Muchos han observado que la paz es un tema central del pontificado de León XIV[1]. En el discurso que dirigió el 9 de enero de 2026 a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, subrayó su naturaleza y su urgencia[2]. En aquella ocasión realizó una aclaración decisiva entre las visiones auténticas y las falsas de la paz, según una distinción que encuentra su fundamento último en Cristo y su elaboración teórica en la doctrina de las «dos ciudades», tan querida por San Agustín. La diferencia entre estas dos concepciones de la paz tiene profundas implicaciones para el orden social humano, especialmente en relación con otros dos términos clave: «verdad» y «justicia». En definitiva, los órdenes de la paz, la verdad y la justicia son complementarios y se arraigan en la realidad más plena de las rectas relaciones entre Dios, el ser humano y toda la creación. Si uno solo de estos tres elementos, ya sea en el plano teórico o en el práctico, se deforma, surge el riesgo de graves peligros para toda la familia humana.
Por ello, una comprensión correcta de la paz reviste una importancia decisiva para la diplomacia de la Santa Sede. Aunque mantiene la mirada fija en Cristo, como dijo León XIV a los diplomáticos, «los cristianos que viven en la ciudad terrenal no son ajenos al mundo político y, guiados por las Escrituras, buscan aplicar la ética cristiana al gobierno civil»[3].
¿Qué es la paz?
Se ha convertido ya en un lugar común señalar una noción falsa de paz fundada en la mera ausencia de conflicto, como en la célebre frase del historiador romano Tácito: «Hacen un desierto y lo llaman paz»[4]. León XIV ha observado en otras ocasiones, por ejemplo, que «muchas veces consideramos [la palabra “paz”] una palabra “negativa”, o sea, como mera ausencia de guerra o de conflicto, porque la contraposición es parte de la naturaleza humana y nos acompaña siempre, impulsándonos en demasiadas ocasiones a vivir en un constante “estado de conflicto”; en casa, en el trabajo, en la sociedad»[5].
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La formulación del Papa suscita nuevas preguntas sobre la verdadera naturaleza de la paz: ¿por qué la paz es tan esquiva? ¿Y por qué el conflicto está tan arraigado en la vida humana, hasta el punto de que «forma parte de la naturaleza humana y nos acompaña siempre»? León XIV aborda estas cuestiones en su discurso del 9 de enero de 2026 recurriendo a san Agustín. Como recordó, el gran Doctor africano de la Iglesia ofrece, a través de la doctrina de las «dos ciudades», una narración de la historia del pecado y de la salvación que conserva un valor permanente: «Agustín interpreta los acontecimientos y la historia misma según el modelo de las dos ciudades. En primer lugar, está la ciudad de Dios, que es eterna y se caracteriza por el amor incondicional de Dios (amor Dei), así como por el amor al prójimo, especialmente a los pobres. Luego está la ciudad terrenal, que es una morada temporal donde los seres humanos viven hasta su muerte. En nuestros días, esta última incluye todas las instituciones sociales y políticas, desde la familia hasta el Estado-nación y las organizaciones internacionales. Para Agustín, esta ciudad estaba personificada por el Imperio Romano. De hecho, la ciudad terrenal se centra en el orgullo y el amor propio (amor sui), en la sed de poder y gloria mundanos que conduce a la destrucción»[6].
Al recordar esta doctrina, León XIV recordó al Cuerpo Diplomático que esta distinción no es solamente externa y visible, sino también invisible y misteriosa: concierne a la orientación de la persona hacia Dios. Por eso, para san Agustín, las dos ciudades son creadas por dos órdenes distintos de amor.
Esta doctrina explica también por qué el conflicto está tan arraigado en la condición humana y por qué la paz es tan rara: dicho conflicto hunde sus raíces en el repliegue primordial del hombre sobre sí mismo y en su alejamiento de Dios. Este repliegue no elimina la posibilidad de la gracia de Dios ni impide que la misión de Cristo actúe a través de la Iglesia; sin embargo, significa que los cristianos viven en la tensión entre las dos ciudades, en una condición que recibirá su resolución definitiva únicamente en la parusía. Como afirma León XIV, «no se trata de una lectura de la historia que busque contrastar la eternidad con el presente, la Iglesia con el Estado, ni es una dialéctica sobre el papel de la religión dentro de la sociedad civil». Por ello, dijo el Papa a los diplomáticos reunidos, «los cristianos están llamados por Dios a habitar en la ciudad terrenal con el corazón y la mente puestos en la ciudad celestial, su verdadera patria»[7].
Hasta aquí, la exposición es en gran medida coherente con la manera en que muchos presentan la doctrina de las dos ciudades. El Pontífice continúa ofreciendo una reflexión sobre el vínculo entre estas dos ciudades y dos visiones diferentes de la paz. Para él, las dos ciudades, con sus dos amores, corresponden a dos tipos distintos de paz: existe la paz que se encuentra en última instancia en Cristo, y existe aquella que se busca falsamente en uno mismo y en la propia capacidad de rehacer el mundo a su propia imagen.
Siguiendo la senda de san Agustín, León XIV observa que todos desean la paz: «Incluso los que buscan perturbar la paz en que viven no tienen odio a la paz; simplemente la desean cambiar a su capricho. No buscan suprimir la paz; lo que quieren es tenerla como a ellos les gusta»[8]. Tal es el desafío propio de la ciudad terrena: no puede dejar de buscar la paz, pero se trata de una paz destinada a la autodestrucción, porque conduce siempre a nuevas violencias en nombre del amor a sí mismo.
La verdadera paz, ha escrito el Pontífice en numerosas ocasiones, nos llega como un don de Dios. En su Mensaje para la LIX Jornada Mundial de la Paz afirmó: «“¡La paz esté con ustedes!»” ( Jn 20,19.21) es su palabra, que no sólo desea, sino que realiza un cambio definitivo en quien la recibe y, de ese modo, en toda la realidad»[9]. «La paz existe —escribía el Papa en aquel Mensaje—, quiere habitar en nosotros». La paz es, por tanto, en última instancia, un don de Dios, la relación interior que nace en cada persona y se difunde por el mundo. Es, por ello, al mismo tiempo «una presencia y un camino», algo que nos da vida en el presente, pero que también nos orienta más allá, hacia una vida mejor junto con los demás.
«Un bien difícil, pero realista»
La paz es realmente posible, pero también es difícil. En el orden social, los cristianos se encuentran, por tanto, ante dos tentaciones: la de negar la posibilidad práctica de la paz debido a su dificultad, o la de promoverla sobre la base de una falsa representación de su facilidad.
La tentación de negar la posibilidad de la verdadera paz está muy extendida a causa del pecado. La lógica de la violencia suele preferirse a la lógica de la paz, afirma León XIV, porque el orgullo se antepone a la humildad. Como observa san Agustín, «grande es la insensatez del orgullo en aquellos que sitúan el fin del bien en la vida presente y que piensan hacerse felices por sí mismos». El orgullo oscurece la realidad misma y la empatía hacia el prójimo. No es casualidad que, en el origen de todo conflicto, haya siempre una raíz de orgullo[10].
Este orgullo puede generar una espiral que se alimenta a sí misma, en la que «se pierde el realismo, cediendo a una representación parcial y distorsionada del mundo, bajo el signo de las tinieblas y del miedo. Hoy no son pocos los que llaman realistas a las narraciones carentes de esperanza, ciegas ante la belleza de los demás, que olvidan la gracia de Dios que trabaja siempre en los corazones humanos, aunque estén heridos por el pecado»[11].
Esta dinámica no es exclusiva de nuestro tiempo, aunque en sus formas teóricamente más sofisticadas puede asumir una configuración específicamente moderna, que niega la trascendencia: «Mientras que san Agustín destaca la coexistencia de la ciudad celestial y la ciudad terrenal hasta el fin de los tiempos, nuestra época parece algo inclinada a negar a la ciudad de Dios su “derecho de ciudadanía”. Parece que sólo existe la ciudad terrenal, encerrada exclusivamente dentro de sus fronteras. Buscar sólo bienes inmanentes socava esa “tranquilidad del orden”, lo que para Agustín constituye la esencia misma de la paz, que concierne tanto a la sociedad y a las naciones como al alma humana, y es esencial para cualquier convivencia civil. En ausencia de un fundamento trascendente y objetivo, sólo prevalece el amor propio, hasta el punto de la indiferencia hacia Dios, que gobierna la ciudad terrenal»[12].
Llegados a este punto, es imposible no hacer referencia a los grandes pensadores políticos que contribuyeron de manera significativa a legitimar el mal y el conflicto en la política, haciendo así de la misma idea de paz una utopía. Por ejemplo, Niccolò Machiavelli estuvo muy lejos de ser el primero en reconocer la presencia del mal en el mundo, y mucho menos la trágica necesidad de tomar decisiones difíciles en la vida política. Su aportación, si así puede llamarse, «consiste más bien en haber aceptado, reconocido y adoptado como regla el hecho de la inmoralidad política, y en haber afirmado que la buena política, aquella conforme a su verdadera naturaleza y a sus fines auténticos, es por esencia una política no moral», como observa con agudeza Jacques Maritain, filósofo francés y amigo de Pablo VI. De este modo, continúa Maritain, Maquiavelo sitúa un «pesimismo radical» en el corazón de la vida política y, «en consecuencia, una antinomia ilusoria pero mortal entre lo que se llama “idealismo” (erróneamente confundido con la ética) y lo que se llama “realismo” (erróneamente confundido con la política)»[13].
A la luz de este trasfondo —un rechazo de la paz prolongado durante siglos— el Pontífice propone una reflexión sobre la esperanza, destinada a esclarecer por qué la paz es al mismo tiempo posible y difícil. Toda resistencia auténtica a la violencia y a la fuerza en el mundo debe, en efecto, enfrentarse a sus raíces más profundas. Las interpretaciones de los conflictos que los explican exclusivamente en términos de errores de comunicación o de escasez material resultan insuficientes como explicación global de la violencia y de la oposición que atraviesan la historia humana. La existencia de las dos ciudades recuerda, en clave escatológica, que las fracturas del mundo tienen su origen en un conflicto que habita en los corazones y las almas humanas; por ello deben afrontarse en un nivel más profundo, aun sabiendo que no podrán ser plenamente superadas mediante los solos medios humanos. La tendencia a la violencia y al conflicto hace ardua la política, es decir, el acceso a una política auténtica. Pero, una vez emprendido este camino, aparece la dificultad más profunda: «Mientras que la guerra se conforma con la destrucción, la paz requiere esfuerzos continuos y pacientes de construcción, así como una vigilancia constante»[14].
Al recorrer la enseñanza de León XIV sobre san Agustín, resulta útil observar cómo evita dos extremos opuestos. Precisamente por su versatilidad, la doctrina de las «dos ciudades» ha sido interpretada de múltiples maneras y adaptada a los más diversos programas políticos, desde el jansenismo hasta el pensamiento whig. Por un lado, puede leerse como una invitación a la desesperación, como si la ciudad terrena fuera un páramo espiritual desolado del que los cristianos debieran mantenerse siempre y en todas partes alejados, como si no estuvieran llamados a buscar el bien del prójimo. En el extremo contrario, las dos ciudades se superponen, como si san Agustín exhortara a los cristianos a identificar el progreso material con la perfección espiritual.
Ninguna de estas dos interpretaciones es fiel al obispo de Hipona, porque ninguna de ellas es fiel a la realidad, de la cual fue un observador atento. Los cristianos viven su vocación en la esfera pública, dando testimonio de dos verdades fundamentales: 1) que los seres humanos están llamados a cooperar con Dios en su propia salvación; y 2) que esta salvación sigue siendo, en última instancia, un don que solo Dios puede conceder.
La familia
La familia ocupa un lugar particular en el discurso de León XIV. En continuidad con la antigua tradición, entiende el término «familia» en sentido analógico, refiriéndolo tanto a la familia humana como a la familia doméstica, formada por hombre, mujer e hijos. Es esta última la que constituye el significado fundamental del término. Todo proyecto orientado a edificar la familia humana debe, por tanto, tomar seriamente en consideración el lugar donde «aprendemos a amar y desarrollamos la capacidad de servir a la vida, contribuyendo así al desarrollo de la sociedad y a la misión de la Iglesia»[15].
Al recordar las amenazas que se ciernen sobre la familia, como el aborto y la maternidad subrogada, el Papa señala que «en sus relaciones y acciones internacionales, la Santa Sede defiende sistemáticamente la dignidad inalienable de cada persona». Estas amenazas no solo lesionan directamente la dignidad de las personas implicadas, sino que también socavan de manera más amplia los fundamentos de esa dignidad propia de la familia, en la que la vocación de la persona, creada como imago Dei, «se manifiesta de manera privilegiada y única»[16].
Es, por tanto, motivo de profunda preocupación – y está en el origen de numerosos problemas – el hecho de que la familia se vea puesta a prueba tanto desde fuera, debido a la «preocupante tendencia en el sistema internacional a descuidar y subestimar su papel social fundamental, lo que conduce a su progresiva marginación institucional», como desde dentro, a causa de la «creciente y dolorosa realidad de las familias frágiles, rotas y que sufren, afectadas por dificultades internas y fenómenos inquietantes, como la violencia doméstica»[17].
Aquí León XIV recuerda al mundo, con su habitual estilo claro y al mismo tiempo ponderado, que el matrimonio y la vida familiar se fundamentan «en la unión exclusiva e indisoluble entre una mujer y un hombre»[18]. El Papa ya había reafirmado esta idea en su discurso al Cuerpo Diplomático del 16 de mayo de 2025, remitiéndose a la encíclica Rerum novarum de León XIII, cuando exhortó a los responsables políticos a construir sociedades civiles «armónicas y pacíficas», invirtiendo «en la familia, fundada sobre la unión estable entre el hombre y la mujer, “bien pequeña, es cierto, pero verdadera sociedad y más antigua que cualquiera otra”»[19].
León XIV profundiza así en la comprensión de la herencia de León XIII, quien, más allá de una cuestión particular, sentó las bases mismas de la moderna doctrina social católica. En este marco, la familia destaca como un elemento esencial tanto de esos fundamentos como de la visión de la paz que de ellos surge.
Derechos: paz, verdad y justicia
El análisis de los derechos humanos propuesto por León XIV ilumina las dinámicas interconectadas entre paz, verdad y justicia. Después de la Segunda Guerra Mundial, la Iglesia llegó a respaldar la formulación de los bienes humanos perseguidos en la vida pública en términos de los modernos derechos subjetivos —los «derechos humanos»—, también porque su defensa encontró una importante expresión institucional en las numerosas organizaciones internacionales surgidas en la posguerra. Ochenta años después, la comunidad de las naciones está llamada a seguir promoviendo esos bienes mediante una formulación responsable y una tutela efectiva de los derechos humanos, que requieren a su vez una gobernanza atenta por parte de la Organización de las Naciones Unidas y de otros organismos internacionales.
Para León XIV, dos derechos tienen un carácter primario: el derecho a la vida y el derecho a la libertad religiosa. Son decisivos porque remiten a la naturaleza humana: el primero protege la sacralidad de la vida, mientras que el segundo «expresa la realidad más fundamental de la persona». En ausencia de estos derechos, los demás no solo pierden su fundamento, sino que la sociedad corre el riesgo de inventar derechos «autorreferenciales», «sobre todo cuando pierde su conexión con la realidad de las cosas, su naturaleza y la verdad»[20]. Estos pseudoderechos se oponen a la verdad sobre lo que es el ser humano y, en consecuencia, no sirven ni para promover sus bienes ni para favorecer la justicia. Más aún, amenazan nuestra propia capacidad de comprender la realidad. Hoy la humanidad no solo debe enfrentarse al problema de las fake news, que vuelven poco fiable lo que se lee, sino también a un ataque contra el lenguaje mismo por parte de ideologías oportunistas, que elaboran «un lenguaje nuevo, de sabor orwelliano», utilizado como «arma con la que engañar o golpear y ofender a los adversarios»[21].
Frente a tal desorden, el Papa identifica un auténtico «cortocircuito de los derechos humanos», por el cual derechos fundamentales «están siendo restringidos en nombre de otros pretendidos nuevos derechos, con el resultado de que el propio marco de los derechos humanos está perdiendo su vitalidad y dejando espacio para la fuerza y la opresión»[22]. En este sentido, un componente de ese «multilateralismo sano», tantas veces deseado por el papa Francisco y por León XIV, es la capacidad de los gobiernos y de las organizaciones internacionales para reconocer algunas verdades fundamentales sobre el ser humano[23]. Más allá de las cuestiones de capacidad institucional y de voluntad política —por relevantes que sean—, las relaciones multilaterales no pueden desarrollarse de manera fecunda sobre la base de concepciones falsas de la humanidad.
No es la primera vez que los Pontífices llaman así la atención sobre la cuestión antropológica que se encuentra en el centro de la política. Como afirmó León XIV al dirigirse a los diplomáticos, «es necesario realizar esfuerzos para garantizar que las Naciones Unidas no sólo reflejen la situación del mundo actual y no la del período de la posguerra, sino que también se centren más y sean más eficientes en la búsqueda, no de ideologías, sino de políticas destinadas a la unidad de la familia humana»[24].
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El Papa subraya un presupuesto clave de la doctrina social católica, ya fundamental para León XIII y puesto especialmente de relieve por Benedicto XVI en la encíclica Caritas in veritate y en otras intervenciones: el estrecho vínculo que existe entre la verdad de la justicia y la virtud de la caridad. Como precisó en enero de 2026 al dirigirse a la Rota Romana con ocasión de la inauguración del Año Judicial, «no se trata de dos principios contrapuestos, ni de valores que deban equilibrarse según criterios puramente pragmáticos, sino de dos dimensiones intrínsecamente unidas, que encuentran su armonía más profunda en el misterio mismo de Dios, que es Amor y Verdad»[25]. El Pontífice les explicó que este es el significado más profundo de la salus animarum: «Aquel verdadero amor al prójimo que busca por encima de todo su salvación eterna en Cristo y en la Iglesia, y que implica la adhesión a la verdad del Evangelio»[26].
«Signos de valiente esperanza»
Una parte del tradicional discurso al Cuerpo Diplomático estuvo dedicada a reflexionar sobre las áreas de crisis en el mundo, entre ellas Tierra Santa, Ucrania y Venezuela. Sin embargo, León XIV señaló también algunos «signos de valiente esperanza», como la paz duradera en Bosnia y Herzegovina y los avances realizados hacia la paz entre Armenia y Azerbaiyán.
El Papa abrió su discurso recordando algunos signos positivos surgidos en la vida de la Iglesia durante el último año, aunque sin presentarlos explícitamente como signos de esperanza: el Jubileo de la Esperanza, vivido como un tiempo de gozosa cooperación entre la Santa Sede y la República Italiana; la oración por el papa Francisco, en la esperanza de su «retorno a la casa del Padre»; y el 1700º aniversario del Concilio de Nicea, señalado como una ocasión «para renovar nuestro compromiso en el camino hacia la plena unidad visible de todos los cristianos»[27].
León XIV concluyó el discurso con un llamamiento a imitar a san Francisco de Asís, la segunda gran figura evocada en su intervención. En este Año Jubilar franciscano, el Pontífice invita a todas las personas de buena voluntad a hacer suyo el «valor de la verdad» que animó al santo «a partir de un corazón humilde volcado hacia la ciudad celestial»[28]. El ejemplo del Pobrecillo recuerda que los «signos de valiente esperanza» siguen siendo posibles en el tiempo presente.
A veces se dice que Cristo anunció el Reino de Dios y que lo que después surgió fue la Iglesia. Esta afirmación es cínica, en la medida en que insinúa que la Iglesia no trabaja por el Reino de Dios; y es ingenua, porque parece olvidar la naturaleza de la Iglesia, que es esposa de Cristo, y que la obra de Dios se realiza en la historia y con la ayuda de los seres humanos en su vida común.
A propósito de la lenta obra de Dios en cooperación con los hombres, en su discurso de mayo de 2025 a los movimientos y asociaciones que dieron vida a la «Arena de la Paz», en Verona, León XIV estableció una conexión entre paz, subsidiariedad y solidaridad, subrayando una condición esencial para hacer posibles tales signos de esperanza. Como afirmó en aquella ocasión: «Si quieres la paz, prepara instituciones de paz. Somos cada vez más conscientes de que no se trata solo de instituciones políticas, nacionales o internacionales, sino que es el conjunto de las instituciones —educativas, económicas, sociales— el que está en juego»[29]. Se trata de un desafío de solidaridad, de aquello que el papa Francisco definió como «la necesidad de pasar del “yo” al “nosotros”» y, al mismo tiempo, de subsidiariedad, con la invitación a promover formas sanas de vida asociativa, capaces de cultivar y sostener las virtudes de las personas como ciudadanos y como católicos, haciendo posible una vida común orientada a la paz[30].
Estas consideraciones están en plena sintonía con el mensaje dirigido por el Papa al Cuerpo Diplomático: la paz es un bien difícil, pero realmente posible. Sustraerse al compromiso por la paz significa abdicar de aquello que nos hace humanos; buscarla significa, en última instancia, llegar a estar plenamente vivos en Cristo.
La Iglesia
Como ya se ha recordado, León XIV, en su encuentro con los diplomáticos del 9 de enero de 2026, les recordó que la acción diplomática de la Santa Sede se caracteriza por una disposición fundamental: no mantenerse «ajena al mundo político», sino procurar «aplicar la ética cristiana, guiada por las Escrituras, al gobierno civil»[31]. En otras palabras, la tradicional libertas Ecclesiae no indica la búsqueda de privilegios o de estatus, sino el compromiso de la Iglesia de servir al mundo y atraerlo a Cristo, luz de las naciones[32].
Al menos desde el Concilio Vaticano II y la constitución Lumen gentium, los Papas han subrayado constantemente que la Iglesia no es, ante todo, una institución; este aspecto es secundario respecto de su naturaleza de misterio y de sacramento. Sin embargo, un rasgo distintivo de la eclesiología de León XIV es su insistencia en que las dimensiones institucionales de la Iglesia son importantes y requieren atención, precisamente para ponerlas más al servicio de ese misterio. Él ha puesto las capacidades institucionales de la Iglesia católica al servicio de la paz; por ejemplo, invitando a los responsables de otras comunidades religiosas a unirse a su búsqueda.
Al defender la libertad religiosa para todas las personas, el Papa busca salvaguardar el derecho y el deber de cada uno de contribuir al bien común a través de sus propias tradiciones, entendidas como «reflejo del único Misterio divino que abarca toda la creación»[33]. En mayo de 2025, dirigiéndose a un grupo de responsables ecuménicos e interreligiosos, el Pontífice afirmó que encontrar formas de fraternidad entre personas de distintas creencias «contribuirá ciertamente a construir un mundo más pacífico»[34].
De este discurso emerge un rasgo característico de la enseñanza de León XIV, en clara continuidad con la de León XIII[35]. Mientras profundiza en el papel de la Iglesia y de la familia, hace lo mismo con el del Estado. Este, en esencia, debe reconocer sus propios límites y su propio fundamento: la familia precede a la autoridad política, y la Iglesia señala un horizonte que va más allá del mundo presente. El Papa ofrece esta reflexión no solo para delimitar la acción del Estado, sino también para renovar su misión y su finalidad en el mundo. En su discurso señala asimismo las posibilidades de una renovación de la subsidiariedad, es decir, de aquellos ámbitos en los que los ciudadanos están llamados a ejercer una iniciativa sustancial.
En otras palabras, por mucho que haya de nuevo en la política de la modernidad tardía, mucho permanece inalterado. Los desafíos de la política son, en el fondo, de carácter moral y antropológico. Así como los cristianos no pueden dejar de lado la moral cuando participan en la política, tampoco su implicación en las relaciones internacionales y en la política multilateral sustituye el trabajo lento y arduo de la política por paradigmas tecnocráticos. La verdad sobre Dios, el ser humano y la creación conserva toda su fuerza en todos estos ámbitos.
***
El discurso de León XIV pone de relieve algunos de los fundamentos más profundos de la enseñanza católica sobre la vida pública. De este modo, el Papa invita a todas las personas de buena voluntad a buscar las verdades más profundas sobre sí mismas, sobre la sociedad humana y, en última instancia, sobre Dios. Retomando la declaración conciliar Dignitatis humanae, «todos los hombres están obligados a buscar la verdad, sobre todo en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia, y, una vez conocida, a abrazarla y practicarla»[36].
En un mundo en el que las exigencias de la verdad y del amor pueden parecer contrapuestas, el Pontífice subraya que la verdad es, fundamentalmente, un encuentro con el amor mismo. Y ese amor es el Logos, es decir, la única Palabra verdadera.
- Cf. G. Cucci – M. G. Portoso, «“Una paz desarmada y desarmante”. Un binomio que nos hace reflexionar», en La Civiltà Cattolica, 5 de diciembre de 2025 (https://www.laciviltacattolica.es/2025/12/05/una-paz-desarmada-y-desarmante/); C. R. Altieri, Leo XIV: The New Pope and Catholic Reform, Londres, Bloomsbury Continuum, 2025. ↑
- Cf. León XIV, Discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, 9 de enero de 2026. ↑
- Ibid. ↑
- «Ubi solitudinem faciunt, pacem appellant» (Tácito, Agricola, 30,4). La frase se atribuye a Calgaco. ↑
- León XIV, Audiencia al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, 16 de mayo de 2025. ↑
- Id., Discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, cit. ↑
- Ibid. ↑
- Ibid. ↑
- Id., Mensaje para la LIX Jornada mundial de la paz, 1º de enero de 2026. ↑
- Id., Discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, cit. ↑
- Id., Mensaje para la LIX Jornada mundial de la paz, cit. ↑
- Id., Discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, cit. ↑
- J. Maritain, «The End of Machiavellianism», en The Review of Politics 4 (1942/1) 1-33. Cf. L. Strauss, Thoughts on Machiavelli, Glencoe, IL, The Free Press, 1958, 11-14. ↑
- Id., Discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, cit. ↑
- Ibid. ↑
- Ibid. ↑
- Ibid. ↑
- Ibid. ↑
- Id., Audiencia al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, cit. ↑
- León XIV, Discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, cit. ↑
- Ibid. ↑
- Ibid. ↑
- Cf. Francisco, Exhortación apostólica Laudate Deum, 4 de octubre 2023, nn. 34-43; Id., Encíclica Fratelli tutti, 4 de octubre de 2020, nn. 154-197. ↑
- León XIV, Discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, cit. ↑
- Id., Discorso ai Prelati della Rota Romana in occasione dell’inaugurazione dell’Anno giudiziario, 26 de enero de 2026. ↑
- Ibid. ↑
- Id., Discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, cit. ↑
- Ibid. ↑
- Id., Discurso a los movimientos y asociaciones que han dado vida a la «Arena de la paz» (Verona), 30 de mayo de 2025. ↑
- Cf. C. R. Altieri, Leo XIV…, cit., 84 s. ↑
- Id., Discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, cit. ↑
- Cf. Id., Discorso al Concistoro straordinario, 7 de enero de 2026. ↑
- Id., Discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, cit. ↑
- Id., Discorso ai rappresentanti di altre Chiese e comunità ecclesiali e di altre religioni, 19 de mayo de 2025. ↑
- Cf. W. McCormick, «Prima della “Rerum Novarum”: cinque encicliche sociali di papa Leone XIII», en Civ. Catt. 2025 III 183-194. ↑
- Concilio Vaticano II, Declaración Dignitatis humanae (7 de diciembre de 1965), n. 1. ↑
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