual: los santos sufrieron persecuciones, padecieron el dolor, experimentaron la oscuridad del abandono y la derrota de la muerte, pero no perdieron la fe en el Señor y entregaron su vida como un don a sus hermanos. Ahora gozan de una alegría y una felicidad sin fin. ¡Las vestiduras lavadas en la sangre del Cordero han quedado blancas!
La segunda lectura (1 Jn 3,1-3) nos ayuda a comprender que el camino de la santidad es una gracia que procede de un Padre que nos ama y quiere nuestro bien. La conciencia de estar en el corazón del Padre da una nueva perspectiva a la vida: los santos comprendieron y vivieron la realidad de que le pertenecemos y de que estamos guiados por su afecto, su misericordia, su generosidad y su sabiduría.
El Evangelio de las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12) indica el camino para alcanzar la santidad: es el proyecto de Dios para nuestra salvación. Para comprenderlas, debemos mirar a quien las vivió primero: el Señor Jesús. El papa Francisco las comentó en la exhortación apostólica Gaudete et exsultate:
«Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos».
67. El Evangelio nos invita a reconocer la verdad de nuestro corazón, para ver dónde colocamos la seguridad de nuestra vida. Normalmente el rico se siente seguro con sus riquezas, y cree que cuando están en riesgo, todo el sentido de su vida en la tierra se desmorona. Jesús mismo nos lo dijo en la parábola del rico insensato, de ese hombre seguro que, como necio, no pensaba que podría morir ese mismo día (cf. Lc 12,16-21);
68. Las riquezas no te aseguran nada. Es más: cuando el corazón se siente rico, está tan satisfecho de sí mismo que no tiene espacio para la Palabra de Dios, para amar a los hermanos ni para gozar de las cosas más grandes de la vida. Así se priva de los mayores bienes. Por eso Jesús llama felices a los pobres de espíritu, que tienen el corazón pobre, donde puede entrar el Señor con su constante novedad.
70. Lucas no habla de una pobreza «de espíritu» sino de ser «pobres» a secas (cf. Lc 6,20), y así nos invita también a una existencia austera y despojada. De ese modo, nos convoca a compartir la vida de los más necesitados, la vida que llevaron los Apóstoles, y en definitiva a configurarnos con Jesús, que «siendo rico se hizo pobre» (2 Co 8,9). Ser pobre en el corazón, esto es santidad.
«Felices los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios»
87. Esta bienaventuranza nos hace pensar en las numerosas situaciones de guerra que se repiten. Para nosotros es muy común ser agentes de enfrentamientos o al menos de malentendidos. Por ejemplo, cuando escucho algo de alguien y voy a otro y se lo digo; e incluso hago una segunda versión un poco más amplia y la difundo. Y si logro hacer más daño, parece que me provoca mayor satisfacción. El mundo de las habladurías, hecho por gente que se dedica a criticar y a destruir, no construye la paz. Esa gente más bien es enemiga de la paz y de ningún modo bienaventurada.
88. Los pacíficos son fuente de paz, construyen paz y amistad social. A esos que se ocupan de sembrar paz en todas partes, Jesús les hace una promesa hermosa: «Ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9). Él pedía a los discípulos que cuando llegaran a un hogar dijeran: «Paz a esta casa» (Lc 10,5). La Palabra de Dios exhorta a cada creyente para que busque la paz junto con todos (cf. 2 Tm 2,22), porque «el fruto de la justicia se siembra en la paz para quienes trabajan por la paz» (St 3,18). Y si en alguna ocasión en nuestra comunidad tenemos dudas acerca de lo que hay que hacer, «procuremos lo que favorece la paz» (Rm 14,19) porque la unidad es superior al conflicto.
89. No es fácil construir esta paz evangélica que no excluye a nadie sino que integra también a los que son algo extraños, a las personas difíciles y complicadas, a los que reclaman atención, a los que son diferentes, a quienes están muy golpeados por la vida, a los que tienen otros intereses. Es duro y requiere una gran amplitud de mente y de corazón, ya que no se trata de «un consenso de escritorio o una efímera paz para una minoría feliz», ni de un proyecto «de unos pocos para unos pocos». Tampoco pretende ignorar o disimular los conflictos, sino «aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso». Se trata de ser artesanos de la paz, porque construir la paz es un arte que requiere serenidad, creatividad, sensibilidad y destreza. Sembrar paz a nuestro alrededor, esto es santidad.
Los santos y todos nuestros seres queridos gozan de la bienaventuranza del Señor resucitado: son esposos y esposas, madres y padres de familia, hermanos y hermanas, parientes y amigos; son personas como nosotros. Procuraron vivir su vida con honestidad, siguieron al Señor, le rezaron y le dieron gracias cada día, participaron en la Eucaristía y recibieron el don de la gracia, y amaron y sirvieron al prójimo que tenían cerca. La Iglesia nos invita a celebrar la gran fiesta de nuestra «propia» familia.


