El concepto de «planeta Tierra» nos resulta familiar solo desde una época relativamente reciente de la historia documentada. Hasta mediados del siglo XVII, la mayoría de los seres humanos imaginaba la Tierra inmóvil en el centro del universo, poco luminosa o incluso invisible desde la Luna o desde los cielos. Nuestro mundo no participaba en lo que Galileo llamaba la «danza de las estrellas». En el reciente volumen A Universe of Earths: Our Planet and Other Worlds, from Copernicus to NASA (Oxford University Press, 2026), Dennis Danielson y Christopher M. Graney, investigador asociado del Observatorio Vaticano, reconstruyen el modo en que esta concepción cambió y la Tierra terminó siendo considerada ella misma una «estrella errante», es decir, un planeta.
Desde el día en que se comprendió que la Tierra es un planeta, muchos comenzaron a preguntarse si también los demás planetas podían ser «tierras». Esta hipótesis dio origen a la larga y fascinante historia de las conjeturas sobre la vida en esos mundos y, en particular, sobre la vida inteligente. Graney y Danielson sostienen que tales especulaciones siempre han estado alimentadas más por la imaginación que por las pruebas y que se han enfrentado repetidamente con los datos objetivos que el universo real iba mostrando progresivamente. Sus investigaciones sacan a la luz muchos capítulos singulares de esta historia, entre los cuales hay uno que se refiere, en particular, no solo a la posibilidad de que otros mundos alberguen vida, sino también al problema general de su origen.
Durante gran parte de la historia, la respuesta parecía obvia: la vida nace del suelo. Así lo enseñaba Aristóteles, lo repetían los autores romanos y durante dos mil años la «generación espontánea» fue considerada un hecho: ranas que cobraban forma a partir del barro, ratones que nacían de una mezcla de carne y tierra. Lucrecio imaginaba la Tierra como una madre fecunda que, cuando el mundo aún era joven, generaba directamente del suelo grandes animales. Según esta concepción, si la Tierra es un planeta, si las estrellas son a su vez soles rodeados de mundos semejantes al nuestro y si la vida nace directamente de la materia, entonces el universo debería estar repleto de seres vivos.
Pero entonces esta idea comenzó a derrumbarse. El microscopista Antony van Leeuwenhoek observó en el agua pequeños organismos vermiformes, considerados de origen «espontáneo», y concluyó que no se formaban por condensación, sino que se multiplicaban mediante la reproducción. Más tarde, Louis Pasteur asestó el golpe decisivo, demostrando que la vida procede únicamente de otra vida. A finales del siglo XIX, la generación espontánea ya había sido abandonada por la ciencia.
Sin embargo, quedaba un problema difícil de explicar. Si en otro tiempo la Tierra había sido una esfera incandescente y carente de vida, como sugerían la mecánica de Newton y la física del calor, y si la vida no puede simplemente surgir de la materia inanimada, ¿de dónde había venido? En 1871, Lord Kelvin, en una intervención ante la British Association for the Advancement of Science, se negó a colmar esta laguna recurriendo a la creación divina. Propuso, en cambio, algo que parece salido de la ciencia ficción: la vida no habría tenido su origen en la Tierra, sino que habría llegado a ella transportada por fragmentos expulsados de otros mundos a raíz de violentas colisiones, que habrían sembrado nuestro planeta como las esporas colonizan una nueva isla volcánica.

La convicción de que los seres vivos podían generarse espontáneamente a partir de materia inanimada estuvo en otro tiempo tan extendida que también encontró expresión en la literatura, como en Antonio y Cleopatra, de William Shakespeare: LEPIDO: Sus serpientes de Egipto nacen del barro por efecto del sol; y lo mismo ocurre con los cocodrilos. ANTONIO: Así es.
Hermann von Helmholtz acogió la idea, sugiriendo que la vida podía ser tan antigua como la propia materia y vagar eternamente de un mundo a otro. En 1908, el químico sueco Svante Arrhenius dio al concepto el nombre que perduraría: panspermia, «semillas en todas partes». Propuso un mecanismo menos violento que las colisiones: microorganismos transportados a las capas superiores de la atmósfera de un planeta y luego impulsados al espacio por la presión de la luz estelar, hasta atravesar un sistema planetario en el transcurso de unos pocos meses. Llegó incluso a plantear la posibilidad de que la Tierra recibiera bacterias termófilas procedentes de un Venus cálido y acogedor.
Esa suposición tuvo una vida breve: las sondas enviadas a Venus mostraron que el planeta es un ambiente abrasador y ácido, muy lejos de ser un jardín. En términos más generales, el estudio de los planetas de nuestro Sistema Solar y de los que pertenecen a otros sistemas revela un universo compuesto por mundos muy diferentes entre sí, no un universo de «tierras». Y, sin embargo, la idea de fondo defendida por Kelvin, Helmholtz y Arrhenius —que la vida podía viajar de un mundo a otro en lugar de surgir de manera autónoma en cada uno de ellos— nunca desapareció del todo, ni siquiera cuando cayó en desuso la idea de un universo eterno sobre la que se sustentaba. La panspermia resurgió en el siglo XX con estudiosos como Fred Hoyle, y todavía hoy se perciben sus ecos en las investigaciones de la astrobiología sobre los orígenes cósmicos de la vida.


