Literatura

«He visto cosas que ustedes, los humanos, no podrían imaginar»

Cien años de ciencia ficción

«He visto cosas que ustedes, los humanos, no podrían imaginar: naves de combate en llamas más allá de los bastiones de Orión; he visto los rayos B brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Y todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir». Con estas palabras, Roy, un androide que ha llegado al final de su esperanza de vida y se apaga bajo la lluvia, en plena noche, expresa la belleza y la fragilidad de la vida, así como su misteriosa precariedad.

Con este monólogo concluye Blade Runner (1982), de Ridley Scott, una de las películas más célebres del género de la ciencia ficción. Incluso quienes no la han visto probablemente hayan oído la frase inicial: «He visto cosas que ustedes, los humanos, no podrían imaginar». ¿Y quién no conoce, al menos de nombre, la saga de Star Wars o Star Trek, o los nombres de Isaac Asimov o Ray Bradbury? Nombres y emblemas unidos por pertenecer al gran género de la ciencia ficción, que este mes de abril cumplió un siglo de historia.

En abril de 1926 apareció por primera vez el término scientifiction. Acuñado por Hugo Gernsback en 1924, el neologismo vio la luz dos años después en la revista que él mismo fundó —la primera dedicada a este género literario y a los relatos identificados con esa nueva denominación—: Amazing Stories: The Magazine of Scientifiction. A lo largo de la década siguiente, el término se simplificó hasta adoptar la forma, desde entonces inalterada, de Science Fiction.

El editor Gernsback, también escritor, judío nacido en Luxemburgo en 1884, se trasladó a los Estados Unidos a los veinte años, en 1904. En 1908 fundó su primera revista, Modern Electrics, dedicada a los usos presentes y futuros de la electrónica. Sin embargo, su nombre pasó a la historia gracias a Amazing Stories. En los primeros números, la nueva revista reimprimía relatos de H. G. Wells, Jules Verne y Edgar Allan Poe. En el editorial de abril de 1926, en el que propuso el término scientifiction, Gernsback escribió: «Por scientifiction entiendo las historias al estilo de Verne, Wells y Poe: relatos apasionantes mezclados con conocimientos científicos y visiones proféticas. Estas increíbles historias no solo son extraordinariamente fascinantes de leer, sino que también son instructivas. Transmiten conocimientos de una manera sumamente atractiva. Las aventuras imaginadas por la scientifiction de hoy están muy lejos de ser imposibles de realizar mañana»[1].

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Gernsback murió en 1967, rodeado del prestigio y la fama del fundador pionero, hasta el punto de dar su nombre al primero y quizá más importante de los premios de la literatura de ciencia ficción: el Premio Hugo. Desde 1953, este galardón se concede a la mejor obra de ciencia ficción o fantasía publicada durante el año anterior. Con el paso de los años, el panorama editorial de la ciencia ficción se enriqueció con otros dos importantes reconocimientos: el Premio Nébula, en la categoría de novela (otorgado a obras de al menos 40.000 palabras), concedido desde 1966; y el Premio Philip K. Dick, destinado a novelas publicadas directamente en edición de bolsillo (paperback) —por lo que suele distinguir a autores que están dando sus primeros pasos y que aún no han alcanzado el prestigio de una edición de tapa dura—, instaurado en 1982, año de la muerte del escritor cuyo nombre lleva.

Los precursores de la ciencia ficción

Si el término Science Fiction tiene cien años, hay que reconocer que la tensión creativa orientada a imaginar mundos distintos de aquellos en los que viven los seres humanos se remonta ciertamente a mucho antes. Está presente desde siempre en el cauce de la literatura occidental[2].

En la genealogía de los viajes astrales, el mérito de la primacía corresponde a Luciano de Samósata, quien ya en el siglo II d. C. narró el viaje de Menipo a la Luna en el diálogo Icaromenipo o El hombre que viajó por encima de las nubes. Otros grandes autores siguieron su ejemplo. Recordemos el vuelo de Astolfo, a lomos del hipogrifo, en el Orlando furioso del italiano Ludovico Ariosto (1516); The Man in the Moone del obispo anglicano inglés Francis Godwin (1638); y Cyrano de Bergerac con El otro mundo o Los estados e imperios de la Luna. Para ampliar y enriquecer la lista, podemos añadir a los escritores ya mencionados a Thomas More con Utopía (1516), Margaret Cavendish con El mundo resplandeciente (1666) y Jonathan Swift con Los viajes de Gulliver (1726). Se trata a menudo de obras en las que predominan la dimensión metafórica o la intención satírica. Los viajes de Gulliver constituyen un ejemplo transparente de sátira social y política.

El precursor del científico escritor de ficción lo encontramos en el alemán Johannes Kepler, quien escribió Somnium, primer ejemplo de narración fantástica científicamente rigurosa. El astrónomo imperial, en efecto, al escribir su obra sobre los viajes de los habitantes de la Luna a la Tierra, se esforzó por aplicar y respetar los conocimientos científicos disponibles en su época. Otro ser extraterrestre es el protagonista de un texto de noble linaje literario: Micromegas, el alienígena filósofo que Voltaire describe en el relato homónimo, durante su viaje al planeta Tierra junto con un compañero procedente de Saturno.

Según Isaac Asimov, creador de las tres leyes de la robótica[3], en realidad solo puede hablarse de ciencia ficción después de la Revolución Industrial del siglo XVIII. Por ello, según el novelista y ensayista inglés Brian Aldiss, la primera autora que puede reconocerse como escritora de ciencia ficción en sentido moderno es Mary Shelley, de cuya pluma nació el personaje de Frankenstein, que en estos meses ha tenido una nueva adaptación cinematográfica. La historia de la criatura a la que el doctor Frankenstein da vida es, en efecto, una aplicación de los estudios que en aquellos años se realizaban sobre el galvanismo, y que constituyeron el fundamento científico del que la joven escritora inglesa partió para escribir su obra maestra.

En nuestro recorrido por los orígenes de la literatura de ciencia ficción, un lugar especial debe reservarse a dos autores del siglo XIX que nos legaron algunos de los tópicos más recurrentes en las décadas posteriores: el francés Jules Verne, con sus viajes por encima, por debajo y más allá de la corteza terrestre; y el inglés Herbert George Wells, quien, con La guerra de los mundos (1898), El hombre invisible (1897) y La máquina del tiempo (1895), estableció el modelo para toda historia que trate de una invasión alienígena, de un científico loco o de un viaje en el tiempo.

Después de Amazing Stories, Astounding Stories: la «Edad de Oro»

Si Amazing Stories tiene la primacía cronológica, la revista que marcó de manera más profunda el desarrollo del género de la ciencia ficción fue Astounding Stories of Super-Science, dirigida por Frederick Orlin Tremaine. Fue la publicación que estableció el nuevo paradigma, «prefiriendo historias científicamente estimulantes a los clásicos tiroteos en el espacio y desplazando la atención de la aventura hacia la especulación»[4]. Sin embargo, fue a partir del número de julio de 1939, bajo la dirección de John W. Campbell, cuando comenzó el período conocido como la Edad de Oro[5]. En ese mes se publicaron El destructor negro de Alfred E. van Vogt y Tendencias (Trends) de Isaac Asimov, dos clásicos absolutos. A partir de los años cincuenta, con la expansión de las ediciones de bolsillo, las revistas entraron en crisis, pero el género de la ciencia ficción ya se había consolidado.

La ciencia ficción de la Edad de Oro tiene dos modelos predominantes. El primero es el planetary romance[6]: un héroe que explora mundos desconocidos y lucha contra seres extraterrestres. La figura más destacada de este género es John Carter de Marte, creado por Edgar Rice Burroughs, quien también dio vida al personaje de Tarzán. El segundo modelo es la space opera[7], en la que la atención se concentra en los aspectos tecnológicos, en la exploración de las fronteras del universo y en las grandes batallas entre imperios: basta pensar en las sagas de Star Wars[8] y Star Trek. Ambos modelos constituyen juntos el prototipo de la llamada hard sci-fi, en la que el foco está puesto en las aplicaciones técnicas y en las teorías científicas más que en las peripecias personales de los protagonistas.

El riesgo de los autores menos dotados de este período es el de producir más narrativa científica que verdadera ciencia ficción. Los grandes autores de la Edad de Oro son aquellos que, de hecho, establecieron los cánones del género durante muchas décadas, y todavía hoy se recurre a ellos para definir qué es ciencia ficción y qué no lo es. Se trata de tres gigantes: el estadounidense de origen ruso Isaac Asimov[9]; el escritor inglés Arthur C. Clarke, autor del relato El centinela, a partir del cual él mismo, junto con Stanley Kubrick, elaboró el guion de la película 2001: Odisea del espacio; y el estadounidense Robert A. Heinlein, menos conocido en Italia pero muy famoso en Estados Unidos, autor de dos novelas fundamentales: Tropas del espacio (de la que en 1997 el director Paul Verhoeven realizó la parodia antimilitarista cinematográfica Starship Troopers) y La Luna es una cruel amante.

La «New Wave» y los «cyberpunk»

Durante los años sesenta y setenta, el modelo elaborado por Campbell entra en crisis. Es la época de la New Wave[10], más atenta a los aspectos humanísticos de las historias. Nace en Europa y James G. Ballard expresa su manifiesto: «Creo que la ciencia ficción debería dar la espalda al espacio, al viaje interestelar, a las formas de vida alienígenas, a las guerras galácticas […]. Los mayores progresos del futuro más próximo tendrán lugar no en la Luna o en Marte, sino en la Tierra, y es el espacio interior, no el exterior, el que debe ser explorado. El único planeta verdaderamente alienígena es la Tierra»[11].

La ciencia ficción explora nuevos espacios (inner space) y utiliza categorías renovadas: ya no las estrictamente científicas y técnicas, sino otras provenientes de disciplinas como la psicología, la antropología y la sociología. Es el modelo de la llamada soft sci-fi, en la que la aventura entre las estrellas deja paso a acontecimientos más personales. Los autores de este período aspiran a producir textos de mayor calidad literaria. Entre ellos recordamos a Ray Bradbury, autor de Fahrenheit 451 y Crónicas marcianas; Theodore Sturgeon; William S. Burroughs, autor de El almuerzo desnudo; Anthony Burgess, autor tanto de La naranja mecánica como de una vida de Jesús titulada El hombre de Nazaret; Kurt Vonnegut[12], escritor conocido por Matadero cinco, pero también autor de libros explícitamente de ciencia ficción, como La pianola y Cuna de gato; Philip K. Dick[13], cuyos relatos han dado origen a películas fundamentales de nuestro imaginario, como Blade Runner (1982), El vengador del futuro (1990), The Truman Show (1998), Minority Report (2002), Paycheck (2003) y Los agentes del destino (2011); Frank Herbert, autor de la saga de Dune, compuesta por seis volúmenes[14]; Octavia Butler, voz imprescindible del afrofuturismo; Douglas Adams, autor de Guía del autoestopista galáctico, obra con la que la ciencia ficción ironiza sobre sí misma; y, finalmente, Ursula K. Le Guin.

Con los años ochenta aparece el cyberpunk[15]. La obra que marca el nuevo paradigma es Neuromante, de William Gibson. Dos factores determinan el cambio de los modelos de referencia: la revolución informática y el aumento exponencial de la capacidad de cálculo de los grandes ordenadores, que avanza paralelamente a la reducción de su tamaño. Los relatos cyberpunk ya no describen lo que podría ocurrir dentro de mil años, sino dentro de diez o veinte, tal es la velocidad con la que la innovación tecnológica se impone en el presente y en la vida cotidiana. La dimensión cyber del movimiento aborda las perspectivas de la difusión de la tecnología informática en la sociedad. Su protagonista por excelencia es el hacker, guerrero solitario de los tiempos modernos, antihéroe y defensor de la libertad; desde el punto de vista cinematográfico, su consagración llega con Neo, protagonista de la trilogía de Matrix.

La web, es decir, la red en la que hoy todos estamos inmersos, es una invención de los escritores cyberpunk, quienes imaginaron un espacio virtual[16]. En cambio, la dimensión punk aborda las consecuencias sociales de la evolución tecnológica, que conduce a una reducción del espacio político y de las instituciones destinadas a la defensa del bien común, así como al desarrollo incontrolado de las grandes empresas y de los complejos económicos e industriales; a la victoria del capitalismo en su forma más salvaje, que implica de hecho la afirmación de monopolios cada vez más amplios y la concentración de la riqueza en manos de un número cada vez menor de actores[17].

Según algunos estudiosos y aficionados a la ciencia ficción, con los años ochenta del siglo pasado y el giro cyberpunk el género de la ciencia ficción muere, porque las nuevas historias se han alejado demasiado del modelo original[18].

Después del año 2000

A partir del año 2000, el género de la ciencia ficción conoce nuevas declinaciones. Se habla de New Space Opera, New Weird y transhumanismo. La New Space Opera[19] retoma muchos elementos estilísticos de la Edad de Oro —la atención al componente tecnológico, los viajes espaciales, las grandes batallas—, pero aumenta la atención hacia la complejidad de los mundos descritos: los conflictos, las estratificaciones de los ambientes y de los personajes. La ingenuidad de los años cincuenta ha dado paso a una mayor conciencia, también desde el punto de vista social y político. Además, la velocidad de los descubrimientos científicos permite una variedad mucho mayor de mundos posibles, coherentes con los conocimientos disponibles.

Si el autor por excelencia del género Weird es H. P. Lovecraft, el New Weird «es un tipo de narrativa sobre mundos secundarios urbanos que subvierte las visiones idealizadas del lugar que encontramos en la fantasía tradicional, eligiendo en cambio modelos complejos y verdaderos del mundo real como punto de partida para crear escenarios que pueden combinar elementos de ciencia ficción y fantasía»[20]. La característica del New Weird es la tendencia a mezclar géneros y a perseguir la inquietud de lo maravilloso. Desde el punto de vista visual, probablemente pertenezca a este subgénero la serie televisiva Sobrenatural (Supernatural), producida entre 2005 y 2020.

Finalmente, el transhumanismo[21] es el género que transforma en narración las reflexiones de aquella rama de la filosofía de la ciencia que teoriza un salto evolutivo del ser humano basado en la tecnología y en un uso cada vez más intenso de dispositivos biónicos. El transhumanismo nace del encuentro y la evolución de dos ámbitos cada vez más relacionados: la biología y la tecnología. ¿Qué quedará de la humanidad después de que aquello que consideramos humano haya desaparecido, porque haya sido relegado o eliminado?

A partir del año 2000, la ciencia ficción abandona definitivamente los límites anglófonos de Estados Unidos y Gran Bretaña y conoce importantes desarrollos en Europa (Pierre Boulle, francés, ya desde 1963 es el autor de la saga de El planeta de los simios), en África[22] y en China.

La ciencia ficción en Italia debe mucho a Giorgio Monicelli, quien en 1952 fundó la colección «Urania». El único autor italiano que ha sido candidato a un premio internacional de ciencia ficción fue Italo Calvino, con Las ciudades invisibles, en 1975, en los Premios Nébula[23].

Jesuitas en el espacio

Entre la variedad de temas y tramas que el increíble mundo de la ciencia ficción puede ofrecer a los lectores, también cabe mencionar un pequeño conjunto de novelas cuyo protagonista es un científico jesuita[24]. Las razones de esta presencia pueden ser diversas. La primera responde a la imagen tradicional de los jesuitas como hombres de ciencia y de cultura. Solo por poner un ejemplo, uno de los más grandes astrónomos italianos del siglo XIX fue el jesuita Angelo Secchi, cuyo observatorio todavía puede visitarse en el centro de Roma. Otra razón es que la presencia de miembros de la Compañía de Jesús permite a los autores abordar cuestiones relacionadas con la religión, la relación entre ciencia y fe y las formas estructuradas y comunitarias de vivir la fe. La imagen del misionero que invita a los jesuitas a ir a las fronteras adquiere en estas historias un significado singularmente cósmico[25].

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Las novelas quizá más conocidas con científicos jesuitas como protagonistas son The Sparrow (1997) y Children of God (1998), de Mary Doria Russell. «La primera narra cómo, después de que se detecta una señal musical procedente de un planeta lejano, el superior general de los jesuitas decide organizar una expedición espacial para descubrir la civilización que la ha enviado. Cuatro jesuitas y cuatro laicos (dos de ellos mujeres) forman el equipo, comandado por el padre D. W. Yarbrough, quien había sido comandante de los marines antes de ingresar en la Compañía de Jesús. El protagonista es Emilio Sandoz, un jesuita y filólogo puertorriqueño»[26]. Tras afrontar toda clase de dificultades, de las que solo sobreviven Sandoz y una de las mujeres, el jesuita logra regresar a la Tierra. La segunda novela, Children of God, relata la evolución social que tiene lugar en el planeta gracias a la mujer superviviente y al jesuita, que se ve obligado a regresar a ese mundo.

En la novela A Case of Conscience, de James Blish, publicada en 1958 y ganadora del Premio Hugo en 1959, el protagonista es Ramón Ruiz-Sánchez, un biólogo jesuita peruano que colabora con otros científicos en el planeta Lithia. Sus habitantes son grandes reptiles inteligentes que han desarrollado una civilización feliz y apacible. El punto central de la obra es que los lithianos carecen por completo del sentido del bien y del mal y viven exclusivamente de acuerdo con la razón, impermeables a motivaciones éticas, religiosas o de fe. De ahí surge el dilema moral al que se enfrenta el jesuita: ¿es posible mantener una conducta ética perfecta sin ninguna religión?

Dentro de la variedad de puntos de partida, también podemos encontrar historias que retoman los acontecimientos narrados en el Evangelio de Mateo, en concreto el viaje de los Magos siguiendo una estrella que los guía hasta la cuna del Salvador en Belén. La primera pertenece a un autor de gran prestigio, ese Arthur C. Clarke al que conocemos por la película 2001: Odisea del espacio. En su relato breve The Star (1955), escrito en primera persona, da voz a los pensamientos de un astrofísico jesuita (cuyo nombre no se revela), jefe de una expedición a la Nebulosa del Fénix, situada a 3.000 años luz de la Tierra, para estudiar los restos de una supernova que descubre que había sido la «estrella» de Belén. Este descubrimiento enfrenta al científico con un dilema moral que no revelaremos para no quitar al lector el placer del descubrimiento.

En la novela The Magi (2009), de Damien Broderick, en un futuro lejano los jesuitas han sido expulsados de la Tierra y los últimos 400 miembros de la Compañía viven exiliados en una gran nave espacial. Raphael Silverman, un físico jesuita de origen judío, acompañado por otros tres jesuitas, durante el viaje desciende con una pequeña nave a un planeta desierto, donde encuentran una ciudad abandonada. Después de una serie de aventuras, Silverman descubre que sus habitantes, tras haber visto la estrella de Belén e interpretado su significado, habían partido todos en naves espaciales en busca del Salvador anunciado.

Un tema muy diferente es el que aborda Hilbert Schenk en la novela corta The Theology of Water, de 1982. En este libro, Thomas Feeney, un geofísico jesuita —apodado por la prensa «el astronauta de Dios»— participa en un viaje a Titán, donde descubre que en ese lejano planeta el agua posee propiedades distintas de las que tiene ese mismo elemento en la Tierra. Con gran sorpresa, cuanto más actúan los seres humanos e influyen sobre el ambiente de Titán, más cambian las propiedades del agua y se adaptan a las necesidades humanas. La reflexión teológica que se desprende de ello es que las propiedades del agua, el elemento sin el cual no existe la vida, dependen del uso que el ser humano hace de ella, lo que implica que toda la creación está orientada de esta manera.

La última historia que queremos citar es el relato breve The Word to Space (1976), de Winston P. Sanders. James Moriarty, un geólogo jesuita de la Universidad Loyola de Los Ángeles, es llamado a interpretar los mensajes que llegan desde el planeta Akron, situado a 25 años luz de la Tierra. El planeta está gobernado por un régimen teocrático, y gran parte del libro está constituido por los diálogos entre el jesuita y los científicos que han recibido los mensajes. Moriarty quiere ayudar a los habitantes de Akron y escribe una serie de respuestas que les permitan elaborar el principio de laicidad, por el cual se establece la separación entre las autoridades civiles y las autoridades religiosas. Después de 75 años llegan nuevos mensajes que revelan cómo las reflexiones de Moriarty han ayudado a los habitantes de Akron, quienes ahora viven de manera más libre y feliz.

La ciencia ficción puede acoger las preguntas y las tensiones de la fe cristiana

Trazada esta breve historia de la ciencia ficción, queda abierta una pregunta relevante: ¿es la ciencia ficción un género que puede armonizar con la fe cristiana? Según algunos, la ciencia ficción es, por naturaleza, irreligiosa. El horizonte a menudo genéricamente cientificista y la centralidad de la voluntad humana, entendida como un esfuerzo prometeico por ser padre y madre de sí misma, constituyen para algunos un contexto que rechaza el sensus fidei y el sentimiento religioso. A nosotros nos parece que la insistencia en estos elementos, presentes en una parte de la amplia tradición literaria de este género, conduce a un juicio excesivamente rígido. Además, con frecuencia lo que sofoca el sentido religioso es más la mala calidad de las historias que una intención antirreligiosa. Las malas historias (en el sentido de historias mal contadas) son enemigas de la trascendencia porque son malas compañeras de lo humano.

Nos parece que son otros los elementos que deben tomarse en consideración. El primero, ya anticipado, es de naturaleza estrictamente literaria. Lo que apasiona al lector es la presencia de personajes creíbles, es decir, capaces de representar y reflejar la complejidad del ser humano, habitado por fuerzas contrapuestas y movido por impulsos a veces contradictorios. Luz y sombra, fuerza y fragilidad, impulso y mezquindad: la coexistencia de estos elementos permite la identificación del lector. La historia puede desarrollarse en Marte o en las profundidades del océano, pero si el protagonista vive un conflicto auténtico entre el bien y el mal, la confianza y la sospecha, el amor y el abandono, el lector podrá entrar en sintonía con ese núcleo más profundo. La visión cristiana del corazón humano como sede de intuiciones y deseos, de repliegues y dolores, ofrece un modelo del actuar humano muy realista y concreto. Los escritores católicos podrán aportar todo esto a sus historias; por su parte, los lectores católicos podrán reencontrar esa base de experiencia humana que constituye el fundamento de su fe. En síntesis, las buenas historias permiten a los lectores identificarse con los afectos que mueven a los personajes, más que con sus ideas y con los mensajes que estos puedan transmitir.

El segundo elemento está relacionado con el acto de la lectura y, de algún modo, ya lo hemos anticipado. Según Roland Barthes, el texto escrito es, en sí mismo, incompleto. Recoge la intención del autor, pero es completado por el lector, que lo integra con su propia experiencia vital: sus vivencias, su biografía afectiva, su cultura personal y social dentro de un determinado contexto. La lectura, desde esta perspectiva, sella el encuentro entre dos mundos que se interrogan mutuamente: el texto escrito y el lector, y que se leen entre sí. De este modo, la dimensión y la experiencia de fe del lector constituyen un dato relevante que se sitúa junto al contenido de fe del texto. Excluir a priori que los relatos de ciencia ficción, por el hecho de desarrollarse en escenarios alejados del tiempo presente —y de la realidad concreta de nuestra vida cotidiana—, sean irrelevantes para el lector católico nos parece una pretensión excesiva en cuanto a su significado.

La tercera consideración está relacionada con las posibilidades y los horizontes que la literatura de ciencia ficción lleva consigo[27]. La breve historia esbozada en la primera parte de este artículo debería haber puesto ya en guardia al lector frente a una reducción simplista del género de ciencia ficción a historias de alienígenas, naves espaciales y espadas láser. Hemos citado autores que probablemente ya hayan provocado cierto sobresalto: ¿Vonnegut es un escritor de ciencia ficción? Para algunos, no. ¿Margaret Atwood, con El cuento de la criada, es una escritora de ciencia ficción? Ella niega pertenecer a este género, pero otros admiradores la incluyen dentro de él. ¿Anthony Burgess es un escritor de ciencia ficción? ¿La naranja mecánica describe un futuro posible o una posibilidad siempre presente en la contemporaneidad?

La variedad y la riqueza de los temas que pueden dar origen a relatos —o, como nos gusta pensar, que pueden ser acogidos y albergados en la experiencia de la escritura y la lectura— deberían invitar a la cautela en el juicio.

El desarrollo tecnológico y sus aplicaciones, el encuentro con el otro, las cuestiones relacionadas con los valores de la libertad y la justicia, del poder y/o del servicio como gesto de entrega de uno mismo, los temas de la conciencia, del bien y del mal, de la muerte y de la vida después de la muerte, la relación con la naturaleza y el medio ambiente: ¿cuáles de estos fragmentos de lo humano no pueden convertirse en ocasión para una reflexión ética o de trascendencia, para una pregunta y una provocación de fe? La visión antropológica subyacente se vuelve fundamental. La visión cristiana, animada por la fe en la persona de Jesucristo, interpela y es interpelada por el texto y por el lector.

El cuarto elemento que nos parece interesante retomar es el tema específico de la frontera y del extremo explorables. En los relatos de ciencia ficción que se sitúan en los márgenes del Universo —lo inalcanzable del espacio profundo o aquello que se encuentra detrás de la esquina de nuestra propia casa—, nos parece que existe con frecuencia una dimensión estructuralmente trascendente que no ha sido captada, representada ni expresada. Pensamos que estas perspectivas pueden encontrar una cierta consonancia —o algunos puntos de contacto— con aquellas formas de teología apofática presentes también en la teología cristiana y católica, menos frecuentes que en otras tradiciones religiosas, pero igualmente existentes.

El quinto elemento es el tema central de la salvación. Nos ayuda en esta reflexión el astrónomo jesuita Guy Consolmagno[28]. Él afirma que la visión católica ofrece un buen trasfondo, porque proporciona una idea profunda de lo que significa la salvación. Son los personajes ricos y complejos los que despiertan la curiosidad y comprometen al lector, no el acto de devoción. Así, la mayor aventura resuena en el corazón y en la mente del lector solo si toca las fibras más profundas: «Salvar el mundo es inútil si no se sabe a qué se parece un mundo salvado, y mucho menos qué hay en el universo que sea tan importante como para merecer la salvación». También en la ciencia, como en la literatura, afirma Consolmagno, el desafío consiste por tanto en recuperar el sentido profundo de ser católicos: «promover una imagen que sea realmente lo suficientemente grande como para ser “universal”». Lo que siempre marcará la diferencia es que la «percepción de la existencia de un Dios amoroso que creó el universo de la nada continúa siendo verdadera».

Finalmente, en la literatura de ciencia ficción puede reconocerse un tono casi «apocalíptico»[29], es decir, casi revelador. La ciencia ficción puede presentarse como una «apocalíptica de la contemporaneidad», no en el sentido simple de un relato sobre el fin del mundo, sino en el sentido más profundo de una «revelación del presente» y de sus grandes cuestiones, mediante el «recurso» de proyectarlas en el tiempo futuro, lo que permite denunciar el presente con sus males y sus fragilidades, con sus potencialidades y sus grietas de fractura. La ciencia ficción se configura como un espacio narrativo en el que las preguntas pueden hacerse decibles, adquieren los contornos de una historia narrable, cruel a veces, pero siempre con una posible apertura a la palabra.

  1. A. Bernardoni – A. Viscusi, Fantascienza. Storia delle storie del futuro, Roma, Armillaria, 2024, 32.

  2. Cf. ibid., 16-28.

  3. «1. Un robot no puede causar daño a un ser humano ni, por su omisión, permitir que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, siempre y cuando dichas órdenes no entren en conflicto con la Primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, siempre y cuando la protección de la misma no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley».

  4. A. Bernardoni – A. Viscusi, Fantascienza…, cit., 32.

  5. Cf. ibid., 33.

  6. Cf. ibid., 35.

  7. Cf. ibid., 37.

  8. Cf. G. Arledler, «Gli ideali tra le stelle. Una rilettura di “Star Wars», en Civ. Catt. 2012 IV 565-576; Id., «Star Wars. Il risveglio della forza”. Un film di Jeffrey Jacob Abrams», en Civ. Catt. 2016 I 393-398.

  9. Asimov forma parte de esa ola migratoria de judíos rusos que, a principios del siglo XX, llevó a Estados Unidos a tantas figuras importantes. Nuestra revista se ha ocupado de las figuras de Tillie Olsen y Grace Paley, cuyas familias se mudaron al otro lado del océano en esos mismos años.

  10. Cf. A. Bernardoni – A. Viscusi, Fantascienza…, cit., 64-66.

  11. Ibid., 64.

  12. Cf. D. Mattei, «Kurt Vonnegut, “Así va la vida”. A cien años de su nacimiento», en La Civiltà Cattolica, 18 de noviembre de 2022, https://www.laciviltacattolica.es/2022/11/18/kurt-vonnegut-asi-va-la-vida/

  13. Cf. G. Arledler, «La obra de Philip K. Dick», en La Civiltà Cattolica, 25 de febrero de 2022, https://www.laciviltacattolica.es/2022/02/25/la-obra-de-philip-k-dick/

  14. Cf. G. Arledler – C. Zonta, «Tra le sabbie di “Dune”», en Civ. Catt. 2024 IV 390-399.

  15. Cf. A. Bernardoni – A. Viscusi, Fantascienza…, cit., 85-90.

  16. Cf. ibid., 88.

  17. Cf. ibid., 90.

  18. Cf. ibid., 86.

  19. Cf. ibid., 130-133.

  20. Ibid., 135 s.

  21. Cf. ibid., 138.

  22. Cf. D. Mattei, «“Il prezzo dell’aria è aumentato di nuovo”. Le nuove frontiere della letteratura fantascientifica africana», en Civ. Catt. 2024 I 339-351.

  23. Cf. A. Bernardoni – A. Viscusi, Fantascienza…, cit., 123.

  24. Cfr A. Tschetter, «Jesuits in Space, or a Sci-Fi Sub-genre Examining Religion’s Failings», en https://tinyurl.com/4mnv67y8/. Cf. G. Clary, «Why Sci-Fi has so Many Catholics», en www.theatlantic.com/technology/archive/2015/11/why-are-there-so-many-catholics-in-science-fiction/414990

  25. Las historias y novelas citadas a continuación están presentadas en A. Udías, «Jesuit Scien­tist in Science-Fiction Novels», en Journal of Jesuit Studies 6 (2019) 133-140.

  26. Ibid., 135.

  27. Cf. J. C. Henríquez Mendoza, «Racconti tecno-teologici», en Civ. Catt. 2018 II 30-41.

  28. Cf. G. Consolmagno, «La fantascienza e la sensibilità cattolica. Un’esperienza», en Civ. Catt. 2017 III 184-191.

  29. Cf. M. Rastoin, «Che ne è della religione nel mondo post-apocalittico?», en Civ. Catt. 2017 IV 223-228.

Diego Mattei
Sacerdote jesuita miembro del colegio de escritores de La Civiltà Cattolica. Ha sido Capellán universitario de la Facultad de Letras y Filosofía de la Universidad de la Sapienza, Roma. Sus textos, publicados en nuestra revista y en otros medios, versan preferentemente sobre literatura y espiritualidad.

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