En aquel instante Jesús exclamó: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado todo esto a los pequeños y lo has ocultado a los sabios y a los astutos. ¡Sí, Padre, tú lo has querido así! Mi Padre me entregó todas las cosas, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y a quien el Hijo se lo quiera revelar. Vengan a mí todos los cansados y abrumados por cargas, y yo los haré descansar. Tomen sobre ustedes mi yugo, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus vidas, pues mi yugo es suave y mi carga, ligera» (Mt 11,25-30).
En varias ocasiones el Evangelio hace referencia a la oración de Jesús: el Señor oraba con frecuencia, a veces durante jornadas enteras y noches completas (cf. Mc 1,35; Mt 14,23; Lc 6,12, etc.). Pero ¿qué decía en su oración? ¿Cómo se dirigía al Padre? Esto se menciona muy pocas veces. Precisamente, el pasaje del Evangelio de hoy es uno de los pocos en los que se nos transmiten las palabras de su oración: son palabras de alabanza, de acción de gracias, de alegría y de entusiasmo. Y también se nos da la razón: porque el Padre, Señor del cielo y de la tierra, en su benevolencia ha revelado el Evangelio a los pequeños.
Lo que sorprende es el momento concreto que Jesús está viviendo: jamás habríamos imaginado una oración semejante. Su predicación no está dando los frutos esperados; se está revelando un fracaso. En Corazín, Betsaida y Cafarnaúm, donde incluso había realizado milagros (Mt 11,20-24), precisamente los escribas y los fariseos, las personas más preparadas y capacitadas para acoger y comprender su mensaje, lo rechazaron, mientras que los pequeños lo acogieron.
¿Quiénes son estos «pequeños»? Para nosotros, los pequeños son quienes no son «grandes»: los niños, los sencillos, los que no son importantes, los que no cuentan, los ignorantes; en definitiva, los últimos, los pobres. El término griego es todavía más expresivo: nēpios, que designa al niño que aún no puede hablar, a quien todavía no es capaz de defenderse ni de hacerse valer. Y, al mismo tiempo, es alguien dispuesto a escuchar, abierto a la verdad, sin subterfugios ni intereses que proteger. Precisamente a ellos, y no a los sabios, a los inteligentes o a los astutos, el Padre ha revelado lo más valioso que posee: el Evangelio. Y esto fue motivo de alegría y complacencia; un signo de su benevolencia y de su amor hacia nosotros. La alegría del Padre consiste en amar a sus hijos, y la alegría de los hijos consiste en saberse amados por el Padre.
De ahí nace la invitación: «¡Vengan a mí todos!». Precisamente todos; nos espera a todos, sin excluir a nadie. Espera también a quien no lo conoce, a quien no sabe que es amado, a quien quiere huir, a quien se aleja por otros caminos. Y espera igualmente a los cansados, a los fatigados y a los oprimidos. Porque quiere consolarlos, darles paz, descanso, fortaleza y serenidad.
Para los judíos, el «yugo» representaba el peso de la Ley, la dificultad de observarla íntegramente: ¿quién podía lograrlo? Jesús promete ayudarnos. En efecto, la Ley indica lo que debe cumplirse, pero no nos da la fuerza para realizarlo. El Señor retoma la imagen del yugo para presentarla de un modo nuevo: en sí mismo, el «yugo» es la pieza de madera que se coloca sobre el cuello de dos bueyes para tirar de un carro. El yugo de Jesús es la ley del amor, una carga que se hace ligera porque Él está con nosotros en nuestro esfuerzo: entre dos se lleva mejor, y en Él se encuentra descanso, paz y apoyo para la propia vida. A la ética de la Ley sucede la ética del amor; a las normas y prohibiciones sucede la ética de la libertad y del servicio.
La primera lectura prepara el Evangelio. El profeta Zacarías anuncia a Jerusalén la llegada de un rey justo, victorioso y humilde: viene sobre un asno, animal pacífico y trabajador, y no sobre un caballo, considerado entonces un poderoso animal de guerra. El rey que viene no es un Mesías guerrero, sino un Señor humilde y manso, que trae la paz para todos (Zac 9,9-10).
León XIV: «La guerra nunca es digna del hombre, y nunca será bendecida por Dios»


