Al ver a la multitud, Jesús se compadeció de ella, porque estaban cansados y abandonados, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Por eso, rueguen al dueño de la cosecha que envíe trabajadores a recogerla».
Jesús llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar los espíritus impuros y sanar toda enfermedad y dolencia. Estos son los nombres de los doce apóstoles: primero Simón, llamado «Pedro», y su hermano Andrés; Santiago, el hijo de Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el cobrador de impuestos; Santiago, el hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el que lo entregó. Jesús envió a los Doce con estas instrucciones: «No vayan a lugares de paganos ni entren en pueblos de samaritanos, sino diríjanse más bien a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Vayan y anuncien que está llegando el Reino de los cielos. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, limpien a los leprosos y expulsen a los demonios. Lo que han recibido gratis, entréguenlo también gratis (Mt 9,36-10,8)
El domingo 14 de junio se reanuda la lectura continua del Evangelio de Mateo, con la vocación de los discípulos. El comienzo está marcado por el seguimiento del Señor: seguir a Jesús no es fácil; a veces uno se encuentra cansado y agotado, disperso y abandonado, como la multitud del Evangelio, «ovejas sin pastor». Pero el Señor nunca abandona a nadie; al contrario, al ver a la multitud, «se compadeció de ella»: siente en su interior una profunda conmoción por aquellas personas que sufren, un estremecimiento intenso de participación, de deseo de hacer algo, de prestar ayuda. En griego se utiliza el verbo esplanchnísthe (del que procede, en español, la palabra «placenta»): es la vibración interior que experimenta una mujer cuando percibe en lo más íntimo el surgir de una nueva vida.
Jesús manifiesta así su profunda participación, pero no dice: «¡Arremánguense y pónganse a trabajar!». Ante todo invita a dirigirse al Padre, Señor de la mies, para que envíe obreros; la cosecha, en efecto, es abundante, pero son pocos quienes se ocupan de ella. El Padre sabe perfectamente que hacen falta obreros, incluso antes de que se lo pidamos; sin embargo, quiere que le recemos, porque al recordárselo entramos en comunión con Él, nos lo recordamos también a nosotros mismos y nos volvemos sensibles y responsables ante una necesidad del Reino. Toda vocación es un don extraordinario de Dios, un signo de su generosidad, y aun así Jesús quiere que la pidamos al Padre.
Después, el Maestro toma una iniciativa: elige a doce apóstoles, de dos en dos, y los envía a anunciar el Evangelio, para que formen una comunidad que testimonie y realice lo que Jesús mismo ha hecho y enseñado primero. Esta elección podría resultar desconcertante: Simón es el primero, y será quien lo negará tres veces; Mateo es un publicano, recaudador de impuestos de Cafarnaúm, marcado como pecador y colaborador de los invasores romanos; el otro Simón es llamado «cananeo», es decir, revolucionario, en cierto modo… un terrorista; Judas es definido como Iscariote, término relacionado con «sicario». En su mayoría son pescadores; no son personas influyentes ni instruidas, sino gente común, pecadores como nosotros, e incluso incompatibles entre sí. El único vínculo que los une es la llamada del Señor.
Siguen luego las instrucciones. Deben dirigirse a las ovejas perdidas de la casa de Israel: Jesús, los apóstoles y los primeros cristianos son judíos (y precisamente gracias a ellos el Evangelio llegará después a los paganos). Deben anunciar que el Reino de los cielos está cerca, sanar toda clase de enfermedades y dolencias: cuidar toda debilidad, ocuparse de quienes sufren (ese es el gran milagro de quien se hace servidor como el Señor). Finalmente, deben dar gratuitamente lo que gratuitamente han recibido: la gratuidad es el signo de Dios, que todo lo da con generosidad, y nos da lo que somos y lo que tenemos para que, a nuestra vez, podamos entregarlo a los demás. El enviado es signo del corazón y de la compasión de Jesús.
No deja de sorprender la desproporción entre la abundancia de la mies y el número de los obreros: quizá no sea solo un problema de nuestros días, sino de siempre, desde los comienzos mismos de la evangelización. Es casi un desequilibrio necesario para que la llamada sea vivida según la lógica de la cruz, de la oración y de la confianza en Dios, y no en las propias fuerzas o en la propia inteligencia.
La primera lectura recuerda todo lo que Dios ha hecho generosamente por Israel (Ex 19,2-6). Para Pablo, Dios demuestra su amor porque Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores (Rm 5,8).
Papa León XIV: «La guerra no resuelve los problemas, sino que los agrava».


