Biblia

Los trabajadores de la viña

Parábola de la viña, Codex Aureus Epternacensis.

El Reino de los cielos se parece a un propietario que salió muy de mañana a contratar trabajadores para su viña. Acordó con ellos el pago de un denario por día y los mandó a su viña. A media mañana salió y vio a otros, también desocupados, que estaban en la plaza, y les dijo: «Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo que sea justo». Ellos fueron. De nuevo salió alrededor del mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió y encontró a otros que estaban allí, y les preguntó: «¿Por qué han estado aquí desocupados todo el día?» Le respondieron: «¡Porque nadie nos ha contratado!» Él les dijo: «Vayan también ustedes a la viña». Cuando cayó la tarde, el propietario de la viña dijo a su administrador: «Llama a los trabajadores y págales su jornal, empezando por los últimos, hasta llegar a los primeros». Vinieron los que llegaron al caer la tarde y recibieron un denario cada uno. Luego vinieron los que llegaron primero y pensaron que recibirían más, pero recibieron también un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el propietario, y le reprochaban: «Estos últimos trabajaron una hora y les pagaste igual que a nosotros, que soportamos el peso y el calor de la jornada». Él le respondió a uno de ellos: «Amigo, no he sido injusto contigo. ¿No acordamos que te pagaría un denario? Toma lo tuyo y vete. Yo quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿Acaso no me está permitido hacer con mis bienes lo que quiero? ¿O miras con malos ojos que yo sea bueno?» (Mt 20,1-15).

Qué extraño este propietario que no sabe hacer cuentas: debería saber bien desde el amanecer cuántos brazos necesita. En cambio, lo vemos entrar y salir, y no una o dos veces, sino tres, e interpelar no a algunos, no a los mejores, sino a todos los que encuentra en su camino: «Vio a otros que estaban en la plaza» (20,6). Estamos al final de la jornada laboral, apenas quedan unas horas de luz. Pero él no hace cuentas, ya lo hemos visto, no se hace preguntas sobre la eficiencia, no se inquieta ante una respuesta ambigua: «Nadie nos ha contratado» (20,7). ¿Sabrán trabajar? ¿Serán honrados? ¿Tendrán algo que ocultar? No le preocupa: «Vayan también ustedes a trabajar a mi viña» (20,7).

¿Qué puede haber de más absurdo, de más antieconómico? A los ojos de un administrador sensato, este comportamiento es inconcebible, pero aún más lo es el contenido de la remuneración. Para el dueño se trata de una elección declarada de manera casi provocadora: ¿qué le impediría evitar las protestas? Bastaría con pagar a los primeros que llegaron y despedirlos, para luego pasar a los demás, como sería natural. En cambio, también aquí encontramos un vuelco completamente insólito: la bondad quiere ser participada, comunicada, compartida. Este es el núcleo de la parábola: la bondad de Dios se dirige a cada ser humano, sin cálculos, sin restricciones, sin exclusiones de ningún tipo. La bondad del Señor no es un asunto privado: quiere ser participada, acogida, compartida. Esta es su justicia: querer que todos participemos de su justicia, que está fuera de toda lógica retributiva porque es la lógica del amor misericordioso, la misma del padre que acoge al hijo que regresa del trabajo (cf. Lc 15, 28-32).

Liberémonos, entonces, de cualquier precomprensión engañosa: el discurso de Jesús no se refiere a la correcta relación entre empleador y trabajador, no aborda —diríamos hoy— cuestiones sindicales; sus palabras nos cuentan una vez más la historia de amor de Dios por el ser humano, por cada ser humano. Y entonces volvamos a leer la parábola y dejémonos atravesar por cada gesto, por cada palabra: porque en el dueño que sale una y otra vez, es el Señor quien llama a nuestra puerta, sin cansancio, sin cálculos, sin impaciencia y que, ante nuestra respuesta, incluso ante la más tardía, nos da con toda su grandeza insondable una retribución de amor que quiere ser participada, compartida. Dios me ama y me pide que ame en él, con su mismo amor, a todos los seres humanos. Este es el misterio de su justicia.

Un discurso difícil de aceptar para los contemporáneos de Jesús, seguros en el privilegio de su elección exclusiva, pero difícil también para nosotros cuando, atrapados en la lógica humillante de los siervos, que se vigilan unos a otros para que nadie tenga más que los demás, no logramos acoger la invitación del Padre, que quiere que seamos hijos, administradores con él y en él de un patrimonio de amor que es tanto más rico y gozoso cuanto más se comparte y se participa.

El papa León XIV: «El perdón es indispensable, sin él no se puede vivir en paz: tarde o temprano, en el corazón y entre las personas, surgen conflictos, acusaciones, rencores y venganzas que destruyen las relaciones, dividen a las familias y desencadenan guerras»[1].

  1. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/angelus/2026/documents/20260913-angelus.html

Giancarlo Pani
Es un jesuita italiano. Entre 1979 y 2013 fue profesor de Historia del Cristianismo de la Facultad de Letras y Filosofía de la Universidad de La Sapienza, Roma. Obtuvo su láurea en 1971 en letras modernas, y luego se especializó en la Hochschule Sankt Georgen di Ffm con una tesis sobre el comentario a la Epístola a los Romanos de Martín Lutero. Entre 2015 y 2020 fue subdirector de La Civiltà Cattolica y ahora es escritor emérito.

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