Como sabían antaño muchos estudiantes estadounidenses, la Guerra de Independencia de los Estados Unidos comenzó en la plaza pública de Lexington, en Massachusetts, el 19 de abril de 1775. Las tropas regulares británicas, que marchaban hacia la cercana localidad de Concord, donde las fuerzas rebeldes habían acumulado armas y municiones, encontraron el camino bloqueado por un grupo de milicianos. Aquella primera descarga de disparos dio inicio a un conflicto que duró ocho años y que concluyó en 1783 con el reconocimiento oficial, por parte de Gran Bretaña, de los recién nacidos Estados Unidos de América.
Sin embargo, para muchos de sus protagonistas, la guerra representó solo una parte de la Revolución. En 1787, Benjamin Rush, uno de los firmantes de la Declaración de Independencia, escribía: «Es demasiado frecuente confundir los términos de la Revolución estadounidense con los de la reciente guerra estadounidense. La guerra ha terminado, pero de ningún modo puede decirse lo mismo de la Revolución americana»[1].
Para estadounidenses como Rush, las profundas transformaciones sociales, políticas y económicas que acompañaron la Revolución se prolongaron mucho más allá del período del conflicto armado. De hecho, algunos destacados revolucionarios sostenían que, en este sentido más amplio, la Revolución había comenzado incluso antes de la guerra. En una carta de 1818 dirigida al editor de un periódico de Baltimore perteneciente a la generación siguiente, John Adams, figura central de la Revolución y segundo presidente de los Estados Unidos, escribía: «¿Qué entendemos por “Revolución estadounidense”? ¿La guerra? Esta no fue parte de la Revolución. Fue tan solo un efecto y una consecuencia de ella. La Revolución estaba en las mentes y en los corazones del pueblo, y ese cambio se produjo entre 1760 y 1775, a lo largo de quince años, antes de que se derramara una sola gota de sangre en Lexington»[2].
Aunque discrepan sobre la cronología de la Revolución, Adams y Rush expresan una convicción compartida por su generación: que la Revolución fue mucho más que la lucha militar y trascendió incluso la firma de la Declaración de Independencia de julio de 1776, cuyo 250º aniversario se conmemora en 2026. Lo que hoy llamamos «Revolución estadounidense» abarca varias décadas, durante las cuales la situación económica, política, social y cultural de la Norteamérica británica se transformó de manera radical con el nacimiento de los Estados Unidos. La Declaración de Independencia y sus consecuencias siguen modelando todavía hoy a los Estados Unidos y, por tanto, al mundo entero; por ello, la cuestión del significado de la Revolución continúa siendo fundamental.
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En este artículo proponemos una nueva lectura de la historia de la Revolución estadounidense, tanto de los acontecimientos bélicos como de las interpretaciones contrapuestas que surgieron posteriormente. Esperamos que esta panorámica permita a los lectores comprender con mayor claridad el significado perdurable de la Revolución y los desafíos que esta sigue planteando en la actualidad.
La Revolución estadounidense: una panorámica histórica
La promulgación de la Declaración de Independencia del 4 de julio de 1776 fue el resultado de décadas de tensiones entre las colonias americanas y el gobierno británico, que terminaron por desembocar en un conflicto abierto. Cuando Jorge III fue coronado rey de Gran Bretaña e Irlanda en 1760, el Imperio británico había ampliado considerablemente sus dominios, hasta ocupar casi la mitad de América del Norte y varias islas del Caribe. A lo largo de la costa atlántica, trece colonias fundadas entre 1608 y 1730 constituían el núcleo de lo que más tarde serían los Estados Unidos. Aunque profundamente británicas en su cosmovisión, dependían en gran medida del sistema imperial británico para su vida económica; sin embargo, durante décadas de «saludable negligencia»[3], habían desarrollado una cultura política propia. Una vez concluidas las hostilidades entre británicos y franceses en América del Norte, los colonos no veían la necesidad de una mayor integración política en el Imperio, mientras que este esperaba, por el contrario, que las colonias contribuyeran en mayor medida al sostenimiento del nuevo orden imperial.
En cambio, las colonias británicas del Caribe dependían estrechamente del poder militar británico y confiaban en sus fuerzas armadas para proteger y mantener el sistema esclavista que garantizaba la mano de obra necesaria para la producción de azúcar, un componente esencial de la economía británica[4]. Un tercer grupo de colonias —las arrebatadas a franceses y españoles en las guerras recientes— ocupaba una posición intermedia: escasamente pobladas y profundamente dependientes del poder económico y militar británico, se diferenciaban notablemente del resto de los súbditos de América del Norte y el Caribe[5]. Con Jorge III decidido a reafirmar las prerrogativas de la monarquía y el Parlamento resuelto a reorganizar y proteger el Imperio, el conflicto entre estas colonias tan diversas y la metrópoli parecía inevitable.
La preocupación más urgente del Parlamento de Londres era obtener nuevos recursos para reforzar la presencia militar británica en América del Norte y saldar las deudas de guerra acumuladas por Gran Bretaña. Temiendo una rebelión fiscal en la metrópoli, el Parlamento trató de trasladar una mayor parte de la carga tributaria imperial a las colonias y aprobó medidas destinadas a regular el comercio colonial con el fin de aumentar los ingresos. La disposición más controvertida fue la Ley del Timbre (Stamp Act) de 1765, la primera ocasión en que el gobierno central impuso un impuesto directo a las colonias[6]. Esta medida provocó disturbios en numerosas ciudades, especialmente en Boston, Massachusetts, y el lema «No taxation without representation» («No hay tributación sin representación») se convirtió en la consigna de los colonos que se oponían a la creciente injerencia del Parlamento en los asuntos coloniales[7].
Los observadores londinenses quedaron sorprendidos por la negativa de los colonos a contribuir al sostenimiento del sistema imperial. Sin embargo, medidas como la Stamp Act habían quebrantado el entendimiento implícito entre Londres y sus colonias, que ya se habían acostumbrado a una intervención mínima por parte de la Corona y del Parlamento. Todas las disposiciones posteriores no hicieron sino debilitar aún más la relación entre la metrópoli y los colonos: estos comenzaron a ver en cada ley parlamentaria o decisión ministerial un intento deliberado de privarlos de los derechos y libertades tradicionales de los británicos, a los que consideraban tener derecho en su condición de súbditos de la Corona[8]. Medidas como la disolución de las asambleas coloniales, la limitación de los juicios con jurado, el uso de órdenes generales de registro y confiscación de bienes (writs of assistance) y el acuartelamiento de tropas regulares británicas en las ciudades desencadenaron una reacción en cadena que deterioró gravemente las relaciones entre las colonias y Gran Bretaña, hasta desembocar en la ruptura definitiva de julio de 1776.
Incluso antes de que el conflicto entre los colonos y el Parlamento estallara en 1765 con las protestas contra la Stamp Act, en las colonias se estaba gestando una silenciosa revolución de las mentalidades que cuestionaba cada vez más las jerarquías sociales, económicas y políticas locales. Como sociedad patriarcal basada en el patronazgo y en la propiedad de la tierra, la América del Norte colonial estaba dominada por una reducida élite que controlaba buena parte de la vida económica y política. Los cargos públicos se transmitían de generación en generación casi como si fueran propiedades privadas[9].
Sin embargo, en la década de 1760 ese sistema comenzó a mostrar signos de crisis. Nuevas élites emergentes forjaron una alianza de carácter populista con pequeños agricultores y artesanos urbanos contra los grupos dirigentes, con el propósito de ampliar las oportunidades de acceso al poder político y a los recursos económicos[10]. Las actitudes revolucionarias que habían surgido en aquellas luchas locales pudieron adaptarse fácilmente a la crítica de la autoridad del Parlamento y, posteriormente, de la propia monarquía. Así, cuando el rey y el Parlamento intentaron reafirmar, durante las décadas de 1760 y 1770, su derecho a gobernar las colonias, los futuros revolucionarios ya disponían de un lenguaje político bien definido con el que oponerse a la autoridad imperial en defensa de aquellos derechos y libertades tradicionales de los británicos que los colonos estadounidenses consideraban parte de su patrimonio originario. Finalmente, estas diversas reivindicaciones confluyeron en la insurrección armada contra el dominio británico en América del Norte y en la exigencia de la independencia. Cuando Thomas Jefferson redactó la Declaración de Independencia en el verano de 1776, condensó una década de impugnaciones del orden establecido en un manifiesto revolucionario que sigue modelando hasta nuestros días la cultura política de los Estados Unidos.
Los primeros éxitos militares de 1775 y 1776 reforzaron el apoyo a la separación de Gran Bretaña. Sin embargo, incluso después de la audaz proclamación de la Declaración de Independencia, que consagraba el nacimiento de los nuevos e independientes Estados Unidos de América, el proyecto de sustraer a las colonias americanas del dominio del Imperio británico estuvo lejos de contar con un respaldo unánime y, fuera de los trece Estados, ninguna otra colonia británica de América del Norte se sumó a la Revolución. Las colonias del Caribe no habrían podido sobrevivir sin la fuerza militar británica, que impedía las rebeliones de los esclavos; los colonos católicos francófonos de Quebec no tenían ningún interés en alinearse con unos rebeldes protestantes que recurrían a un lenguaje anticatólico para criticar a Jorge III y al Parlamento; las comunidades indígenas, aunque desconfiaban de las intenciones del Imperio británico, temían una mayor afluencia de colonos ansiosos por apoderarse de sus tierras; y las personas esclavizadas, sometidas a un sistema inhumano de opresión que separaba a las familias y les negaba los derechos humanos fundamentales y la dignidad, apoyaron al bando que les ofrecía mayores posibilidades de emancipación, siempre que ello estuviera a su alcance[11].
Incluso entre los protestantes blancos de las trece colonias rebeldes, los «patriotas» partidarios de la independencia rara vez contaban con una amplia mayoría: aproximadamente una quinta parte de los colonos anglófonos se oponía a la separación política, mientras que el resto de la población permanecía neutral, cambiando con frecuencia de posición según la evolución de la situación militar; la presencia de tropas en una determinada región inducía a menudo a los neutrales a modificar su lealtad[12]. Sin embargo, la coerción militar resultó, por lo general, contraproducente: los intentos británicos de obligar a los colonos a declarar su fidelidad terminaron con frecuencia fortaleciendo la causa patriota. Las violencias cometidas por las tropas imperiales y sus auxiliares lealistas contra la población neutral impulsaron a muchos a apoyar la independencia de los Estados Unidos.
La dificultad para asegurarse la lealtad incluso de los estadounidenses neutrales ilustra los enormes problemas que las fuerzas británicas tuvieron que afrontar en América del Norte. Aunque obtuvieron la victoria en la mayoría de las batallas libradas entre 1775 y 1781, las tropas imperiales nunca lograron pacificar el territorio ni acabar con los gobiernos independentistas. Los británicos infligieron repetidas derrotas a las fuerzas revolucionarias: en 1776 consiguieron una serie de victorias aplastantes en Nueva York y Nueva Jersey y, en 1777, ocuparon Filadelfia, en Pensilvania, capital de la Revolución. No obstante, las fuerzas independentistas lograron sobrevivir incluso a las derrotas más graves y continuar la guerra. Además, gracias a la ayuda militar francesa, obtuvieron un número suficiente de victorias decisivas como para inclinar a la opinión pública británica en contra del conflicto[13]. Cuando, en 1781, un importante contingente británico capituló en Yorktown, Virginia, Londres solicitó la paz y negoció las condiciones de la independencia.
Tras el Tratado de París de 1783, que supuso el reconocimiento oficial de la independencia por parte del Imperio británico, los nuevos Estados Unidos tuvieron grandes dificultades para alcanzar la estabilidad. La contracción de la actividad económica durante la guerra y la pérdida, tras la independencia, de los mercados británicos para sus exportaciones contribuyeron a un período de estancamiento económico y empobrecimiento, muy alejado de las expectativas de expansión económica que habían alimentado los revolucionarios. Solo a partir de la década de 1790 los Estados Unidos experimentaron un crecimiento significativo[14]. Mientras tanto, estas dificultades económicas pusieron de manifiesto profundas tensiones sociales y políticas, al tiempo que los intentos de construir un sistema político estable sin traicionar los ideales de la Revolución quedaron estancados hasta los años noventa del siglo XVIII. Incluso después de la adopción de la nueva Constitución federal en 1789, los debates sobre el significado de la Revolución estadounidense y sobre el experimento de autogobierno consagrado por la Declaración de Independencia han continuado hasta nuestros días.
Otro frente de guerra: el campo de batalla de las interpretaciones
Según el historiador François Furet, la Revolución francesa nunca ha terminado: la acción simplemente se trasladó del campo de batalla a la vida política y social. Aunque sería exagerado afirmar lo mismo de los Estados Unidos, es cierto que los estadounidenses nunca han dejado de debatir sobre el significado de su Revolución[15]. Estas controversias, naturalmente, no se refieren únicamente al conocimiento histórico, sino que también buscan orientar la acción política contemporánea.
Las distintas corrientes de interpretación de la Revolución estadounidense se centran en responder a algunas preguntas fundamentales: ¿por qué tuvo lugar la Revolución? ¿Cuáles eran sus objetivos? ¿Hasta qué punto era inevitable? ¿Quién la protagonizó: las élites o el pueblo? A continuación examinaremos tres de estas corrientes de pensamiento. Aunque existen otras, estas tres permiten delimitar con claridad los principales términos del debate.
La primera escuela es conocida como la escuela «tradicional» o whig. Esta interpretación, formulada de manera clásica en los escritos de George Bancroft y Edmund Morgan, sigue desempeñando aún hoy un papel activo en la autoconciencia de los Estados Unidos. Según esta escuela, los colonos americanos consideraban que, al buscar la independencia de Gran Bretaña, estaban defendiendo las libertades tradicionales británicas, entre ellas principios políticos como la representación y el consentimiento de los gobernados. Esta corriente subraya un rasgo distintivo de las Trece Colonias con respecto a los demás territorios coloniales británicos: su prolongada experiencia de autogobierno. Los líderes revolucionarios estaban verdaderamente comprometidos con la defensa de la libertad política y no actuaban únicamente por intereses personales. Por ello, los Estados Unidos comenzaron a constituirse como nación en la lucha común contra la tiranía.
Bancroft expresó estas convicciones en un discurso pronunciado con motivo del centenario de la Declaración de Independencia: «La nueva República, al incorporarse al concierto de las potencias del mundo, proclamó su fe en la verdad, la realidad y la inmutabilidad de la libertad, la virtud y el derecho. El corazón de Jefferson, al redactar la Declaración, y el del Congreso, al adoptarla, latían por toda la humanidad. La afirmación del derecho se hizo para todo el género humano y para todas las generaciones futuras, sin excepción alguna»[16]. Este discurso es importante porque sostiene que la experiencia estadounidense de la libertad no es, en esencia, «excepcional», sino que constituye de hecho un modelo para otros pueblos.
Las escuelas historiográficas posteriores han criticado a los whigs por haber idealizado la Revolución como una lucha unitaria por la libertad; por haber subestimado el peso de las motivaciones económicas y de los conflictos internos de la sociedad colonial; por haber pasado por alto contradicciones y tensiones como la esclavitud, el liderazgo de las élites y las desigualdades económicas; y por haber considerado la Revolución como un proceso casi inevitable y moralmente justo. Algunas de estas críticas se dirigen más a la divulgación popular de la interpretación whig que a los propios estudios históricos. No obstante, resulta indudable que la visión whig deja en la sombra muchos aspectos esenciales. En síntesis, esta corriente destaca acertadamente la importancia de la libertad y de los elevados ideales de algunos estadounidenses, pero subestima los intereses materiales y los conflictos sociales que, de manera inevitable, se encuentran en la base de los procesos históricos.
La segunda escuela, la denominada «progresista», surgió posteriormente[17]. Entre sus principales intérpretes críticos de la Revolución estadounidense se encuentran el historiador Charles Beard y el periodista Herbert Croly, cofundador de The New Republic. La crítica progresista a la «Fundación de los Estados Unidos» tendía a desarrollarse en dos direcciones: el sistema era inadecuado ya en el momento de su nacimiento y, con el paso del tiempo, se ha vuelto aún más obsoleto. En el mejor de los casos, esta escuela llama acertadamente la atención sobre los intereses económicos de los grupos sociales implicados en la Revolución, especialmente de las élites coloniales, que desempeñaron un papel dirigente en la política revolucionaria, y pone de relieve tensiones económicas —como las restricciones comerciales, la tributación y los intereses patrimoniales— que fueron determinantes para motivar la resistencia. En An Economic Interpretation of the Constitution of the United States, Beard sostiene que los Padres Fundadores constituían una clase cohesionada que coordinaba la defensa de sus propios intereses económicos[18]. Aunque la Revolución estadounidense aspiraba a liberar a las colonias del dominio británico, esa libertad habría beneficiado principalmente a la clase capitalista y habría representado, por tanto, una nueva forma de dominación sobre las clases inferiores. En consecuencia, según esta interpretación, la Revolución y la Constitución fueron organizadas precisamente por el tipo de «facción» contra la que James Madison escribió en el número 10 de The Federalist.
Sin embargo, como ocurre con gran parte de la historiografía guiada por esquemas teóricos, esta escuela también presenta importantes limitaciones. La crítica progresista de la Revolución nunca ha estado plenamente arraigada en la realidad histórica, sobre todo por la ausencia de una auténtica revolución de clases en las colonias; además, reduce las ideas políticas a un mero interés económico personal, ignorando la sinceridad de las convicciones ideológicas; pasa por alto el hecho de que también muchos ciudadanos comunes apoyaban las ideas revolucionarias por razones ajenas a los intereses económicos; y su recurso al análisis de clases corre el riesgo de simplificar en exceso la sociedad colonial, reduciéndola a un enfrentamiento entre las élites dirigentes y las masas populares. En realidad, ningún grupo llegó a ejercer un control efectivo sobre el rumbo de la Revolución.
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En síntesis, la escuela progresista pone acertadamente de relieve la importancia de los intereses económicos y del poder social en la lucha por la independencia, pero tiende a sobrevalorar el papel del conflicto de clases y a subestimar el del republicanismo. En los últimos años, esta corriente ha experimentado un renovado interés, en paralelo con el crecimiento del socialismo y de la política progresista en los Estados Unidos.
La tercera escuela es la más reciente y, en cierta medida, procura combinar los puntos fuertes de las dos anteriores, evitando sus debilidades. Denominada en ocasiones «escuela neowhig», está representada por Gordon Wood y Bernard Bailyn. Los neowhigs sostienen que los líderes revolucionarios estuvieron profundamente influidos por las ideas políticas republicanas y por el pensamiento ilustrado; que los panfletos y los debates políticos desempeñaron un papel decisivo en la movilización de la resistencia; y que los colonos sentían un temor genuino a la tiranía y a la corrupción, una preocupación heredada de las tradiciones políticas británicas. Sin negar el papel del interés personal de las élites, esta escuela sostiene también que los intereses individuales y el bien común no eran necesariamente incompatibles. Asimismo, aunque insiste en el protagonismo de las clases dirigentes, no presupone que los resultados de la Revolución coincidieran siempre con las intenciones de sus principales actores.
Una de las obras más influyentes de esta corriente, The Radicalism of the American Revolution, de Wood, describe la transformación de la sociedad estadounidense desde la monarquía hasta el republicanismo y, finalmente, la democracia. Al identificar un cambio en el carácter de la sociedad —de una organización fundada en la dependencia servil de los súbditos de la monarquía a otra integrada por ciudadanos republicanos virtuosos y, posteriormente, por una masa democrática—, la obra muestra cómo, paradójicamente, la democracia estadounidense del siglo XXI ha recuperado numerosos rasgos propios de la monarquía. Una de las tesis centrales de Wood es que la Revolución produjo múltiples consecuencias no previstas, algunas de las cuales estaban muy lejos de ser deseadas por sus dirigentes. Es desde esta perspectiva, por ejemplo, como puede entenderse la aparición de una figura como Andrew Jackson[19].
Esta escuela también ha sido objeto de críticas por el énfasis excesivo que concede a los escritos políticos de los grupos dirigentes; por su tendencia a minimizar las tensiones económicas y las divisiones sociales; y por su incapacidad para captar la distancia existente entre las sofisticadas argumentaciones intelectuales presentes en los textos de las élites cultas y las motivaciones cotidianas de la población en general. En síntesis, la interpretación neowhig muestra de manera convincente el papel central de ideas como la libertad y la resistencia a la tiranía, pero concede una atención excesiva a las fuentes intelectuales de las élites.
Hacia una síntesis de un debate interminable
El estudio de estos debates puede resultar fascinante, pero también corre el riesgo de oscurecer lo que verdaderamente está en juego en estas discusiones. ¿Por qué son tan importantes? Ante todo, ponen de relieve la necesidad de una cierta sobriedad en la manera en que los estadounidenses —y no solo ellos— entienden el «experimento estadounidense». Al rechazar tanto la tendencia a ver en la Revolución únicamente aspectos positivos como la postura opuesta, que solo percibe en ella elementos negativos, estos debates invitan, más bien, a evaluar lo que la fundación de los Estados Unidos prometía y lo que realmente ha llegado a realizar. Quizá esta sea también la razón por la que algunos de los más fervientes defensores del sueño americano han sido, al mismo tiempo, lúcidos críticos de sus insuficiencias. Frederick Douglass, por ejemplo, abolicionista, escritor y antiguo esclavo emancipado, elogiaba los ideales de la Revolución con la misma pasión con la que denunciaba la incapacidad de los estadounidenses para estar a la altura de ellos. En su célebre discurso de 1852, «What to the Slave Is the Fourth of July?» («¿Qué es el 4 de julio para el esclavo?»), afirmaba: «¡Yo no participo de esta gloriosa celebración! Su gran independencia no hace sino revelar la inmensa distancia que nos separa. Las bendiciones de las que hoy disfrutan no son compartidas por todos»[20]. Para Douglass, la Revolución estadounidense representaba una promesa, pero una promesa incumplida.
Una visión semejante —que contribuyó asimismo a situar la Declaración de Independencia en el centro del mito fundacional estadounidense— se encuentra en el discurso de Gettysburg del presidente Lincoln. En ese discurso, pronunciado el 19 de noviembre de 1863, en pleno desarrollo de la Guerra Civil, invocó un «nuevo nacimiento de la libertad», vinculando la Guerra Civil con la Revolución estadounidense y presentando esta última como una empresa perdurable que sus compatriotas estaban llamados a continuar: «Hace ochenta y siete años, nuestros padres dieron vida, en este continente, a una nueva nación, concebida en la libertad y consagrada al principio de que todos los hombres son creados iguales»[21].
Como observa el analista político Yuval Levin a propósito del discurso de Gettysburg, «la nueva nación —dijo Lincoln— no fue simplemente concebida y engendrada; fue consagrada a un principio». Lincoln quería señalar no simplemente un comienzo, sino una tarea por realizar: un compromiso concreto, una aspiración destinada a ejercer una influencia duradera sobre la conciencia de los estadounidenses de las generaciones futuras[22]. Esto significa, escribe Levin, que este aniversario no constituye tanto una celebración o un cumpleaños como una ocasión para la reflexión y el examen crítico. La Revolución no es únicamente un acontecimiento consumado digno de celebración, sino una misión que debe proseguirse y a cuya luz el país puede ser juzgado por sus éxitos y sus fracasos, por su fidelidad o su infidelidad a los ideales que proclama.
¿En qué punto se encuentra hoy la Revolución?
La tensión entre la realización de los más altos ideales de la Revolución y la contención de sus impulsos más oscuros se manifiesta en la política estadounidense actual. Quizá esto resulte especialmente evidente en los debates sobre la inmigración. Las posturas contrapuestas que afloran en estas controversias pueden encontrar fundamento en la Declaración de Independencia. Quienes insisten en la necesidad de reforzar las fronteras y de llevar a cabo una reforma migratoria largamente esperada pueden hacerlo apelando al derecho natural, al ordenamiento jurídico estadounidense y a la exigencia de un gobierno justo, tal como se proclama en la Declaración. Por otra parte, quienes defienden una política más abierta hacia los inmigrantes pueden remitirse tanto a la historia de los Estados Unidos como un país que desde sus orígenes ha acogido a inmigrantes, como a la aspiración estadounidense de ser una nación que haga realidad el ideal expresado en la Declaración de Independencia: «que todos los hombres son creados iguales; que han sido dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos se encuentran la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad».
Los Estados Unidos tienen pleno derecho a regular la inmigración, y no cabe duda de que el país necesita desde hace tiempo una reforma de su política migratoria. Sin embargo, el espíritu de la Declaración exige que la sociedad estadounidense sea capaz de actuar con pragmatismo sin caer en el cinismo, y con sentido moral sin deslizarse hacia el utopismo. En una declaración publicada en noviembre de 2025, los obispos estadounidenses, refiriéndose a la situación de los migrantes, afirmaban: «Nosotros, los obispos, apoyamos una reforma significativa de las leyes y los procedimientos de nuestro país en materia de inmigración. La dignidad humana y la seguridad nacional no están en conflicto. Ambas son posibles si las personas de buena voluntad colaboran»[23].
La administración del presidente Trump ha tratado de redefinir la política exterior estadounidense, por ejemplo, distanciándose de los compromisos multilaterales, intentando implantar regímenes arancelarios en nombre del proteccionismo económico y emprendiendo operaciones militares que, en ocasiones, han contado con un respaldo internacional muy limitado. Sin duda, ese «multilateralismo sano» propugnado por los pontífices recientes ya se encontraba gravemente debilitado mucho antes de 2024. Sin embargo, los principios morales proclamados en 1776 exigen defender los propios intereses con una conciencia madura del papel de liderazgo que los Estados Unidos desempeñan en el mundo.
Aunque la inmigración y la política militar pertenecen a ámbitos distintos, ambos comparten un elemento común: el debilitamiento de la separación de poderes o, más exactamente, el fracaso del sistema de frenos y contrapesos. Los Padres Fundadores concibieron la Constitución de los Estados Unidos sobre la base del principio de que «la ambición debe ponerse en condiciones de contrarrestar a la ambición»: la desconfianza recíproca entre los distintos poderes del Estado impediría que cada uno de ellos sobrepasara los límites de sus competencias. Este diseño institucional, cuyas bases teóricas se encuentran en Polibio y Montesquieu, está asimismo en consonancia con el espíritu de la Revolución estadounidense. Aunque el peso relativo de cada uno de los poderes varía con el tiempo, en las administraciones más recientes el Congreso ha ejercido un control muy limitado sobre la presidencia, lo que ha incrementado aún más la presión sobre los tribunales federales para que actúen como contrapeso al poder presidencial. En consecuencia, la salud de la democracia estadounidense depende de la capacidad de la separación de poderes para limitar una presidencia cada vez más «imperial», en consonancia con la desconfianza revolucionaria hacia toda concentración del poder.
Si Lincoln tenía razón, entonces incluso los críticos más cínicos del proyecto estadounidense deberían reconocer la importancia de hacer realidad los ideales que dieron forma a la Declaración de Independencia[24]. Sin embargo, ello exige también un esfuerzo generacional para redescubrir el significado moral de la Revolución en cada época, con sus desafíos y sus oportunidades, así como una firme oposición tanto a la autocomplacencia ingenua como al cinismo decadente[25]. En este sentido, resulta significativo que los obispos de los Estados Unidos consagraran el país al Sagrado Corazón en junio de 2026, en el marco de las celebraciones del aniversario, con el propósito de reconocer la realeza de Cristo y de alentar a los católicos y a todas las personas de buena voluntad a «promover la verdad, la justicia y la caridad en la vida estadounidense»[26]. Que todos los estadounidenses se comprometan a hacerlo, como lo hicieron los propios firmantes de la Declaración, «con firme confianza en la protección de la divina Providencia».
- «Benjamin Rush: Address to the People of the United States», en J. P. Kaminski – G. J. Saladino – R. Leffler – C. H. Schoenleber – M. A. Hogan (edd.), The Documentary History of the Ratification of the Constitution: Digital Edition, Charlottesville, VA, University of Virginia Press, 2009, vol. 13, 45-49. ↑
- «Letter from John Adams to Hezekiah Niles (1818)», en G. S. Wood (ed.), John Adams: Writings from the New Nation, 1784-1826, New York, Library of America, 2016, 629 s. ↑
- Cf. A. Taylor, American Revolutions: A Continental History, 1750-1804, New York, W. W. Norton, 2016, 18 s.; 23-26. ↑
- Cf. ibid., 17; 102. ↑
- Cf. ibid., 46 s. ↑
- Cf. G. S. Wood, The Radicalism of the American Revolution, New York, Vintage Books, 1991, 62 s. ↑
- Cf. A. Taylor, American Revolutions…, cit., 96-100. ↑
- Cf. G. S. Wood, The Radicalism of the American Revolution, cit., 13-16. ↑
- Cf. ibid., 57-59. ↑
- Cf. ibid., 169-172. ↑
- Cf. A. Taylor, American Revolutions…, cit., 74 s.; 145-150; 151-153; 228-231. ↑
- Cf. ibid., 211 s.; 215 s. ↑
- Cf. G. S. Wood, The Radicalism of the American Revolution, cit., 176-178. ↑
- Cf. A. Taylor, American Revolutions…, cit., 296 s.; 306 s. ↑
- Sobre la relación entre la Revolución Francesa y la Revolución Americana, cf. H. Arendt, Sulla rivoluzione, Turín, Einaudi, 2009. ↑
- G. Bancroft, Oration Delivered at the Celebration of the Centennial Anniversary of the Declaration of Independence, July 4, 1876, at Philadelphia, Philadelphia, J. B. Lippincott & Co., 1876. ↑
- Cf. S. Skowronek – S. M. Engel – B. Ackerman (edd.), The Progressives’ Century: Political Reform, Constitutional Government, and the Modern American State, New Haven, CT, Yale University Press, 2016. ↑
- Cf. C. A. Beard, An Economic Interpretation of the Constitution of the United States, New York, Macmillan, 1913. ↑
- Sobre Andrew Jackson, cf. J. Meacham, American Lion: Andrew Jackson in the White House, New York, Random House, 2008. ↑
- «What to the Slave Is the Fourth of July?», en National Museum of African American History and Culture (www.nmaahc.si.edu/explore/stories/nations-story-what-slave-fourth-july). ↑
- A. Lincoln, «Gettysburg Address», 19 de noviembre de 1863, en www.guides.loc.gov/gettysburg-address ↑
- Y. Levin, «America’s 250th Isn’t Just a Birthday», en The Free Press (www.thefp.com/p/americas-250th-isnt-just-a-birthday), 19 de enero de 2026. ↑
- United States Conference of Catholic Bishops, «U.S. Bishops Issue Special Message on Immigration at Plenary Assembly in Baltimore» (www.usccb.org/news/2025/us-bishops-issue-special-message-immigration-plenary-assembly-baltimore), 12 de noviembre de 2025. ↑
- Cf. T. J. Massaro, «A Catholic Challenge to American Exceptionalism» en America (www.americamagazine.org/faith-and-reason/2025/07/07/massaro-american-exceptionalism-250835), 7 de julio de 2025. ↑
- G. S. Wood, «Why America Is a “Creedal Nation”», en Wall Street Journal (www.wsj.com/opinion/why-america-is-a-creedal-nation-75676aa8), 21 de noviembre de 2025. ↑
- A. K. Sample, «Reflection for the Consecration to the Sacred Heart», United States Conference of Catholic Bishops (https://lumenmedia.org/news/bilingual-reflection-on-the-consecration-to-the-sacred-heart). ↑
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