Biblia

Corpus Christi

Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo (Jn 6,51).

En 1264, el papa Urbano IV instituyó la solemnidad del Corpus Christi a raíz de dos acontecimientos históricos relevantes. Anteriormente había sido obispo de la diócesis de Lieja, donde se había consolidado la costumbre de celebrar una festividad dedicada a la Eucaristía, destinada a contrarrestar las doctrinas de Berengario de Tours, quien sostenía una interpretación simbólica, y no real, de la presencia eucarística de Jesús. Además, el año anterior había tenido lugar el llamado «milagro de Bolsena»: un sacerdote bohemio, que albergaba dudas sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía, vio caer algunas gotas de sangre sobre el corporal mientras partía la hostia consagrada.

La solemnidad de la Eucaristía se celebra propiamente el Jueves Santo, día de su institución. Sin embargo, el Corpus Christi no es una repetición: puede ser una ocasión significativa para reflexionar sobre el valor de este don, que constituye la cumbre de la vida cristiana. No obstante, la participación frecuente en la Misa y la comunión conlleva el riesgo de desarrollar una actitud de excesiva familiaridad con Dios; una actitud buena en sí misma, pero que puede conducir a la rutina, y la rutina puede convertirse en una forma de resistencia difícil de vencer, fortalecida por las muchas experiencias del pasado. Para quien habitualmente está atento a la voz del Señor, el desafío consiste en conservar la prontitud de escucha y el calor del primer encuentro.

De aquí surge una pregunta: ¿qué valor, significado e importancia doy yo a la Eucaristía? ¿Soy consciente de que la comunión es un verdadero encuentro con el cuerpo y la sangre de Cristo? Algunos religiosos practican una vez por semana el ayuno eucarístico, es decir, no participan en la Misa ni reciben la Eucaristía, aunque dedican ese tiempo a la oración. ¿Es una costumbre recomendable? ¿O es una manera ingeniosa de reconocer que nos hemos acostumbrado demasiado a la celebración eucarística?

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¿Qué es entonces la Eucaristía? La Eucaristía es el lugar del encuentro con Dios y nos implica de un modo singular, otorgándonos una conciencia que crece, se profundiza y se define a lo largo de la propia vida. El ser humano, llamado a vivir en el mundo, a construir y realizar la historia, recuerda en la celebración eucarística que la construcción del mundo y la salvación de los hombres están en manos de Dios. No sabemos dónde, no sabemos cuándo, pero sí sabemos «cómo» (cf. 1 Cor 11,24-25).

En la noche en que fue entregado, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a sus discípulos diciendo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía». Del mismo modo tomó el cáliz y dijo: «Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi Sangre. Siempre que la beban, háganlo en memora mía» (ibid., 23-25).

Ese pan partido y ese vino derramado son la vida del Señor entregada por nosotros: el pan es alimento para vivir y la sangre —para los judíos— representa la vida. El significado de la vida y de la misión del Señor es, por tanto, un «partirse», un hacerse pedazos por nosotros. Desde el nacimiento hasta la vida oculta de Nazaret, desde la vida pública y el anuncio del Evangelio hasta su pasión y resurrección. El sentido de la vida de Jesús consiste en hacerse don, en amar, en estar cerca de todos: de los pequeños, de los leprosos, de los niños, de las mujeres, de los publicanos, de los pecadores, de las prostitutas, de los enfermos, de los paralíticos, de los endemoniados e incluso de los escribas, los fariseos y los sacerdotes que conspiraban para matarlo. Su vida consiste en una entrega incesante y generosa hasta el final, hasta la muerte en cruz, en obediencia al Padre.

El don de la Eucaristía constituye, a su vez, una misión, porque ese ser amados es vocación; es una llamada a comprometernos por nuestros hermanos, a entregarnos junto con el Señor Jesús. Es a través de nuestra solidaridad como pasa, de manera misteriosa pero real, la salvación del mundo; es la creación de «un cielo nuevo y una tierra nueva» (Ap 21,1). Dios «necesita» de nuestro sí, de nuestras pobres fuerzas, de nuestra historia. Dios «necesita» de nuestro pan y de nuestro vino, dones humildes y de escaso valor, que en la Eucaristía se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo, vida y salvación para nosotros mismos y para el mundo.

Papa León XIV: «La paz siempre es posible porque es un don de Dios».

Giancarlo Pani
Es un jesuita italiano. Entre 1979 y 2013 fue profesor de Historia del Cristianismo de la Facultad de Letras y Filosofía de la Universidad de La Sapienza, Roma. Obtuvo su láurea en 1971 en letras modernas, y luego se especializó en la Hochschule Sankt Georgen di Ffm con una tesis sobre el comentario a la Epístola a los Romanos de Martín Lutero. Entre 2015 y 2020 fue subdirector de La Civiltà Cattolica y ahora es escritor emérito.

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