Del 25 al 28 de septiembre de 2026, el papa León XIV viajó a Francia en su quinto viaje apostólico, con etapas en París, Saint-Denis, Lourdes y Metz, y visitó la sede de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco). El logotipo del viaje representaba una vidriera circular, símbolo de la comunión y la unidad en la Iglesia, con un arco apuntado y la Cruz en el centro. En el corazón de la composición, una paloma evocaba al Espíritu Santo y el deseo de paz para toda la humanidad. En sintonía con el logotipo, el lema «Para que el mundo tenga vida» (cf. Jn 6,51) expresaba la actitud con la que la Iglesia en Francia quería acoger al Pontífice: la alegría, la apertura y el deseo de dar testimonio ante todos de la vida que viene de Dios.
En los comentarios previos al viaje, la pregunta principal era qué diría el Papa en un país que se acerca a los 69 millones de habitantes[1], de los cuales apenas un 25 % se declara católico y alrededor de un 2 % asiste a la misa dominical. Se trata, por tanto, de un país fuertemente secularizado, caracterizado por un laicismo declarado, donde disminuye el número de sacerdotes y religiosos, el número total de bautismos lleva años descendiendo y crecen el islam y el protestantismo evangélico[2]. En efecto, aunque el catolicismo sigue siendo la religión con mayor número de fieles en Francia, los datos ya no corresponden a los de una comunidad cristiana históricamente llamada «hija primogénita de la Iglesia». Todo ello, pese al dato positivo y prometedor del aumento, en los últimos años, del número de bautismos de jóvenes adultos, que ha contribuido a cierto rejuvenecimiento de las asambleas litúrgicas dominicales y a una presencia católica más viva en el espacio público[3].
El viaje apostólico coincidió, además, con la proximidad de las elecciones presidenciales de 2027 y con la reciente aprobación de la ley sobre el final de la vida, que ha suscitado reacciones críticas por parte de la Iglesia. No hay que olvidar tampoco la constitucionalización del «derecho» al aborto en 2024 y la inmigración, un asunto sobre el que León XIV se ha pronunciado en repetidas ocasiones —por ejemplo, en España y en Lampedusa— y que ocupa constantemente un lugar destacado en la sociedad francesa y en el debate político del país[4]. El Papa abordó esta realidad compleja y diversa con la sabiduría y la empatía de un pastor en medio de su rebaño: un pastor que dialogó con las autoridades, oró y celebró la fe, y anunció el Evangelio a través de sus quince intervenciones, entre discursos, homilías y saludos. Por su parte, la Iglesia en Francia se sintió alentada a comprometerse con renovado impulso en su misión evangelizadora.
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Que Francia siga siendo «un incansable artífice de la paz y del multilateralismo»
El avión de ITA Airways que transportaba a León XIV, a su séquito y a más de 80 periodistas partió del aeropuerto de Roma-Fiumicino rumbo a París la mañana del 25 de septiembre de 2026. Tras unas dos horas de vuelo, a su llegada al aeropuerto de París-Orly, el Pontífice fue recibido por el presidente de la República, Emmanuel Macron, acompañado de su esposa, Brigitte, y recibió los honores de un destacamento militar. A continuación, se dirigió al Palacio del Elíseo, sede de la Presidencia de la República, para realizar la visita de cortesía al jefe del Estado. También en el Palacio del Elíseo tuvo lugar el encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático.
En su saludo de bienvenida, el presidente Macron recordó el vínculo histórico del cristianismo con Francia y destacó cómo se había honrado esa herencia mediante el empeño con que se reconstruyó la catedral de Notre-Dame tras el «terrible incendio» de 2019 y se la «devolvió no solo a los católicos, sino a todos los franceses y, más aún, al mundo entero». A continuación, aseguró que la laicidad francesa no significa negar la religión, sino que implica el deber de la República de garantizar a cada persona la libertad de «pensar y expresar su propio punto de vista en todos los ámbitos de su existencia, de creer o no creer, tanto en la intimidad como en la esfera pública, con respeto a las leyes». Entre los ámbitos de interés común, el presidente francés quiso destacar después que la paz constituye el horizonte en el que Francia y la Santa Sede trabajan juntas[5].
León XIV intervino inmediatamente después[6]. En primer lugar, reconoció las aportaciones de Francia en el ámbito cultural y en numerosos campos del saber, así como la maestría francesa, «sinónimo de excelencia en numerosos ámbitos». Estas capacidades —afirmó el Papa— se pusieron de manifiesto «en la vasta obra de restauración de la catedral de Notre-Dame de París», una empresa de enorme envergadura por la que el Pontífice quiso expresar su admiración y gratitud: al presidente francés, por su «especial atención», y a «todos los artesanos y gremios que se comprometieron con este proyecto», haciendo posible que recuperáramos aquello que «se creía destruido para siempre».
Partiendo de la referencia a las «profundas raíces cristianas» de Francia, León XIV recorrió las grandes etapas de la historia francesa, deteniéndose en el lema nacional «Libertad, igualdad y fraternidad» y llegando hasta la Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamada en París en 1948. Tampoco faltaron las referencias al compromiso de la Iglesia católica en Francia en favor de los más necesitados, así como a su labor en el ámbito educativo. El Papa abordó después temas de actualidad como la inteligencia artificial, los desafíos de la ciencia y la tecnología y el respeto a la vida, afirmando: «A veces constato con preocupación ciertas derivas de las sociedades actuales que corren el riesgo de convertir la ciencia y la tecnología en empresas lucrativas que favorezcan las manipulaciones genéticas, la gestación subrogada, la compra de órganos o la oferta de una muerte programada».
En cuanto al compromiso social y político de los cristianos, León XIV aclaró que constituye una expresión de una sana laicidad que «no excluye la dimensión religiosa, sino que, por el contrario, sabe atesorarla como un recurso educativo». Es decir, «El cristiano que participa en la vida pública y actúa según la luz de su conciencia iluminada por la fe no puede ser considerado un proselitista ni una amenaza para la unidad de la patria». Por ello —prosiguió—, «una justa laicidad no consiste en excluir a la religión del espacio público o de la educación, sino en trabajar para que el Estado y las instituciones religiosas dialoguen entre sí y unan sus fuerzas al servicio de lo verdadero, lo bueno y lo bello».
El Papa pidió entonces a Francia que siga siendo «un incansable artífice de la paz y del multilateralismo» y, por último, retomó el lema francés, afirmando: «Que su libertad crezca sin cesar en la búsqueda del bien común. Que su fraternidad abrace a toda la humanidad. Y que la igualdad a la que aspiran se establezca siempre sobre los cimientos de la justicia y de la caridad, sin suprimir las diferencias entre las personas, sino haciéndolas fructificar armoniosamente en beneficio de toda la sociedad». Al concluir el encuentro, el Pontífice se dirigió a la Nunciatura Apostólica, donde se alojó durante su estancia en París.
«Nuestra humanidad es desde el primer momento un don y una prueba, una promesa y una responsabilidad»
La tarde del primer día en Francia, León XIV se dirigió a la sede de la Unesco, donde fue recibido por el director general, el egipcio Khaled Ahmed El-Enany Ali Ezz, por el observador permanente de la Santa Sede ante la Organización, monseñor Roberto Campisi, y, con un entusiasmo quizá inesperado, por numerosos miembros del personal. Tras escuchar las palabras de bienvenida del director general, León XIV, en su intervención ante los representantes de los 194 Estados miembros y los observadores, reconoció a la Unesco como «un interlocutor privilegiado al servicio del bien común» y un «lugar donde la humanidad reflexiona sobre sí misma, sobre su historia y sobre su futuro». A continuación, se preguntó «¿qué significa ser humano?» y afirmó que, «desde el principio, nuestra humanidad es un don y una prueba, una promesa y una responsabilidad, […] una comunión de vida que tiene su origen, y su primer entorno educativo, en la familia».
Al referirse a la situación de la humanidad en nuestros días, el Papa definió la guerra como «la más terrible de las “obras humanas”», «porque en ella la propia ciencia queda puesta al servicio de una voluntad inhumana de destruir y de matar». En particular, en lo que respecta a las nuevas tecnologías, insistió en que deben permanecer «al servicio de la persona humana, en lugar de convertirse en un instrumento más de dominación e injusticia». También invitó a reflexionar sobre la fragilidad y «la inmensa dignidad de cada persona humana, una dignidad que permanece intacta en las circunstancias de mayor vulnerabilidad, incluso hasta la muerte», y que exige «un cuidado amoroso en cada etapa de la vida».
León XIV pidió asimismo a los miembros de la Unesco «prestar especial atención a la protección de los niños y los jóvenes», para que, en la era digital, su vulnerabilidad nunca se convierta en una ocasión de explotación. Las nuevas tecnologías —observó— deben «apoyar su crecimiento, su educación y sus relaciones, salvaguardando su libertad de pensar y discernir, y permaneciendo siempre al servicio de la dignidad de la persona humana». Por último, al constatar los sentimientos encontrados con los que el mundo contempla hoy las instituciones internacionales y su «crisis de eficacia», el Papa invitó a sus interlocutores a promover la confianza y la esperanza precisamente en los ámbitos de actuación de la Unesco: el diálogo entre las culturas, la educación como «uninstrumento que permite superar los temores recíprocos» y la ciencia puesta al servicio de la vida de cada ser humano.
«Esta catedral ha renacido para que ustedes puedan renacer con ella»
Al término de la visita a la sede de la Unesco, León XIV subió por primera vez al papamóvil para recorrer los aproximadamente cinco kilómetros que lo separaban de la catedral de Notre-Dame. A lo largo de las calles, una multitud estimada en unas 300.000 personas lo saludó con alegría, como poniendo de manifiesto el paso de la parte más oficial del programa de la jornada a otra de carácter más directamente pastoral.
Notre-Dame reabrió sus puertas el 7 de diciembre de 2024 y volvió a resplandecer en toda su belleza tras las importantes obras de restauración llevadas a cabo a raíz del incendio del 15 de abril de 2019. A su entrada en la catedral, el Papa fue recibido por el arzobispo de París, monseñor Laurent Ulrich, y, después de detenerse en la capilla del Santísimo y venerar la reliquia de la corona de espinas, se dirigió al altar para celebrar las vísperas con los obispos, sacerdotes, diáconos, personas consagradas y seminaristas.
Durante la homilía, León XIV se detuvo en el significado de la reconstrucción de la catedral parisina, felicitándose por los criterios que habían guiado las decisiones adoptadas y afirmando: «En este contexto, la Iglesia ha entendido su misión no únicamente en términos de conservación, sino también de creatividad, haciendo vivir la tradición con la audacia de quienes tienen fe y miran hacia la Esperanza». Precisamente en este sentido, el Papa explicó que «la comunidad cristiana no constituye un refugio en el que replegarse para protegerse de su época. Al contrario, se ofrece, como las antiguas catedrales, como un espacio de acogida, respeto, revelación y sentido para todos».
En un lugar de culto por excelencia, las palabras del Pontífice no dejaron de hacer referencia a la liturgia y a su dimensión evangelizadora: «La noble sencillez del canto, de la palabra y del gesto litúrgico puede representar para muchos un destello de esperanza, un oasis de paz en una sociedad híper-conectada y ruidosa». De este modo —prosiguió el Papa—, nos hacemos contemporáneos de Cristo y de su «vida enteramente entregada al Padre por el mundo». León XIV se refirió entonces a la liturgia como un «reflejo de la vida» y el «don más grande que podemos compartir», por lo que pidió a todos que antepusieran a las «sensibilidades personales» la «comunión con el sucesor de Pedro y con la Iglesia», para así poder «cultivar la unidad del pueblo de Dios». Por último, dirigió una apremiante invitación a la misión: «Esta catedral ha renacido para que ustedes puedan renacer con ella en un nuevo impulso de santidad y de misión cotidiana».
«¡Ustedes son los santos de Francia!»
Por la tarde, León XIV se dirigió al Stade de France, situado en el municipio de Saint-Denis, a unos 10 km del centro de París, para participar en la vigilia con 80.000 jóvenes llegados de toda Francia. Tras las palabras de bienvenida del obispo de Saint-Denis, monseñor Étienne Guillet, y las breves intervenciones de una delegación de jóvenes, el estadio acogió un espectáculo sobre la historia del cristianismo en Francia, centrado en el testimonio de sus numerosos santos. Esta mirada al pasado no fue un recuerdo nostálgico, pues, en cuanto el Papa tomó la palabra para responder a las preguntas de dos jóvenes, se dirigió directamente al presente y al futuro, afirmando espontáneamente y con claridad: «¡Ustedes son los santos de Francia!». Los aplausos entusiastas que siguieron mostraron que el mensaje había sido comprendido y acogido.
En sus respuestas a los jóvenes, León XIV se mostró consciente del entorno en el que viven. Reconoció que la sociedad parece indiferente a Dios, pero añadió: «Que muchos sean ajenos a la cuestión de Dios es, en efecto, un problema; pero lo es igualmente que muchos sean ajenos a la cuestión del hombre». A continuación, apeló a la convivencia fraterna que promueve el mensaje cristiano, «porque invita libremente a cada persona a escuchar una noticia de paz y salvación». Ante la ansiedad y la incertidumbre que obstaculizan el entusiasmo, el Papa destacó entonces que «no hay fracaso del que Dios no pueda levantarnos», y pidió a todos a «mantener el corazón abierto» ante el sufrimiento ajeno y se comprometieran con el servicio.
Al dirigirse a tantos jóvenes, León XIV no dejó de hacer referencia a la búsqueda de la propia vocación, afirmando: «el Señor no les habla de manera confusa, sino que se dirige a cada uno por su nombre y los invita a seguirlo porque los ama». Se trata —prosiguió— de una llamada al servicio, de una respuesta al amor recibido. En particular, el Pontífice dirigió palabras de aliento a quienes «creen escuchar la llamada a seguir a Jesús en el camino del sacerdocio o de la vida consagrada»: «Queridos amigos —dijo—, ¡no tengan miedo de esta llamada!».
La vigilia prosiguió con un tiempo de oración y recogimiento ante la Cruz y la Santa Túnica de Argenteuil, venerada por la tradición como la vestidura que llevaba Jesús durante la Pasión. Con este momento de profunda interioridad concluyó un encuentro en el que fueron muy visibles la participación y la emoción, no solo de los jóvenes, sino también del propio Papa.
«No se guarden la fe en Jesucristo solo para ustedes»
El 26 de septiembre, segundo día del viaje papal, comenzó con la visita a la Maison Bakhita, un centro de la archidiócesis de París dedicado a la integración social de los migrantes. León XIV escuchó los testimonios de personas que reciben acompañamiento en él y quiso expresar el sentido más profundo de la labor del centro con estas palabras: «El Cristo pobre y crucificado se deja encontrar y amar a través de estos hombres y mujeres que nos invitan a salir de nosotros mismos y a practicar la caridad». A continuación, dio las gracias a las personas que trabajan en instituciones similares en toda Francia y les dirigió unas palabras de aliento: «Sigan dando testimonio de esta atención mutua que, a través de la acogida fraterna, los procesos de formación y el diálogo con la ciudad, eleva el espíritu y humaniza el mundo».
El segundo momento de la mañana tuvo lugar en el Institut Catholique de Paris, un importante centro universitario fundado en 1875 que cuenta hoy con 11.000 estudiantes. Tras un momento de recogimiento en la iglesia, donde se habían reunido profesores y estudiantes, el Papa se dirigió al auditorio Georges Bernanos para encontrarse con los miembros de la Asamblea Sinodal Provincial, los catecúmenos y los neófitos. La ocasión permitió reflexionar sobre el creciente número de jóvenes adultos que solicitan la iniciación cristiana y sobre cómo acogerlos. Precisamente a esta reflexión está dedicada la Asamblea Sinodal Provincial, cuyo Instrumentum laboris fue entregado a León XIV.
El Papa escuchó los testimonios de un catecúmeno, una neófita y una acompañante de catecúmenos. A continuación, tomó la palabra y expresó, ante todo, su gratitud «por la imprevisible obra de Dios», al tiempo que confesó estar también él mismo «maravillado por el número de personas que hoy se acercan al umbral de la fe y los numerosos adultos que piden recibir los sacramentos de la iniciación cristiana». Reconociendo que se trata de «una oportunidad y una misión», invitó a adoptar «el estilo propio de Dios, hecho de cercanía, compasión y ternura» en la acogida y en el cuidado «de los catecúmenos, de los neófitos y de quienes recomienzan su camino».
A estas personas hay que ofrecerles un «acompañamiento sólido y a lo largo del tiempo», una plena integración en las comunidades después del bautismo y una formación integral que abarque los distintos aspectos de la vida cristiana y favorezca «la unidad entre su fe y su vida». En el itinerario formativo, subrayó también el Pontífice, debe prestarse la debida atención a la liturgia, porque sus ritmos, lenguajes y ritos son «parte integrante del propio camino de conversión y de preparación a los sacramentos». Por último, León XIV pidió a sus interlocutores que asuman «el estilo del “caminar juntos”», porque en los «senderos de la fe cristiana nos enriquecemos mutuamente y crecemos juntos: sacerdotes y laicos, padrinos y catecúmenos, agentes pastorales y neófitos».
Por la tarde, tuvo lugar en la Place de la Concorde la celebración eucarística con la que concluyó la etapa parisina del viaje apostólico del Papa. En esta enorme plaza y a lo largo de los Champs-Élysées, hasta el Arco del Triunfo, una multitud de entre 700.000 y 800.000 personas participó en la celebración. Antes de llegar al altar, León XIV recorrió este trayecto de 2,4 km a bordo del papamóvil, sintiendo de cerca el cariño y el entusiasmo de los fieles.
Durante la homilía, el Pontífice se dirigió a los presentes, exhortándolos: «Aspiren a redescubrir un horizonte luminoso, a construir una nación renovada a partir de sus raíces, regadas por la fe. No guarden esta fe en Jesucristo solo para ustedes, más bien dejen que se desborde para saciar y colmar a las personas con las que se encuentran». A continuación, evocando a los santos que han marcado la historia de Francia, reconoció: «Aún hoy, son muy numerosos en nuestra sociedad, en nuestras parroquias y en nuestras diversas actividades quienes continúan comprometiéndose a favor de la vida, la familia, la verdad, la paz, la fraternidad y la justicia». Después, quiso alentar a las familias, los jóvenes, los catecúmenos y los neófitos, invitándolos a difundir la «civilización del amor».
Al término de la celebración, el Papa se dirigió al aeropuerto de París-Orly y, a bordo de un avión de Air France, rebautizado para la ocasión como Cité du Vatican, partió rumbo a Lourdes[7].
«Peregrino entre los peregrinos»
Tras una hora y veinte minutos de vuelo, el avión papal aterrizó en el aeropuerto de Tarbes-Lourdes-Pyrénées. Luego de las palabras de bienvenida de algunas autoridades locales, León XIV se dirigió a Lourdes, donde fue recibido por monseñor Jean-Marc Micas, obispo de Tarbes y Lourdes, en la Gruta de las Apariciones de Massabielle, cerca del río Gave de Pau. Allí tuvieron lugar, en 1858, las apariciones de la Virgen María a santa Bernardita Soubirous.
En la Gruta, después de un momento de oración silenciosa, el Papa realizó los gestos tradicionales de los peregrinos: tocar la roca, beber un vaso de agua de la fuente y depositar un cirio en el candelabro. A continuación, pronunció una oración en la que pidió para Francia «concordia fraterna», atención a los más pobres y «gobernantes sabios y generosos», «decididos a servir al bien común». Para las familias cristianas, el Pontífice pidió fe y fervor, una apertura generosa a la vida y el surgimiento, en su seno, de vocaciones, «especialmente sacerdotales y religiosas». También rezó por las «personas enfermas y que sufren» y por «todos los que las acompañan». Al término de este momento de recogimiento, tras la entrega de la Rosa de Oro y la bendición final, León XIV se dirigió a la Casa Episcopal, donde se alojó durante su estancia en Lourdes.
A la mañana siguiente, el 27 de septiembre, en el hemiciclo Sainte-Bernardette, tuvo lugar el encuentro del Papa con los obispos de la Conferencia Episcopal de Francia. El cardenal Jean-Marc Aveline, arzobispo de Marsella y presidente de la Conferencia, pronunció las palabras de bienvenida; a continuación, intervino León XIV. En su discurso, el Papa se refirió a la importancia de la devoción a María en la historia de la Iglesia en Francia y exhortó a los obispos «a dar muestras de valentía, audacia y creatividad misionera», sin cansarse nunca de anunciar el Evangelio. En referencia a la presencia de la Iglesia en la sociedad, el Papa prosiguió afirmando que esta tiene pleno derecho a que su voz esté presente «en el debate público en Francia». León XIV felicitó entonces a los obispos por su determinación y valentía «durante los recientes debates sobre el final de la vida» y los exhortó «a perseverar, junto con todas las personas de buena voluntad que defienden los mismos valores».
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En las palabras del Papa a los obispos tampoco faltaron las referencias al «régimen de laicidad muy particular» y la invitación «a mantenerse vigilantes para defender la libertad y los derechos de la Iglesia a evangelizar, a educar en la verdadera libertad y a practicar públicamente el culto». Entre los desafíos a los que se enfrenta la Iglesia en el país, León XIV destacó especialmente la educación, reiterando que, sin excluir a nadie, la enseñanza católica tiene derecho a contar con un proyecto educativo propio que tenga a Cristo en el centro. También fue importante la referencia a «la dolorosa lacra de los abusos a menores cometidos por miembros del clero o en el contexto eclesial». A este respecto, el Papa agradeció a los obispos la labor realizada y los animó a «continuar por el camino emprendido, manteniendo la máxima vigilancia». Entre los desafíos que hay que afrontar, se refirió asimismo al «descenso de las vocaciones a la vida consagrada, en particular a la vida contemplativa», y al acompañamiento de las familias para que profundicen en su vida de fe.
La preocupación por la unidad marcó la parte final del discurso del Papa: no una «simple uniformidad», sino la convergencia «en una profesión de fe común, mediante la obediencia a los pastores legítimos y, en particular, al Sucesor de Pedro». Se trata, por tanto, de «una unidad dinámica que se nutre de la Tradición de la Iglesia —desde los Padres hasta el Concilio Vaticano II— y del Magisterio posconciliar». El deseo expresado a los obispos franceses volvió a ser de carácter misionero: que el pueblo de Dios pueda proseguir «con fervor su misión de anunciar y hacer amar a Jesucristo, para que el mundo tenga vida».
La mañana concluyó con la celebración eucarística en el entorno verde de la Prairie del Santuario de Lourdes, con la participación de unos 150.000 fieles. Durante la homilía, León XIV retomó la invitación de la Virgen María a santa Bernardita, «una llamada a la conversión, a la vez tierna y apremiante», dirigida tanto a cada persona como a la propia Iglesia. Esta —dijo el Papa— «debe, ante todo, tener el valor de vivir esta conversión. Para sanar las profundas heridas, las infidelidades y los dolorosos extravíos cometidos en su seno».
Al proseguir su reflexión, el Pontífice manifestó una especial atención hacia los enfermos y los ancianos, con palabras que interpelaban acerca del respeto a la vida en toda circunstancia: «Frente a las corrientes actuales que pretenden redefinir el valor de la vida humana ante la enfermedad, el sufrimiento o la vejez, la Gruta de Massabielle se erige como un santuario de la esperanza cristiana». Un santuario donde « no se rechaza ninguna fragilidad», sino que, por el contrario, es respetada, acogida y transfigurada «por el amor infinito de Dios», al igual que la propia vida, que es sagrada por ser un «don precioso de Dios». Al término de la homilía, una nueva invitación a la misión: «[Desde Lourdes] se marcharán como misioneros de la esperanza. Ese es el milagro de este lugar: suscitar la alegría de la esperanza en medio de la prueba y el dolor».
En Lourdes, «la fragilidad no se esconde»
Por la tarde, León XIV visitó el Accueil Notre-Dame, una estructura que acoge a peregrinos enfermos o ancianos, donde se reunió con el personal y las personas atendidas. Precisamente durante este encuentro con los enfermos, en Lourdes, donde —como señaló— «la fragilidad no se esconde», el Pontífice quiso compartir sus reflexiones más sentidas sobre la dignidad de toda persona, «por el mero hecho de existir y de tener como fin la eternidad». Por eso —reafirmó con voz firme—, «es precisamente en nombre de esta dignidad inalienable de la persona humana debe rechazarse firmemente la tentación de quitar la vida con el pretexto de una falsa compasión». Y añadió, sin vacilar: «Lo que es legal no es necesariamente moral». A continuación, dirigiéndose directamente a los profesionales sanitarios, León XIV les pidió «recordar el significado más profundo de su vocación: hacerse cargo de una persona que sufre, y no eliminarla». Al término de su intervención, dedicó nuevamente unas palabras de aliento directamente a los enfermos: «Ustedes no son un peso, son el corazón palpitante de nuestra humanidad y un tesoro precioso para la Iglesia».
Tras una breve visita al Carmelo de Lourdes, el Papa regresó a la Casa Episcopal, donde se reunió con siete personas víctimas de abusos por parte de miembros del clero y de la Iglesia de Francia. Conversó con cada una de ellas y escuchó sus historias y el sufrimiento que habían vivido. Al término del encuentro, se recogió en oración junto a todas ellas y les dirigió unas palabras, agradeciéndoles su doloroso testimonio y reafirmando su compromiso y su deseo de trabajar juntos para que el mal que habían sufrido no vuelva a repetirse en otras personas y para que la comunidad de los fieles sea cada vez más un lugar donde todos puedan encontrar consuelo y sanación.
Por la noche, en el Santuario, el Papa participó, como «peregrino entre los peregrinos», en el rezo del rosario y en la tradicional y conmovedora procesión aux flambeaux (de las antorchas). También en esta ocasión, en el discurso que pronunció, quiso alentar a los enfermos, quienes, al saberse «amados y salvados por Jesús», «son testigos privilegiados de esta transfiguración de la existencia a través de la fe y del amor a Dios y al prójimo».
«En las raíces de Europa por la paz y la unidad»
Concluida en Lourdes la segunda etapa del viaje papal, a primera hora de la mañana del 28 de septiembre, León XIV se dirigió al aeropuerto de Tarbes-Lourdes-Pyrénées, desde donde partió rumbo a Metz, capital del departamento de Mosela. La ciudad, disputada durante mucho tiempo entre Alemania y Francia, se ha convertido en un símbolo de la voluntad de reconciliación entre los pueblos, un compromiso en el que desempeñó un papel protagonista Robert Schuman, uno de los padres de Europa, cuya vida, estrechamente vinculada a Metz, simboliza esta historia de fronteras cambiantes e identidades entrecruzadas.
Tras una hora y cuarenta minutos de vuelo, el avión papal aterrizó en el aeropuerto de Metz-Nancy-Lorraine, donde León XIV fue recibido por el arzobispo de Metz, monseñor Philippe Ballot, y por las autoridades locales. A continuación, el Pontífice se dirigió al Centro de Congresos Robert Schuman, donde se celebraron dos actos: uno dedicado al diálogo interreligioso y otro titulado En las raíces de Europa por la paz y la unidad.
En el primero se leyó el Llamamiento de Metz, en defensa del diálogo y la paz, que posteriormente fue firmado por seis representantes religiosos. En esta ocasión, el Papa evocó a Robert Schuman como «embajador de la unidad en la diversidad» e invitó a entablar un diálogo que exprese con sencillez la propia identidad y, al mismo tiempo, se abra «a la diferencia del otro». Reiteró asimismo que invocar el «invocar el nombre de Dios para legitimar la violencia o la opresión es una profanación de este nombre» y se refirió al discurso religioso como un instrumento para «desarmar los corazones y las palabras». Por último, pidió que «la fecundidad de las tradiciones religiosas», además de «su servicio a la paz y a la fraternidad», se manifieste en «proteger, acompañar y servir a la vida», rodeándola «de cuidados, presencia y ternura, sobre todo en la prueba, hasta el final».
En el acto dedicado a las raíces europeas, tras los saludos del presidente Macron y del cardenal Jean-Marc Aveline, el Papa se inspiró ampliamente en el pensamiento de Schuman para alentar a Europa y a sus responsables a ser fieles a su propia historia. Entre los padres fundadores de la Europa contemporánea, León XIV recordó a Alcide De Gasperi y, remontándose precisamente a las raíces, a san Benito y sus monjes, afirmando que sin ellos «la civilización europea, tal como la conocemos hoy, no existiría». En relación con las migraciones y la llegada a Europa «de tantos hombres y mujeres que huyen de zonas de guerra y persecución, o que buscan una mejora de vida», el Papa pidió «captar el alcance histórico de lo que está sucediendo, es decir, un encuentro sin precedentes entre pueblos y culturas». Luego recordó lo que había dicho en junio pasado durante su visita a las islas Canarias, en España, sobre el respeto de la dignidad humana y el significado amplio del esfuerzo de integración, es decir, la acogida junto con la voluntad «de entrar en el espíritu de la casa» que acoge[8].
En una intervención sobre Europa no podía faltar el tema de la paz, que no debe confundirse —dijo León XIV— «con un irenismo ingenuo», pero evitando, al mismo tiempo, «la ilusión del rearme». Reconociendo que, hoy en día, «las relaciones humanas y entre los estados se vuelven cada vez más bárbaras», el Pontífice pidió a Europa «poner fin a esta espiral gracias al respeto por el otro, que ha sabido cultivar y preservar, pues ha demostrado ampliamente, en los últimos ochenta años, que es posible hacer valer opiniones, reivindicaciones e intereses divergentes, encontrándose en lugar de enfrentarse». León XIV dedicó luego su llamamiento final a los jóvenes, deseando que tengan «el valor de vivir de manera responsable la misión de construir la paz» y exhortándolos a no tener «miedo de formar una familia, de tener hijos, de defender la dignidad de cada persona, desde el primer instante en el vientre de la madre hasta su último aliento».
A primera hora de la tarde, tras una pausa en la Casa episcopal, el Papa se dirigió en papamóvil, entre las constantes muestras de entusiasmo de la multitud a lo largo de las calles, a la catedral de San Esteban para la celebración eucarística. La catedral es una de las obras más majestuosas de la arquitectura gótica francesa, y sus vitrales, que le han valido el sobrenombre de «linterna del Buen Dios», constituyen la mayor obra de vidriería gótica de Europa. En la celebración participaron el presidente Macron, su esposa Brigitte, el gran duque de Luxemburgo, Guillermo V, junto con la gran duquesa Stéphanie y otras autoridades, además de unas 35.000 personas, que se encontraban tanto en el interior de la catedral como en las zonas aledañas.
Durante la homilía, teniendo presente la historia de la ciudad que lo acogía, León XIV dirigió a sus oyentes un enérgico llamamiento a la concordia y la reconciliación, con estas palabras: «Ustedes que son los hijos de esta tierra, lacerada en el pasado por conflictos fratricidas, saben bien que no es verdad que el que comete venganza es más fuerte que el que perdona. No es verdad que el que no cede es más fuerte que el que busca la reconciliación». Y añadió, con dramática actualidad: «Metz y el río Mosela testimonian al mundo entero que la reconciliación es posible sólo cuando se tiene la valentía de romper las cadenas del resentimiento». A propósito de estas palabras del Papa, cabe señalar el valor simbólico del altar de la catedral, realizado en el siglo XXI con bronce obtenido de la fundición de antiguos cañones alemanes[9]. Al término de la misa, León XIV dirigió palabras de agradecimiento a las autoridades civiles y religiosas y a todos los que lo habían acogido en Francia. Luego se dirigió al aeropuerto, donde se despidió del presidente Macron y de las autoridades. A continuación, partió rumbo a Roma en un vuelo especial de Air France y llegó a la capital a primeras horas de la noche.
Dos días después de su regreso a Roma, durante la audiencia general del 30 de septiembre, León XIV repasó las distintas etapas de su viaje a Francia[10]. Expresó su gratitud y recordó momentos especialmente significativos, hablando de «renacimiento»: desde el renacimiento material de la catedral de París hasta el espiritual, del que dan testimonio el aumento de las solicitudes de bautismo por parte de adultos y el entusiasmo y el fervor de los jóvenes.
En su viaje a Francia, el Papa dejó por todas partes un mensaje de aliento e hizo un llamamiento a la misión. En numerosas ocasiones, se erigió en defensor de la dignidad de cada persona, en cualquier circunstancia y «hasta el último aliento». A las personas más vulnerables o heridas quiso transmitirles cercanía y esperanza, como ocurrió de manera especial en Lourdes. Y en Metz se esforzó por promover la reconciliación, al tiempo que recordaba las raíces cristianas de Europa. A los jóvenes les dijo, con alegría y convicción, que son «los santos de Francia», señalándoles un programa de vida.
En su condición de Pastor universal, León XIV ha sembrado mucho y en toda clase de terrenos. Ahora le corresponde a la Iglesia en Francia, como reconoció el cardenal Aveline, asumir la responsabilidad de encontrar la manera de regar lo que se ha sembrado[11]. Y quién sabe si el Papa, con este viaje, no habrá querido responder con un claro «sí» a la pregunta provocadora planteada hace muchos años: La France, pays de mission?[12]
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Cf. World Bank Group, Data France (https://data.worldbank.org/country/france). ↑
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Cf. M. Duhamel, «Entretien avec Guillaume Cuchet, “Mutations du catholicisme français, entre effondrement et réveil de la foi”», en Vatican News (https://tinyurl.com/mttxu8j6), 21 de septiembre de 2026. ↑
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Ibid. ↑
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Cf. F. Euvé, «Le pape en France», en Études, n.º 4340, septiembre de 2026 (www.revue-etudes.com/article/le-pape-en-france/28896). ↑
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El discurso del presidente Macron puede consultarse en www.elysee.fr/front/pdf/elysee-module-27357-fr.pdf. ↑
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Las intervenciones y las imágenes del viaje de León XIV a Francia pueden encontrarse en https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/travels/2026/documents/francia-25-28settembre2026.html. ↑
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El mismo avión de Air France trasladó a León XIV de Lourdes a Metz y de Metz a Roma. ↑
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Cf. J. Buades, «En Canarias, León XIV alzó la voz para humanizar las fronteras», en La Civiltà Cattolica, 11 de septiembre de 2026, https://www.laciviltacattolica.es/2026/09/11/en-canarias-leon-xiv-alzo-la-voz-para-humanizar-las-fronteras/. ↑
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Cf. C. Killé, «Savez-vous comment des canons allemands se sont transformés en autel à la cathédrale?», en Le Républicain Lorrain (https://tinyurl.com/d77aeuc3), 19 de septiembre de 2026. ↑
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Cf. León XIV, Audiencia general, 30 de septiembre de 2026, en https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/audiences/2026/documents/20260930-udienza-generale.html. ↑
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Cf. J.-Ch. Putzolu, «Après la visite du Pape, l’Église de France a le devoir d’en “arroser les semences”», en Vatican News (https://tinyurl.com/374exx2c), 29 de septiembre de 2026. ↑
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Cf. H. Godin – Y. Daniel, La France, pays de mission?, Lyon, Les Éditions de l’Abeille, 1943. ↑
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