Espiritualidad

Dios ha de ser encontrado en todo

© Steve Johnson/Unsplash

Vocación contemplativa y vocación activa

Todos debemos encontrar a Dios en todo, pero cada uno lo debe hacer según su propia vocación.

Según el Concilio Vaticano II, sólo hay dos tipos de vocación religiosa – y lo mismo vale de la vocación «en consejos» y, en su tanto, dentro de la vocación laical –, que se caracterizan por los Institutos en los que se encarnan. Unos Institutos «se ordenan íntegramente a la contemplación, de modo que sus miembros se dedican sólo a Dios en soledad y silencio»[1]; y los otros Institutos, en los cuales «la acción apostólica pertenece [como no sucede en los primeros] a la naturaleza misma de la vida religiosa»[2].

En el primer tipo de vocación, sólo la oración y penitencia pertenece a la esencia de la vida; mientras que, en el segundo tipo, también pertenece a su esencia la acción apostólica.

La diferencia, pues, no radica en que en una vocación se deba hacer oración y en la otra no – en ambas, como en vocaciones cristianas, se debe dar la oración –, sino en la relación de la oración de la acción respecto de la naturaleza y esencia de la vida, y también – y consiguientemente – en la mutua relación entre una y otra.

Y el problema, típico de la vida activa y que no se da en la vida contemplativa, es el de que cada hombre activo descubra esa relación en su propia vida, y la viva: nos referimos sobre todo a la relación, en cada uno de nosotros, de la oración y de la acción.

El problema espiritual de la vida activa

El problema, pues, espiritual de la vida activa – su riqueza peculiar, que no se da en la vida contemplativa – es, no el de la cantidad de oración, sino el de la calidad – o modo – de la oración; y, sobre todo, el de la relación entre oración y acción, ya que ambas pertenecen a la esencia de la vida activa.

Veremos a continuación dos expresiones de la solución a este problema: una, la que da san Ignacio, y otra, la que da el beato Fabro[3]; pero como este último es un discípulo – aunque muy aprovechado – de san Ignacio, comenzaremos por exponer la solución del beato Fabro.

La solución es, en ambos casos, la misma en el fondo; pero la diferencia de expresión nos puede ayudar a la comprensión y, sobre todo, a la práctica de la solución de fondo.

La solución del beato Fabro. Nos la da en su Memorial, el día 4 de octubre del año 1542: «debe tu vida [está hablando a jesuitas, de vocación activa y no meramente contemplativa] de tal manera haberse con Marta y María [modelos clásicos de vida activa y de vida contemplativa, en lo que ambas se distinguen] que si te ejercitares en la una, no por lo que ella es en sí, como frecuentemente sucede, sino como medio para llegar a la otra […] será lo mejor, hablando en general, que ordenes todas tus oraciones a las buenas obras que no al revés, dirigiendo todas tus obras a hacer tesoros de oración. Otra cosa será el que lleva una vida puramente contemplativa, cuyo fin es ejercitarse en acumular tesoros de conocimiento y de amor divino, y que no han menester pedir tan universales gracias como las que necesitan los que se ocupan de la acción»[4]. Y poco antes había dicho lo siguiente: «quien en espíritu busca a Dios en las buenas obras [como es propio del hombre activo], ese mejor lo encuentra después en la oración, que no encontraría si lo buscara primero en la oración para luego hallarlo en las obras».

La solución pues del beato Fabro al problema espiritual de la relación entre oración y acción en un hombre activo es doble: en primer lugar, ordenar la oración a la acción (y no, como lo haría el contemplativo, a la inversa); y, en segundo lugar, encontrar a Dios en la acción, antes de hacerlo así en la oración.

La solución de san Ignacio. San Ignacio desarrolla mucho más la segunda parte de la solución del beato Fabro; pero también habla, aunque en otros términos, de su primera parte.

Dice, por ejemplo, que cada uno debe tratar que su oración «se extienda a los ejercicios – o actividades – que trata»[5]. Y quiere decir que mientras la oración del contemplativo no tiene por qué hacerse – diríamos convertirse en – actividad, la oración del hombre activo debe hacerse o convertirse en acción.

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Respecto del «buscar a Dios en la acción» – segunda parte de la solución del beato Fabro –, dice así el p. Nadal en el «orden de la oración», dejado – en nombre de san Ignacio – durante su segunda visita a España (1553-1554) para los estudiantes jesuitas: «se han de esforzar todos en el Señor […] a hallar a Dios en todos sus ministerios y trabajos […] y servirse de las reliquias de la cogitación, oración y hábito de ella [esto es lo que quiere decir la frase que hemos citado antes, de “extenderse la oración a la acción”] en todos sus ministerios»[6].

O como dice en otro lugar, resumiendo – con los términos que atribuye a san Ignacio – su famosa frase Simul in actione contemplativus («a la vez contemplativo en la acción»): Dios ha de ser encontrado en todo[7]. ¿Cómo?

Una concepción «activa» de Dios

Diríamos que en la frase ignaciana – la atribuida a san Ignacio por Nadal, late una concepción que podríamos llamar «activa» de Dios.

A un hombre activo le interesa – sobre todo en la acción –, no el «ser» de Dios o su «esencia», sino sobre todo su «acción» en nosotros y en nuestros prójimos. En otros términos – que san Ignacio usa muchas veces en sus Ejercicios Espirituales y Constituciones – , el hombre activo tiene que «buscar y hallar la voluntad de Dios» (EE 1, definición de los Ejercicios Espirituales) tanto en la oración como – sobre todo – en la acción.

En términos paulinos, al hombre activo le interesa conocer, en sí mismo y en los otros con quienes trata, «la acción del Señor que es Espíritu» (2 Cor 3,18), tanto en la oración como – sobre todo – en la acción.

La búsqueda de Dios en los acontecimientos

La acción de Dios hay que buscarla en los acontecimientos ordinarios de nuestra vida. ¿Cómo? Los acontecimientos provocan en nosotros «reacciones» (como los provocan, en la oración retirada, la lectura o el rezo de la Palabra de Dios): nos sentimos contentos o tristes, ansiosos o libres; experimentamos deseos o repugnancias, formamos juicios …

a. En primer lugar, pues, debemos caer en la cuenta plenamente de estas «reacciones». Si uno está habituado, esto se hace casi de inmediato; pero si uno no tiene hábito – y ¡cuesta adquirirlo! – de prestar atención a estas «reacciones», debe intentar hacerlo en el examen de conciencia (de mediodía, de la noche … o en cualquier momento del día).

Pero también pudiera suceder que, durante un largo tiempo, no sintiéramos ninguna «reacción» interior ante los acontecimientos. Querría decir entonces que, durante todo ese tiempo, habríamos perdido el deseo de «más»; porque, si se da este deseo, siempre se provoca en nosotros – según el testimonio del beato Fabro[8] – «variedad» de reacciones (las unas del buen espíritu y las otras del malo). Y la solución sería excitar en nosotros ese útil deseo, para volver a experimentar la «variedad» de mociones interiores.

b. En segundo lugar, debiéramos preguntarnos qué espíritu habla en cada una de nuestras reacciones (alegría o tristeza, ansiedad o libertad, deseo o repugnancia, etc.). No puede ser que el buen espíritu – o el malo – provoque, a la vez, reacciones de signo contrario: o la alegría es de Dios y la tristeza no, o viceversa (y así por el estilo).

Las reglas de discernir de san Ignacio nos pueden ayudar, no sólo a «sentir», sino también a «conocer» el sentido que tienen las diversas reacciones interiores. El espíritu de Dios – nos dice san Ignacio – entra, «en los que proceden de bien en mejor […] dulce, suave y levemente como gota de agua que entra en una esponja; y el malo toca agudamente y con sonido e inquietud, como cuando la gota de agua cae sobre la piedra; y a los que proceden de mal en peor, tocan los sobredichos espíritus de modo contrario» (cfr. EE 335). O como dice en otra regla, «propio es del buen espíritu dar ánimo y fuerzas, consolaciones, inspiraciones y quietud, facilitando y quitando impedimentos para que en el buen obrar se proceda adelante», mientras que, por el contrario, «propio es del mal espíritu morder, tristar y poner impedimentos, inquietando con falsas razones para que no pase delante» (EE 315).

Y así por el estilo en las otras reglas de discernir que san Ignacio presenta en su libro de Ejercicios, cuya lectura reposada – en los momentos de examen o revisión del día – nos puede ayudar a caer en la cuenta de la dualidad de espíritus que nos mueven en los acontecimientos de nuestra vida, y a conocer cuál es bueno y cuál no lo es.

Conclusión

Concluyamos pues que las «mociones espirituales, así como consolaciones y desolaciones, [y la agitación] de varios espíritus», son importantes, tanto en la vida de oración (cfr. EE 6) como sobre todo en la acción: gracias a esta «variedad» puede todo cristiano – pero sobre todo el de vocación activa – conocer la voluntad de Dios y realizarla en su vida, encontrando así a Dios en todo.

Este es el mensaje ignaciano de los Ejercicios Espirituales, de las Constituciones y Cartas, de la Autobiografía y del Diario espiritual[9]; y la solución que san Ignacio y sus discípulos nos dan del problema espiritual de la vida activa: el de la relación – que es de integración[10] – entre oración y acción en una vocación activa[11].

  1. Concilio Ecumenico Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis (PC), n. 7.
  2. PC 8.
  3. Recordemos que Pedro Fabro fue canonizado por el Papa Francisco el 17 de diciembre de 2013.
  4. P. Fabro, s., Memorias espirituales, 554-555. n. 126.
  5. Cfr J. Nadal, Epistolae Hieronymi Nadal Societatis Jesu Ab Anno 1546 Ad 1577, vol. IV, 681.
  6. Id., Regulae pro scholaribus Societatis, 490, 14.
  7. Id., Epistolae…, cit., vol. V, 162; 31.
  8. Cfr M. A. Fiorito, Escritos, Roma, La Civiltà Cattolica, 2019, vol. IV, 237-239.
  9. Ibid, 222-239.
  10. Cfr. P. Arrupe, «Carta a toda la Compañía de Jesús sobre la integración de vida espiritual y apostolado» en Acta Romana Societatis Iesu, XVI, 1976.
  11. Este artículo, publicado originalmente en el Boletín de espiritualidad, n. 64, enero 1980, 27-31, ha sido recogido en Miguel Ángel Fiorito, Escritos, cit., vol. V, 56-59.
Miguel Angel Fiorito
Fue un sacerdote jesuita argentino ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1950. Fue profesor de Metafísica en el Colegio Máximo de los jesuitas en San Miguel, donde también fue Decano de la facultad de Filosofía y Director de la revista Ciencia y Fe (luego Stromata). En 1969 fundó el “Boletín de Espiritualidad” junto con otros jesuitas, en el que publicó diversos artículos sobre espiritualidad ignaciana. Murió en 2005.

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