Literatura

“La broma infinita” de David Foster Wallace

Ilustración realizada por YIN Renlong – La Civiltà Cattolica

El 1 de febrero de 1996 se publicó, en la editorial Little, Brown and Company de Nueva York, la novela Infinite Jest de David Foster Wallace (La broma infinita, en español). Este año se cumplen 30 años de su publicación y aún hoy es considerada una de las novelas más complejas y debatidas de la literatura estadounidense. Novela-mundo, La broma infinita constituye un punto de inflexión en la literatura posmoderna y consagra el compromiso de su autor con una literatura capaz de afrontar los grandes temas de la vida, dejando de lado el uso de la metaliteratura y de la ironía[1].

La broma infinita debe su título a una cita del Hamlet de Shakespeare[2], cuando el joven príncipe danés, sosteniendo en la mano la calavera de Yorick, bufón de la corte del rey su padre, afirma: «¡Ah, pobre Yorick! Lo conocí, Horacio; era un hombre de infinita agudeza y de imaginación incomparable». La imaginación incomparable del bufón es evocada para expresar la precariedad de la vida y el tema clásico del memento mori. La infinita agudeza de Yorick se convierte en La broma infinita en el entretenimiento infinito, absoluto y, por lo tanto, mortal.

Vida

David Foster Wallace nació en Ithaca (Nueva York) el 21 de febrero de 1962 y creció en el Medio Oeste, en el área metropolitana formada por las ciudades de Champaign y Urbana (Illinois), donde se encuentra la Universidad Estatal de Illinois, en la que su padre enseñaba filosofía. Sus padres eran James Donald Wallace y Sally Jean Foster; como autor, David decidió adoptar el doble apellido[3].

Tras terminar la escuela secundaria, fue admitido en el prestigioso Amherst College, donde también había estudiado su padre. Siguió sus pasos y pronto reveló una inteligencia aguda y brillante. Por sus trabajos sobre filosofía modal y matemática recibió importantes reconocimientos. Su tesis de licenciatura en filosofía fue premiada en 1985 con el Memorial Prize Gail Kennedy y, en 1987, ganó el Whiting Writer’s Award como escritor emergente por La escoba del sistema, novela surgida de su segunda tesis de licenciatura, en literatura inglesa[4].

Dividido entre el amor por la literatura y el de la filosofía, presentó solicitudes de doctorado en filosofía en varias universidades; fue aceptado tanto en Princeton como en Harvard y decidió ingresar en esta última. Lamentablemente, desde muy joven David sufrió de depresión y tomó medicamentos para poder controlarla. El primer relato que publicó —en la Amherst Review—, El planeta Trilafon, está dedicado a la descripción de la depresión. Esta constituirá un tema recurrente en su narrativa —años más tarde escribirá el cuento La persona deprimida, incluido en la colección Entrevistas breves con hombres repulsivos (1999)—, considerando también las páginas de La broma infinita dedicadas al personaje de Kate Gompert[5].

En su trayectoria académica, David interrumpió sus estudios en varias ocasiones debido a episodios depresivos, pero fue su internamiento en la clínica McLean’s de Boston, en 1989, lo que determinó el abandono definitivo de sus estudios filosóficos y la decisión de dedicarse por completo a la literatura. A partir de 1987, Wallace publicó obras de narrativa y colecciones de ensayos. Con el tiempo, reveló una notable capacidad para interpretar los fenómenos sociales, combinando erudición y abundancia de información con un estilo brillante, irónico y cautivador[6]. Desde los años noventa enseñó escritura creativa, primero en la Illinois State University y, a partir de 2002, en Pomona, California.

Wallace murió por suicidio en Claremont, California, en 2008, víctima de la depresión que lo acompañó durante toda su vida, tras interrumpir la medicación. Según algunos, fue una decisión del escritor para poder concluir la novela en la que estaba trabajando, El rey pálido; según otros, fue el resultado de una desafortunada recomendación médica: sustituir el medicamento de antigua generación que había tomado durante muchísimos años por uno más reciente[7]. Lamentablemente, el nuevo fármaco no tuvo efecto en David y, cuando se le sugirió volver al anterior, se descubrió que ya no era eficaz, pues la continuidad del tratamiento se había interrumpido. A pesar de la vigilancia de su esposa, amigos y padres, Wallace se quitó la vida debido a la terrible angustia que padecía[8].

El nacimiento de «La broma infinita»

Fascinante, atormentado, inteligentísimo, talentoso: David Foster Wallace fue un ícono literario pop ya en vida. Su trágico final determinó un estatus autoral inalcanzable, frente a una producción en realidad no muy extensa: tres novelas amplias, una desconocida por su propio autor (La escoba del sistema), una de proporciones gargantuescas (La broma infinita) y una publicada póstumamente (El rey pálido); tres colecciones de cuentos y dos volúmenes de ensayos.

Podemos distinguir al menos dos almas en su producción escrita: la narrativa y la ensayística. Si, a nuestro juicio, sus textos más logrados son los cuentos, donde la claridad y la plasticidad de la escritura se conjugan con la medida contenida de los textos, su fama está indisolublemente ligada a La broma infinita. Esta novela nació tras una profunda crisis del escritor, tanto en el plano estrictamente personal como en el de la creatividad literaria. Refiriéndose a ese período, Wallace lo definió de dos maneras: como una crisis de mediana edad a los 27 años y también como una crisis religiosa y espiritual.

El año 1989 constituyó un punto de inflexión en la existencia de David. Fue entonces cuando decidió abandonar definitivamente los estudios de filosofía. Varias fueron las causas: la imposibilidad de sostener las exigencias de trabajo que implicaba el doctorado en Harvard; la grave crisis depresiva suicida que motivó su internamiento en la clínica McLean’s de Boston; y el deseo de seguir dedicándose a la literatura, afrontando al mismo tiempo el camino de desintoxicación de las drogas y del alcohol, que lo llevó a convertirse en un asiduo participante de los grupos de apoyo de Alcohólicos Anónimos.

En ese período, David desempeñó algunos trabajos muy humildes[9], tanto por las exigencias del programa de AA como por la dificultad de imaginarse a sí mismo como profesor de escritura creativa, algo que, sin embargo, en cierto momento decidió llegar a ser, aunque temía los efectos de la enseñanza sobre sus propios mecanismos de escritura. Los testimonios de sus alumnos y colegas coinciden, por lo demás, en ofrecernos un rostro inesperado de David como docente: preciso, exigente, puntual, generoso y entregado. Desde el punto de vista creativo, el desafío de aquellos años para Wallace fue la dificultad de encontrar una voz propia después de la publicación del largo relato Hacia el Oeste, el avance del imperio continua. Fascinado por el cuento The Balloon de Barthelme, que según sus propias palabras hizo que se activara en él el «clic» de la escritura cuando era un joven estudiante en Amherst, David dedicó los primeros años a búsquedas narrativas experimentales, a estudios de metaliteratura y a aquella corriente de escritura literaria que se agrupa bajo la etiqueta de posmodernismo. Sus autores de referencia eran Thomas Pynchon, Don DeLillo, William Gass y William Gaddis. En particular, Thomas Pynchon fue para él un mentor importante durante la redacción y el proceso de edición de Infinite Jest, y en varias ocasiones Wallace pidió ayuda al escritor mayor y ya consagrado.

Su aguda inteligencia lo llevó a confrontarse con el autor que ya entonces podía considerarse uno de los padres putativos de esa corriente: el escritor John Barth. El relato Hacia el Oeste es una reescritura de Perdido en la casa encantada de Barth y, al mismo tiempo, constituye un ejercicio de expresión metaliteraria feroz: va más allá de la deuda filial y se convierte en un auténtico acto de parricidio, pues lleva la técnica del comentario metaliterario a un extremo insuperable. Cometido ese acto, para David surgió el problema de comprender qué dirección tomaría su escritura[10]. Fue en ese contexto de incertidumbre cuando volvió a escribir. En la larga entrevista concedida a Lipsky, David afirma que, en cierto momento, fragmentos y páginas nacidos como piezas distintas y distantes, separadas entre sí, comenzaron a cuajar en torno a un proyecto cuya amplitud percibió desde el inicio, hasta el punto de que, mucho antes de encontrar un título, al hablar con su histórica agente literaria Bonnie Nadell sobre lo que estaba escribiendo, se refería a ello con la expresión «la cosa larga».

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El relato del nacimiento de la novela, en los recuerdos de David, adquiere tonos épicos acordes con sus dimensiones. Primero, la lucha por reducir su extensión; luego, las largas discusiones con el editor; y, finalmente, el trabajo de corrección de pruebas. Cientos de páginas fueron recortadas y otras decenas se transformaron en 388 notas, colocadas al final de la novela como una sección aparte. Algunas notas contienen pocas palabras; otras se extienden por varias páginas. Todas juntas, en la última edición italiana, corresponden a 100 páginas del volumen y reúnen información de química, física, matemática, farmacología, óptica y mecánica, junto con juegos de palabras y elementos de pura invención. El relato de la publicación de La broma infinita es, por lo tanto, singular tanto desde el punto de vista de la escritura como desde el de su edición.

La novela «La broma infinita»

¿De qué trata La broma infinita? Gran parte del material de la novela se nutre de la experiencia del escritor. En ella podemos reconocer su pasado como joven talento del tenis, las tensiones intrafamiliares y la separación de sus padres, la compleja relación con la figura materna[11], la lucha contra el espectro de la depresión, el abuso de sustancias y el proceso de desintoxicación, que es también un camino de retorno a la vida y a la posibilidad de vivirla en libertad.

Resumir la trama de esta novela es una empresa dificilísima por la cantidad de historias narradas, de personajes presentados y por la riqueza y variedad de los detalles que Wallace describe. La broma infinita reúne sustancialmente dos grandes bloques narrativos dentro de un marco distópico que inspira el título. El primer bloque está constituido por los acontecimientos que giran en torno a la Enfield Tennis Academy de Boston, una academia deportiva para jóvenes talentos; a la familia Incandenza (de origen italiano, concretamente umbro) que la ha fundado; y, en particular, al hijo menor, Hal, promesa del tenis que, sin embargo, padece graves problemas de adicción a las drogas.

El segundo bloque, quizá el más extenso, está formado por las historias que se desarrollan en la Ennet House, un centro de rehabilitación para alcohólicos y toxicómanos situado también en Boston. El protagonista principal de esta sección es Don Gately, corpulento afroamericano de veintinueve años, drogadicto y delincuente, que emprende el camino de la desintoxicación dentro de la institución, donde además desempeña el papel de miembro del personal. Según D. T. Max, este personaje presenta en su evolución final una evidente referencia cristológica[12].

Las voces y las historias que salpican esta sección son múltiples: historias de muerte y renacimiento, de esperanza y autodestrucción, de violencia y degradación. Son hombres y mujeres de toda condición social. Aún más que la sección dedicada a la academia de tenis, la compuesta por las historias de los drogadictos es un mosaico de humanidad herida y marginal, una recopilación de voces y rostros que han atravesado el infierno y buscan una nueva normalidad, no siempre logrando alcanzarla. Es la sección en la que Wallace deja de lado los tonos experimentales y paródicos y devuelve al lector las historias escuchadas en los grupos con respeto y dignidad.

Las dos secciones se reúnen y se completan con una tercera, la más breve, que proporciona el marco de la novela. En estas páginas el tono de la escritura adopta un registro distinto. Nos encontramos ante una narración distópica, absurda y a menudo humorística. Los personajes son extravagantes, delirantes y paradójicos. En su colorida distopía, Wallace logra anticipar distorsiones políticas que parecen resonar con algunos acontecimientos actuales de Estados Unidos.

Toda Norteamérica está reunida en una entidad única, la ONAN (Organización de Naciones de América del Norte), en la que, junto con Estados Unidos, han sido integrados Canadá y México, ambos reducidos a protectorados estadounidenses. El país está gobernado por un presidente —Johnny Gentle— con pasado de cantante, que supo utilizar la influencia de la televisión para tomar el poder. En este futuro distópico —que en varios rasgos se asemeja a nuestro presente: se habla de la solicitud de ingreso de Ucrania en la OTAN, de la disolución de esta, de hacer pagar a los países europeos los gastos militares, de anexiones y cesiones territoriales[13]— se ha desarrollado un video capaz de destruir la mente de quien lo vea una sola vez, pues crea un círculo destructivo de placer irrefrenable que reduce a las personas a un estado de absoluta e irremediable catatonía. «Los significados de la vida de estas personas habían colapsado hacia un punto focal tan pequeño que ninguna otra actividad o relación podía atraer su atención»[14].

Agentes secretos estadounidenses y activistas separatistas de Quebec, aunque divididos por objetivos e intereses distintos, dialogan entre sí para intentar recuperar la copia original de ese video: unos para destruirlo, otros para utilizarlo como arma de represalia.

Estos bloques se entrelazan y se distribuyen también en distintos años, cuyo nombre ya no se indica por el número posterior al nacimiento de Jesucristo, sino que está definido por la empresa que lo ha adquirido para patrocinar su producto («Año del Whopper», «Año de las Tiritas Medicadas Tucks», «Año de la Pastilla de Jabón Dove en Formato de Prueba», etc.). Gran parte de los acontecimientos de la novela transcurre a lo largo de una semana de noviembre del «Año del pañal Depend», que, según los cálculos de los aficionados a La broma infinita, debería corresponder a 2009. Si se piensa que el escritor se suicidó en 2008, la inesperada ubicación temporal de la novela transmite al lector un sentimiento de nostalgia y confiere a las páginas un tono casi apocalíptico que al autor no le habría desagradado.

La densidad de la escritura de Wallace, la riqueza y precisión de los detalles, el cuidado del lenguaje, pero también la variedad de los estilos desplegados y la intensidad ética de muchas páginas, hacen que la lectura de La broma infinita sea una tarea ardua, exigente y, al mismo tiempo, fascinante. Afirmaba Wallace: «Y si un escritor hace bien su trabajo, en la práctica no hace más que recordarle al lector lo inteligente que es —me refiero al lector—. Es decir, le abre los ojos a algo que el lector ya sabía desde antes»[15].

Algunos temas que emergen de «La broma infinita»

La broma infinita no es un simple libro, sino una novela-mundo que crea una experiencia de lectura inmersiva. En la larga entrevista con David Lipsky, Wallace afirma que la literatura debe provocar sensaciones físicas en el lector: «La literatura experimental y de vanguardia puede captar y representar la sensación que el mundo produce en nuestras terminaciones nerviosas, cosas a las que el realismo convencional no llega»[16].

La broma infinita se recorre a través de sus múltiples estratos fantásticos, éticos, políticos, espirituales y distópicos; como reflexión moral sobre el uso de la fuerza para apropiarse de los recursos disponibles; como reflexión social sobre los medios de comunicación: consideraciones que permiten a Wallace anticipar el desarrollo actual de las redes sociales y de la Inteligencia Artificial. Afirma: «En algún momento tendremos que construir un mecanismo, a nivel visceral, que nos ayude a afrontar esta cosa. Porque la tecnología no hará más que volverse cada vez más avanzada. Y será cada vez más fácil, más cómodo y más placentero quedarse solo con imágenes en una pantalla, proporcionadas por personas que no nos quieren, sino que quieren nuestro dinero»[17].

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Wallace no cree en la dimensión democrática y democratizadora de internet: «Cualquiera que haya pasado un poco de tiempo en la red entiende enseguida que no será así, porque es algo que te abruma por completo […]. Por eso me parece evidente que muy pronto se abrirá un buen nicho económico para reguladores del tráfico. ¿Me explico? Llámalos como quieras: pozos, nodos o lo que sea. Que seleccionen no solo por tema, sino por calidad […]. Y rezaremos para que esas cosas existan. Porque, de lo contrario, pasaremos el noventa y cinco por ciento del tiempo abriéndonos paso entre la mierda creada por cualquier bufón en su cuartito del sótano… un perfecto diletante»[18].

En La broma infinita, Wallace reflexiona sobre el uso extendido de las drogas, sobre la antropología contemporánea del placer «absoluto»[19], sobre la soledad, sobre las distorsiones del estilo de vida consumista estadounidense[20], y sobre la ideología del libre albedrío, descontextualizada de todo referente de realidad[21].

El escritor declara: «Quería escribir algo que hablara a un nivel muy, muy profundo de Estados Unidos. Y, en el fondo, las características que encuentro más distintivamente estadounidenses en este momento, a las puertas del nuevo milenio, están relacionadas tanto con el entretenimiento como con un extraño e irresistible… eh… deseo de abandonarse a algo. Un deseo que terminé por considerar una especie de impulso religioso distorsionado […]. En una novela, desde Dostoievski en adelante, digamos, es muy difícil hablar de la relación de la gente con cualquier forma de divinidad. En definitiva, la cultura actual parece no permitirlo en absoluto»[22].

En varias ocasiones, Wallace ha repetido que la tarea de la literatura es vencer la soledad, y que la función de la lectura es superar las barreras y las distancias que marcan nuestros tiempos. Este objetivo no se alcanza mediante la evasión —que, de hecho, constituye una tentación mortal—, sino mediante la conexión[23]. David admira a Dostoievski porque era un escritor comprometido, que no solo amaba la buena escritura, sino que también se planteaba las grandes preguntas de la vida humana[24]. Como Dostoievski, él también asume la escritura como una tarea y un esfuerzo ético, en búsqueda del sentido de la vida[25].

Wallace asume la responsabilidad de construir una literatura humanizadora y «rebelde» que vuelva a poner en el centro las emociones[26]. Desea superar la ironía, que a sus ojos representa la gran deformación de la sensibilidad contemporánea, causada por la televisión. Con La broma infinita aborda las grandes cuestiones de la vida, la necesidad de redención y el tema de la salvación: «Sí, cómo decirlo… ¿por quién vivo yo? ¿En qué creo, qué es lo que realmente quiero? Estas son el tipo de preguntas tan profundas que, cuando uno las dice en voz alta, parecen banales»[27].

Se trata de un anhelo profundo que ya se percibe en su primera colección La niña del pelo raro (1989). Nos parece importante subrayar que, aunque muchas páginas de Wallace tienen un propósito paródico y ciertamente experimental —los ejemplos serían innumerables—, más allá del velo de las palabras se siente una tensión real y un profundo respeto por el núcleo humano de la historia narrada o descrita.

Aún en la entrevista con Lipsky, él cuenta: «Pero, según yo, en parte también está el hecho de que ciertas cosas influyen en el tipo de experiencias interiores que uno vive. Y en los sentimientos de los que la literatura debe hablar. Es decir, una persona hoy pasa mucho más tiempo frente a un monitor, en habitaciones iluminadas por neones, en los cubículos de las oficinas, en un extremo u otro de una transferencia de datos. ¿Y qué significa ser humano, estar vivo, y ejercer la propia humanidad en este tipo de intercambio? […] El truco que deberá realizar la literatura, según mi visión, será intentar crear una riqueza de detalles y un lenguaje capaz de mostrarlo. […] Y nuestra tarea es entender cómo hacer esto en un mundo cuya consistencia sensorial es completamente distinta»[28].

Se ha vuelto famosa la definición de «realismo histérico», acuñada por el crítico James Wood, como caracterización crítica de cierto tipo de literatura que apuesta por la sobreabundancia de detalles y por tramas exuberantes para transmitir un sentido de vitalidad que les falta a las historias y a los personajes[29].

A nosotros nos parece que, en el caso de La broma infinita y de los relatos de nuestro autor, este juicio resulta demasiado severo. Ciertamente podemos decir que es un escritor rico en ideas. Sus escritos presentan un alto grado de reflexión teórica y social. Su primera obra, La escoba del sistema, es casi una novela filosófica sobre el papel del lenguaje en la relación con el mundo, tan frecuentes y elaborados son los vínculos con la filosofía analítica y con las posiciones de Ludwig Wittgenstein y Jacques Derrida. La niña del pelo raro (en la versión original estadounidense que incluye la novela corta Hacia el Oeste) es una colección de relatos construida con numerosas influencias metaliterarias y con una intensa reflexión teórica sobre la literatura[30].

La broma infinita reúne muchas de las reflexiones que el escritor desarrolló a lo largo de los años en sus ensayos. En particular, pueden reconocerse las ideas del ensayo E pluribus unum (1990), en el que Wallace reflexiona sobre el papel de la televisión en la cultura estadounidense y sobre la relación entre televisión y literatura. Hay también una descripción del mundo del tenis a nivel competitivo-profesional, que el escritor estadounidense aborda en al menos cinco ensayos, el más bello de los cuales es sin duda Roger Federer como experiencia religiosa[31].

La sensibilidad religiosa de David Foster Wallace

Llama la atención que en varios pasajes de sus textos —de La broma infinita, pero también de otras obras— Wallace manifieste una clara sensibilidad cristiana y católica. Sus padres eran ambos ateos, pero es cierto que, al menos en dos ocasiones, ya adulto, el escritor se acercó al catolicismo para iniciar el proceso de iniciación cristiana. Sin llegar a una adhesión formal, nos parece que desarrolló una auténtica sensibilidad y un conocimiento real de la fe y de la Iglesia. Las referencias a la trascendencia y a la fe están muy presentes en La broma infinita. En tres ocasiones se menciona en la novela la estatua del Éxtasis de Santa Teresa, de Gian Lorenzo Bernini[32], que se encuentra en la iglesia de Santa Maria della Vittoria, como imagen de una trascendencia mística correspondiente a La broma infinita. En un momento dado, también aparece una referencia indirecta a la obra El castillo interior de la santa española.

Son numerosos los pasajes en los que Wallace cita a los jesuitas, a menudo de manera desenfadada y humorística, pero con una frecuencia y una extensión tales a lo largo de toda su obra que hacen pensar que tenía un conocimiento personal de la Compañía de Jesús. En particular, recordamos que en las páginas finales de La broma infinita asoma la breve historia de un hombre que, tras ingresar en la Orden de los Jesuitas, vive una crisis de fe. Un jesuita es también personaje del (hermosísimo) relato Iglesia hecha sin manos[33]. Otro jesuita aparece en la novela póstuma El rey pálido. Es conocida asimismo la lectura espiritual ignaciana[34] atribuida al famoso discurso que Wallace pronunció ante un grupo de estudiantes de último año del Kenyon College, al que se le dio el título Esto es agua[35].

Según varios autores, en la descripción de las actitudes mentales que el escritor estadounidense propone a los estudiantes hay una referencia explícita a aquella meditación central del librito de los Ejercicios espirituales conocida como «Meditación de las dos banderas». En ese discurso —que vale la pena leer íntegramente— Wallace afirmó que los estudios literarios no enseñan solo cómo pensar, sino sobre todo qué pensar, y que son una escuela de empatía, paciencia, autoironía y bondad. Además, en la entrevista con David Lipsky, Wallace reconoce el gran valor y el aprecio que sentía por el texto de C. S. Lewis, Cartas del diablo a su sobrino, que es un manual de discernimiento de espíritus en forma de narrativa epistolar. Según su biógrafo D. T. Max, Foster Wallace participó también en un curso de ejercicios espirituales ignacianos[36].

En conclusión, podemos decir que La broma infinita, a treinta años de su publicación, revela una vibrante actualidad al menos en tres aspectos. El primero es la fuerza del lenguaje, que aún hoy cautiva al lector y le hace vivir una experiencia de lectura particularmente inmersiva. El segundo es la carga anticipatoria y casi profética de ciertas distorsiones políticas y sociales vinculadas a una antropología del placer y al individualismo desenfrenado cultivado por cierta tecnología. El tercero es la tensión ética y espiritual de sus páginas que, hablando de entretenimiento, quieren narrar aquello que más importa: cómo ser hombres y mujeres.

  1. El tema del compromiso con una literatura que vaya más allá de la ironía y el desencanto se trata en el ensayo E Unibus Pluram: Televisión y narrativa norteamericana, Debate, 2025. El título del ensayo es una parodia del lema E Pluribus Unum, lema no oficial de los Estados Unidos, pero presente en las monedas y los billetes. Fue acuñado cuando las 13 colonias británicas se unieron en la nueva nación independiente.

  2. Cf. D. F. Wallace, Infinite Jest, Torino, Einaudi, 2016, 285. (La novela en español se ha traducido como La broma infinita. Nota del traductor).

  3. Parece que la decisión de adoptar el doble apellido le fue sugerida para evitar que se le confundiera con un escritor, bastante famoso en aquella época, llamado David Reins Wallace. Cf. D. T. Max, Ogni storia d’amore è una storia di fantasmi. Vita di David Foster Wallace, Turín, Einaudi, 2013, 105.

  4. La idea de escribir una novela como tesis de licenciatura se la dará a David su compañero de cuarto y amigo de toda la vida, Mark Costello. Juntos escribirán el ensayo Ilustres raperos: El rap explicado a los blancos.

  5. Cf. D. F. Wallace, Infinite Jest, cit., 86 s.; 834 s.

  6. En nota señalamos la fecha de publicación en Estados Unidos y la primera edición en España. En cuanto a su narrativa, tras The Broom of the System (1987), la primera novela de David Foster Wallace, esta fue traducida y publicada en como La escoba del sistema (1999/2000 y reediciones posteriores). A continuación, publicó su primer libro de relatos Girl with Curious Hair (1989), que llegó a España como La niña del pelo raro en 2000. Posteriormente, en narrativa breve vio la luz Brief Interviews with Hideous Men (1999), traducido como Entrevistas breves con hombres repulsivos (2001). En 1996 publicó Infinite Jest, su novela más célebre, que se tradujo al español con el título La broma infinita en 2002. Más adelante, en 2004 apareció Oblivion: Stories, y en España se publicó como Extinción en 2005. A la serie de obras narrativas hay que añadir The Pale King (2011), novela póstuma que se tradujo como El rey pálido en noviembre de 2011. En el terreno de la no ficción y los ensayos, varias colecciones de artículos y textos de Wallace han sido publicadas en español en distintos años, entre ellas: A Supposedly Fun Thing I’ll Never Do Again (1997), publicado como Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (ediciones a partir de 2001); Consider the Lobster (2005), traducido como Hablemos de langostas y otros ensayos (2006/2007) y Roger Federer as Religious Experience (2006), publicado como El tenis como experiencia religiosa en 2016/2017.

  7. Cf. D. Lipsky, Come diventare se stessi. David Foster Wallace si racconta, Roma minimum fax, 2011, 17-21.

  8. En Italia, los dos textos más autorizados sobre la vida de Wallace son: D. T. Max, Ogni storia d’amore è una storia di fantasmi. Vita di David Foster Wallace, cit.; D. Lipsky, Come diventare se stessi. David Foster Wallace si racconta, cit.

  9. Fue guardia nocturno en los almacenes de Lotus y el encargado de las toallas en un gimnasio. En el ensayo Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, Wallace dedica varias páginas a mostrar su gran empatía hacia los jóvenes que realizan este trabajo en los cruceros.

  10. Cf. D. Lipsky, Come diventare se stessi. David Foster Wallace si racconta, cit., 122 s.

  11. Este tema está bien analizado en la biografía de D. T. Max, Ogni storia d’amore è una storia di fantasmi…, cit.

  12. Cf. ibid., 344.

  13. Cf. D. F. Wallace, Infinite Jest, cit., 464-470.

  14. Ibid., 657.

  15. D. Lipsky, Come diventare se stessi. David Foster Wallace si racconta, cit., 98.

  16. Ibid., 92.

  17. Ibid., 154.

  18. Ibid., 156 s.

  19. Con otras palabras, este es también el núcleo de la reflexión y la relectura del viaje en crucero que Wallace realizó para escribir un reportaje para la revista Harper’s titulado Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. Es quizás el ensayo más famoso del escritor.

  20. Cf. Id., Infinite Jest, cit., 508-510; 514 s.

  21. Cf. ibid., 380-385.

  22. D. Lipsky, Come diventare se stessi. David Foster Wallace si racconta, cit., 149.

  23. Cf. D. F. Wallace, Infinite Jest, cit., 832 s.

  24. Cf. Id., Il Dostoevskij di Joseph Frank, en Id., Considera l’aragosta, Turín, Einaudi, 2014, 285-306.

  25. Cf. D. T. Max, Ogni storia d’amore è una storia di fantasmi. Vita di David Foster Wallace, cit., 333 s.

  26. Cf. D. F. Wallace, E Unibus pluram: gli scrittori americani e la televisione, en Id., Tennis, tv, trigonometria, tornado (e altre cose divertenti che non farò mai più), cit., 127 s.

  27. D. Lipsky, Come diventare se stessi…, cit., 409.

  28. Ibid.

  29. Cf. D. T. Max, Ogni storia d’amore è una storia di fantasmi. Vita di David Foster Wallace, cit., 418.

  30. Cf. ibid., 204.

  31. D. F. Wallace, Roger Federer come esperienza religiosa, en Id., Il tennis come esperienza religiosa, Turín, Einaudi, 2017, 3-40.

  32. Cf. Id., Infinite Jest, cit., 282; 448; 891.

  33. Id., Chiesa fatta senza le mani, en Id., Brevi interviste con uomini schifosi, Turín, Einaudi, 2016, 189-206.

  34. Cf. J. Martin, «David Foster Wallace and the Two Standards», 22 de enero de 2012, en https://tinyurl.com/4evzz99y

  35. Cf. D. F. Wallace, Questa è l’acqua, en Id., Questa è l’acqua, Turín, Einaudi, 2017, 140-152.

  36. Cf. D. T. Max, Ogni storia d’amore è una storia di fantasmi. Vita di David Foster Wallace, cit., 368.

Diego Mattei
Sacerdote jesuita miembro del colegio de escritores de La Civiltà Cattolica. Ha sido Capellán universitario de la Facultad de Letras y Filosofía de la Universidad de la Sapienza, Roma. Sus textos, publicados en nuestra revista y en otros medios, versan preferentemente sobre literatura y espiritualidad.

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