Espiritualidad

¿Ha pasado de moda la oración mental?

© aaron-burden / unsplash

Hasta hace cincuenta años, y durante siglos, la oración mental fue el ejercicio privado más popular practicado por sacerdotes y religiosos. Cientos de autores publicaban constantemente textos, algunos de sólida doctrina, otros transidos de sentimentalismo y devocionismo, que ofrecían el material para dicha oración. Aún hoy no faltan estos textos. En el espíritu de la renovación litúrgica, suelen ser comentarios y reflexiones bíblico-espirituales sobre las lecturas bíblicas propuestas por la Iglesia para las celebraciones dominicales y semanales de los tres ciclos del año litúrgico. Son textos, sin embargo, que los sacerdotes y otros agentes de pastoral utilizan, nos parece, más como mina de material para la predicación que como alimento para la oración personal. Han sustituido, pero con un sesgo predominantemente bíblico, el antiguo arsenal para homilías, panegíricos y sermones. No son los textos los que faltan. Y luego está el texto principal de toda oración, la Sagrada Escritura, cuya lectura, «asidua y piadosa», recomienda la Iglesia para «la conversación entre Dios y el hombre»[1].

Pero, de hecho, ¿se sigue practicando la oración mental? Queremos decir: ¿es sentida como un elemento constitutivo de una vida espiritual seria por quienes tienen una vida espiritual? No nos atreveríamos a decir que ésta sea la convicción más extendida hoy en día. Más bien nos parece que, de hecho, nos contentamos con la oración vocal, tal vez incluso litúrgica, y omitimos, sobre todo a causa del frenesí de la vida cotidiana y de las miles de distracciones que la vida ofrece, la profundización silenciosa de los mismos textos sobre los que se recita la oración vocal. No pocas veces, la misma liturgia, momento cumbre de la oración cristiana y sacerdotal, se reduce a ser meramente recitada. Y esto desoyendo una precisa voluntad de la Iglesia que nos educa a no agotar la vida espiritual en la mera participación en la liturgia[2]. Como se ha dicho, ahí donde falta esa contemplación permanente que es la oración, la liturgia corre el riesgo de ser un ritual frío y aburrido o un espectáculo espiritualmente infructuoso[3]. ¿Pero qué es la oración mental?

La oración mental

Dejemos a un lado las cuestiones teóricas que suelen plantearse sobre la oración mental y que giran en torno a un único argumento: la oración mental conduciría a una cierta depreciación de la oración litúrgica común y aumentaría el individualismo en la vida espiritual, introduciendo un componente antisocial. Dejemos también de insistir en el error, todavía muy extendido, que confunde la oración mental con la oración basada en el método conocido como de las tres potencias (memoria, inteligencia y voluntad) y confunde este método con la oración propuesta por la escuela ignaciana. En realidad, si algunos autores de esta escuela desarrollan exclusivamente ese método, hay otros autores, también de segura tradición ignaciana, que han insistido en el espacio cada vez mayor que debe dejarse a los afectos, considerados como el corazón de la oración mental, verdadero fin al que la inteligencia, por medio del razonamiento, debe allanar el camino[4].

De las muchas descripciones que se han dado de la oración mental, tres en particular son profundas. Santa Teresa de Jesús: «Quiero que se entienda que el alma no es pensamiento, y que la voluntad no es gobernada por la imaginación: lo cual sería grave desgracia para ella. Resulta, pues, que el provecho del alma no consiste en pensar mucho, sino en amar mucho. Pero ¿cómo se adquiere este amor? Determinándose a trabajar y sufrir, descendiendo luego a la práctica cuando se presenta la ocasión»[5]. San Ignacio de Loyola: «La conversación se hace propiamente hablando, así como un amigo habla a otro, o un siervo a su Señor; ora pidiendo alguna gracia, ora culpándose por algún mal hecho, ora comunicando sus cosas, y pidiendo consejo sobre ellas»[6]. Jean-Pierre de Caussade: «Esta oración pura del corazón tiene lugar precisamente en el corazón por medio de actos no formulados, ni siquiera expresados interiormente, sino realmente vividos en el fondo del corazón, o por medio de simples actos directos, no reflexionados, o por medio de una tendencia efectiva y real del corazón hacia Dios y hacia todo lo que se ama por Dios»[7].

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La oración mental es, por tanto, una familiaridad silenciosa con el Señor, una pausa silenciosa ante su palabra sin multiplicar pensamientos y reflexiones, una pausa con fe y amor de la que procede la disposición a ejecutar su voluntad conocida, a identificarse con su imagen pascual, a verlo presente en todo, situaciones y acontecimientos. Es un silencio lleno de amor, «el momento en que llamamos a Dios “tú”»[8]. En los tratados y compendios de teología espiritual y, mejor aún, en la guía de un director espiritual experimentado, cada persona sabrá, en la práctica, identificar la figura o forma de oración mental más acorde con la gracia de su vocación y más adecuada a las circunstancias concretas de su estado. Pero la oración mental está tan fuera de moda como la necesidad dinámica interior del hombre espiritual que experimenta el deseo de permanecer a los pies de su Maestro. Y puesto que esta necesidad, que es fruto del Espíritu de Dios, constituye al hombre espiritual, al discípulo, es igualmente evidente que la oración mental no depende de la moda, sino que de su hábito depende también el crecimiento en el «primer y más necesario don», que es la caridad contemplativa y apostólica[9]. Para repetir una expresión querida por la teología griega, entiende y practica la oración mental quien nunca se sacia del deseo de Dios y del deseo de ir tras Él a donde quiera conducirle.

La crisis de la oración mental

Ahora bien, si la oración mental es, después de la oración litúrgica, el mejor medio para obtener «el conocimiento íntimo del Señor que se hizo hombre por mí, para que yo le amara y le siguiera cada vez más»[10], ¿cómo y qué ha sucedido para que los católicos la tengan en menor honor, si es que la tienen, para que la hayan colocado entre las cosas caducas e inútiles?

Entre las causas de la crisis no está, desde luego, la fatiga que, al menos al principio y en intervalos posteriores, comporta la oración mental, que desanima a los propensos a la pereza y acostumbrados a tenerlo todo y ya. Se trata de una dificultad que puede darse en cualquier edad, innata como es a la psicología y a las disposiciones deficientes de cierto tipo de hombre. Puede ser que, después del Vaticano II, el redescubrimiento de la preeminencia de la liturgia en la vida espiritual haya aconsejado a los intérpretes apresurados del Concilio ir más allá de su voluntad y de sus documentos, exaltando hasta tal punto la importancia de la oración pública como para malinterpretar la importancia de la oración privada. La sabiduría secular de la Iglesia se apoya en el et-et, no en el aut-aut, y las tres Constituciones conciliares antes citadas hablan en este sentido[11]. El fenómeno puede haberse visto favorecido por la tendencia contraria, cuando, en siglos pasados, algunos autores habían sobredimensionado la oración privada, relegando, o dando la impresión de haber relegado, la liturgia sacramental a un mero papel complementario, aunque indispensable, con respecto a la oración privada.

Otras, y de mayor alcance, son las causas de la crisis actual[12]. Vivimos aún en la inercia de la caída del sentido de la trascendencia, que es uno de los resultados más evidentes del pensamiento moderno. No estamos tan lejos de los años setenta, cuando los «teólogos» de la secularización declararon al Dios de la tradición cristiana muerto o confinado a los «espacios de lo sagrado» o, en todo caso, expulsado de la vida humana. La mentalidad tecnocientífica, por su parte, al exaltar la ya proclamada autosuficiencia del hombre y estimular el activismo y el consumismo, ha contribuido poderosamente a vaciar al hombre contemporáneo de su interioridad. ¿Cómo es posible entonces hablar de oración y de oración mental?

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En el mismo período de tiempo, se observaron dos fenómenos en la Iglesia. En la mayoría de los católicos, la oración era concebida como un instrumento utilitario que podía procurar beneficios: los fieles rezaban especialmente para ver satisfechas sus peticiones y necesidades. La oración de petición es digna de Dios y del hombre, pero cuando no se funde con la de alabanza y acción de gracias, corre el riesgo de convertirse en un do ut des, en algo mágico. Esto explica por qué la oración mental fue cultivada principalmente por sacerdotes y religiosos y por qué, bajo los golpes de la cultura dominante, el antiguo hábito de orar se derrumbó. Si se piensa que el hombre puede hacerlo todo, Dios y la oración se vuelven superfluos. ¿Siguen las madres educando y enseñando a rezar a sus hijos?

El otro fenómeno, quizá en vías de superación en la Iglesia, ha sido el de identificar con pasmosa simplicidad oración y trabajo, especialmente oración y compromiso social y político. «La oración sólo puede entenderse ingenuamente como un dirigirse a una entidad sobrenatural, mientras que es un tipo de acción verbal en la que un ser humano se formula a sí mismo un propósito y un compromiso»[13]. En realidad, es el autor de esta cita quien revela ingenuidad o, más bien, inexperiencia. El hombre evangélico y su testimonio son un maravilloso equilibrio entre acción y contemplación: contemplativus in actione. Cuando este identifica trascendencia e historia, obviamente elimina de su existencia la oración, que es siempre, en todas sus formas, debitum servitutis, es decir, la profesión conjunta de nuestra condición de criatura y de ser trascendentales. Pero, en este caso, ¿se sigue siendo cristiano?

La causa de la crisis

De lo que hemos dicho, nos parece que se desprende la muy probable causa primera de la crisis de la oración mental. Vivimos en una sociedad, decía Mario Luzi, en la que «la ausencia de una cultura religiosa es el indicador de una mediocridad que ha producido la desintegración, porque la nada la ha sustituido. La crisis moral que padece la sociedad contemporánea se manifiesta en la indiferencia y la confusión»[14]. Aunque la era de la desintegración favorece el renacimiento de la necesidad religiosa y la búsqueda de valores que constituyan una roca firme en el magma de la posmodernidad, la cuestión del sentido sobre la autenticidad del hombre no puede llegar ordinariamente tan lejos como las alturas de la oración mental. Ésta, al menos cuando es habitual, presupone la posesión de la finalidad de la vida, la fe y la madurez de una existencia verdaderamente cristiana. La época de la ruptura de valores no ayuda, es más, es un obstáculo, para la oración mental en la medida en que impide la maduración y el desarrollo de sus presupuestos[15].

La cultura relativista genera, con la pérdida de sentido, la incapacidad de elevarse a un fin de orden superior, a una concepción elevada de la vida que sea fuente de sentido. Excluyendo del discurso la actuación misteriosa y secreta de la gracia, que puede sacar de las piedras hijos de Abraham, las condiciones culturales generales actuales son tales que también pueden leerse como causa del agostamiento de la oración mental. El desencanto ante cualquier tipo de ilusión, el desconcierto que nace de la convicción de que es inútil o imposible encontrar una verdad cierta, la incertidumbre sobre la propia identidad personal definida y planificada a largo plazo, la ausencia de esos fundamentos que son los únicos que dan solidez al pensar y al vivir, la carencia de sentido que quita estabilidad al mundo y lo hace huir perpetuamente en todas direcciones, son fenómenos perturbadores que tal vez hagan que algunas personas, por reacción o por volver en sí, piensen en Dios y en sí mismas, pero que sin duda tendrán un efecto dispersivo en la mayoría de la gente[16]. Las reflexiones de dos ilustres escritores pueden aclarar mejor esta afirmación nuestra. Cristina Campo dice que «percibir es reconocer lo único que tiene valor, lo único que existe de verdad. ¿Y qué más existe realmente en este mundo sino lo que no es de este mundo?»[17]. Pero, dice Simone Weil, «la palabra de Dios es silencio y Cristo es el silencio de Dios»[18]. Sólo el hombre que en el silencio reconoce como valioso lo que no se ve y que Dios ha revelado en Cristo, puede estimar y practicar la oración mental.

  1. Dei Verbum, n. 25 a.
  2. Cfr. Sacrosanctum Concilium, n. 12.
  3. Cfr F. Lambiasi, «Una pastorale della santità?», en Settimana, 12 de enero de 2003, 16.
  4. Cfr. J. De Guibert, La spiritualità della Compagnia di Gesù. Saggio storico, Roma, Città Nuova, 1992, parte III.
  5. Teresa de Jesús, s., Fondazioni, V, 2-3.
  6. Ignacio de Loyola, s., Ejercicios espirituales, n. 54.
  7. J.-P. De Caussade, Trattato sulla preghiera del cuore, Roma, Ed. Paoline, 1984, 17 s.
  8. G. Angelini, «Difetto di preghiera e difetti dell’idea di preghiera», en La Rivista del Clero Italiano 84 (2003) 416.
  9. Cfr. Lumen gentium, n. 42 a.
  10. Ignacio de Loyola, s., Ejercicios espirituales, n. 104.
  11. Cfr. notas 1, 2 y 9.
  12. Cfr. G. Svidercoshi, «Ma Dio non è un tappabuchi», en Il Tempo, 26 de septiembre de 1992, 7.
  13. F. Cimatti, «La religione passata al filtro della selezione naturale», en il manifesto, 22 de noviembre de 2006, 13.
  14. Cfr. G. Barbiellini Amidei, Noi ragazzi noi genitori, Casale Monferrato (Al), Piemme, 1992, 189.
  15. Cfr G. Mucci, I cattolici nella temperie del relativismo, Milán, Jaca Book, 2005, 217-257.
  16. Cfr. F. Mastrolonardo, «Una spiritualità per i giovani», en Parola e Tempo. Annali dell’Istituto di Scienze religiose «A. Marvelli» de Rimini 3 (2004) 179 s.
  17. C. Campo, «Una rosa», en ID., Il flauto e il tappeto, Milán, Rusconi, 1971, 13.
  18. Cfr. M. L. Spaziani, Donne in poesia, Venecia, Marsilio, 1992, 264.
Giandomenico Mucci
Licenciado en Teología Dogmática en la Universidad Gregoriana de Roma, el padre Mucci fue profesor de Eclesiología y Espiritualidad en Benevento, Nápoles y Roma. Durante treinta y seis años (1984) fue miembro del consejo de redacción de nuestra revista, en la cual abordó diversos temas de espiritualidad, con especial referencia a la relación entre la Iglesia y la cultura contemporánea. Es autor de numerosos estudios y ensayos, entre los que destacan: «Rivelazioni private e apparizioni», (Elledici-La Civiltà Cattolica, 2000); «I Cattolici nella temperie del Relativismo» (Jaca Book, 2005) y la edición italiana de los Ejercicios Espirituales de Ignacio de Loyola (La Civiltà Cattolica, 2006).

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