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Una palabra que crea amistad:

El papa León XIV lee la «Dei Verbum»

Los documentos del Concilio Vaticano II se encuentran entre los textos más invocados de la vida eclesial contemporánea y, al mismo tiempo, entre los menos releídos. Se los cita más de lo que se los encuentra. El papa León XIV, en sus catequesis durante las audiencias generales de los miércoles, ha abierto un camino distinto, ofreciendo a la Iglesia una relectura del Concilio que no pasa por sus controversias, sino que remonta hasta su fuente viva. Así como san Agustín, en un jardín de Milán, fue conducido por la expresión Tolle, lege («Toma y lee») a la lectura de la Palabra de Dios, así también León XIV toma el texto conciliar y lo lee, invitando con este gesto a toda la Iglesia a hacer lo mismo. Si el Vaticano II es como una gran catedral, el Papa no nos ha conducido a una puerta lateral ni a una capilla apartada, sino ante el portal principal que da acceso a todo lo demás: la Dei Verbum, la Palabra de Dios. Antes de todo lo que dijo sobre la Iglesia, el mundo moderno o la liturgia, el Concilio remite al hecho originario: Dios habla, y este hablar se llama «amistad».

Una elección nada obvia: por qué el Vaticano II y la Dei Verbum

El tema en sí mismo es significativo. El 60º aniversario del cierre del Concilio Vaticano II se celebró el 8 de diciembre de 2025. Sin embargo, León XIV nunca lo menciona como motivo de su elección. Esto hace que dicha elección sea aún más significativa: una elección libre revela una prioridad.

Como cada uno de sus predecesores, el Pontífice expresa ya desde la catequesis introductoria[1] el deseo de «redescubrir la belleza y la importancia de este acontecimiento eclesial». Pero para él el Concilio no es un hecho histórico cerrado en sí mismo. No se trata de repetir lo que dijo el Vaticano II, sino de realizar nuevamente lo que este llevó a cabo. El Papa quiere que la Iglesia «acoja la rica tradición» que la ha caracterizado y, al mismo tiempo, se interrogue «sobre el presente y renueve la alegría de salir al encuentro del mundo para llevarle el Evangelio». Para realizar hoy lo que el Concilio hizo entonces, es necesario volver a sus textos, captando el mismo espíritu con el que fueron escritos. León XIV lo sugiere con el tono de la mistagogía agustiniana: aquella generación «redescubrió el rostro de Dios como Padre que, en Cristo, nos llama a ser sus hijos». Para el Pontífice, releer el Concilio significa ponerse en búsqueda de ese mismo rostro. Y es en este sentido que algunos teólogos hablan del Vaticano II como de «un acontecimiento teológico en curso»[2].

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León XIV cita a Juan Pablo I para reiterar que se necesitan «no tanto organismos, métodos o estructuras, cuanto una santidad más profunda y más extendida». La reforma eclesial no nace de reuniones más eficaces, sino de una renovación espiritual. Por ello, el Papa quiere que su lectura del Concilio sea directa y fiel a los textos conciliares: «Será importante conocerlo nuevamente de cerca [= el Concilio], y hacerlo no a través “de oídas” o de interpretaciones que se han dado, sino releyendo sus Documentos y reflexionando sobre su contenido». La renovación espiritual y la relectura de los textos no son dos caminos paralelos: el dinamismo y el contenido se implican mutuamente, porque todo acontecimiento eclesial encierra en sí una inteligencia que lo habita y lo hace fecundo.

El primer documento considerado por León XIV es significativo. La Dei Verbum (DV), Constitución dogmática sobre la divina revelación, formó parte del último grupo de textos promulgados por el Concilio el 18 de noviembre de 1965. Es la más breve de las cuatro Constituciones y, sin embargo, fue quizá la que tuvo la historia redaccional más compleja de todos los documentos conciliares, después de que el esquema preparatorio original, el De fontibus revelationis, fuera objeto de fuertes críticas al comienzo del Concilio, en octubre de 1962[3]. El resultado fue, como afirmó el papa Benedicto XVI, «uno de los documentos más bellos e innovadores de todo el Concilio, […] que todavía debe ser estudiado mucho más»[4]. Al tomar la Dei Verbum como punto de partida de su reflexión sobre el Vaticano II, León XIV reconoce su primacía programática y metodológica, aunque cronológicamente haya sido promulgada en último lugar. Para muchos teólogos, este documento constituye el fundamento de toda la enseñanza conciliar: en primer lugar está la Palabra de Dios; después, todo lo demás[5]. La elección del Pontífice confirma este criterio.

Una sola fuente, muchas voces

Es una costumbre bastante extendida identificar la Dei Verbum con la doctrina sobre la Sagrada Escritura[6]. Sin embargo, el propio título dirige la mirada más lejos, hacia la Revelación entendida como la autocomunicación viva y personal de Dios a la humanidad en Cristo Jesús por medio del Espíritu[7]. El concepto de «Palabra de Dios», en su uso teológicamente consciente, lleva consigo una riqueza semántica estratificada cuyo centro es, según el prólogo joánico, el Verbo eterno hecho carne (cf. Jn 1,1-14). Desde este centro cristológico, la Palabra de Dios se irradia hacia la creación (liber naturae), la historia profética y la proclamación apostólica —la Tradición viva, cronológicamente anterior a la Escritura—, para llegar finalmente a la propia Escritura. El título Dei Verbum, por tanto, mantiene abierta, sin resolverla, esta pluralidad analógica[8].

Con la Dei Verbum, el Vaticano II no inaugura ante todo una nueva hermenéutica bíblica, sino que propone una comprensión diferente de la Revelación como comunicación personal de Dios mismo: «Jesucristo transforma radicalmente la relación del hombre con Dios; de ahora en adelante, será una relación de amistad»[9]. Es esta amistad exuberante y desbordante la que se despliega en las múltiples formas en que la Palabra nos alcanza en la creación, en la Tradición, en la Escritura, en la proclamación y en el Espíritu. Esta multiplicidad de expresiones de la Palabra de Dios no fragmenta ni confunde la Revelación.

La Escritura, en sus diversos libros, es esta convergencia en su forma normativa, y la Iglesia «siempre la ha considerado y considera, juntamente con la Sagrada Tradición, como la regla suprema de su fe» (DV 21). En ella, el Verbo encarnado continúa hablando a través de las palabras humanas inspiradas por el Espíritu. La Palabra divina trasciende siempre las palabras humanas que la transmiten, superándolas sin anularlas[10]. Es el Espíritu Santo, prometido por Jesús en el Cenáculo, quien garantiza esta sobreabundancia viva y unificadora.

Aquí conviene hacer una precisión que ilumina todo el debate posconciliar. El término fons («fuente», «manantial») aparece en los documentos conciliares en sentido analógico. Existe, ante todo, una única «fuente» divina —el Dios que se revela—, de la cual todo procede (cf. DV 9). La Escritura y la Tradición pueden a su vez ser llamadas «fuentes»[11], con toda propiedad, pero de manera analógica, según el orden de la transmisión (cf. DV 21). La Escritura y la Tradición son para nosotros fuentes de conocimiento de la Revelación, pero no son su «origen», puesto que provienen de la misma Revelación[12]. El problema del antiguo esquema de las «dos fuentes» no consistía tanto en el uso del plural cuanto en separar estos dos cauces de su origen común, tratándolos como elementos contrapuestos y autosuficientes. La Dei Verbum no elimina el lenguaje de las fuentes, sino que lo reconduce a su «origen» divino, tan sobreabundante que desemboca en dos cauces inseparables[13].

El Papa capta aquí el núcleo decisivo: la Escritura es «totalmente relativa a Jesucristo». Es esta relación —no su antigüedad, ni su autoridad formal, ni su belleza literaria— la que constituye «la razón profunda de su valor y de su fuerza». De esta relación toma forma también la teología, entendida como el intento humano de utilizar las palabras para entrar en la Palabra divina, dejándose guiar por ella en el uso de las propias palabras[14]. Es esta sobreabundancia viva la que el Concilio elige nombrar con una palabra sorprendentemente sencilla: «amistad».

El rostro dialógico de la Revelación

Es esta amistad la que, como señaló León XIV en su primera catequesis[15] sobre la Dei Verbum (cf. DV 2), el Concilio coloca en el centro. Son las palabras del propio Cristo las que la fundamentan: «Ya no los llamo servidores […], yo los llama amigos» (Jn 15,15). En ellas se establece una relación nueva entre Dios y el ser humano: una amistad. Para el Papa, el documento conciliar es importante no porque ofrezca soluciones desde abajo, sino porque fundamenta nuestro ser en un orden que viene de lo alto; y precisamente desde allí se abre el espacio de la oración, lo que León XIV describe como «escucha» e «intercambio»: el lugar donde nuestras palabras encuentran la Palabra de Dios. «La Revelación de Dios, por tanto, posee el carácter dialógico de la amistad y, como sucede en la experiencia de la amistad humana, no soporta el mutismo, sino que se alimenta del intercambio de palabras verdaderas». Situadas en la historia y siempre necesitadas de interpretación, estas palabras son, sin embargo, capaces de ser traducidas a todas las lenguas, porque la vida divina que expresan es, por su propia naturaleza, semper maior.

León XIV distingue entre la «palabra» y la «charla». Esta última no compromete a nadie; « se detiene en la superficie y no realiza una comunión entre las personas». La «palabra», en cambio, posee la capacidad de crear relaciones auténticas, no solo intercambiando información, sino revelando quiénes somos. Incluso las «cuatro palabras» que intercambian los amigos son un bien; sin embargo, el Papa se refiere a ese tipo de palabra que, vaciada de presencia, renuncia a ser verdadera y no construye nada. La palabra verdadera, por el contrario, crea relación, porque la Palabra por excelencia es una Persona.

La Palabra de Dios supera todo texto que pretenda contenerla: es la Palabra que el Padre pronunció de una vez para siempre en el Hijo y que el Espíritu preparó en los profetas, encarnó en la historia, confió a los apóstoles y no deja de mantener viva a través del tiempo. La Escritura y la Tradición son su transmisión fiel e inseparable: no son dos recipientes que la aprisionan, sino dos formas vivas mediante las cuales sigue involucrando a cada generación.

Precisamente porque Jesús es el Verbo del Padre, su encarnación alcanza las palabras humanas, las asume, las sana, las eleva y las transfigura, como afirma san Agustín: «[Cristo] no desdeñó asumirnos en sí mismo; más aún, tampoco desdeñó transfigurarnos en sí y hablar con nuestras palabras, para que también nosotros pudiéramos hablar con las palabras de Él»[16]. La Palabra de Dios crea una relación nueva y, «así, hablándonos, Dios se nos revela como Aliado que nos invita a la amistad con Él».

Una alianza debe, por su propia naturaleza, establecer términos comunes sobre los cuales las dos partes puedan entrar en comunión. Sin embargo, como señala el Papa, siempre existe una asimetría entre Dios y el ser humano: «En la Alianza hay un primer momento de distancia». En Cristo, no obstante, sucede algo esencialmente nuevo: Dios no se limita a hablar a la humanidad desde lejos ni a sellar un pacto con ella, sino que entra en su condición, asume su carne y, desde dentro, nos hace «hijos e hijas» en virtud de su humanidad compartida. Se trata de una verdadera recreación. Nuestra comunión con Dios, nuestra «semejanza» con Él, se alcanza, por tanto, únicamente «en la relación con el Hijo hecho hombre», que nos llama «amigos».

León XIV recuerda que la amistad con Dios se realiza «primeramente, en la oración litúrgica y comunitaria, en la que no somos nosotros quienes decidimos qué escuchar de la Palabra de Dios, sino que es Él mismo quien nos habla por medio de la Iglesia». De ello se sigue que «la primera actitud que hemos de cultivar es la escucha, para que la Palabra divina pueda penetrar en nuestras mentes y en nuestros corazones». Nuestro hablar con Dios no es una súplica en sentido estricto, sino algo más revelador y vulnerable: «Estamos llamados a hablar con Dios, no para comunicarle lo que Él ya sabe, sino para revelarnos a nosotros mismos». La oración se convierte así en un camino en el que llegamos a ser más plenamente lo que somos —hijos de Dios, amigos de Dios—, porque, cuando acogemos esta invitación y cuidamos esta relación, «descubrimos que la amistad con Dios es nuestra salvación».

La mirada de Cristo sobre la realidad

La segunda catequesis[17] del Papa sobre la Dei Verbum profundiza esta intuición. La mayor aportación de la Dei Verbum no es el espacio que abre a la exégesis moderna. Ese espacio, de hecho, ya había sido inaugurado por la Divino afflante Spiritu de Pío XII (1943), que autorizó y alentó el método histórico-crítico. La verdadera novedad se encuentra en otro lugar: «La verdad íntima acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la Revelación» (cf. DV 2). Según León XIV, no basta con «considerar a Jesús como el canal de transmisión de verdades intelectuales»; más bien, estamos llamados a participar con todo nuestro ser en Cristo, «con su manera de habitar el mundo y de atravesarlo», lo cual incluye —y presupone— una doctrina verdadera y normativa. «El mismo Jesús nos invita a compartir su mirada sobre la realidad».

La Revelación no puede reducirse a un conjunto de informaciones: en Cristo, la verdad y la Persona coinciden, y lo que en Él se revela trasciende cualquier expresión particular[18]. Esta es la razón por la que Dios no comunica solamente un contenido, sino una relación —una «alianza»— que reestructura profundamente a quien la recibe.

El Papa identifica tres principios que caracterizan la Revelación como un misterio participativo. El primero es que «Jesús nos revela al Padre involucrándonos en su propia relación con Él». Por la fuerza del Espíritu Santo, también nosotros nos convertimos en interlocutores reales —amigos— dentro de este diálogo. El segundo es que «gracias a Jesús conocemos a Dios del mismo modo en que somos conocidos por Él» (cf. Gal 4,9; 1 Cor 13,12). Cristo es, al mismo tiempo, el lugar donde reconocemos la verdad de Dios Padre y el lugar donde descubrimos que somos conocidos por Él. Estamos «llamados al mismo destino de vida plena». El tercer principio es que «Jesucristo es revelador del Padre con su propia humanidad». Conocer a Dios en Cristo significa acoger «su humanidad integral»: «La verdad de Dios no se revela plenamente cuando se le quita algo a lo humano, así como la integridad de la humanidad de Jesús no disminuye la plenitud del don divino».

El depósito de la fe: de la semilla al árbol

León XIV dedicó su tercera catequesis[19] sobre la Dei Verbum a la relación entre Escritura y Tradición, subrayando que entre ambas no existe en realidad una tensión, sino un dinamismo vivo dentro de su unidad. El nombre de ese dinamismo es el Espíritu Santo. En efecto, el Espíritu es Aquel en quien la Escritura y la Tradición comparten un único origen y se orientan hacia un único fin trinitario (cf. DV 9). Este tema se introduce a partir de la promesa hecha por Cristo en el Cenáculo: «El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho. […] Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad» (Jn 14,25-26; 16,13). La Dei Verbum retoma este punto de partida y desarrolla sus consecuencias. Así, las «dos fuentes concurrentes» —tesis rechazada ya desde los primeros esquemas conciliares— dejan paso a dos modalidades inseparables de transmisión de la única Palabra divina: «Porque surgiendo ambas de la misma divina fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin» (DV 9).

Para León XIV, «la Palabra de Dios no está fosilizada, sino que es una realidad viva y orgánica que se desarrolla y crece en la Tradición». Por una parte, «la Sagrada Escritura crece con quienes la leen» (san Gregorio Magno); por otra, «la Tradición de origen apostólico progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo» (DV 8). La Iglesia, «en su doctrina, en su vida y en su culto, perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que cree» (ibíd.). Escritura y Tradición, exégesis y dogma, crecen conjuntamente, alimentados por la misma fuente, que es el Espíritu Santo.

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El Papa cita al doctor de la Iglesia san John Henry Newman y recurre a la parábola de la semilla (cf. Mc 4,26-29) para mostrar que el cristianismo, «tanto como experiencia comunitaria como doctrina, es una realidad dinámica»[20]. La imagen de la semilla se opone al mismo tiempo a dos tentaciones[21]. A quienes confunden la fidelidad con la «repetición», les recuerda que crecer no es traicionar y que el árbol no tiene por qué disculparse por no ser ya una semilla. A quienes confunden la renovación con la «invención», les recuerda que en la planta no hay nada que no estuviera ya presente en la semilla[22]. Hablar del desarrollo doctrinal en Newman es, en el fondo, hablar de una «fidelidad creadora» que se despliega en el cuerpo vivo de Cristo[23].

Esta síntesis no se alcanza mediante un compromiso, sino por impulso del Espíritu, a través de un cambio de perspectiva dentro de aquella fundamental «alianza-diálogo» identificada anteriormente: «La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura constituyen un único depósito de la Palabra de Dios confiado a la Iglesia. […] El oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios […] ha sido encomendado únicamente al magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en nombre de Jesucristo» (DV 10). Un magisterio que no está por encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio, de modo que la Escritura y la Tradición, juntas, «cada una a su modo, bajo la acción de un único Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas» (ibid.).

Un ejemplo de cómo el Papa aplica la doctrina newmaniana del desarrollo es su recuperación del término «depósito», aclarando cuidadosamente su origen jurídico. Se trata de un término que «impone al depositario el deber de conservar el contenido, que en este caso es la fe, y de transmitirlo intacto». Sin embargo, este deber de custodia debe entenderse en el sentido de Newman, para quien el depositum fidei no es una caja fuerte sellada, sino la transmisión de la Palabra viva y vivificante. A quienes pudieran dudar de la pertinencia de este término, el Papa responde: «Debemos seguir custodiándolo en su integridad, como una estrella polar para nuestro camino en la complejidad de la historia y de la existencia». Se trata, por tanto, de comprender el «depósito» como un elemento vital para la Iglesia y para la fe de hoy: ni solamente doctrina ni solamente acontecimiento. La Revelación es siempre ambas cosas a la vez, porque su centro es Cristo, en quien palabra y acontecimiento, mensaje y persona, coinciden perfectamente[24].

Una doble voz, una única Palabra

En la cuarta catequesis[25], León XIV reflexionó sobre una pregunta más originaria: ¿cómo nace la Escritura? ¿Cuál es la relación entre el Autor divino y los autores humanos que escribieron sus páginas? Durante varios siglos, los teólogos defendieron la inspiración divina «casi considerando a los autores humanos sólo como instrumentos pasivos del Espíritu Santo». La Dei Verbum corrige este planteamiento, sin disminuir en nada el origen divino, al afirmar que Dios es el «autor» principal de la Escritura y que los hagiógrafos son también «verdaderos autores» (DV 11)[26]. En su cuarta catequesis sobre la Dei Verbum, el Pontífice hizo suya una observación del biblista español Luis Alonso Schökel, según la cual «rebajar la operación humana a la de un simple amanuense no es glorificar la operación divina»[27]. Ambas dimensiones son inseparables, porque Dios, como creador, puede actuar dentro de la voluntad humana de tal manera que esta no pierde su dignidad, sino que llega a ser más plenamente ella misma. Los riesgos existen en ambas direcciones. Si no se presta atención al contexto histórico y a los géneros literarios, se cae en el fundamentalismo; si no se presta atención al origen divino, la Escritura queda reducida a «un texto solamente del pasado». Solo manteniendo unidos ambos elementos se honra lo que la Escritura es realmente: Palabra de Dios expresada en palabras humanas, normativa para la fe de la Iglesia precisamente en este diálogo entre la Palabra divina y la palabra humana.

Dios habla en las Escrituras para compartir no solo sus palabras, sino su propia vida, entregándonos a su Hijo para que participemos de su amor. La Escritura desborda, porque desbordante es la Palabra semper maior que la habita: la precede, la sostiene y la supera[28]. Ningún texto agota aquello que transmite[29]. Por eso, el Evangelio «no se puede reducir a mero mensaje filantrópico o social, sino que es anuncio alegre de la vida plena y eterna, que Dios nos ha donado en Jesús». Como enseña san Agustín, la finalidad principal de la Escritura es alimentar la vida y la caridad de los creyentes. Si Dios nos habla, es porque hacerse comprender por el otro constituye un primer acto de amor.

La Palabra que comunica vida

A partir de este origen —una Palabra a la vez divina y humana, inspirada y encarnada—, la quinta catequesis[30] del Papa extrae sus consecuencias prácticas y eclesiales. Esta Palabra está destinada a ser estudiada, celebrada y vivida en el corazón de la Iglesia. El Vaticano II afirma que la Iglesia ha venerado siempre las divinas Escrituras del mismo modo que ha venerado el Cuerpo del Señor: dos mesas, un solo pan de vida (cf. DV 21). León XIV lleva a su plenitud la advertencia de san Jerónimo al afirmar que leer la Palabra de Dios significa «conocer a Cristo y, a través de Él, entrar en relación con Dios». Esta relación, precisa el Papa, es una amistad, y se realiza «cuando leemos la Biblia con una actitud interior de oración: entonces Dios viene a nuestro encuentro y entra en conversación con nosotros».

La Palabra de Dios, por tanto, pertenece a toda la Iglesia[31]. Todo creyente es su destinatario y está llamado a acogerla como pan de vida (cf. Mt 4,4). Todos están invitados a beber de esta fuente, «ante todo en la celebración de la Eucaristía». Los ministros de la Palabra —obispos, sacerdotes, diáconos y catequistas— están llamados a cultivar hacia ella «amor y familiaridad». En este sentido, los exégetas y los estudiosos de la Biblia prestan un servicio precioso, pero siempre dentro de este horizonte eclesial y cristológico: ninguna competencia especializada puede agotar su riqueza, porque, como afirma León XIV en su síntesis final, «todas las Escrituras anuncian la Persona de Cristo y su presencia que salva». Por consiguiente, la Escritura ocupa un lugar central «para la teología, que tiene su fundamento y su alma en la Palabra de Dios».

La palabra frágil y el «fiat» de María

Las catequesis de León XIV sobre la Dei Verbum se dirigen a un público amplio, sin sacrificar por ello el rigor teológico. El tono es el de quien deja respirar el diálogo, manteniendo abiertas las preguntas lo suficiente para seguir suscitando la reflexión. En estas catequesis resuenan dos voces familiares, ambas citadas explícitamente y ambas presentes como un trasfondo constante: la de Benedicto XVI, cuya teología de la Palabra y de la revelación, entendida como una revelación dialógica y fundada en la amistad, constituye la arquitectura teológica de estas catequesis[32]; y la del papa Francisco, que proyecta esa misma arquitectura hacia un dinamismo misionero, atento a los lenguajes capaces de encarnarse en las culturas y en las personas concretas, sin que el rigor del pensamiento disminuya, sino precisamente para que se convierta en encuentro[33]. En este sentido, ¿no dejan entrever estas catequesis el camino que parece perfilarse para el actual pontificado, en el que la reflexión teológica sobre la palabra se encuentra con preguntas que atraviesan también el pensamiento filosófico contemporáneo?

Para el fenomenólogo Jean-Louis Chrétien, la respuesta pasa por una paradoja: la palabra humana es constitutivamente «frágil» precisamente por aquello que le da voz[34]. Ciertamente responde a una llamada anterior que siempre la trasciende, y sin embargo no se vuelve superflua, porque en ella se manifiesta nuestra finitud: «[La palabra] se expone desde el principio al riesgo de perderse. Sin este riesgo, no alcanzará aquello que solo ella puede alcanzar, dejándose alcanzar y a menudo quebrantar»[35]. Chrétien muestra que la mirada de la amistad no se reduce a lo que el amigo es —sus cualidades—, sino al hecho mismo de que el amigo existe. El ser mismo es ya fuente de alegría, y toda otra alegría no es tanto un añadido cuanto una promesa, un anticipo de plenitud, «como el florecimiento de este primer excedente sobre la nada»[36]. Es en la amistad donde esta palabra herida encuentra su porvenir. Escuchar al amigo es ofrecerle un futuro que no proviene de nosotros, devolviéndole su propio secreto como promesa. Y es precisamente esta palabra frágil, precisamente porque desborda, la que hoy se encuentra amenazada.

Sin embargo, es justamente en medio de la abundancia de palabras donde se hace más aguda la sed de aquella palabra que acepta el riesgo del encuentro. Como observa el Papa: «Vivimos rodeados de multitud de palabras […]. A veces escuchamos también palabras sabias pero que no tocan nuestro destino último. En cambio, la Palabra de Dios sacia nuestra sed de sentido y de verdad sobre nuestra vida. Es la única Palabra siempre nueva. Volver a la Dei Verbum significa descubrir que Dios ha elegido las palabras para decirnos quién es, y que nosotros las hemos recibido para aprender a decirle quiénes somos. En una época en la que las palabras son generadas por algoritmos que las multiplican sin habitarlas, la pregunta por lo que es realmente una palabra —una palabra que cree relación, que revele, que salve— se vuelve más urgente que nunca. La tradición bíblica conoce bien esta sed y su inesperado cumplimiento. Leer la Dei Verbum significa situarse como la samaritana ante la única fuente de la Revelación: Aquel que no se limita a informar, sino que se hace diálogo, revelación y presencia. Y allí, junto al pozo de agua viva, sigue resonando su voz para quien tiene sed: «Soy yo, el que habla contigo» (Jn 4,26)[37].

León XIV señala una última guía: la «escuela de María, Madre de la Iglesia». En ella, la Palabra encontró a su oyente más atenta y más amorosa. La revelación de Dios es, como todo verdadero diálogo, un acto de vulnerabilidad divina en el que Dios se expone gratuitamente, porque el amor no se reserva nada para sí[38]. El fiat de María es la respuesta humana a este don: una palabra auténtica que lleva en sí toda la finitud y todo el coraje de quien no se protege del riesgo del encuentro, sino que lo abraza por adelantado, con generosidad. En el fiat de María se tocan las dos fragilidades: la de Dios, que se confía en el anuncio, y la del ser humano, que se hace presente y disponible. De ese contacto nace la amistad que salva. El fiat de María nos precede y se desborda en la historia, generando hijos, suscitando voces, dando a luz palabras fecundas que testimonian este encuentro; así ella se convierte en «Madre de la Iglesia». John Henry Newman reconoció en María el modelo de todo desarrollo creyente: en la acogida de la Palabra, María «no piensa que le baste con aceptarla, sino que permanece en ella; no solo la posee, sino que la hace fructificar; no le basta con darle su asentimiento, sino que la desarrolla; no solo somete a ella la razón, sino que la aplica a ella»[39]. Es en este orden de escucha acogedora, de morada contemplativa y de desarrollo orgánico y eclesial donde la Palabra crece en nosotros como creció en María. En esta compañía amplia y viva, ella nos tiende la mano para que entremos en este encuentro con esperanza y sin miedo[40].

  1. Cf. León XIV, Catequesis. El Concilio Vaticano II a través de sus documentos. Catequesis introductoria, 7 de enero de 2026. Para acceder a las cinco catequesis sobre Dei Verbum (14 de enero – 11 de febrero 2026), cf. www.vatican.va/content/leo-xiv/it/audiences/2026.index.html/. Las citas remiten a la última catequesis mencionada, a menos que exista otra indicación.
  2. Cf. M. Levering, An Introduction to Vatican II as an Ongoing Theological Event, Washington, DC, The Catholic University of America Press, 2017. Esta categoría hunde sus raíces en la naturaleza misma de los concilios, entre los que Nicea – «acontecimiento de Sabiduraí», surgido del «acontecimiento Jesucristo» – destaca como el paradigma noramtivo: cf. A. Begasse de Dhaem, «El 1700º aniversario del Concilio de Nicea. El documento “Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador” de la Comisión Teológica Internacional» en La Civiltà Cattolica, 13 de junio de 2025 (https://www.laciviltacattolica.es/2025/06/13/el-1700o-aniversario-del-concilio-de-nicea/)
  3. Cf. G. Caprile, «Tre emendamenti allo schema sulla Rivelazione. Appunti per la storia del testo», en Civ. Catt. 1966 I 214-231.
  4. Benedicto XVI, Discurso en el Encuentro con los párrocos de Roma, 14 de febrero de 2013, en https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2013/february/documents/hf_ben-xvi_spe_20130214_clero-roma.html. El último discurso temático de Benedicto XVI fue sobre el Vaticano II. León XIV parece querer retomar ese hilo conductor.
  5. Cf. M. Levering, An Introduction to Vatican II…, cit., 11: «La Dei Verbum es la que va primero, porque sin la autorrevelación de Dios en Cristo, nada de lo demás tendría sentido».
  6. Cf. el título ya orientativo de R. D. Witherup, Scripture: Dei Verbum, New York, Paulist Press, 2006.
  7. La estructura de la Dei Verbum lo demuestra, al pasar de la Revelación (nn. 1-6) a su transmission (nn. 7-10), para llegar a la Escritura solo en el n. 12.
  8. Cf. Benedicto XVI, Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini, 30 de septiembre de 2010, n. 7, en la que la analogia de los significados de «palabra de Dios» (Dei Verbum) es reconocida y señalada como tarea pastoral y teológica. León XIV cita explícitamente este documento dos veces en sus catequesis.
  9. León XIV, Catequesis 1. «Dios habla a los hombres como a amigos », 14 de enero de 2026.
  10. Cf. Francisco, Encíclica Lumen fidei, 29 de junio de 2013, n. 15: «La Palabra que Dios nos dirige en Jesús no es una más entre otras, sino su Palabra eterna (cf. Hb 1,1-2)».
  11. Cf. León XIV, Catequisis 5. «La Palabra de Dios en la vida de la Iglesia», 11 de febrero de 2026: «La Sagrada Escritura, confiada a la Iglesia y custodiada y explicada por ella, desempeña un papel activo: con su eficacia y potencia, sostiene y fortalece la comunidad cristiana. Todos los fieles están llamados a beber de esta Fuente».
  12. Cf. J. Wicks, «Six texts by Prof. Joseph Ratzinger as “peritus” before and during Vatican Council II», en Gregorianum 89 (2008/2) 270.
  13. La Dei Verbum retoma aquí un nudo teológico que había quedado abierto desde el Concilio de Trento (cf. H. Denzinger – P. Hünermann, Enchiridion Symbolorum, n. 1501). Cf. Y. M. J. Congar, La tradition et les traditions, París, Fayard, 1960, 209-228; J. Ratzinger, «Kommentar zu Dei Verbum», in Lexikon für Theologie und Kirche, II, Freiburg, Herder, 1967, 498–528.
  14. Cf. Francisco, Lumen fidei, n. 36: « La teología no es solamente palabra sobre Dios, sino ante todo acogida y búsqueda de una inteligencia más profunda de esa palabra que Dios nos dirige, palabra que Dios pronuncia sobre sí mismo, porque es un diálogo eterno de comunión, y admite al hombre dentro de este diálogo».
  15. Cf. León XIV, Catequisis 1: «Dios habla a los hombres como a amigos», cit.
  16. Agustín de Hipona, s., Enarrationes in Psalmos 30, II, 3 (PL 36, 231).
  17. Cf. León XIV, Catequesis 2. «Jesucristo revelador del Padre», 21 de enero de 2026.
  18. Cf. Comisión teológica internacional, Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador. 1700° aniversario del Concilio Ecuménico de Nicea (325-2025), Città del Vaticano, Libreria Editrice Vaticana, 2025, 17. El término «consustancial» en el Credo no basta por sí solo para manifestar la divinidad del Hijo, sino que se inserta en una serie de términos escriturísticos y litúrgicos («Dios de Dios», «luz de luz», «Dios verdadero de Dios verdadero»).
  19. Cf. León XIV, Catequesis 3. «Un único depósito sagrado. La relación entre la Escritura y la Tradición», 28 de enero de 2026.
  20. Cf. I. Ker, Newman on Vatican II, Oxford, Oxford University Press, 2014. Para Ker, DV 8 es el caso más explícito en el que la noción newmaniana de desarrollo doctrinal ha entrado directamente en los documentos conciliares.
  21. Cf. S. Morgan, John Henry Newman and the Development of Doctrine. Encountering Change, Looking for Continuity, Washington, DC, The Catholic University of America Press, 2021, 246-249; 268 s.
  22. Cf. ibid., 207.
  23. Cf. N. Steeves, «John Henry Newman: dottore della fedeltà creatrice», en Civ. Catt. 2025 III 323-335.
  24. Cf. M. Levering, An Introduction to Vatican II…, cit., 20-49. El autor destaca cómo el Vaticano II afirma, al mismo tiempo, la dimensión personal y la cognitivo-proposicional de la Revelación, dejando abierto su entrelazamiento como nudo teológico fecundo.
  25. Cf. León XIV, Catequesis 4. «La Sagrada Escritura: Palabra de Dios en palabras humanas», 4 de febrero de 2026.
  26. Para profundizar en las teologías católicas de la inspiración que precedieron y prepararon la formulación de DV 11 —desde el modelo tomista-instrumental de Pierre Benoit hasta el modelo monista-predefinido de Karl Rahner, pasando por la propuesta bonaventuriana-eclesiástica de Ratzinger—, cf. A. Pidel, The Inspiration and Truth of Scripture. Testing the Ratzinger Paradigm, Washington, DC, The Catholic University of America Press, 2023, 15-100.
  27. L. Alonso Schökel, La Bibbia alla luce della scienza del linguaggio, Brescia, Paideia, 1987, 70.
  28. Cf. Benedicto XVI, Verbum Domini, n. 17: «Aunque el Verbo de Dios precede y trasciende la Sagrada Escritura, en cuanto inspirada por Dios, contiene la palabra divina (cf. 2 Tm 3,16) “en modo muy singular”».
  29. Cf. ibid., n. 7: « Todo esto nos ayuda a entender por qué en la Iglesia se venera tanto la Sagrada Escritura, aunque la fe cristiana no es una “religión del Libro”: el cristianismo es la “religión de la Palabra de Dios”, no de “una palabra escrita y muda, sino del Verbo encarnado y vivo”. Por consiguiente, la Escritura ha de ser proclamada, escuchada, leída, acogida y vivida como Palabra de Dios, en el seno de la Tradición apostólica, de la que no se puede separar (cf. DV 10)».
  30. Cf. León XIV, Catequesis 5. «La Palabra de Dios en la vida de la Iglesia», 11 de febrero de 2026.
  31. Cf. A. Pidel, The Inspiration and Truth of Scripture…, cit., 80-100. La Escritura como palabra de Dios solo se revela plenamente al interior del sujeto vivo que la generó y que continua recibiéndola en la fe.
  32. Cf. Benedicto XVI, Verbum Domini, nn. 6-21 («El Dios que habla»); nn. 22-28 («La respuesta del hombre al Dios que habla»).
  33. Cf. Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, 24 de noviembre de 2013, nn. 20–24 («Una Iglesia en salida»); nn. 68–70 («Desafíos de la inculturación de la fe»); y nn. 115–118 («Un pueblo con muchos rostros»).
  34. Cf. J.-L. Chrétien, Fragilité, París, Minuit, 2017.
  35. Id., La Voix nue. Phénoménologie de la promesse, París, Minuit, 1990, 209.
  36. Ibid., 216.
  37. ’Eγώ εἰμι, ὁ λαλῶν σοι. Asumiendo el Nombre divino (cf. Ex 3,14), Jesús no se limita a identificarse, sino que se revela como Aquel en quien Dios es esencialmente el que habla, siempre dirigido a un «tú».
  38. Cf. Tomás de Aquino, s., Commento al Vangelo secondo Giovanni, vol. II, Bolonia, Edizioni Studio Domenicano, 2019, 657: « Ahora bien, manifestar la verdad es propio del Espíritu Santo. De hecho, es el amor el que lleva a la revelación de los secretos»; ibid., 775: «De hecho, es un verdadero signo de amistad que un amigo revele a otro amigo los secretos de su corazón […]; ahora bien, al hacernos partícipes de su sabiduría, Dios nos revela sus secretos».
  39. J. H. Newman, Sermoni su temi di attualità – Sermoni all’Università di Oxford, Bolonia, Edizioni Studio Domenicano, 2004, 682.
  40. El autor agradece a los jesuitas Jean-Pierre Sonnet, Henry Shea, Paul Gilbert y Christopher Grodecki por haber revisado su artículo y por el diálogo mantenido con ellos, que ha enriquecido estas páginas.
Julio Minsal-Ruiz
Julio Minsal-Ruiz es un jesuita originario de Puerto Rico, doctorando en teología dogmática en la Pontificia Universidad Gregoriana

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