No se puede discutir la visión de la técnica por parte de la Iglesia —y más aún desde un enfoque histórico— sin tener en cuenta la manera en que la sociedad en general percibe las técnicas. Solo recientemente la técnica se ha convertido en un tema importante. Sin embargo, no existe humanidad sin técnica y, más específicamente, sin herramientas. Aunque la herramienta ya está muy difundida en el mundo animal, lo que distingue al ser humano es el hecho de que construye herramientas con otras herramientas y que su entorno está caracterizado por la permanencia de numerosos artefactos que constituyen la base de diversas líneas evolutivas. La técnica y sus diferentes expresiones forman, por tanto, parte del ruido de fondo de las civilizaciones, por lo que no atraen demasiada atención. Sin embargo, no escapan al juicio de los hombres, en particular al de los filósofos. Para los antiguos, en este caso Platón, constituyen «el saber necesario para la vida cotidiana»[1], pero permanecen confinadas al mundo material.
El cristianismo, al valorizar el trabajo y afirmar que los seres humanos pueden colaborar en la creación, cambiará las reglas del juego. Más tarde, la modernidad renovará profundamente la concepción de las técnicas y desembocará en la ideología del progreso. Esta terminará por estrellarse contra la creciente conciencia de las dificultades ecológicas, que llevarán a actualizar la interpretación teológica. La técnica y su uso son una cuestión más decisiva que nunca para la sociedad contemporánea.
La técnica según los antiguos y según el cristianismo
Obviamente, los antiguos no ignoraban la importancia de las técnicas para la condición humana. Pensaban, de hecho, que eran un atributo exclusivamente humano. El mito de Prometeo y del olvidadizo Epimeteo, que abandona al hombre en su desnudez, pone de relieve la necesidad del fuego y de las técnicas para la supervivencia del animal-hombre. Estas serán luego interpretadas a partir de la oposición entre el mundo sublunar y el mundo celeste: oposición fundamental para el pensamiento griego, tanto clásico como helenístico. Las artes o técnicas están ligadas exclusivamente al mundo sublunar, aquel en el que reina la contingencia; son cosas que conciernen a campesinos, artesanos y esclavos. Por el contrario, las ciencias persiguen lo verdadero y lo necesario; orientadas hacia el mundo celeste y divino, son patrimonio de una aristocracia espiritual y social, y para los antiguos ambas cosas están estrechamente conectadas.
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Todo cambia con la llegada del cristianismo. La oposición con la antigüedad griega y latina es clara, al menos en lo que respecta a los principios. El mundo ha sido creado; es el producto de un Dios que envía a su Hijo a la Tierra y que, además, hace de él un artesano. La cristiandad medieval adoptará la cosmología ptolomeica, de inspiración aristotélica, pero aun así no estará exenta de críticas. Más aún, el monacato cenobítico afirmará que se alaba a Dios a través del trabajo, especialmente del trabajo en los campos: es el ora et labora inspirado en la regla de san Benito de Nursia. La orden de los Victorinos, y en particular Hugo de San Víctor, intentará vincular al campesino y al filósofo. El homo laborans será declarado cooperator Dei (inspirándose en 1 Cor 3,9 y 2 Cor 6,1). Los monjes, de hecho, desarrollarán y difundirán ampliamente las técnicas agrícolas, arquitectónicas y artesanales.
La modernidad y la ideología del progreso
Con el advenimiento de la modernidad, a comienzos del siglo XVI, con los «grandes descubrimientos» y la primera mundialización, se produce una nueva ruptura: la misión asignada a las técnicas cambia una vez más. La idea de que ellas regulaban la existencia todavía era compartida por los hombres medievales, pero para los modernos las técnicas deberán desempeñar otro papel, mucho más ambicioso: transformar, o mejor dicho, transfigurar la condición humana. Esta nueva misión es inseparable de una articulación inédita entre ciencias y técnicas. Con la física moderna, la ciencia ya no se opone a las técnicas, sino que las alimenta y las sostiene: ahora pueden apoyarse en el conocimiento de las leyes de la naturaleza; ya no dependen únicamente de la experiencia, sino que se fundan en un saber abstracto y formal. En estas circunstancias, el sueño de Pelagio adquiere un nuevo significado[2]. Con Francis Bacon (1561-1626), en particular, la ciencia naciente es concebida como la promesa de un retorno al Edén, a la perfección humana anterior al pecado original[3]. Entendido así, el pelagianismo impregnará la modernidad y, más específicamente, las tradiciones de pensamiento de izquierda en el plano político. Estará en la base de lo que comúnmente se llama «ideología moderna del progreso», según la cual el avance de los conocimientos, con sus repercusiones a nivel técnico e industrial, solo puede conducir a una mejora general de la condición humana, cuando no incluso a la felicidad.
Tal modernidad divide al catolicismo, del mismo modo en que este había dividido a la sociedad. Durante todo el siglo XIX, partidarios y críticos de la técnica se enfrentan con fuerza. Entre los primeros se encuentran los liberales (en su mayoría burgueses comprometidos con la aventura industrial) y los galicanos[4] (entre ellos muchos obispos «concordatarios», que no dudaban en bendecir las nuevas obras de la industria del mismo modo en que se bendecían las catedrales en la Edad Media). Entre los segundos, están los católicos intransigentes —desde Louis Veuillot hasta Léon Bloy— o ultramontanos, nostálgicos de las técnicas agrícolas, así como también los católicos sociales que protestaban contra la miseria obrera. Estas controversias no permanecen confinadas a la prensa: se propagan según las técnicas y los ambientes en que estas se desarrollan. Dividen las conciencias, incluso las de los Papas. Pío IX, por ejemplo, condena «las ideas modernistas» con el célebre Syllabus de 1864, pero al mismo tiempo desarrolla las líneas ferroviarias y las conexiones telegráficas en los Estados Pontificios.
A medida que las técnicas son adoptadas en distintos ambientes, se encuentran compromisos a nivel local. A este respecto, la acción católica especializada, nacida en el siglo XX, desempeña un papel clave. Los católicos sociales están particularmente presentes en la formación profesional para apoyar a los jóvenes obreros y luchar contra el monopolio del Estado laico. En Francia, la Union sociale des ingénieurs catholiques (USIC, que se convertirá en Mouvement des cadres et dirigeants chrétiens en 1966 y luego en Mouvement chrétien des cadres et dirigeants en 1988), fundada en 1906, promueve «el papel social del ingeniero» como árbitro entre el capital y el trabajo en nombre de la ciencia y de la doctrina social. Durante la crisis económica de 1929, la Confédération de l’artisanat familial de France permitió a numerosos artesanos encontrar apoyo moral y financiero.
Será Pío XII, testigo del desarrollo de las técnicas así como de los horrores de la guerra, quien se convierta en garante del compromiso. Ningún Papa ha escrito tanto sobre la técnica. Pío XII distingue las técnicas que prolongan el acto creador de Dios de «el espíritu técnico», que deriva de «un sentido de autosuficiencia y de satisfacción de sus aspiraciones ilimitadas de conocimiento y de poder»[5]. En su radiomensaje de Navidad de 1953, el Papa precisa: «Con todo, parece inconcuso que la técnica misma, llegada en nuestro siglo al apogeo de su esplendor y de su rendimiento, se cambia, por circunstancias de hecho, en un grave peligro espiritual. Ella parece comunicar al hombre moderno, postrado ante su altar, un sentimiento de autosuficiencia y de satisfacción de sus aspiraciones ilimitadas a conocer y poder. Con su empleo múltiple, con la confianza absoluta que inspira, con las inagotables posibilidades que promete, la técnica moderna abre al hombre contemporáneo una visión tan vasta, que para muchos llega a confundirse con el mismo infinito. Se le atribuye, por consiguiente, una imposible autonomía que, a su vez, en el pensamiento de algunos, se transforma en una errónea concepción de la vida y del mundo, designada con el apelativo de “espíritu técnico”»[6].
El Pontífice denuncia «la era técnica», que «llevará a cabo su monstruosa obra maestra de transformar al hombre en un gigante del mundo físico, con detrimento de su espíritu, reducido a pigmeo del mundo sobrenatural y eterno»[7], y promueve una técnica al servicio del ser humano.
Del optimismo a la preocupación frente a la técnica
La segunda mitad del siglo XX marca un nuevo punto de inflexión. En sus inicios, con el advenimiento del proletariado, la industrialización no había traído en absoluto una mejora de la condición humana. La interpretación marxista de la historia pretendía, sin embargo, presentar al proletariado como una condición transitoria, llena de promesas para el hombre genérico, y apartar la mirada de los daños ecológicos causados por la industria. La Primera Guerra Mundial había mostrado el poder destructivo de la tecnociencia en los campos de batalla. Bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki demostraba que la tecnociencia había adquirido la capacidad de destruir nada menos que al propio ser humano. Pero los beneficios de los Trente Glorieuses[8] —en términos de pleno empleo, reducción de las desigualdades y aumento de la sensación de bienestar en la parte occidental del mundo— relegaban a un segundo plano la amenaza atómica, aunque esta fuera subrayada por Juan XXIII en la encíclica Pacem in terris: «Los pueblos viven bajo un perpetuo temor, como si les estuviera amenazando una tempestad que en cualquier momento puede desencadenarse con ímpetu horrible. No les falta razón, porque las armas son un hecho. Y si bien parece difícilmente creíble que haya hombres con suficiente osadía para tomar sobre sí la responsabilidad de las muertes y de la asoladora destrucción que acarrearía una guerra, resulta innegable, en cambio, que un hecho cualquiera imprevisible puede de improviso e inesperadamente provocar el incendio bélico» (PT 60).
En realidad, aparte de esta auténtica preocupación frente al arma nuclear, Juan XXIII se muestra más bien confiado respecto de las posibilidades ofrecidas por la técnica, en particular en lo relativo al desarrollo agrícola. En la encíclica Mater et Magistra (MM), de 1961, recordando que la técnica debe seguir siendo un medio, habla de la necesidad de «un renovado compromiso científico-técnico por parte del hombre para profundizar y extender su dominio sobre la naturaleza» con el fin de afrontar los desafíos representados por el subdesarrollo y el problema demográfico. Añade: «Los progresos hasta ahora realizados por la ciencia y por la técnica abren en este campo una esperanza casi ilimitada para el porvenir» (MM 176). También en la Pacem in terris expresa un juicio positivo sobre la técnica, signo de «la grandeza del hombre» y de «la infinita grandeza de Dios que creó el universo y al hombre» (PT 1-2), recomendando «conjugar plenamente las realidades científicas, técnicas y profesionales con los bienes superiores del espíritu» (PT 150).
El optimismo de los católicos respecto de la técnica es amplificado por el Concilio Vaticano II. La constitución pastoral Gaudium et spes (GS) valoriza la actividad humana y reconoce la legítima autonomía de las realidades terrenas (cf. GS 36), confiadas principalmente a los laicos (cf. GS 43). Las acusaciones de los críticos son reformuladas en forma de preguntas (cf. GS 56). El desarrollo económico es considerado necesario debido al aumento de la población y a las aspiraciones de los pueblos, pero «la finalidad fundamental de esta producción no es el mero incremento de los productos, ni el beneficio, ni el poder, sino el servicio del hombre, del hombre integral, teniendo en cuanta sus necesidades materiales y sus exigencias intelectuales, morales, espirituales y religiosas; de todo hombre, decimos, de todo grupo de hombres, sin distinción de raza o continente» (GS 64). La fórmula será popularizada, bajo el nombre de «desarrollo integral», por la encíclica Populorum Progressio de Pablo VI, verdadero estatuto de los cristianos que se han puesto al servicio del desarrollo en todo el mundo.
Sin embargo, a partir de los años setenta, el aumento de las dificultades ecológicas termina por volver a poner en primer plano las amenazas que se ciernen sobre la humanidad. En adelante, como muestra Hans Jonas en un libro importante[9], la amenaza ya no proviene únicamente de un conflicto militar. En cierto sentido, deriva de los propios beneficios de la sociedad industrial, es decir, de los consumos ilimitados que esa sociedad hace posibles. Además, el carácter sistemático de las actividades técnicas da nuevo impulso a los antiguos debates entre católicos. Los partidarios del progreso encuentran a sus propios héroes, alentados por la Conferencia Internacional de Asociaciones de Empresarios Cristianos (UNIAPAC), felices de recuperar un lugar en la Iglesia jerárquica después de un largo período de desconfianza por parte de los obispos, preocupados por el mundo obrero. Los críticos, por su parte, defienden posiciones radicales como las de Lanza del Vasto —quien difundió en Francia las ideas de Mahatma Gandhi—, de Ivan Illich, académico, y de Jacques Ellul, profesor de derecho y teólogo protestante.
En 1971, Pablo VI expresa en la carta apostólica Octogesima adveniens (OA) su temor a «un deslizamiento más acentuado hacia un nuevo positivismo: la técnica universalizada como forma dominante del dinamismo humano, como modo invasor de existir, como lenguaje mismo, sin que la cuestión de su sentido se plantee realmente» (OA 29). Diez años más tarde, Juan Pablo II, en su encíclica Laborem exercens (LE), precisa: «Entendida […] como un conjunto de instrumentos de los que el hombre se vale en su trabajo, la técnica es indudablemente una aliada del hombre. Ella le facilita el trabajo, lo perfecciona, lo acelera y lo multiplica. Ella fomenta el aumento de la cantidad de productos del trabajo y perfecciona incluso la calidad de muchos de ellos. Es un hecho, por otra parte, que a veces, la técnica puede transformarse de aliada en adversaria del hombre, como cuando la mecanización del trabajo “suplanta” al hombre, quitándole toda satisfacción personal y el estímulo a la creatividad y responsabilidad; cuando quita el puesto de trabajo a muchos trabajadores antes ocupados, o cuando mediante la exaltación de la máquina reduce al hombre a ser su esclavo» (LE 5).
El juicio sobre la técnica por parte de Juan Pablo II se vuelve aún más crítico en la encíclica Centesimus annus (CA), de 1981, debido a los riesgos vinculados a las armas que transforman la técnica en «instrumento de guerra» (CA 18), a las políticas antinatalistas que «con técnicas nuevas extienden su radio de acción hasta llegar, como en una «guerra química», a envenenar la vida de millones de seres humanos indefensos» (CA 39), y a los desafíos ecológicos. En la encíclica Dives in misericordia (DM), Juan Pablo II subraya los beneficios de los progresos técnicos, aunque recuerda una vez más su peligrosidad: «Los medios técnicos a disposición de la civilización actual, ocultan, en efecto, no sólo la posibilidad de una auto-destrucción por vía de un conflicto militar, sino también la posibilidad de una subyugación “pacífica” de los individuos, de los ambientes de vida, de sociedades enteras y de naciones, que por cualquier motivo pueden resultar incómodos a quienes disponen de medios suficientes y están dispuestos a servirse de ellos sin escrúpulos. Piénsese también en la tortura, todavía existente en el mundo, ejercida sistemáticamente por la autoridad como instrumento de dominio y de atropello político, y practicada impunemente por los subalternos» (DM 10-11).
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Posteriormente, Benedicto XVI dedicará todo el capítulo sexto de la encíclica Caritas in veritate (CV) al desarrollo y a la técnica. En ella reafirma la ambivalencia de la técnica (cf. CV 14; 70), que «responde a la misma vocación del trabajo humano» y «expresa la tensión del ánimo humano hacia la superación gradual de ciertos condicionamientos materiales» (CV 69), pero que no debe ser absolutizada, para evitar confundir los fines con los medios. «Considerar ideológicamente como absoluto el progreso técnico y soñar con la utopía de una humanidad que retorna a su estado de naturaleza originario, son dos modos opuestos para eximir al progreso de su valoración moral y, por tanto, de nuestra responsabilidad» (CV 14).
Preocupado por la «mentalidad tecnicista» (CV 70), presente tanto en los medios de comunicación social como en las biotecnologías aplicadas al ser humano, Benedicto XVI propone una «nueva síntesis humanista»: «También el desarrollo del hombre y de los pueblos alcanza un nivel parecido, si consideramos la dimensión espiritual que debe incluir necesariamente el desarrollo para ser auténtico. Para ello se necesitan unos ojos nuevos y un corazón nuevo, que superen la visión materialista de los acontecimientos humanos y que vislumbren en el desarrollo ese “algo más” que la técnica no puede ofrecer. Por este camino se podrá conseguir aquel desarrollo humano e integral, cuyo criterio orientador se halla en la fuerza impulsora de la caridad en la verdad» (CV 77).
Porque «la libertad humana es ella misma sólo cuando responde a esta atracción de la técnica con decisiones que son fruto de la responsabilidad moral» (CV 70). Especialmente en el campo de las biotecnologías, Benedicto XVI invita a pasar de una «razón encerrada en la inmanencia» a una «razón abierta a la trascendencia» (CV 74).
Preocupaciones ecológicas y crítica del paradigma tecnocrático
Desde la publicación de The Limits to Growth[10], nada ha desmentido la constatación de la destructividad de la sociedad industrial cuando se la deja librada a sí misma. Las emisiones de gases de efecto invernadero no han dejado de aumentar; las amenazas climáticas, la destrucción de numerosas poblaciones vivas y de la biodiversidad han continuado; las tensiones en torno a ciertos recursos comienzan a hacerse sentir con fuerza. La expansión de las técnicas digitales ha añadido nuevas amenazas para el género humano: la de una pérdida generalizada de inteligencia y la de una destrucción cualitativa y física de la humanidad. La idea de que nuestras sociedades industriales están colapsando se ha difundido ampliamente, incluso entre algunos cristianos comprometidos.
Es en este contexto altamente dramático que el papa Francisco redactó la encíclica Laudato si’ (LS), que aborda las cuestiones ecológicas en su justa dimensión: la de una inaudita crisis de civilización. Alimentada por la conciencia de un estrecho vínculo entre el clamor de la tierra y el clamor de los pobres, la encíclica muestra cómo los problemas ecológicos y sociales son las dos caras de una misma moneda.
Sin rechazar en bloque la técnica (cf. LS 102-103), el papa Francisco se alarma por el poder que ofrecen «la energía nuclear, la biotecnología, la informática, el conocimiento de nuestro propio ADN y otras capacidades que hemos adquirido nos dan un tremendo poder». Ese poder es mal utilizado cuando se concentra en manos de los más ricos (cf. LS 104) y cuando «el inmenso crecimiento tecnológico no estuvo acompañado de un desarrollo del ser humano en responsabilidad, valores, conciencia» (LS 105), capaz de poner límites a la técnica (cf. LS 112). Francisco denuncia el dominio ejercido sobre los seres humanos y sobre la naturaleza por un paradigma tecnoeconómico «homogéneo y unidimensional», que lleva a valorizar, en cada esfera de la vida, un «proceso lógico-racional» (LS 106). Este proceso «abarca y así posee el objeto que se halla afuera», como en el «método científico con su experimentación, que ya es explícitamente técnica de posesión, dominio y transformación»; «es como si el sujeto se hallara frente a lo informe totalmente disponible para su manipulación» (ibid.). La «razón técnica» (LS 115) o «instrumental» (LS 210; 219) se convierte en la única referencia, «el principal recurso para interpretar la existencia» (LS 110).
Este paradigma difunde «la mentira de la disponibilidad infinita de los bienes del planeta» y « tiende a ignorar u olvidar la realidad misma de lo que tiene delante» (LS 106). Frente al peligroso y destructivo engaño de la disponibilidad ilimitada de todas las cosas, Francisco llama a la «sobriedad» (LS 222), e incluso a «cierto decrecimiento» (LS 193). Este mismo paradigma convierte todo en desecho, tanto a los seres humanos como a las cosas (cf. LS 123). El Papa denuncia el «mito del progreso» y a quienes «afirman que los problemas ecológicos se resolverán simplemente con nuevas aplicaciones técnicas» (LS 60; cf. LS 14 y 111).
Francisco invita, evidentemente, a releer los textos veterotestamentarios sobre los cuales se han fundado, tanto a nivel teológico como práctico, nuestras relaciones con la naturaleza. La humanidad imago Dei, llamada a dominar sobre todo lo que vive en la Tierra (cf. Gn 1,26-28), debe comprenderse a partir del valor intrínseco de la creación, valor afirmado incluso antes de la llegada del hombre (cf. Gn 1,31 y Gn 2,15). Francisco invita asimismo a reconocer los orígenes terrenales de la primera pareja humana, así como los de las demás criaturas (cf. Gn 2,7), tan queridos para Francisco de Asís. «El universo —escribe el Papa— se desarrolla en Dios, que lo llena todo. Entonces hay mística en una hoja, en un camino, en el rocío, en el rostro del pobre» (LS 233).
Constatamos, por consiguiente, que nuestras relaciones con la naturaleza y con nosotros mismos dependen de nuestras concepciones de las técnicas y de nuestras expectativas respecto de ellas. No tiene ningún sentido oponer técnicas y humanidad. Toda civilización vincula entre sí naturaleza, técnicas y humanidad. El paradigma mecanicista sostuvo la modernidad; hoy lo rechazamos y buscamos poner fin a la nociva separación de la naturaleza que produjo. Se trata de un cambio cultural radical, que invita a renovar las preguntas que nos hacemos sobre el papel y los límites de las técnicas. Creer en su omnipotencia, como si fueran el alfa y el omega de todas las cosas, nos ha llevado, en conexión con el mercado, al callejón sin salida en el que nos encontramos. Uno de los signos de este cambio es el interés mostrado por las low-tech[11], que buscan situar la complejidad ya no en el objeto mismo, sino en el análisis de las relaciones que el objeto puede permitir con el ambiente y con las demás especies, así como con nuestras hermanas y nuestros hermanos en la humanidad.
El papa León XIV parece ir precisamente en esta dirección cuando escribe en la exhortación apostólica Dilexi te (DT): «La aceleración de las transformaciones tecnológicas y sociales de los últimos dos siglos, llena de trágicas contradicciones, no sólo ha sido sufrida, sino también afrontada y pensada por los pobres. Los movimientos de trabajadores, de mujeres y de jóvenes, así como la lucha contra la discriminación racial, han dado lugar a una nueva conciencia de la dignidad de los marginados […]. El cambio de época que estamos afrontando hace hoy aún más necesaria la continua interacción entre los bautizados y el Magisterio, entre los ciudadanos y los expertos, entre el pueblo y las instituciones. En particular, se reconoce nuevamente que la realidad se ve mejor desde los márgenes y que los pobres son sujetos de una inteligencia específica, indispensable para la Iglesia y la humanidad» (DT 82).
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Platón, Protagora, Milán, Rizzoli, 2010, 129. ↑
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En respuesta al pesimismo maniqueo, el monje Pelagio (350-420) sostiene que todo cristiano puede alcanzar la santidad por sus propios medios. O al menos eso es lo que entiende Agustín. ↑
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Cf. F. Bacon. Nuovo organo, Milán, Bompiani, 2002. ↑
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Son aquellos católicos franceses que dicen defender los derechos y las prerrogativas de la Iglesia de Francia y se oponen a los católicos ultramontanos, cercanos a la Iglesia de Roma. ↑
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Pío XII, Radiomensaje de Navidad de 1953, en https://www.vatican.va/content/pius-xii/es/speeches/1953/documents/hf_p-xii_spe_19531224_che-abitava.html ↑
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Ibid. ↑
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Ibid. ↑
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Referencia a las «tres gloriosas décadas», como se conoce en Francia al período de desarrollo económico comprendido entre 1945 y 1975. ↑
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Cf. H. Jonas, El principio de responsabilidad: ensayo de una ética para la civilización tecnológica, Barcelona, Herder, 1995. ↑
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Fue publicado en 1972, pero cuenta con actualizaciones realizadas en 1992, 2004 y 2012. Se puede consulta en www.donellameadows.org/wp-content/userfiles/Limits-to-Growth-digital-scan-version.pdf ↑
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Es el modo con que se denomina a las técnicas sostenibles, simples y resilientes. Cf. P. Bihouix, L’âge des low tech. Vers une civilisation techniquement soutenable, París, Seuil, 2014. ↑
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