Biblia

«No es digno de mí…»

En aquel tiempo Jesús dijo a sus discípulos: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí, y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que haya encontrado su vida, la perderá, y el que la pierda por mí, la encontrará. El que los recibe a ustedes me recibe a mí; y quien me recibe, recibe al que me envió. Quien recibe a un profeta por ser profeta recibirá recompensa de profeta; quien recibe a un justo por ser justo recibirá recompensa de justo; y quien dé a beber un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños porque es discípulo mío, les aseguro que no se quedará sin recompensa» (Mt 10,37-42).

«No es digno de mí»: tres veces, en apenas tres líneas, resuena la dramática advertencia de Jesús. ¿Qué significa «ser digno del Señor»? Este es el tema de la página evangélica que concluye el discurso misionero a los discípulos: vayan con gratuidad y pobreza, como corderos en medio de lobos, fuertes únicamente por la confianza en el Padre que nunca abandona a nadie, ni siquiera a las aves del cielo o a los gorriones que valen unas pocas monedas. Sean dignos de mí (cf. Mt 10,1-31).

Jesús se muestra extremadamente exigente: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí» (v. 37). ¿Acaso dice que no debemos amar al padre o a la madre? Todo lo contrario. El Señor quiere que el primer lugar en nuestra vida le pertenezca a él. Hay un «primero» que debe quedar claro: no se trata de una exigencia dictada por el interés, el amor propio o el egoísmo, sino, por el contrario, por un amor generoso, de corazón grande, que expresa la disponibilidad total del discípulo. Este es el primer mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu vida» (Mt 22,37). La salvación implica un amor al Señor más grande que cualquier otro afecto.

Aquí está en juego el sentido más profundo de la vida, aunque el camino que se señala asuste y haga estremecer: «El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí; quien conserve para sí su vida la perderá, y quien pierda su vida por causa mía la encontrará» (Mt 10,39). Con razón uno se pregunta: ¿qué espacio queda entonces para la vida personal? ¿Debe el cristiano resignarse, o peor aún, buscar el sufrimiento y el martirio para alcanzar la salvación? ¿No es todo esto una negación de la obra creadora de Dios? (cf. Gn 1,28; 2,19).

No solo nuestro corazón se ha extraviado. El ser humano que no acepta el proyecto de Dios trastorna su propia vida, pero también el mundo en el que vive y que lo rodea. Entonces toda la creación parece rebelarse y haber perdido su sentido; sin embargo, es precisamente en un mundo así donde Dios nos llama a vivir la aparente paradoja del Evangelio. Nosotros somos resucitados; el mundo tiene un sentido, la vida tiene un porqué y una alegría propia para vivir y compartir.

Pero este anuncio de vida y de esperanza se proclama inevitablemente a costa de la propia vida. Si el cristiano encuentra la cruz, siempre es por amor a la vida: una vida continuamente amenazada, en peligro, sofocada, mortificada, humillada; una vida que, por tanto, necesita ser rescatada. Si amas a los demás, y la vida de los demás antes que la tuya, inevitablemente en ese camino encontrarás la cruz. Pero la cruz no se lleva en soledad, sino junto con Jesús, crucificado y resucitado; y junto a él, después del dolor, del calvario y de la muerte, encontraremos la resurrección y la vida.

El Evangelio concluye con el discurso sobre la acogida. «Quien recibe a un profeta…, a un justo…, quien dé a beber un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños porque es discípulo mío, les aseguro que no se quedará sin recompensa» (Mt 10,40-42). Las características de la misión —la gratuidad y la pobreza— podrían definirse como el modo en que el Señor se manifiesta; y tienen un signo distintivo: la capacidad de acoger. Dios actúa a través de nosotros; Dios se identifica con nuestra manera de vivir fielmente el Evangelio. El amor y el servicio revelan así la presencia y la misericordia divinas; y la acogida es el corazón abierto al Evangelio.

León XIV, en Pavía: «Basta ya de palabras de odio, basta ya de insultos, de acoso, basta ya de todas esas cosas que siembran la guerra entre las personas, entre las comunidades, entre los países. Todos debemos aprender a ser constructores de paz y promotores de la reconciliación».

Giancarlo Pani
Es un jesuita italiano. Entre 1979 y 2013 fue profesor de Historia del Cristianismo de la Facultad de Letras y Filosofía de la Universidad de La Sapienza, Roma. Obtuvo su láurea en 1971 en letras modernas, y luego se especializó en la Hochschule Sankt Georgen di Ffm con una tesis sobre el comentario a la Epístola a los Romanos de Martín Lutero. Entre 2015 y 2020 fue subdirector de La Civiltà Cattolica y ahora es escritor emérito.

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