Santos

Francisco de Asís y nuestro presente

San Francisco de Asís (Cimabue)

Se cumplen 800 años del «bendito tránsito» de san Francisco de Asís, ocurrido el 3 de octubre de 1226[1]. Con motivo de la apertura de este centenario, el papa León XIV envió una carta a la Familia Franciscana: «“Nuestra hermana muerte”, exclamaba san Francisco el 3 de octubre de 1226 en la Porciúncula, mientras iba a su encuentro como un hombre finalmente pacificado. Han pasado ocho siglos desde la muerte del Poverello de Asís, que escribió con letras incisivas la palabra de salvación de Cristo en los corazones de los seres humanos de su tiempo. […] Que el mensaje de paz encuentre un profundo eco en la actualidad de la Iglesia y de la sociedad»[2].

En su carta, el Papa recuerda que san Francisco aparece cargado de significado tanto para el hombre de su época como para el hombre de hoy, gracias a la radicalidad con la que vivió el Evangelio sine glossa (sin comentarios ni interpretaciones): una opción que marcó toda su existencia. Francisco no da órdenes ni enseña mediante discursos; actúa, y su acción enseña a vivir. Su doctrina y su autoridad permanecen enteramente ligadas a la acción. De ahí deriva el mensaje de pobreza que el Santo testimonió en un camino de despojo radical: desde el abandono de los bienes paternos hasta la renuncia a su posición social, llegando a la plena identificación con Cristo crucificado. Sobre estos principios fundó la fraternidad de los Hermanos Menores. Si se consideran todas las realidades masculinas y femeninas que hoy se inspiran en él, la Familia religiosa franciscana es la más numerosa del mundo[3].

Francisco es universalmente reconocido como símbolo de paz, y no solo por el saludo «El Señor te dé la paz», inusual en su tiempo, que expresa el deseo de la paz que proviene únicamente del Resucitado[4]. En este sentido, resulta emblemática su decisión de partir junto a la Quinta Cruzada y pasar al lado de los musulmanes para anunciarles el Evangelio. También intentó dialogar con el sultán de Egipto, Al-Malik al-Kamil, con una extraordinaria apertura basada en el encuentro y el diálogo más que en el conflicto.

El Santo sigue vivo hoy a través de su relación singular con la creación. En el Cántico del Hermano Sol, considerado el primer texto de la literatura italiana, llama al Sol y a la Luna «hermano» y «hermana»; reconoce en ellos «un reflejo de la belleza divina»[5]. Asimismo, exhorta al respeto por el medio ambiente y por el universo, lo que hace que su mensaje resulte especialmente actual también en nuestros días.

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El papa Francisco, fallecido el año pasado, eligió su nombre en honor al Pobrecillo de Asís. Lo testimonió en su vida como pontífice, buscando la pobreza y la sencillez, y lo citó con frecuencia en sus discursos y escritos. Dos de sus encíclicas – Laudato si’ y Fratelli tutti – toman su título y su inspiración de dos expresiones del Santo.

En 1223, cuando se había vuelto difícil llegar a Tierra Santa, Francisco supo recrearla en Greccio mediante el primer pesebre viviente, dando origen a una tradición que sigue muy presente en la religiosidad popular. En aquella representación aparecen el buey, el asno y el pesebre, pero no hay nadie que represente a María y José; Jesús, en cambio, está presente en la proclamación del Evangelio de la Natividad, que el propio Santo canta y comenta, y en la Eucaristía, que hace celebrar sobre el pesebre, prefigurando así el misterio eucarístico de la Navidad[6].

El fenómeno de los estigmas – las heridas de Jesús en la cruz –, que Francisco recibió en La Verna en 1224 y que guardó celosamente en secreto, figura entre los acontecimientos extraordinarios de su vida mística. El primer testimonio se encuentra en la Carta de fray Elías, escrita después de su muerte, donde se anuncia un «prodigio jamás oído en el mundo, excepto en el Hijo de Dios»[7].

La alegría es también un elemento característico de la espiritualidad de Francisco: una alegría que nace de su profunda gratitud por la vida y por cada criatura, como se refleja en el Cántico del Hermano Sol[8] y en el episodio De la verdadera y perfecta alegría[9]. La alegría es gratitud a Dios, confianza en la Providencia y signo de comunión con el Señor y con los hermanos. Francisco la vivía incluso en las dificultades, en la pobreza, en las pruebas y en la enfermedad. La experiencia de la alegría no es solo personal, sino que se convierte en un testimonio capaz de involucrar a cualquiera que lo encuentre y de proponer una espiritualidad que abrace la creación y la fraternidad universal. Precisamente esta alegría, arraigada en la humildad y en la pobreza, hace que su mensaje permanezca vivo y cercano a los desafíos y esperanzas del ser humano.

Todo lo dicho no agota una pregunta de fondo: ¿qué mediación cultural existe entre el Santo y nosotros? ¿A qué se deben el atractivo y la modernidad de Francisco para quienes vivimos en el tercer milenio?

San Francisco y el Señor Jesús

Propiamente hablando, no existe ninguna mediación cultural entre Francisco y nosotros[10]. «Elemento esencial de la ascesis medieval era el rechazo del mundo, la condena en bloque de la vida terrenal», dicen los sabios de nuestro tiempo[11]. Y no es verdad: para el cristianismo medieval, aunque con diferencias de énfasis, el momento único de la existencia humana es Jesucristo. He aquí la confirmación de cuán difícil resulta cualquier mediación puramente cultural, despojada de la experiencia de fe, entre el hombre de la Edad Media – y, por tanto, también Francisco – y nosotros.

Francisco nació hace nueve siglos, en una ciudad construida sobre una colina (durante siglos, o mejor dicho, durante un par de milenios, en la Italia central las ciudades se construían en las alturas, por una necesidad de inaccesibilidad que se sitúa exactamente en las antípodas de lo que hoy exigimos nosotros). Hijo de una familia de comerciantes, renegó desde la raíz de la lógica de una sociedad mercantil en ascenso, que constituye el primer y remoto comienzo de aquella en la que vivimos hoy; y permanece distante de nosotros en el tiempo, en las instituciones políticas y económicas, en las motivaciones religiosas corrientes, en las formas de ocio y en las costumbres de las relaciones entre las personas. Incluso su lenguaje no es el de la literatura italiana: le es anterior o dialectalmente paralelo.

La razón por la que todavía hoy san Francisco se nos presenta como alguien significativo y fascinante, como alguien o algo que quisiéramos ser y no somos, nosotros los creyentes del tercer milenio – pero también los creyentes de otras épocas o de otras religiones, e incluso los no creyentes –, esa razón es simplemente el Señor. Para cada uno de nosotros, Francisco se encuentra en la dirección donde está el Señor.

Con el Señor crucificado y resucitado

En cualquier lugar de la Tierra donde hayamos nacido, bajo cualquier condicionamiento cultural o dentro de cualquier tradición religiosa, en la dirección del Señor está él, Francisco. En esa limitación suya de hombre que sabe únicamente lo que tiene ante los ojos, y nada más, a menos que Dios le conceda saber más; en esa voluntad de someterse a Dios mediante la más sincera humildad hacia los demás; en esa pequeñez natural suya (pequeño también de estatura), habita la universalidad de Dios, la amplitud cósmica de la presencia de Cristo.

También Jesús tenía una patria, una fecha en el tiempo —los Evangelios insisten en este punto—, una lengua dialectal, unas costumbres, un pasado familiar y religioso completamente particulares, suyos y de nadie más, y para nosotros remotos y no fácilmente accesibles. Y, precisamente a través de esa humanidad históricamente concreta que lo vincula a nosotros, Jesús es capaz de alcanzar nuestra particularidad y nuestra contingencia, cualquiera sea la patria, la época o la cultura a la que pertenezcamos.

Todo lo que nosotros percibimos, de manera confusa o clara, en Francisco está contenido en esta cercanía suya con el Señor: con el Señor crucificado y resucitado, con Jesús que camina y anuncia un Evangelio de hechos y palabras por los caminos y las ciudades de Palestina. «El glorioso señor san Francisco, en todos los actos de su vida, fue configurado con Cristo», se dice al comienzo de los Fioretti[12]. En su vida – no larga, apenas 44 años – Francisco avanza por un camino que nadie le mostró, salvo Cristo. He aquí al maestro y al discípulo: Francisco frente a su único maestro.

Fidelidad a la Iglesia y perfecta alegría

En él no hay sombra alguna de rebelión o resistencia a la Iglesia, sino la obediencia más sincera y conmovida; y no por una deferencia exterior, que sería una cuestión de costumbre, sino porque la Iglesia es el signo sacramental en el que Francisco percibe la presencia del Señor más que en cualquier otra realidad terrena. Pero la dependencia institucional no atenúa en nada aquella inagotable originalidad que impresionó con tanta fuerza a sus contemporáneos y que ha conmovido a las generaciones posteriores. Esa originalidad es fruto de la presencia inmediata del Señor. No hay en Francisco sombra alguna de polémica, de ningún tipo de polémica, ni siquiera confesional, precisamente porque oscurecería esa presencia inmediata y velaría su eficacia.

Una obediencia edificante, pero no cómoda para nadie: hecha de extremo respeto y de máxima veneración, incluso cuando la autoridad es decadente y mundana. Aunque decadente y mundana, esta continúa mostrando y ofreciendo, paradójicamente y casi a contrapelo, el rostro del Señor, ese mismo rostro, exactamente el mismo, que Francisco ha experimentado en la oración.

Sabemos que fue un hombre de perfecta alegría; conocemos su canto, su vuelo hacia lo alto, esa aparente facilidad para el martirio (y es un verdadero martirio): signos de la plenitud de Dios que habita en él, de la comunión con el Señor crucificado y glorificado que aprendió a encontrar en todas partes, dentro de sí y a su alrededor, en el mundo como en la Eucaristía, en las cosas como en las personas, en quienes le quieren bien y en quienes le quieren mal, en el coloquio del éxtasis y en la jerarquía de la Iglesia.

Francisco nos dijo quién es el Señor; nos lo cantó, danzando.

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La memoria de Francisco

Como ocurre en cierto sentido con Jesús mismo, la imagen que tenemos de Francisco proviene de una memoria eclesial que se hace accesible a través de los textos: su Regla, que existe en diversas versiones; las pocas cartas, exhortaciones y oraciones que se han conservado hasta el día de hoy; y el extenso conjunto legendario de episodios edificantes, cuya redacción culminó un siglo después de su muerte en los Fioretti. Y con esa ayuda, hecha de palabras sin voz o de recuerdos institucionales, lo encontramos en el Señor: hechos y palabras nos lo evocan en su pertenencia inmediata al Señor, gracias a la poca —o ninguna— experiencia de Dios que nosotros mismos poseemos.

Es imposible transformar este encuentro con los textos en una suma de sugerencias prácticas, según la tentación invencible del hombre de sentido común. Salvo allí donde repite literalmente el Evangelio (y lo repite siempre, en la medida de sus posibilidades: basta comparar la Regla bulada con la Regla no bulada), casi toda indicación o precepto resulta para nosotros, en este momento, algo fuera de actualidad; algo que nos ocurre no poder realizar y de lo que, por una razón u otra, debemos dispensarnos. En realidad, esos textos nos mantienen en comunión con él y con el Espíritu que habla en él; de lo contrario, su lectura y meditación serían una tarea fatigosa, debido a esa exención ininterrumpida que parece restar importancia o incidencia inmediata a lo que escucho, y que, con el paso del tiempo, termina pesándonos. Nos vemos obligados a prescindir de esta o aquella ayuda, que sin embargo se nos propone desde una experiencia tan verdadera y tan sufrida, y a experimentar la desoladora soledad que de ello se deriva. Debemos limitarnos a pedir humildemente que Dios colme con la eficacia de su Espíritu esa impotencia nuestra.

Precisamente esta continua exención viene a medir la distancia cultural que existe entre Francisco y nosotros. No hay mediación histórico-filológica que pueda salvarnos; no hay analogía de práctica religiosa que pueda ayudarnos; fuera del Espíritu del Señor, entre Francisco y nosotros no puede haber nada.

Francisco y nosotros

Más allá de la alternativa entre una normativa poco pertinente y la agitación de un ideal altísimo, como una bandera que se sacude y golpea al viento en dirección al Señor, ¿hay algo concreto que Francisco, hombre de la Edad Media, tenga que decirme a mí, a mi presunción y a mi desesperación, en estos comienzos del tercer milenio?

Sí: ante todo, hay una manera diferente de mirar al Señor. Jesús es el Salvador que ama, y que solo por amor me salva, y me salva haciéndome hermano de otros en sí mismo. Aquí se resumen todos los temas llamados «ascéticos y medievales» de la espiritualidad de Francisco: el amor a Jesús lo es todo; el sufrimiento, la penitencia, la humillación y el desapego del mundo son condiciones para separarme del amor a mí mismo y acoger, correspondiendo con amor, el amor con que Dios me ama; no son fines en sí mismos.

Y luego está la Iglesia, su fidelidad de esposa: donde el propio creyente es la esposa; no alguien que la observa y la juzga desde fuera, y que sobre todo procura tomar distancia de ella y no compartir sus responsabilidades. Pues precisamente esos son los signos del desamor.

Y también la pobreza. «San Francisco y sus compañeros eran llamados y elegidos por Dios para llevar, con el corazón y con las obras, y para predicar la cruz de Cristo. […] Parecían, y eran, hombres crucificados, tanto por el hábito como por la vida austera y por sus actos y obras; y por eso deseaban más soportar vergüenzas y afrentas por amor de Cristo que los honores del mundo o las reverencias y alabanzas vanas. Antes bien, se alegraban de las injurias y se entristecían por los honores; y así iban por el mundo como peregrinos y extranjeros, no llevando consigo otra cosa que a Cristo crucificado»[13].

He aquí la pobreza, este tema delicado y casi inasible, tan fácil de sustituir por equivalencias simplificadoras; he aquí cómo fue comprendida en la cercanía de los orígenes y formulada en un texto deliberadamente programático de los Fioretti. No se trata solo de la condición de quien no domina a otros mediante ese instrumento de poder que es el dinero, y no quiere hacerlo ni siquiera por un instante; y ya sería un paso inmenso respecto de la mera ausencia de posesiones o de recursos. Es pobre quien vive «no llevando consigo otra cosa que a Cristo crucificado»[14]: no su propio pasado, su prestigio o su crédito; no relaciones influyentes; no solidaridades de intereses; no pertenencias grupales; no esperanzas o ideales cualesquiera; no proyectos para el futuro; no metas que alcanzar; no la autoridad de juzgar; ni, sobre todo, la propia mediocridad asumida – y justificada – como norma universal; sino únicamente a Cristo crucificado, y por tanto su fracaso y su agonía, y la comunión con él en el fracaso y en la agonía.

La reforma de la Iglesia

Por último – si es que puede hablarse de un último aspecto –, una reforma de la Iglesia[15] que comienza por la Eucaristía. Este es quizá el rasgo más novedoso para quien lea hoy la Regla y los demás escritos. La vida de cada creyente encuentra nuevamente su lugar y su sentido en el misterio cristiano cuando acepta, cordial y apasionadamente, su propio lugar y sentido en ese don de la propia vida y de la propia muerte que Jesús ofrece a los suyos en la Cena eucarística[16].

Tal vez este sea el aspecto más actual para el cristiano de hoy, en una Iglesia donde las esperanzas de reforma se expresan precisamente de este modo.

  1. El tránsito de san Francisco tuvo lugar el 3 de octubre de 1226: era sábado por la noche, después de que se hubieran celebrado las primeras vísperas del domingo 4 de octubre; por eso, la festividad del santo se celebra el 4 de octubre.

  2. León XIV, Carta a los ministros generales de la conferencia de la familia franciscana con motivo de la apertura del VIII centenario del tránsito de s. Francisco de Asís, 10 de enero de 2026, https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/letters/2026/documents/20260107-lettera-morte-sf.html

  3. Las tres grandes familias franciscanas —los Menores, los Conventuales y los Capuchinos— cuentan con unos 26.000 miembros. Si se suman las monjas y la Tercera Orden, la cifra supera los 50.000.

  4. Cf. C. Frugoni, Vita di un uomo: Francesco d’Assisi, Turín, Einaudi, 1995, 50.

  5. León XIV, Carta a los ministros generales…, cit.

  6. Cf. G. Pani, «San Francesco: el pesebre de Greccio», en La Civiltà Cattolica, 8 de diciembre de 2023, https://www.laciviltacattolica.es/2023/12/08/san-francisco-el-pesebre-de-greccio/; A. Marini, Francesco d’Assisi, il mercante del regno, Roma, Carocci, 2015, 168-173.

  7. Lettera di frate Elia 5, en Fonti Francescane (FF) 309.

  8. Cf. G. Pani, «El “Cántico del Hermano Sol”», en La Civiltà Cattolica, 20 de septiembre de 2024, https://www.laciviltacattolica.es/2024/09/20/el-cantico-del-hermano-sol/

  9. Francisco de Asís, s., Della vera e perfetta letizia 7-15: FF 278; I Fioretti 8: FF 1836.

  10. Reproducimos aquí, por cortesía del director, el Dr. Giampiero Catone, el texto del P. Saverio Corradino, publicado en La Discussione el 12 de octubre de 1981; el artículo forma parte del archivo histórico de la Fundación «La Discussione».

  11. Inocencio III, el papa que aprobó verbalmente la primera Regla no bulada, escribió el tratado Del disprezzo del mondo: cf. M. Sticco, San Francesco d’Assisi, Milán, Opera della Regalità, 1982, 40 s.; P. Sabatier, Vita di San Francesco d’Assisi, Roma, Castelvecchi, 2015, 22 s.; C. Bo, Se tornasse San Francesco, Roma, Castelvecchi, 2013, 10-23.

  12. Francisco de Asís, s., Fioretti I: FF 1816.

  13. Francisco de Asís, s., Fioretti V: FF 1833.

  14. Ibid.

  15. Escribe André Vauchez en el «Prefacio» a la edición italiana de Vie de saint François d’Assise de Paul Sabatier (con unas cuarenta impresiones y reediciones entre 1893 y 1931): para el pastor calvinista, «Francisco de Asís no era solamente un objeto de investigación, sino una figura a la que era necesario volver para reformar la Iglesia o, mejor aún, todas las Iglesias, porque […] él creía que la verdadera Reforma no era la de Martín Lutero o Juan Calvino, sino aquella —frustrada— que había intentado llevar a cabo el Pobrecillo de Asís. […] La historia religiosa era maestra de humanidad y la experiencia espiritual de san Francisco conservaba una actualidad y una eficacia permanentes» (Vita di san Francesco d’Assisi, cit., p. 9).

  16. Cf. C. Paolazzi, Lettura degli Scritti di Francesco d’Assisi, Milán, Biblioteca Francescana, 2015, 266-273; Francisco de Asís, s., Dio nelle nostre mani. Lettera di Francesco d’Assisi sul sacerdozio e l’Eucaristia, Asís (Pg), Ed. Porziuncola, 2020, 15. Tal piedad eucarística fue retomada integralmente por santa Clara: cf. C. M. Fusciello, Questo è il mio corpo. Chiara di Assisi e l’Eucaristia, Asís (Pg), Porziuncola, 2015, 18 s.; 69 s.

Saverio Corradino – Giancarlo Pani
Saverio Corradino fue un sacerdote jesuita nacido en 1920, en Udine. Es el autor de numerosos libros, entre los que destacan: Il pottere nella Bibbia (Pazzini, 2011), Giona. Il profeta tradito da Dio (Pietro Vittorietti, 2016) y La Sapienza (Pietro Vittorietti) en coautoría con Giancarlo Pani. Falleció en 1997, dejando un amplio legado de publicaciones sobre los más diversos ámbitos. Giancarlo Pani es un jesuita italiano. Entre 1979 y 2013 fue profesor de Historia del Cristianismo de la Facultad de Letras y Filosofía de la Universidad de La Sapienza, Roma. Obtuvo su láurea en 1971 en letras modernas, y luego se especializó en la Hochschule Sankt Georgen di Ffm con una tesis sobre el comentario a la Epístola a los Romanos de Martín Lutero. Entre 2015 y 2020 fue subdirector de La Civiltà Cattolica y ahora es escritor emérito

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