PSICOLOGÍA

El altruismo como sanción de sí mismo

En una contribución anterior[1] se señaló que una de las dificultades para concebir el altruismo como algo practicable y real es su valoración en términos de desinterés absoluto, hasta el punto de anular el cuidado de sí mismo. En la práctica, una forma larvada de masoquismo que, si se llevara a cabo de manera coherente, conduciría a la autodestrucción o a la ruina económica. Según esta concepción, la persona altruista no debería experimentar ninguna gratificación ni interés personal; cualquier motivación invalidaría, de hecho, la bondad de sus intenciones. Se trata, por tanto, de una definición que termina adoptando una forma caricaturesca o dramática.

La teoría del altruismo genuino sostiene, por el contrario, la existencia de motivaciones auténticamente orientadas al bienestar de los demás, independientemente de los posibles beneficios personales: lo que resulta verdaderamente relevante es que la ayuda produzca un beneficio efectivo en quien la recibe.

Hablar del altruismo como ausencia de motivaciones y de ventajas por parte de quien ayuda también resulta ambiguo en cuanto a la manera de concebir la relación, entendiéndola como completamente desequilibrada en el plano de la ayuda y separada en roles: por un lado, la plena autonomía y, por otro, la total dependencia. Pero ¿es realmente esta la verdad de la relación? Cuando se reflexiona sobre esta cuestión, se advierte más bien un enriquecimiento mutuo, aunque no sea cuantificable ni divisible en partes iguales. Puede sostenerse, por tanto, de manera realista, que todos somos un poco egoístas y, al mismo tiempo, todos somos más o menos altruistas; lo que marca la diferencia no es la ausencia de gratificaciones o de motivaciones, sino una serie de otros elementos, complejos y estrechamente entrelazados entre sí, que se intentará poner de relieve sobre todo desde la investigación psicológica y la fenomenología histórica. Como puede imaginarse, se trata de un tema complejo y extraordinariamente rico, que involucra múltiples disciplinas. Por ello, es necesario establecer límites adecuados.

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La contribución de las ciencias humanas

Las investigaciones de Felix Warneken y Michael Tomasello, retomadas en numerosas ocasiones en el ámbito de la psicología del desarrollo, han demostrado que los seres humanos, ya a los catorce meses de edad, manifiestan espontáneamente comportamientos de ayuda hacia adultos desconocidos que se encuentran en dificultades. Los niños, por ejemplo, ayudan a recoger objetos que se han caído accidentalmente, abren armarios cuando el adulto tiene las manos ocupadas y proporcionan información útil mediante gestos de señalamiento cuando alguien busca algo; también son capaces de reconocer la tristeza ajena y de acudir en ayuda de quien la experimenta, naturalmente a partir de su propia manera de entender las cosas: «Un niño de tres años que ve a un adulto triste lo consuela ofreciéndole su propio osito de peluche»[2]. Según estas investigaciones, el altruismo se manifiesta como una tendencia motivacional primaria; en otras palabras, constituye un aspecto fundamental del comportamiento humano que emerge espontáneamente a lo largo del desarrollo. Se trata de constantes observadas en todas las sociedades y culturas.

La investigación también ha mostrado que la ayuda no solo se presta de manera espontánea, sino que en ella se manifiesta además una sensibilidad normativa temprana hacia la equidad y la justicia. Ya a los tres años, los niños reaccionan protestando ante distribuciones injustas de recursos, incluso cuando afectan a otras personas. Esta sensibilidad hacia la justicia respecto de terceros indica que los niños no están orientados únicamente a su propio bienestar, sino que poseen auténticas preocupaciones por el trato justo de los demás[3].

Particularmente significativo es el hecho de que estos comportamientos se manifiesten en ausencia de cualquier refuerzo externo y que, por el contrario, puedan verse inhibidos precisamente por las recompensas materiales. Cuando se ofrece a los niños un premio por ayudar a los demás, la frecuencia de los comportamientos de ayuda en pruebas posteriores disminuye hasta desaparecer, especialmente si las recompensas son tangibles y esperadas. Este fenómeno, conocido como «efecto de sobrejustificación», constituye una poderosa evidencia en contra de las interpretaciones puramente oportunistas o economicistas de la motivación humana, confirma el carácter derivado de la búsqueda de la mera gratificación personal y transmite un mensaje claro en el ámbito educativo[4].

La apertura estructural a las relaciones que caracteriza al ser humano también ha sido constatada en el campo de las neurociencias con el descubrimiento de las «neuronas espejo». Es conocido el experimento llevado a cabo por investigadores italianos. Unos electrodos colocados en la base de la corteza cerebral de un macaco mostraban que determinadas áreas se activaban incluso cuando el animal no realizaba materialmente la acción, sino que se limitaba a observar el mismo comportamiento realizado por otros; en otras palabras, ya existe en los monos la capacidad de identificarse con el otro y comprender su mundo por el simple hecho de observarlo[5].

Las neuronas espejo también están presentes en el ser humano. Por consiguiente, puede reconocerse una predisposición biológica a la sociabilidad y al altruismo en nuestra propia estructura cerebral: «El ser humano es un animal eminentemente social cuya vida depende de la capacidad de comprender lo que hacen los demás, entendiendo sus intenciones e interpretando sus sentimientos. Sin esta capacidad, los seres humanos no lograrían interactuar entre sí, y mucho menos crear formas de convivencia social […]. Comprendemos a los demás porque nos ponemos “en su lugar”, nos imaginamos en su situación y “simulamos” lo que haríamos si realmente estuviéramos en esa circunstancia»[6].

El ser humano posee además otros elementos que le permiten comprender al otro, como la reflexión, el razonamiento inferencial y los afectos. De hecho, los estudios sobre las emociones conducen a las mismas conclusiones. En un experimento realizado con parejas de novios, uno de los miembros recibía, por turnos, una descarga dolorosa en el brazo, mientras unos electrodos registraban la actividad cerebral de ambos. Lo interesante es que, en los dos casos —recibir el estímulo y ver cómo lo sufría la otra persona—, se activaban las mismas áreas cerebrales en los dos miembros de la pareja. Ver a la persona amada en una situación de sufrimiento (o incluso simplemente pensar en esa posibilidad) llevaba a experimentar los mismos sentimientos: el dolor era efectivamente sentido, en ocasiones con una intensidad incluso mayor que la de quien había recibido físicamente las descargas eléctricas[7].

El ser humano, por tanto, no solo puede comprender muy bien los sentimientos, las intenciones y las acciones de los demás, sino que, sobre todo, se interesa por ellos y comparte su experiencia afectiva. La propia estructura de su cerebro parece predisponerlo a salir de sí mismo para encontrarse con el otro ya en el plano de la imaginación, lo que posteriormente se traduce en la comunicación y el lenguaje: la preocupación por los demás constituye un aspecto fundamental de la motivación humana.

No se trata, ciertamente, de una necesidad ineludible, puesto que el comportamiento humano, a diferencia del comportamiento animal, no posee la precisión ni la unidireccionalidad determinadas por los instintos. Por ello, la tendencia al altruismo y a la empatía debe ser adecuadamente educada y fomentada, sobre todo mediante ejemplos de vida apropiados durante la etapa del desarrollo. La educación y el entorno desempeñan, en efecto, un papel relevante en la gestión y la expresión de los sentimientos.

El altruismo como sanación de sí mismo

El primer beneficiario de la relación de ayuda es precisamente quien la lleva a cabo. El fundador de los Alcohólicos Anónimos, Bill Wilson, había descubierto que la manera más eficaz para que un alcohólico se mantuviera sobrio era ayudar a otros alcohólicos a conseguir lo mismo. Cuando una persona descubre que es importante para alguien, su propio sufrimiento puede convertirse en un valioso bagaje, capaz de ayudar a quienes se encuentran en la misma situación, transformándose así en una poderosa motivación para realizar cambios difíciles pero saludables.

Vincenzo Punzi, al recorrer retrospectivamente su lento proceso de desintoxicación – no exento de dolorosas y frecuentes recaídas – de la adicción a Internet, identifica el punto de inflexión de su trayectoria en la propuesta de su terapeuta de fundar un grupo de ayuda. Pensar en las personas que, como él, se encontraban en dificultades contribuyó poderosamente a contrarrestar la tendencia al repliegue sobre sí mismo, orientando su mirada y sus energías hacia quienes podían encontrar en su sufrida experiencia una razón para no rendirse a la esclavitud de la dependencia. Paradójicamente, esta sugerencia fue el tratamiento más eficaz, permitiéndole alcanzar aquello que había buscado inútilmente por otros caminos. La relación de ayuda constituyó para él «la primera acción real y concreta de lucha contra la pornografía»[8].

También en la terapia de grupo el altruismo ocupa un lugar central, ya que fortalece el sentido de la autoestima, entendida como la capacidad de hacer algo bueno por otras personas. El psiquiatra Irvin Yalom observa que la eficacia terapéutica aumenta notablemente cuando los participantes dejan de preocuparse únicamente por sí mismos y por sus propios sufrimientos para ayudar a los demás. Al hacerlo, no ignoran sus problemas; más bien, es el hecho de sentirse útiles lo que abre un espacio interior para adoptar una actitud diferente ante la vida, más propositiva y menos victimista. Cuando esto sucede, las personas experimentan un sentido de su propio valor hasta entonces desconocido, viviendo con el otro una suerte de armonía inédita: «En los grupos terapéuticos, los pacientes reciben algo por el simple hecho de dar, no solo como parte de la secuencia recíproca de dar y recibir, sino también por el acto intrínseco de dar […]. Descubrir que han sido importantes para otras personas es una experiencia reconfortante que proporciona un fuerte impulso a la autoestima»[9].

Esta dinámica encuentra una confirmación ex contrario: las personas que presentaban mayores dificultades y resistencias para salir de la espiral de la dependencia eran precisamente aquellas en las que el sentido del altruismo era más débil, porque veían a los demás participantes como posibles rivales con los que competir. Quien piensa únicamente en sí mismo termina castigándose a sí mismo. Esto es particularmente cierto en el ámbito de la adicción sexual, cuyos efectos devastadores se deben sobre todo a la búsqueda compulsiva de un placer egoísta, en detrimento del bien del otro. No es casualidad que los adictos a la pornografía sean los más reacios a reconocer el valor terapéutico del altruismo: «No reconocen cuán importante es para su terapia ayudar a los demás»[10].

El altruismo resulta, por tanto, un indicador significativo de salud también desde el punto de vista psíquico y mental: puede ayudar a otros precisamente quien sabe cuidarse a sí mismo y se siente satisfecho consigo mismo y con su propia vida. Por eso es capaz de ser útil de manera eficaz[11]. Esta es una de los grandes paradojas de la existencia: si quieres vivir bien, no pienses solo en ti mismo, sino en quienes te importan.

Los ejemplos de la historia

La historia contemporánea ha mostrado, incluso en las situaciones más trágicas, la presencia constante de personas que se han entregado al servicio de quienes se encontraban en dificultades, pagando un precio altísimo en términos de dinero, carrera profesional, seguridad e incluso de su propia supervivencia. Es el caso, por ejemplo, de Aristides de Sousa Mendes, cónsul portugués en Burdeos durante la Segunda Guerra Mundial. Desobedeciendo las instrucciones expresas de su gobierno, expidió visados de salida que permitieron salvar la vida de aproximadamente treinta mil personas. Cuando el presidente António de Oliveira Salazar le recordó que debía atenerse a las órdenes recibidas, respondió con sencillez, pero también con absoluta claridad: «Si tengo que desobedecer, prefiero hacerlo a las órdenes de los hombres antes que a las órdenes de Dios».

Sin embargo, esta decisión terminó llevándolo a la ruina. Fue apartado de su cargo y, al verse imposibilitado de ejercer cualquier profesión, llevó una vida de privaciones y miseria. Cuando murió, el 3 de abril de 1954, ni siquiera poseía un traje propio: fue enterrado con el hábito franciscano. Una situación aún más dolorosa si se considera que tenía catorce hijos. Llegó a esta decisión después de una larga y extenuante lucha interior. Durante tres noches no pudo dormir debido a la magnitud de lo que estaba en juego y a la imposibilidad de encontrar una solución fácil y viable. Lo que despertó en él el impulso del altruismo fue la conciencia del poder de hacer el bien que tenía en sus manos respecto de miles de personas: «Su responsabilidad era enorme, porque solo él tenía la autoridad para conceder los visados: o los expedía él, o nadie más podía hacerlo, y los desdichados que esperaban en la calle y, más tarde, incluso en las escaleras de su propia casa, estarían todos perdidos. Su acción no era solo única, es decir, indelegable, sino también eficaz, es decir, no una simple aspiración, sino una ayuda realmente útil […]. Según algunos testimonios, salió de aquella prueba con el cabello completamente encanecido, como señal del profundo sufrimiento emocional que le supuso asumir su responsabilidad»[12].

Un caso similar es el de Chiune Sugihara, vicecónsul japonés en Lituania. Durante la Segunda Guerra Mundial, también él, contraviniendo las disposiciones de su país, expidió visados que permitieron a miles de personas ponerse a salvo. Por ello, después de la guerra fue destituido de su cargo y se quedó sin trabajo. Para sobrevivir, se adaptó a las tareas más humildes, como la venta de bombillas a domicilio. Yukiko Kikuchi, esposa de Chiune, ante la grave situación de los refugiados, no pudo evitar relacionarlos con algunos pasajes de un libro de la Biblia, las Lamentaciones, y exhortó a Chiune a intervenir para salvar sus vidas. Incluso después de su muerte, ocurrida en 1986, su historia permaneció prácticamente desconocida en su país[13].

Otro ejemplo es el de Paul Grüninger, jefe de la policía en San Galo, en Suiza. Tras la anexión de Austria al Reich, a partir de marzo de 1938 logró salvar a 3.600 judíos, llevándolos a Suiza. Fue despedido y condenado por fraude: su historial penal desde entonces le dificultó enormemente encontrar trabajo, y se vio obligado a vivir de expedientes, hasta su muerte en 1972, en extrema pobreza. Nunca recibió ningún reconocimiento, ni siquiera póstumo, por su actuación[14].

El filósofo búlgaro Tzvetan Todorov, al estudiar los mecanismos de la destructividad humana que condujeron a los gulags y a los campos de exterminio, relata numerosos casos de personas que se distinguieron por actos de altruismo en situaciones extremas. Entre ellos puede recordarse a Milena Jesenská, una periodista de origen checo que fue también amiga de Franz Kafka. La reclusión en el campo no rompe su dignidad, sino que le ofrece más bien oportunidades para prestar ayuda, exponiéndose a graves riesgos: «En la enfermería se ocupa de los expedientes relativos a las enfermedades venéreas. Para salvar a las sifilíticas de las “selecciones” mortales, falsifica sus análisis, arriesgando la vida cada vez. Son enfermas que le interesan personalmente, aunque pertenezcan a un entorno muy distinto del suyo (se trata de “asociales”, de prostitutas). Pero en ellas sabe descubrir la “chispa de humanidad”»[15].

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Milena entabla amistad en particular con Margarete Buber-Neumann, quien después de la guerra le dedicaría una conmovedora biografía. En esta amistad, Todorov redescubre la verdad del dicho evangélico según el cual hay más alegría en dar que en recibir: «Una vez Milena le lleva a su amiga café con leche azucarado – pero es un alimento excepcional, obtenido tras largas negociaciones. Sin contar que está prohibido ir de un lugar a otro del campo y que Milena corre por ello el riesgo de un severo castigo. Otra vez la situación es mucho más grave: Buber-Neumann está arrestada y Milena se presenta ante el jefe de la Gestapo del campo, logrando imponerse lo suficiente como para ser escuchada e incluso obtener el permiso de ver a su amiga en prisión – un favor inaudito. Cuando ya está a punto de morir, Milena se encuentra rodeada de innumerables amigas»[16].

El encuentro con estas personas no raramente es vivido por los beneficiarios como un bien más grande que cualquier posible sufrimiento padecido. Cuando muere su ángel guardián, Buber-Neumann llega incluso a considerar la experiencia del campo como una ocasión favorable que le permitió recibir el regalo más bello de su vida: «Doy gracias al destino por haberme enviado a Ravensbrück y por haberme permitido así encontrar a Milena»[17].

El altruista, un ser ordinario

Cuando se logra trazar un perfil de estas personas, quedamos perplejos por su carácter poco llamativo y, al mismo tiempo, por su capacidad de realizar gestos excepcionales, pero que siguen estando al alcance de cualquiera: hombres y mujeres comunes, ordinarios, incluso despreciados. Es con esta constatación sorprendida con la que Todorov comenta su investigación: «¿Quiénes son los agentes de estos actos de altruismo? A decir verdad, cualquiera puede serlo. No existe categoría social o profesional en la que no se encuentren, aunque a veces sean raros. También hay kapos o Blochälteste que cuidan de sus subordinados. O vigilantes y guardianes cuya bondad supera el sentido del “deber”. Un soldado que debería vigilar a un grupo de mujeres trabajando fuera del campo acepta ir a la ciudad a hacerles compras, dejándolas solas […]. Incluso los presos por delitos comunes, plaga de los campos, son capaces de gestos similares, aunque sea de forma esporádica»[18].

Este elemento emerge de forma constante en las descripciones de quienes se esforzaron por salvar miles de vidas humanas: «Un tema común en los testimonios de los cristianos europeos que ayudaron a los judíos durante el Holocausto podría resumirse como la “banalidad de la bondad”. Lo que siempre llama la atención es el número de esos rescatadores que hicieron lo correcto sin considerarse héroes, que actuaron puramente por un sentido del decoro común. La cotidianidad de su bondad resulta especialmente llamativa en el contexto del mal inconcebible del genocidio perpetrado por los nazis»[19].

Es una cotidianidad que también aparece en los relatos de los propios protagonistas. Interrogado sobre el motivo por el que había arriesgado todo al desobedecer las órdenes recibidas, Chiune Sugihara respondió: «¿Quieres saber mi motivación, verdad? Bien. Es el tipo de sentimientos que cualquiera habría experimentado al encontrarse realmente con los refugiados cara a cara; es imposible no simpatizar con ellos. Entre ellos había ancianos y mujeres. Estaban tan desesperados que llegaban a besarme los pies. Sí, en realidad presencié estas escenas con mis propios ojos […]. Sabía que seguramente alguien se quejaría de mí en el futuro. Pero pensé que esto era lo correcto. No hay nada malo en salvar la vida de muchas personas. Con este espíritu, me permití hacer lo que hice, afrontando las situaciones más difíciles, y por este motivo seguí adelante con un coraje redoblado»[20].

Giorgio Perlasca respondió así al periodista que le preguntó qué lo había impulsado a arriesgar su vida para salvar a 5.000 judíos húngaros: «En nuestro país hay un proverbio: la ocasión hace al ladrón. Pues bien, conmigo hizo otra cosa. No creo haber sido un héroe. Al fin y al cabo, tuve una oportunidad y la aproveché». Perlasca atribuía su gesto no al hecho de creerse mejor que los demás, ni tampoco «a un carácter fuerte, una generosidad destacada o una profunda convicción ideológica. Lo veía como una reacción casi inevitable ante la situación en la que se había encontrado. “¿Usted qué habría hecho en mi lugar?”»[21].

Los estudios realizados al respecto, aunque escasos (¡y sería interesante entender por qué!), identifican algunas características comunes en quienes adoptan comportamientos altruistas, especialmente en situaciones de riesgo preocupante para la propia persona: 1) la percepción de lo que está ocurriendo en términos de gravedad ética; 2) el reconocimiento de un poder a disposición; 3) la urgencia de una intervención que debe realizarse; 4) el valor para llevar a cabo la exigencia de justicia; 5) la autotrascendencia, es decir, comprender el acontecimiento en su globalidad, favoreciendo la conciencia; 6) la capacidad de estar «presentes en el presente», traducción psicológica de la vigilancia evangélica que impulsa a la acción: «Cuando suena esa campana, sabe que suena por él. Es la llamada a expresar lo mejor de la naturaleza humana, una vigorosa afirmación de la dignidad del ser humano contra el mal»[22].

Una actitud difícil, pero indispensable

Las múltiples contribuciones de la psicología del desarrollo, de las neurociencias, de la terapia y, sobre todo, de la vida cotidiana coinciden en señalar que el altruismo es una verdad esencial más que una anomalía de la condición humana. Paradójicamente, es precisamente la variabilidad cultural de sus expresiones lo que aporta evidencia de su centralidad. Todas las culturas han elaborado sofisticados sistemas normativos justamente porque la cooperación social se considera universalmente central para la vida humana, y por ello requiere un adecuado reconocimiento teórico[23].

Afirmar esto no significa negar la presencia de intereses egoístas, así como de comportamientos antisociales y destructivos. Estas tendencias problemáticas no constituyen una refutación del altruismo, sino que más bien ponen de relieve la importancia fundamental de cultivar y sostener las potencialidades altruistas presentes en cada individuo, confrontándolas con sus posibles distorsiones y desviaciones. Los propios términos son significativos: hablar de «distorsiones» o «desviaciones» implica reconocer que estas no son lo originario del ser humano, sino más bien una degeneración.

Al enfrentarse al tema de la maldad, el filósofo Paul Ricœur precisa que esta solo puede reconocerse a la luz de la bondad y sanidad esenciales del ser humano. Es en virtud de esa sanidad que puede percibirse la «disonancia» del mal: «Decir que el hombre es tan malo que ya no sabemos qué es la bondad, significa no decir nada; porque si no comprendo lo “bueno”, tampoco comprendo lo “malo” […]: por originaria que sea la maldad, la bondad es aún más originaria»[24].

Los seres humanos son capaces tanto de una generosidad extraordinaria como de un egoísmo cínico; de ahí la importancia de dar vida a estructuras sociales, prácticas educativas e instituciones políticas capaces de favorecer la expresión de las mejores capacidades humanas. No estamos obligados a ser altruistas. Pero es lo que hace bella la vida y digna de ser vivida[25].

  1. Cf. G. Cucci, «¿Es el ser humano “naturalmente egoista”», en La Civiltà Cattolica, 6 de febrero de 2026, https://www.laciviltacattolica.es/2026/02/06/es-el-ser-humano-naturalmente-egoista/

  2. S. Bonino, Altruisti per natura, Roma – Bari, Laterza, 2012, 70.

  3. Cf. F. Warneken – M. Tomasello, «Altruistic helping in human infants and young chimpanzees», en Science, vol. 311, 2006, 1301-1303.

  4. Cf. M. Lepper – D. Greene – R. Nisbett, «Undermining children’s intrinsic interest with extrinsic reward: A test of the “overjustification” hypothesis», en Journal of Personality and Social Psychology 28 (1973/1) 129-137; E. Deci – R. Koestner – R. M Ryan, «A meta-analytic review of experiments examining the effects of extrinsic rewards on intrinsic motivation», en Psychological Bulletin 125 (1999/6) 627 s.

  5. Cf. G. Rizzolatti – L. Craighero, «The mirror-neuron system», en Annual Review of Neuroscience 27 (2004) 169-192.

  6. G. Rizzolatti – M. Fabbri-Destro, «Neuroni specchio», en www.treccani.it/enciclopedia/neuroni-specchio_(XXI-Secolo)

  7. Cf. T. Singer et Al., «Empathy for pain involves the affective but not sensory components of pain», en Science, vol. 303, 2004, 1157-1162. Frans De Waal llegó a la misma conclusión en el ámbito de la etología, al señalar el carácter esencialmente natural de la empatía: «Nos metemos involuntariamente en los cuerpos de quienes nos rodean, de modo que sus movimientos y emociones resuenan en nuestro interior como si fueran los nuestros» (F. De Waal, L’età dell’empatia. Lezioni dalla natura per una società più solidale, Milán, Garzanti, 2011, 85).

  8. V. Punzi, Io, pornodipendente. Sedotto da internet, Milán, Costa&Nolan, 2006, 33.

  9. I. D. Yalom, Teoria e pratica della psicoterapia di gruppo, Turín, Bollati Boringhieri, 1997, 30. El factor más importante, según los participantes, para afrontar las propias dificultades de otra manera fue el vínculo entre el altruismo y el respeto por uno mismo (cf. ibid., 97 n.).

  10. T. Cantelmi – E. Lambiase – A. Sessa, «Quando il sesso fa male. La dipendenza sessuale», en V. Caretti – D. La Barbera (edd.), Le dipendenze patologiche. Clinica e psicopatologia, Milán, Raffaello Cortina, 2005, 183.

  11. Cf. M. Barnett – M. Thompson – J. Pfeifer, «Perceived competence to help and the arousal of empathy», en Journal of Social Psychology 125 (1985) 679 s.

  12. S. Bonino, Altruisti per natura, cit., 51.

  13. Cf. P. Rotner Sakamoto, Japanese diplomats and Jewish refugees: a World War II dilemma, New York, Praeger Pub, 1998.

  14. Cf. F. Rochat – A. Modigliani, «Captain Paul Grueninger: The chief police who saved Jewish refugees by refusing to do his duty», en Th. Blass (ed.), Obedience to Authority: Current Perspectives on the Milgram Paradigm, Mahwah, NJ, Erlbaum, 2000, 91-110.

  15. T. Todorov, Di fronte all’estremo. Quale etica per il secolo dei gulag e dei campi di sterminio?, Milán, Garzanti, 1992, 75.

  16. Ibid., 76.

  17. M. Buber-Neumann, Déportée à Ravensbrück, París, Seuil, 1988, 73.

  18. T. Todorov, Di fronte all’estremo…, cit., 76 s.

  19. Ph. Zimbardo, L’effetto Lucifero. Cattivi si diventa?, Milán, Raffaello Cortina, 2008, 656.

  20. L. Hillel, In Search of Sugihara: the Elusive Japanese Diplomat Who Risked his Life to Rescue 10,000 Jews from the Holocaust, New York, Free Press, 1996, 259.

  21. G. Sabato, «Studiare da eroi», en Mente e cervello 9 (2011) 36. Cf. E. Deaglio, La banalità del bene. Storia di Giorgio Perlasca, Milán, Feltrinelli, 2013.

  22. Ph. Zimbardo, L’effetto Lucifero…, cit., XXX; cf. pp. 628; 632 s. Para profundizar, cf. G. Cucci – A. Monda, L’arazzo rovesciato. L’enigma del male, Asís (Pg), Cittadella, 2010.

  23. Cf. D. Brown, Human Universals, New York, McGraw Hill, 1991; J. Bokser – A. Salas-Porras, «Globalización, identidades colectivas y ciudadanía», en Política y Cultura 12 (2007) 25–52.

  24. P. Ricœur, Finitudine e colpa. I. L’uomo fallibile, Bolonia, il Mulino, 1970, 241.

  25. Para profundizar, cf. G. Cucci, Altruismo e gratuità. I due polmoni della vita, Assisi (Pg), Cittadella, 2015.

Giovanni Cucci
Jesuita, se graduó en filosofía en la Universidad Católica de Milán. Tras estudiar Teología, se licenció en Psicología y se doctoró en Filosofía en la Pontificia Universidad Gregoriana, materias que actualmente imparte en la misma Universidad. Es miembro del Colegio de Escritores de "La Civiltà Cattolica".

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