El cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca de Jerusalén de los latinos, publicó su primera carta pastoral el 25 de abril de 2026, casi diez años después de su nombramiento por el papa Francisco al frente de la diócesis de Jerusalén. Titulada «Volvieron a Jerusalén con gran alegría». Una propuesta para vivir la vocación de la Iglesia en Tierra Santa[1], la carta ofrece palabras de esperanza en una Tierra Santa oprimida por la desesperación. Nacido cerca de Bérgamo el 21 de abril de 1965, Pizzaballa llegó a Jerusalén en 1990 como fraile franciscano. Fue Custodio franciscano de Tierra Santa entre 2004 y 2016 y vicario patriarcal para los católicos de lengua hebrea en Israel de 2005 a 2008.
El nombramiento de Pizzaballa al frente de la diócesis de Jerusalén sorprendió a muchos. El primer patriarca de los latinos autóctono, el palestino Michel Sabbah, había sido nombrado en 1987 por Juan Pablo II. Dirigió la diócesis hasta 2008. Sus años de servicio estuvieron marcados tanto por la agitación como por las promesas de paz: la primera revuelta palestina contra la ocupación israelí, el llamado «proceso de paz» que le siguió, culminado con la firma de los acuerdos israelo-palestinos, y su posterior estancamiento, que condujo a la segunda revuelta palestina. Sabbah fue el primer patriarca formado en la Iglesia posterior al Concilio Vaticano II, un hombre de diálogo y de compromiso social. Sensibilizó a la opinión pública sobre la tragedia que vivía el pueblo palestino y se convirtió en un firme defensor de sus derechos, reclamando el fin de la ocupación y de las discriminaciones israelíes, y promoviendo la igualdad, la justicia y la paz. Le sucedió el jordano Fouad Twal, quien ejerció el cargo entre 2008 y 2016.
El 24 de junio de 2016, el papa Francisco nombró a Pizzaballa administrador apostólico sede vacante del Patriarcado de Jerusalén de los latinos, en sustitución del patriarca Twal, que había presentado su renuncia por haber alcanzado el límite de edad. Tanto por el cargo que asumía como por tratarse de un extranjero designado después de dos prelados autóctonos, Pizzaballa fue considerado generalmente una figura de transición, a la espera de que se encontrara un candidato local. Una opinión que él mismo parecía compartir durante los primeros años de su ministerio.
Pizzaballa heredó una tarea difícil: una diócesis con problemas económicos, una Iglesia que luchaba por encontrar su propia voz en una época marcada por los extremismos, unos fieles cristianos tentados por la emigración y una situación cada vez más deteriorada, mientras las esperanzas de paz se desvanecían bajo la sombra de un gobierno israelí cada vez más etnocéntrico. Como administrador apostólico, dedicó sus esfuerzos a afrontar la crisis financiera de la diócesis, garantizando una administración más sólida. Aunque hablaba hebreo con fluidez, no conocía el árabe, y la vida pastoral de la Iglesia local, mayoritariamente arabófona, constituía para él un desafío. Sin embargo, durante los largos años en que fue Custodio de Tierra Santa ya había comenzado a conocer de cerca la realidad de los cristianos palestinos y jordanos.
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Cuando en 2020 fue nombrado patriarca, quedó claro que su permanencia en Jerusalén no constituía un paréntesis temporal. Emprendió intensas visitas pastorales a todas las partes de la diócesis, decidido a conocer a los fieles confiados a su cuidado, pese a las barreras lingüísticas y culturales. Las parroquias, distribuidas en cuatro territorios, se distinguen claramente entre sí en los planos político, social y cultural. La mayoría de ellas es de lengua árabe y se encuentra en Jordania, Palestina e Israel. Entre los fieles hay palestinos —que en Palestina viven bajo ocupación; en Israel, como ciudadanos, a menudo considerados de «segunda categoría» en un Estado que se define como judío; y en Jordania, como ciudadanos jordanos desplazados de su patria palestina—, así como fieles jordanos, muchos de ellos pertenecientes a clanes beduinos cristianos. Además, en Israel existen pequeñas comunidades de lengua hebrea. Mucho más numerosas, sin embargo, son las comunidades, dinámicas pero precarias, de trabajadores migrantes, refugiados y solicitantes de asilo presentes en todo el territorio de la diócesis, que ven en la Iglesia un punto de referencia. También es importante la presencia de numerosos religiosos y religiosas, contemplativos y consagrados, procedentes de distintos países, culturas y lenguas, comprometidos al servicio de la Iglesia de Jerusalén.
Aunque la violencia siempre había estado latente bajo la superficie, el 7 de octubre de 2023 marcó un punto de inflexión. En ese momento, Pizzaballa se encontraba en Roma, pues acababa de ser nombrado cardenal por el papa Francisco. Como tantos otros, quedó profundamente conmocionado por la violencia ejercida por los insurgentes palestinos contra los israelíes en las zonas fronterizas de la Franja de Gaza. Regresó rápidamente de Roma a Jerusalén y, el 16 de octubre de 2023, una de sus primeras acciones públicas fue ofrecerse como rehén a cambio de la liberación de los niños israelíes retenidos como rehenes en Gaza. Mientras las fuerzas israelíes intensificaban los bombardeos sobre la Franja de Gaza y posteriormente iniciaban la ofensiva terrestre, la violencia infligida a la población gazatí conmocionó a muchos y suscitó una creciente preocupación entre quienes observaban el conflicto desde la distancia. La carta pastoral de Pizzaballa está firmemente arraigada, de manera explícita, en esta realidad.
Mirar la realidad
El patriarca de Jerusalén de los latinos no puede permanecer al margen ni lamentarse de la situación como un simple observador externo. Es el pastor de comunidades presentes en todos los frentes del conflicto. La parroquia latina de Gaza se ha convertido en refugio de numerosos cristianos gazatíes que huían de los bombardeos israelíes. Ella misma ha sufrido graves pérdidas humanas y materiales.
En Cisjordania, los cristianos, al igual que los musulmanes, sufren los ataques de soldados israelíes y de colonos armados, una situación que algunos Estados, organismos de las Naciones Unidas y ONGs consideran un genocidio. Y en los territorios sometidos directamente a la Autoridad Palestina, el Estado de derecho se ve eclipsado por la anarquía y la violencia de las bandas armadas. Dentro de Israel, la criminalidad afecta gravemente a la comunidad, mientras se aplican medidas draconianas para controlar a los ciudadanos árabe-palestinos de Israel, limitando las manifestaciones de solidaridad con sus compatriotas palestinos. También los católicos de lengua hebrea y los trabajadores migrantes padecen las consecuencias de la guerra y de la inseguridad, y algunos incluso pierden la vida, ya sea como soldados del ejército israelí o como víctimas civiles de la violencia del conflicto.
Hasta ahora, las autoridades israelíes han concedido en tres ocasiones al patriarca Pizzaballa permiso para viajar a Gaza, que permanece herméticamente aislada del resto del mundo. Durante su primera y dramática visita, realizada en mayo de 2024, pudo comprobar personalmente la devastación y las trágicas condiciones en que se encontraba la parroquia. Regresó de nuevo a Gaza en julio de 2025, después de que un tanque israelí disparara contra la iglesia latina, causando la muerte de tres personas e hiriendo a varias más. Finalmente, en diciembre de 2025, tras alcanzarse un frágil alto el fuego, logró entrar una vez más en Gaza para celebrar allí la Navidad. Cada una de estas visitas aumentó su conciencia de la magnitud de la destrucción y del sufrimiento de quienes habían logrado sobrevivir.
Pizzaballa se pregunta si él mismo y la Iglesia han tenido siempre el valor de denunciar abiertamente lo que han visto. En sus propias palabras: «Nuestra Iglesia ha hecho oír su voz, tratando de pronunciar una palabra de verdad – honesta, clara, con parresia – incluso en medio de este caos, a menudo a costa de ser malinterpretados. Pero, me pregunto, ¿ha sido suficiente? ¿O es que, en este período tan duro, hemos privilegiado en ocasiones la prudencia y hemos buscado la supervivencia institucional, sacrificando nuestro testimonio profético?».
Frente a tanto odio, Pizzaballa centra su carta pastoral en la manera en que los cristianos deberían vivir este conflicto. Escribe: «¿Cómo estar como cristianos, en cuanto asamblea eclesial, dentro de esta situación de conflicto – político, militar, espiritual – que sabemos que durará aún muchos años? Este conflicto es ya parte integrante de la vida eclesial, de la existencia ordinaria de cada uno de nosotros». Y continúa: «No es, por tanto, un momento que superar, sino el lugar en el que nuestra Iglesia está llamada a poner en marcha su misión específica de comunidad de creyentes en Cristo. […] Nuestro ser cristianos debe convertirse en testimonio de un modo particular de vivir, incluso dentro de la contienda, y debe hallar una expresión visible y reconocible en lo que decimos y hacemos».
Consciente de que no se trata simplemente de un conflicto local, sitúa su reflexión en un contexto global. El conflicto local «es el síntoma de una crisis mucho más profunda, de un cambio de paradigma a escala mundial. Durante décadas, la comunidad internacional, y en particular el mundo occidental, ha creído en un orden internacional basado en normas, tratados y multilateralismo. No sin un velo de hipocresía, declaraba que el derecho internacional, los Convenios de Ginebra y las resoluciones de la ONU eran instrumentos imperfectos, pero necesarios para regular la convivencia entre los pueblos y proteger a los más débiles de la ley del más fuerte». Además, observa: «Estamos asistiendo al resurgimiento del uso de la fuerza como instrumento considerado decisivo para la resolución de los conflictos, donde esta se reduce, casi exclusivamente, a su forma violenta y militar, en detrimento de cualquier otra posibilidad basada en el derecho, el diálogo y la responsabilidad hacia la población civil».
Hablando desde Jerusalén, el Patriarca se hace eco de la insistencia de los Pontífices que han denunciado con fuerza las guerras: «La guerra se ha convertido en objeto de un culto idólatra: ya no nos sentamos a la mesa para evitar los conflictos a toda costa, sino que los tenemos muy presentes como un escenario posible o, incluso, inevitable. Los civiles ya no se consideran víctimas colaterales, sino que se convierten en daños que imputar a la falta de rendición del enemigo o en instrumentos funcionales para alcanzar el propio objetivo. La guerra actúa como un fin en sí misma. Algunas potencias mundiales, que en su día se presentaban como garantes del orden internacional, revelan hoy un rostro diferente: eligen de qué lado estar no en función de la justicia, sino en función de sus propios intereses estratégicos y económicos. Gran parte de las instituciones – civiles, políticas, religiosas – terminan así por quedarse como espectadoras silenciosas e impotentes ante el surgimiento de este nuevo desorden mundial».
La primera parte de la carta ofrece un análisis lúcido y sin concesiones de la realidad que el Patriarca ve ante sí. Afirma de manera inequívoca que este no es el tiempo de «discursos edulcorados y abstractos —y, por ello, poco creíbles—». Reconociendo que tanto palestinos como israelíes reivindican la condición de víctimas, subraya que «la experiencia de ser víctima puede ser diferente, dependiendo de las circunstancias en las que uno se encuentre. […] Existe una diferencia entre quien ejerce el poder y quien lo sufre, entre quien gobierna y quien es gobernado, entre quien posee las armas y quien se ve amenazado por ellas, entre quien ocupa y quien es ocupado. Las responsabilidades son diversas. Reconocer esta diferencia es un acto de respeto hacia la justicia y la verdad». Aunque reconoce el sufrimiento de todos, Pizzaballa subraya que el grado de control ejercido sobre la vida de los demás implica distintos niveles de responsabilidad. Aunque israelíes y palestinos compartan el sufrimiento, ello no debería utilizarse para justificar una equivalencia entre los diversos niveles de responsabilidad.
Al delinear un papel específico para los cristianos, el Patriarca insiste: « En esta Tierra, el bien común es sacrificado por todos, aunque de formas diferentes, en aras de los intereses particulares. Parece que cada uno piensa solo en sí mismo, en su propia supervivencia, en su propia seguridad, en una guerra existencial perpetua, en frentes cada vez más distantes. Sin embargo, el lenguaje más poderoso sigue siendo el de la realidad. Y la realidad, mucho más allá de lo que pensamos, sentimos o creemos, nos recuerda que estamos destinados a encontrar formas posibles de convivencia. No hay alternativa. […] Es Dios quien nos ha puesto aquí. Somos nosotros los cristianos, en particular, quienes tenemos un mandato preciso: ser sal y luz allí donde estamos. Y esto significa no renunciar a construir ocasiones de interacción entre las diversas comunidades nacionales y religiosas porque, cuando las palabras ya no bastan, es entonces cuando se necesitan gestos concretos». El Patriarca propone que los cristianos sean defensores del «bien común». En realidad, su permanencia en esa región depende de ello.
Discernir la vocación
La segunda parte de la carta lleva el sugerente título «El sueño de Dios llamado Jerusalén». En ella, Pizzaballa manifiesta su profundo amor por la Ciudad Santa, junto con su pasión por la Sagrada Escritura. Cuando llegó a Jerusalén, se matriculó en estudios bíblicos en la escuela franciscana de la Ciudad Vieja y, posteriormente, gracias a su excelente dominio del hebreo, continuó su formación en la Universidad Hebrea de Jerusalén.
¿De qué manera ilumina la Escritura las realidades del mundo? En los Hechos de los Apóstoles, Santiago, primer responsable de la Iglesia de Jerusalén, ofrece un ejemplo de cómo afrontar las situaciones difíciles a la luz de la palabra de Dios. Después de describir la realidad, recurre a la Escritura para encontrar en ella inspiración y extrae de ella un programa pastoral que impulsa a la Iglesia a actuar (cf. Hch 15,13-21). Al utilizar el verbo griego symphōnéō —traducido por la expresión «en esto concuerdan las palabras de los profetas» (cf. Hch 15,15)—, Santiago pone en relación la realidad con la Escritura, sugiriendo una armonía sinfónica entre la realidad descrita y la Escritura meditada. El actual patriarca de Jerusalén de los latinos sigue al apóstol en esta práctica.
Pizzaballa aplica este modelo en un momento en que políticos e ideólogos inundan los medios de comunicación con sus propias interpretaciones bíblicas, utilizadas con frecuencia para justificar ideologías de conquista y de poder militar. La carta del Patriarca constituye un importante contrapunto. A la luz de la realidad que ha descrito, recurre a la Escritura para buscar en ella una palabra capaz de abrir nuevos horizontes, ofrecer sanación y suscitar esperanza.
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Pizzaballa recurre a los dos últimos capítulos de la Biblia —los capítulos 21 y 22 del Apocalipsis— para encontrar una visión de Jerusalén capaz de inspirar la imaginación: «La visión de la nueva Jerusalén, en definitiva, no constituye una invitación a evadirse de la historia, sino una indicación para caminar dentro de la historia. Es un modelo, un estilo, una referencia real para la comunidad cristiana y para todos aquellos que tienen en el corazón la ciudad terrenal». Y añade: «Para construir la ciudad, para tejer relaciones auténticas entre nosotros y entre nuestras comunidades, hay que partir ante todo de la conciencia de la presencia de Dios, del primado de Dios, de la fe. Dios no debe ser excluido. Jerusalén no es solo una cuestión de fronteras políticas o acuerdos técnicos. Su identidad principal – la característica más importante de la Ciudad y de toda Tierra Santa – es la de ser el lugar de la revelación de Dios, el lugar donde las religiones están en casa».
Esta magnífica visión escatológica de la Jerusalén celestial que desciende del cielo contrasta con la realidad herida y desgarrada de una ciudad devastada. El Patriarca insiste en que el cristiano no ignora las heridas ni procura apartar de ellas la mirada: «Es ahí […] donde podemos verificar la autenticidad de nuestra relación con Dios. Si nuestra mirada hacia Dios no nos abre a la mirada hacia el otro que sufre, entonces no hemos encontrado realmente al Dios que desciende a la ciudad». Plenamente consciente de hasta qué punto una memoria herida puede ser utilizada para aislar a unas comunidades de otras mientras claman victoria, dominio y venganza, escribe: «La violencia nace a menudo de la incapacidad de releer la propia historia de manera redimida. Ocurre cuando la memoria se convierte en una narración cerrada, construida contra el otro y defendida como una posesión exclusiva. […] Se tiende a querer poseer la narración de los acontecimientos, como un territorio que hay que defender, poniendo continuamente en tela de juicio la memoria histórica del otro. Al hacerlo, ya no es una memoria que ayude a mejorar las relaciones, sino que, por el contrario, se convierte en una “memoria tóxica”, que las envenena. Negar la memoria histórica del otro es una forma sutil pero poderosa de exclusión».
En esta reflexión sobre el sueño de Dios para Jerusalén, Pizzaballa insiste en que la ciudad permanezca abierta a todos aquellos que desean vivir en ella. No se trata de un idealismo sin fundamento: «No debemos ser ingenuos. Existen espacios que hay que custodiar, lugares necesarios para que cada comunidad pueda vivir y dar testimonio de su fe. No debemos olvidar que Tierra Santa es también la Tierra de los Lugares Santos, que custodian la memoria y la identidad histórica de los pueblos. Pero las fronteras sirven para preservar la libertad, no para sofocarla. No deben convertirse en barreras infranqueables ni en motivo de exclusión. Es posible convivir respetando los espacios ajenos, teniendo en cuenta la historia de todos y las diferentes sensibilidades». En este sentido, considera que la comunidad internacional tiene un papel importante que desempeñar: «El mundo tiene el derecho y la responsabilidad de interesarse por Jerusalén. No para imponer soluciones desde arriba, faltando al respeto a la soberanía y a la autodeterminación de los pueblos que allí residen, sino para ejercer una presión constante y discreta – diplomática, cultural y espiritual – para que no pueda prevalecer ninguna lógica de exclusión, opresión o posesión exclusiva. La comunidad internacional debería garantizar la misión universal de Jerusalén, recordando a todos que lo que ocurre entre sus murallas concierne al corazón de miles de millones de creyentes y a toda la familia humana».
También la Iglesia tiene un papel importante que desempeñar. Su misión « no es trazar fronteras más estrechas, sino mantener las puertas abiertas, dando testimonio de un amor que nunca se rinde y que llega incluso a quién está lejos, duda o se resiste». Refiriéndose a la comunidad que le ha sido confiada, el Patriarca expresa una esperanza: «La Iglesia de Jerusalén, pequeña y resiliente, se encuentra viviendo aquí y ahora el estilo de la Jerusalén celestial: ser un lugar acogedor, luz pascual que ilumina las tinieblas del rencor; ser una casa de puertas abiertas, instrumento de sanación en el mundo. Este es su sueño, su misión, su don a la humanidad».
Actuar como Iglesia
En la parte final de su carta, Pizzaballa examina las implicaciones pastorales de sus reflexiones: «¿Cómo podemos, como comunidad, vivir aquí y ahora el estilo de la Jerusalén que desciende del cielo? No se trata de aplicar un proyecto abstracto, sino de dejarnos iluminar en nuestro día a día, en la parroquia, en la familia, en las instituciones. Es un camino largo y arduo, pero el único que puede darnos confianza».
Animando a su comunidad a seguir siendo activa en un contexto que tiende a hacerla sentir impotente, exhorta a los cristianos: «No pensemos que nada podemos hacer a causa del conflicto. Las dificultades no deben ser pretexto para detener la caridad o justificar omisiones. Al contrario, es precisamente en estos casos cuando nuestra acción pastoral debe volverse más incisiva: no para actuar como héroes, sino para dejar espacio a la obra de Dios».
Como es propio de la Iglesia, Pizzaballa comienza por afirmar el primado de la liturgia y de la oración. Es en la práctica de la oración donde el cristiano puede encontrar alivio frente a los horrores que lo rodean: «[La oración] es el corazón, el aliento. Es lo que mantiene viva a nuestra comunidad cuando todo lo demás se tambalea». A continuación, al recorrer las diversas expresiones de la vida cristiana —las familias, las escuelas, los hospitales, los ancianos, los jóvenes, el clero, los religiosos y religiosas, así como el diálogo ecuménico e interreligioso—, Pizzaballa procura ofrecer una visión para cada una de ellas, porque los cristianos no buscan únicamente sobrevivir, sino también florecer, aportando una contribución positiva a la sociedad en la que viven. Entre la multitud de instituciones cristianas presentes en toda la diócesis, las escuelas cristianas ocupan un lugar especial. Dirigiéndose a ellas, el Patriarca afirma: «Imaginemos escuelas donde no solo se transmitan nociones, sino donde se eduque a releer la historia con ojos libres de rencor; donde el conflicto no se elimine, sino que se afronte con las herramientas del conocimiento del otro, del diálogo y del respeto; donde la calidad de la enseñanza vaya de la mano de la calidad de las relaciones. Escuelas en las que la oración, el silencio y la escucha ayuden a los jóvenes a leer la realidad sin miedo, y donde maestros y educadores no sean solo transmisores de contenidos, sino testigos de un estilo de vida».
Después de esbozar esta visión activa y positiva de la Iglesia, el Patriarca observa: «No se trata de un optimismo ingenuo ni de una actitud que ignora la dureza de la realidad. La confianza cristiana nace de la fe y es una elección a contracorriente. Es la certeza de que Dios no ha abandonado la historia al caos y permanece cerca de quienes sufren, de quienes son perseguidos, de quienes son rechazados. Es la convicción de que una vida entregada y donada por amor nunca se pierde». Pizzaballa promueve una actitud de apertura que ocupa un lugar central en esta visión eclesial. La Iglesia está llamada a acoger a todos: «Acoger significa mirar al otro – a cualquier otro – no como a un extraño al que hay que tolerar, sino como un don. Significa dejarse interpelar por su diversidad, dejarse enriquecer. Significa salir de la lógica del “nosotros” y “ellos” para entrar en la del único “nosotros” que incluye».
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El Patriarca concluye esta extensa y densa carta pastoral con una oración: «Llevemos en el corazón el sueño de Dios para su ciudad, y dejemos que ese sueño se convierta, paso a paso, día tras día, en nuestra propia vida». Insistiendo en la necesidad de hacer oír la propia voz, se pregunta: «¿Cómo decir una palabra de verdad sin crear nuevas barreras y nuevas víctimas? Es una pregunta que me acompaña cada día, a la que nunca es fácil responder».
En una región que ha conocido un derramamiento de sangre enorme, sus palabras buscan abrir nuevos horizontes, proponiendo nuevas formas de mirarse unos a otros. Cabe esperar que no caigan en el vacío, sino que sean acogidas y meditadas por todos aquellos que anhelan un futuro mejor.
- El texto de la carta puede leerse en el siguiente sitio: https://www.lpj.org/es/news/letter-to-the-diocese ↑
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