Biblia

Los recaudadores de impuestos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino

Cristo y la adúltera de Lorenzo Lotto, Museo del Louvre de París.

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo: «¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le pidió: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Este le respondió: “¡No quiero!”, pero después se arrepintió y fue. Luego se acercó al segundo hijo y le pidió lo mismo. Este le respondió: “¡Sí voy, señor!” pero no fue. ¿Quién de los dos hizo la voluntad del padre?». Le respondieron: «El primero». Jesús les comentó: «Les aseguro que los recaudadores de impuestos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. Porque Juan vino a ustedes por el camino trazado por Dios según su plan y no le creyeron, pero los recaudadores de impuestos y las prostitutas sí le creyeron; y ustedes, aun después de ver esto, no se arrepienten para creer en él» (Mt 21,28-32).

El Evangelio del domingo 27 de septiembre contrapone las palabras y los hechos: que los hechos valen más que las palabras está claro, pero el punto central de la parábola se encuentra en el contraste entre las respuestas de los dos hijos y lo que sucede después. A veces se tiene la impresión de que, cuando uno ha dicho que hará algo, es como si ya lo hubiera hecho… Y, sin embargo, todavía está todo por hacer. Se trata del «verbalismo» que inundaba la sociedad de ayer, no menos que la de hoy: «No todo el que me dice: “¡Sí, Señor!”, entrará en el Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt 7,21).

Así, el hijo que parecía rebelarse ante la invitación del padre se reveló obediente en los hechos y cumplió su voluntad; por el contrario, aquel que de palabra parecía estar de acuerdo es el que desobedece. La parábola refleja las reacciones ante el anuncio del Evangelio: los sumos sacerdotes, los fariseos, las personas de autoridad, aquellos que mejor conocen la Palabra de Dios revelada en el Antiguo Testamento, no acogen la palabra de salvación de Jesús, porque exige compromiso, pretende que uno se cuestione a sí mismo, exige convertirse…

Por el contrario, los pecadores, los recaudadores de impuestos, incluso las prostitutas, aquellos a quienes los teólogos consideraban los «inconvertibles», porque una penitencia de toda una vida no habría bastado para salvarlos…, precisamente ellos acogen con alegría la palabra del Señor y cambian de vida. Se convierten, por paradójico que pueda parecer.

Por eso Jesús proclama ante aquellos que se creen justos: «Les aseguro que los recaudadores de impuestos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios». Es la palabra más dura y desconcertante de todo el Evangelio, incluso escandalosa. ¿Cómo pueden los publicanos y las prostitutas superar en santidad a aquellos que durante toda su vida se han esforzado por ser justos y observar la Ley?

Jesús insiste: «Porque Juan vino a ustedes por el camino trazado por Dios según su plan y no le creyeron». En cambio, los pecadores sí le creyeron. La fe es un tránsito: de la justicia que uno cree poseer a llegar a ser justos por el don de la gracia; nos muestra nuestro «NO» a Dios y abre de par en par su «SÍ» a nosotros, su entregarse, su voluntad de salvarnos. Hace que reconozcamos en nosotros el pecado que reprochamos a los demás. Este es el comienzo de ese singular camino que es la conversión.

La primera lectura enuncia la responsabilidad individual de cada persona ante Dios (Ez 18), pero nos enseña también que la vida del hombre es historia, es decir, volubilidad, sujeta a los cambios más absurdos. Pero… mientras hay vida, hay esperanza.

La segunda revela que la verdadera obediencia no consiste en la observancia formal de los preceptos, sino en seguir la voluntad del Padre: el hijo verdaderamente obediente es, entonces, el Señor Jesús, que se entregó por nosotros hasta anularse a sí mismo [la kénosis] en la muerte y en la muerte de cruz (Flp 2,1-11).

El papa León XIV, en su mensaje a los participantes en AI4Peace: «En un mundo marcado por conflictos y divisiones, el desarrollo de la Inteligencia Artificial requiere una visión inspirada en la sabiduría y la caridad, para que el progreso tecnológico pueda estar al servicio de la dignidad de cada persona y fortalecer los vínculos que unen a la familia humana».

Giancarlo Pani
Es un jesuita italiano. Entre 1979 y 2013 fue profesor de Historia del Cristianismo de la Facultad de Letras y Filosofía de la Universidad de La Sapienza, Roma. Obtuvo su láurea en 1971 en letras modernas, y luego se especializó en la Hochschule Sankt Georgen di Ffm con una tesis sobre el comentario a la Epístola a los Romanos de Martín Lutero. Entre 2015 y 2020 fue subdirector de La Civiltà Cattolica y ahora es escritor emérito.

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