Santos

El «dichoso tránsito» de san Francisco

Tránsito de San Francisco, Giotto di Bondone.

La familia franciscana ha celebrado los hechos más importantes de la vida de san Francisco de Asís ocurridos hace ocho siglos: en 2023, la invención del pesebre en Greccio; en 2024, el prodigio de las llagas; en 2025, el Cántico de las criaturas y, finalmente, en 2026, el «dichoso tránsito».

Este año, la memoria de la muerte del Santo, patrono de Italia, coincide con la instauración de la fiesta nacional de ese país el 4 de octubre, reintroducida después de haber sido abolida en 1977. Recorrer los últimos días terrenales de Francisco revela bajo una nueva luz la historia de un hombre de Dios que testimonió con su propia vida la radicalidad evangélica.

La meta de una vida

El deseo más profundo de Francisco durante su vida fue el de «observar en todo y siempre el santo Evangelio, y seguir la doctrina de nuestro Señor Jesucristo y sus pasos con suma atención»[1].

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También los últimos días de su vida terrena están impregnados de esta aspiración. Cuando ya siente que su vida está llegando a su cumplimiento, Francisco pide que le lean del Evangelio de Juan el episodio del lavatorio de los pies (Jn 13,4-5.12). En la Regla no bulada lo cita, acompañándolo de una exhortación: «Ninguno se llame prior, sino todos sin excepción llámense hermanos menores. Y el uno lave los pies del otro»[2]. De este modo, cada gesto y palabra del Señor Jesús se convierte en norma para la comunidad[3].

Francisco ya había vivido en su juventud el despojo, cuando su padre lo había denunciado ante los cónsules y el tribunal del obispo por apropiación indebida de dinero familiar. El obispo le pide que se lo devuelva a su padre y que confíe en el Señor. Entonces el joven se desnuda y devuelve sus vestidos a su padre junto con el dinero y, ante el obispo y los presentes, afirma: «Y quiero desde ahora decir: “Padre nuestro, que estás en los cielos”, y no: “Padre Pedro de Bernardone”»[4].

Para Francisco, un pasaje evangélico está vivo cuando se vive y, por eso, al aproximarse la muerte, pide que lo pongan desnudo sobre la tierra: «Al acercarse a los últimos días, […] demostró con ejemplo de virtudes que nada tenía de común con el mundo. Acabado, pues, con aquella enfermedad tan grave que puso fin a todos los dolores, hizo que lo pusieran desnudo sobre la desnuda tierra, para que en aquellas horas últimas, en que el enemigo podía todavía desfogar sus iras, pudiese luchar desnudo con el desnudo. En verdad que esperaba intrépido el triunfo […]. Puesto así en tierra, despojado de la túnica de saco, volvió, según la costumbre, el rostro al cielo y, todo concentrado en aquella gloria, ocultó con la mano izquierda la llaga del costado derecho para que no se viera. Y dijo a los hermanos: “He concluido mi tarea; Cristo os enseñe la vuestra”»[5]. La historia evangélica de Francisco, iniciada con el despojo de sus vestiduras ante su padre, concluye con el despojo de su propio cuerpo.

El «Testamento»

Las últimas semanas de la vida de Francisco están marcadas por acontecimientos que expresan el sentido pleno de toda su existencia. Entre ellos destaca, por su especial significado, el Testamento, ya anticipado en el Testamento de Siena[6], en el que renueva su fidelidad a la Iglesia y recorre las etapas cruciales de su propia conversión. El texto tiene el valor de una autobiografía que abarca la historia y la recapitula desde una mirada evangélica.

Francisco habla de sí mismo, pero el sujeto del discurso, también gramaticalmente, es el Señor, el Altísimo: «El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: porque, como estaba en pecados, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con ellos»[7]. En la historia de Francisco, el Señor guía cada uno de sus pasos: lo llevó a ser misericordioso con los leprosos, lo condujo del pecado a la gracia, de lo amargo a lo dulce. Ahora, moribundo, Francisco descubre en ella, con una claridad nueva, el espíritu que marcará el futuro de la fraternidad: «El Altísimo mismo me reveló que debería vivir según la forma del santo Evangelio» [14][8], abandonando los valores del mundo y su lógica.

Al hacer penitencia, una sorpresa: el Señor le dio «tanta fe en los sacerdotes que viven según la forma de la santa Iglesia Romana» [6], viendo en ellos al Hijo de Dios antes que los pecados humanos, pues «ellos reciben y ellos solos administran» su cuerpo y su sangre [9-10].

A continuación, declara la originalidad del estilo de vida de los primeros compañeros, que «daban a los pobres todo lo que podían tener» [16]: la pobreza rigurosa, exigida por Jesús a los apóstoles, era la condición para entrar en la fraternidad, contentos con una sola túnica, remendada por dentro y por fuera, y con una sencilla correa.

Se hace referencia luego a la oración comunitaria, diferenciada entre clérigos y laicos, con un recuerdo particularmente evocador: «Muy gustosamente permanecíamos en las iglesias» [18]. La oración aparece así como un elemento fundante de la nueva comunidad.

Francisco señala también que eran «iletrados y súbditos de todos» [19]: aparece la importancia de la minoridad, es decir, de ser más pequeños que los demás y estar al servicio de todos.

Desde el comienzo, Francisco atribuye una importancia considerable al trabajo, porque cada uno debe ganarse el pan con sus propias manos, ocupándose «en trabajo[9] que conviene al decoro» [20]; y solo cuando no se recibe una compensación se puede recurrir «a la mesa del Señor, pidiendo limosna de puerta en puerta» [22]. Al trabajo se le dedica más espacio que a la oración y a la condición de minoridad, no solo para contrarrestar la codicia de la recompensa, sino también para dar ejemplo y mantener alejada la ociosidad[10].

El Señor sugirió a Francisco el saludo que debía dirigir a las personas: «El Señor te dé la paz» [23]. Un saludo nuevo y, para algunos, quizá extraño, pero que desea la paz que solo el Señor puede dar[11]. El saludo revela también la misión de «una Fraternidad de enviados por los caminos del mundo para anunciar la paz (cf. Lc 10,3-9)»[12].

Se hace especial hincapié en la observancia de la «santa pobreza» [24]: los hermanos no deben aceptar iglesias o viviendas que no sean conformes con la pobreza, habitándolas como forasteros y peregrinos. Nunca deben pedir «documento alguno» [25] de privilegio a la Curia romana. Francisco declara asimismo que obedece «firmemente» al ministro general de la fraternidad y exhorta a los hermanos a obedecer a los superiores, como establece la Regla. Pero si algunos, según la Regla, «no fuesen católicos» [31], los compañeros deben hacérselo saber al custodio para conducirlos nuevamente a la obediencia.

Por último, el carácter del Testamento: «Y no digan los hermanos: “Esta es otra Regla”; porque ésta es una recordación, amonestación, exhortación […], para que guardemos más católicamente la Regla que hemos prometido al Señor» [34]. El adverbio «católicamente» acentúa la fidelidad a la Iglesia, pero refleja también la preocupación por mantener vivo el espíritu originario de la fraternidad delineado en la Regla bulada, citada implícitamente una decena de veces. El Testamento concluye con la bendición.

La carta a Jacoba de Settesoli

Unos días antes de su muerte, una singular sorpresa. Francisco realiza un gesto profundamente humano, dictado por la inagotable fantasía del Espíritu: escribe una carta a una noble romana, Jacoba de Settesoli[13], que en el pasado lo había ayudado. «A doña Jacoba, sierva del Altísimo, fray Francisco, pobrecillo de Cristo, desea salud y la comunión del Espíritu Santo en el Señor Jesucristo. Has de saber, queridísima, que Cristo bendito, por su gracia, me ha revelado que el fin de mi vida está ya próximo. Por eso, si quieres encontrarme vivo, en cuanto recibas esta carta, apresúrate a venir a Santa María de los Ángeles. En efecto, si vienes después de ese día, no podrás encontrarme con vida. Y trae contigo un paño de cilicio con el que puedas envolver mi cuerpo y cera para el entierro. Te ruego también que me traigas de aquellos dulces que solías darme cuando me encontraba enfermo en Roma»[14].

La curiosidad por saber cuáles eran aquellos dulces queda resuelta por la Compilación de Asís: «Los romanos llaman a este pastel “mostaccioli”, y se hace con almendras, azúcar o miel y otros ingredientes»[15].

Pero, por encima de todo, hay un hecho nuevo: Francisco se define como «pobrecillo de Cristo». Es un unicum en los Escritos[16], que posteriormente se convirtió en una denominación antonomástica y que nace de la condición de un hombre que muere, signo de la máxima pobreza humana que se vuelve hacia Cristo y se aferra a él.

La carta, fechada entre el 28 de septiembre y el 1 de octubre, es de una extraordinaria humanidad: «Está tan lejos de toda preocupación por dejar de sí mismo un rostro acorde con los cánones hagiográficos y tan cerca de la sencillez del “niño” que se ha hecho tal por el reino de los cielos, que la frase resultaría casi increíble si no tuviera una confirmación precisa también en el relato de Tomás de Celano»[17]. Todo ello es también indicio de la autenticidad del escrito: Francisco no teme llamar la atención de una mujer amiga y saborear una vez más los mostaccioli que ya había probado en Roma y cuya exquisitez recordaba bien.

Mientras se busca a alguien que lleve la carta, llega un grupo de caballeros que acompañan precisamente a doña Jacoba desde Roma, quien pide poder ver a Francisco. Gran desconcierto entre los hermanos ante una petición que claramente contravenía la clausura. Pero he aquí, una vez más, la libertad espiritual del moribundo: «Bendito sea Dios, que ha conducido hasta nosotros a doña Jacoba, nuestra hermana. ¡Abran las puertas —exclama— y déjenla entrar, porque para el hermano Jacoba no hay que observar el decreto relativo a las mujeres!»[18]. El extraño título, «hermano Jacoba», es un simpático e inteligente recurso para superar la clausura, pero también «la expresión de aquel vínculo de fraternidad que unía a Francisco no solo con sus hermanos frailes, sino también con amigos y amigas, así como con todas las criaturas»[19].

Fray Bernardo

Entre las personas queridas que Francisco recuerda en aquel momento se encuentra fray Bernardo, su primer compañero. Precisamente los mostaccioli de doña Jacoba le hacen recordar al amigo, a quien sin duda le habría gustado el dulce que estaba saboreando, y manda llamarlo. Bernardo se sienta junto al lecho de Francisco y le pide que lo bendiga. Como está casi ciego, Francisco extiende la mano y la posa sobre la cabeza de fray Egidio. El Santo, que tenía buena memoria, reconoce que no era la cabeza de Bernardo. Entonces Egidio se aparta y Francisco consigue tocar la cabeza de Bernardo y lo bendice. A un amanuense le ordena: «Escribe lo que voy a dictarte. El primer hermano que me dio el Señor fue el hermano Bernardo. Fue él quien primero comenzó y puso en práctica con toda diligencia la perfección del santo Evangelio distribuyendo sus bienes entre los pobres. Por eso y por otras muchas prerrogativas, estoy obligado a amarle más que a cualquier otro hermano de toda la Religión. Quiero, pues, y ordeno, en cuanto está en mi poder, que el ministro general, cualquiera que sea, le ame y le honre como a mí mismo»[20].

La bendición impartida a Bernardo tiene un significado preciso: él es «otro Francisco». Sin embargo, Tomás de Celano, en la primera biografía, omite el episodio y refiere únicamente una bendición impartida a fray Elías, por entonces una figura influyente y cercana al papa Gregorio IX, quien había encargado el texto. En la segunda biografía, en cambio, Tomás guarda silencio sobre Elías, que había caído en desgracia, y refiere una bendición impartida a todos. Además, los Actus beati Francisci, hostiles a Elías, unifican las dos escenas narradas por Tomás con la Compilación de Asís, pero para invertir su significado: Bernardo, llamado por Francisco para recibir su bendición, propone su bendición a Elías, pero Francisco, aunque moribundo, se niega y bendice a Bernardo, otorgándole así una autoridad particular[21].

Raoul Manselli propone aclarar la contradicción mediante «la recíproca complementariedad»[22]. Los Actus, tendenciosos, refieren la verdad al mencionar una doble bendición, pero la Compilación de Asís ha transmitido las palabras en favor de Bernardo, que ponen de manifiesto la constante preocupación de Francisco por la pérdida del espíritu originario de la fraternidad. También el Testamento declara su inquietud ante el nuevo camino que está tomando la fraternidad, que se ha vuelto numerosa y se ha extendido por distintas partes del mundo. Temiendo que el Testamento no quede respaldado por su ejemplo, Francisco siente la necesidad de realizar un gesto concreto. Nace así «la última, extraordinaria “invención” de Francisco: la de crear un continuador de sí mismo, de colocar junto a la jerarquía de la Orden a un nuevo sí mismo»[23]. Es la idea de proponer como ejemplo viviente a fray Bernardo, el primer compañero, que sacrificó su riqueza y la distribuyó entre los pobres. Es la tradición viva del fundador: «Los hermanos de toda la Religión lo consideren como otro yo mismo»[24]. Con este acto quiere recuperar el espíritu de los orígenes y ofrecer un modelo de referencia: «añadir a una sucesión de jefes una comunidad de santos, a la severidad de las normas la fuerza arrolladora de un ejemplo ininterrumpido»[25].

Hermana Clara

Cuando Francisco, enfermo, regresa a Asís, se aloja en el palacio episcopal: pese a la acogida, pide regresar a la Porciúncula, el lugar que más quería, donde había nacido la fraternidad. En aquellos días también Clara está gravemente enferma; de hecho, por medio de un hermano, hace saber a Francisco su temor de morir antes que él, sin poder volver a verlo. Entonces él le hace decir que volverá a verlo una vez más. También le envía un escrito, titulado Última voluntad: «Yo, el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza del altísimo Señor nuestro Jesucristo y de su santísima Madre, y perseverar en ella hasta el fin; y os ruego, mis señoras, y os doy el consejo de que siempre viváis en esta santísima vida y pobreza. Y protegeos mucho, para que de ninguna manera os apartéis jamás de ella por la enseñanza o consejo de alguien»[26].

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Francisco declara primero que quiere seguir la vida y la pobreza de Cristo —«Yo quiero…»— y después aconseja a las pobres señoras que hagan lo mismo. El verbo «seguir» es signo del seguimiento evangélico y determina su objeto: «la vida y pobreza de Cristo». El consejo es un programa de vida, como comenta un historiador: «La pobreza de Jesús, esa pobreza que él reconoce en el hacerse hombre del Hijo de Dios. No una pobreza cualquiera, sino la de Jesús, asumida y amada porque es su pobreza, con el añadido […] de una referencia a lo femenino, particularmente indicada para estas mujeres: “y de su santísima madre”»[27].

La observación final es fundamental: no apartarse jamás de esa pobreza «por la enseñanza o consejo de alguien». Ciertamente, Francisco piensa en el futuro, es más, especifica que debe ser perpetua. Después de su muerte, el cardenal protector Ugolino de Ostia, convertido en papa Gregorio IX, quería inducir a Clara a mitigar el voto de pobreza. Su respuesta fue inmediata: «Santísimo Padre, a ningún precio deseo ser dispensada del seguimiento indeclinable de Cristo»[28]. Ese «indeclinable» recuerda de cerca a Francisco y su voluntad de insertar íntegramente el texto en la Regla[29]. Precisamente en vísperas de la muerte, vuelve a emerger la intención de Francisco de que se preste un cuidado particular a Clara y a las pobres señoras, como había prometido en su forma de vida.

«Hermana muerte»

Las páginas de Tomás de Celano y la Compilación de Asís nos conducen a los últimos días de Francisco. El cuerpo se va deshaciendo lentamente, la ceguera es casi completa, hasta el punto de que uno de los hermanos le habla explícitamente de la proximidad de la muerte. «Entonces, el bienaventurado Francisco, aunque se encontraba consumido por las enfermedades, alabó al Señor con ardiente fervor de espíritu y gozo interior y exterior, y dijo: “Pues, si pronto voy a morir, llamad al hermano Ángel y al hermano León para que me canten a la hermana muerte”»[30].

A pesar de los sufrimientos cada vez más agudos, el espíritu de Francisco no desfallece; pide ser acompañado por el Cántico del Hermano Sol, con la adición de la última estrofa: Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar. / ¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!: bienaventurados aquellos a quienes encuentre en tu santísima voluntad, porque la muerte segunda no les hará mal[31].

En el momento más dramático de la vida, Francisco siente la fuerza del Espíritu que le revela la muerte como «hermana», porque ella ratifica un principio de igualdad universal: de la cual ningún hombre viviente puede escapar. La muerte no perdona a nadie, y todos son iguales ante ella: toda pretensión de superioridad es completamente aparente y en ella se verifica una igualdad radical[32]. La muerte es hermana porque, así como nos hace morir, en el último tiempo también ella morirá. Sin embargo, aquella muerte que en la Biblia aparece a menudo representada como un «abismo que nunca se sacia» y que todo lo devora (cf. Pr 27,20; 30,16) no solo se transforma en «hermana», sino que es «absorbida en la victoria» (1 Cor 15,54), es decir, en el acontecimiento pascual. Por eso se convierte en gratitud y bendición al Señor: «Loado seas por nuestra hermana la muerte corporal». Francisco quiere así devolver a Dios todo bien que ha recibido de él: todo lo ha recibido de él, y todo debe devolvérselo. Es el sentimiento que transforma el temor y el tiempo del final en un acto de abandono total, porque todo lo que somos y poseemos es don divino.

La intuición de llamar «hermana» a la muerte es también una referencia al libro de Job: este, en su sufrimiento, al referirse a la tumba y a la muerte, las califica de «hermanas»[33]. Escribe el historiador franciscano Carlo Paolazzi: «En la pacificación universal realizada por Cristo, también la “última enemiga” paulina (1 Cor 15,26) se ha transformado en hermana que introduce en la verdadera vida»[34].

Al saludar a la muerte como «hermana», compañera de vida, Francisco transmite un mensaje universal de reconciliación y de paz, e ilumina el valor de todo sufrimiento vivido en la entrega a Dios. A la exhortación «¡ay de aquellos que morirán en pecado mortal!», que son causa de la «segunda muerte», se contrapone la bienaventuranza de «aquellos a quienes encontrará en tus santísimas voluntades». La referencia a la invocación del Padre nuestro, «hágase tu voluntad» (Mt 6,10), manifiesta «la tensión por hacer la voluntad de Dios, que atravesó toda la vida de Francisco y que vuelve a emerger ante la inminencia de la muerte»[35]. La «segunda muerte» es una cita del libro del Apocalipsis, donde aparece cuatro veces (cf. Ap 2,11; 20,6.14; 21,8): indica la condenación eterna, la separación definitiva de Dios.

La poesía de Francisco y todos sus escritos están impregnados de liturgia y de citas bíblicas, con una gran apertura al misterio pascual, que constituye el fundamento del Cántico del Hermano Sol.

El «dichoso tránsito»

Francisco se prepara al encuentro con la hermana muerte celebrando con alegría la liturgia de la vida, de una manera tan inusual que provoca desconcierto, al que da voz fray Elías: «¿Cómo puede mostrar tanta alegría próximo a morir? Debería pensar en la muerte»[36]. Al responder, Francisco recuerda una revelación recibida dos años antes, cerca de Foligno: solo le quedarían dos años de vida. Desde entonces, cada día se ha preparado para la muerte: «Deja, hermano, que me alegre en el Señor y que cante sus alabanzas en medio de mis dolencias; por la gracia del Espíritu Santo estoy tan íntimamente unido a mi Señor, que, por su misericordia, bien puedo alegrarme en el mismo Altísimo»[37]. La alegría de Francisco en el Espíritu —mencionado varias veces— muestra una manera nueva, pero profundamente cristiana, de prepararse para el encuentro con el Señor.

Al tener a su alrededor a muchos compañeros, los exhorta al amor fraterno y los bendice, recordando también a los que están lejos: «Conservaos, hijos todos, en el temor del Señor y permaneced siempre en Él. Y pues se acercan la prueba y la tribulación, dichosos los que perseveraren en la obra emprendida. Yo ya me voy a Dios; a su gracia os encomiendo a todos»[38].

Rodeado por los hermanos conmovidos, Francisco pide un pan, lo bendice y se lo da a los suyos, celebrando casi una «última cena» y haciendo que le lean del Evangelio de Juan el lavatorio de los pies. Reza junto con los hermanos el Salmo 141: «Yo te invoco, Señor, ven pronto en mi ayuda»[39].

Finalmente, la última invocación: «¡Bienvenida sea mi hermana muerte!»[40]. Para esperarla, Francisco, una vez más, hace que lo recuesten desnudo, durante un rato, sobre la desnuda tierra. Finalmente llega su hora: es la muerte de un santo, el fundador de la fraternidad de los Menores y de las «Pobres señoras», es el hermano de toda la creación, el primer guía espiritual de los hermanos, el amigo de los leprosos, el pobre que se entregó por entero al Señor y a los hermanos, el testigo del Evangelio sine glossa, el «verdadero mercader del Reino»[41].

Francisco muere después de la puesta del sol del sábado: ya son las primeras vísperas del domingo 4 de octubre de 1226. La noticia se difunde inmediatamente por toda Asís y muchísimas personas acuden para honrar al Santo. Después de una noche de vigilia, oración y conmoción, por la mañana el cortejo se dirige hacia la ciudad, desviándose hacia San Damián, la pequeña iglesia en la que Francisco había recibido la revelación del crucifijo y donde vivían Clara y las pobres señoras: una singular realización de la promesa que les había hecho. En el monasterio se retira la reja a través de la cual ellas reciben la Eucaristía, y durante una hora entera los hermanos mantienen elevada la camilla para que ellas puedan contemplarlo por última vez y besar sus manos. Ese mismo día, el cuerpo es sepultado en Asís, en la iglesia de San Jorge[42].

Dos años después, el Pobrecillo es proclamado santo por Gregorio IX. Una santidad particular, pues Francisco es uno de los más eminentes testigos de la experiencia de la vida cristiana.

  1. Tomás de Celano, Vida Primera de San Francisco, 84, en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías. Documentos de la época, Biblioteca de Autores Cristianos (BAC 399), Madrid, 1998. El texto es accesible en el siguiente enlace: https://www.franciscanos.org/fuentes/1Cel00.html). ↑
  2. Francisco de Asís, s., Regla no bulada, 6,3 (https://www.franciscanos.org/esfa/escritossf.html#rnb1r) ↑
  3. Cf. C. Paolazzi, Francesco in cammino. Testimonianza cristiana e «Lodi di Dio Altissimo», Villa Verucchio (Rn), Pazzini, 2003, 27. ↑
  4. Leyenda de los Tres Compañeros 20, en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías. Documentos de la época, Biblioteca de Autores Cristianos (BAC 399), Madrid, 1998. ↑
  5. Tomás de Celano, Vida segunda de San Francisco de Asís, 214, en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías. Documentos de la época, Biblioteca de Autores Cristianos (BAC 399), Madrid, 1998. ↑
  6. El Testamento de Siena, muy breve, escrito poco tiempo antes, contiene la bendición de todos los frailes, incluso de los que ingresen en el futuro, la exhortación a observar el mandamiento del amor (cf. Jn 15,12), una viva reafirmación de la «santa pobreza» y la humilde sumisión a los sacerdotes de la «santa madre Iglesia». ↑
  7. Cf. Francisco de Asís, s., Testamento (1226). Para el Testamento, cf. G. Miccoli, Francesco. Il santo di Assisi all’origine dei movimenti francescani, Roma, Donzelli, 2013, 51-74; C. Vaiani, Spiritualità fraterna. Una «Vita di san Francesco» tra storia e teologia, Milán, Biblioteca Francescana, 2022, 81-108; 389-395. ↑
  8. Los números entre paréntesis corresponden a los versos del Testamento. ↑
  9. Cf. R. Manselli, San Francesco, Roma, Bulzoni, 1980, 126. ↑
  10. Cf. C. Vaiani, Spiritualità fraterna …, op. cit., 297. El trabajo de los pobres no se pagaba con dinero, sino con los alimentos necesarios para vivir. Para Francisco, no se podía recibir dinero ni siquiera en caso de extrema necesidad, porque aceptar ofrendas era un robo a los pobres, con una sola excepción: la «necesidad manifiesta de los frailes enfermos […] y de los leprosos» (cf. Regla no bulada VIII, 1. 10; C. Frugoni, Vita di un uomo: Francesco d’Assisi, Turín, Einaudi, 2001, 58). Como ex comerciante, era consciente de las consecuencias que derivaban del apego al dinero, que impide ver las necesidades de los demás y genera avaricia (Cf. ibid., 59). ↑
  11. Cf. P. Messa, Francesco profeta. La costruzione di un carisma, Roma, Viella, 2020, 59-61. ↑
  12. Francisco de Asís, s., Scritti, al cuidado de C. Paolazzi, Grottaferrata (Roma), Frati Editori di Quaracchi – Fondazione Collegio S. Bonaventura, 2009, VIII. ↑
  13. Jacoba de Settesoli era viuda de Graziano Frangipane, un noble romano. El episodio es histórico y aparece en la Compilación de Asís y en el Tratado de los milagros de San Francisco, de Tomás de Celano, donde se recoge el testimonio del hijo mayor de Jacoba. ↑
  14. Francisco de Asís, s., Carta a la señora Jacoba: FF 253-255. ↑
  15. Leyenda de Perusa, 8. ↑
  16. Cf. C. Paolazzi, Lettura degli «Scritti» di Francesco d’Assisi, Milán, Biblioteca Francescana, 2015, 297. ↑
  17. Ibid., 299. Cf. Tomás de Celano, Tratado de los Milagros, 37-40. ↑
  18. Ibid., 37. ↑
  19. C. Vaiani, Spiritualità fraterna…, cit., 312. ↑
  20. Leyenda de Perusa, 12. ↑
  21. Cf. J. Dalarun, «La mort des saints fondateur. De Martin à François», en Les fonctions des saints dans le monde occidental (IIIe-XIIIe siècle), Roma, École Française de Rome, 1991, 205. ↑
  22. R. Manselli, «L’ultima decisione di s. Francesco. Bernardo da Quintavalle e la benedizione di s. Francesco morente», en Bullettino dell’Istituto storico italiano per il Medio Evo e Archivio muratoriano 78 (1967) 145. ↑
  23. Id., San Francesco, cit., 360. ↑
  24. Leyenda de Perusa, 12. ↑
  25. R. Manselli, «L’ultima decisione di s. Francesco…», cit., 148. ↑
  26. Francisco de Asís, s., Última voluntad 1-3. ↑
  27. C. Vaiani, Spiritualità fraterna…, cit., 315 s. ↑
  28. Tomás de Celano, Leyenda de Santa Clara, 14. ↑
  29. Cf. Regla de Santa Clara VI, 6-9. ↑
  30. Leyenda de Perusa, 7. ↑
  31. Francisco de Asís, s., Cántico del Hermano Sol, 27-31. ↑
  32. Debemos esta precisión a E. Menestò, «Morte corporale e “morte secunda”» en Il Cantico di frate Sole. 53° Convegno di studi francescani (16-18 de octubre de 2025), en www.youtube.com/watch?v=uxFQ3_YSPts ↑
  33. Cf. Job 17,14. En la Vulgata Clementina: Putredini dixi: Pater meus es; Mater mea et soror mea: vermibus. Cf. también Os 13,14: Ero mors tua, o mors! morsus tuus ero, inferne! Debemos esta precisión a C. Ossola, «Job renovatus atque triumphans», en Il Cantico di frate Sole. 53° Convegno di studi francescani…, cit. Cabe notar que el versículo constituye la antífona a las Vísperas del Sábado Santo. ↑
  34. Francisco de Asís, s., Scritti, al cuidado de C. Paolazzi, cit., 123. ↑
  35. C. Vaiani, Storia e teologia dell’esperienza spirituale di Francesco d’Assisi, Milán, Biblioteca Francescana, 2013, 402. ↑
  36. Leyenda de Perusa, 99. ↑
  37. Ibid. ↑
  38. Tomás de Celano, Vida segunda de San Francisco de Asís, 216. ↑
  39. Ibid., 217. ↑
  40. Leyenda de Perusa, 100. ↑
  41. Cf. el título del volume de A. Marini, Francesco d’Assisi, il mercante del regno, Roma, Carocci, 2019, 201 s.; 212. ↑
  42. Actualmente, la iglesia forma parte de la basílica de Santa Clara, donde Francisco había aprendido a leer y donde más tarde había predicado el Evangelio por primera vez (véase Buenaventura de Bagnoregio, s., Leyenda Mayor 15,5). En 1230, los restos del santo fueron trasladados a la basílica erigida en su honor. ↑
Giancarlo Pani
Es un jesuita italiano. Entre 1979 y 2013 fue profesor de Historia del Cristianismo de la Facultad de Letras y Filosofía de la Universidad de La Sapienza, Roma. Obtuvo su láurea en 1971 en letras modernas, y luego se especializó en la Hochschule Sankt Georgen di Ffm con una tesis sobre el comentario a la Epístola a los Romanos de Martín Lutero. Entre 2015 y 2020 fue subdirector de La Civiltà Cattolica y ahora es escritor emérito.

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