SOCIOLOGÍA

La «utilidad de la fe» en el mundo educativo

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Una de las grandes dificultades que afrontan las escuelas católicas en algunas partes del globo, radica en transmitir a alumnos, profesores y familias la «utilidad de la fe». Esto se complica en un mundo cada vez más utilitarista, donde a nivel de rendimiento y pragmatismo la fe parece que no tiene tanto que aportar. Y es que la fe ha de vivirse como un don y una necesidad para el ser humano, y no desde el plano de la utilidad como propone el mundo. Debido a ello, a partir de este artículo vamos a intentar abordar el reto de leer la realidad del siglo XXI e intentar desvelar una paradoja: al mismo tiempo que el mundo da la espalda a Dios, la necesidad de la fe en nuestras vidas se hace aún más palpable y se convierte en un bálsamo para aliviar los dolores de este mundo, y vacunarnos así para futuras enfermedades sociales. Es decir, cuanto más se aleja la sociedad de Dios más se hace acuciante nuestra necesidad de Dios, la sed se hace más fuerte, como ocurre en la «parábola del hijo pródigo» (cf. Lc 15,11-32).

León XIV, en su Carta Apostólica sobre la Educación, Diseñar nuevos mapas de esperanza, señala que «educar es un acto de esperanza y una pasión que se renueva porque manifiesta la promesa que vemos en el futuro de la humanidad»[1]. Para ello, no debemos perder de vista la perspectiva de la educación. Este acercamiento siempre pone los ojos en el futuro, en un mundo cada vez más cambiante y difícil de predecir, pero que siempre nos lanza hacia un tiempo nuevo y esperanzado. Además, esta mirada debe de partir de la propia realidad[2], la del apasionante siglo XXI.

No se trata de caer en teorías o en ideologías vagas, sino hacernos conscientes que el mundo de hoy puede ser escuela y mostrarnos cuáles son las necesidades que nos hablan de esa sed de Dios en este «cambio de época»[3] – como le gustaba decir al papa Francisco – y cómo la religión católica puede ser el medio idóneo para conectar con Dios, para «re-ligare», volviendo al significado original de «religión». Intentar que sea la propia realidad la que nos hable. Por otro lado, debemos partir de dos premisas fundamentales. La primera es que los cristianos debemos ser conscientes de que la fe, que es un don de Dios, no nos hace automáticamente mejores que el resto; pero sabemos, al mismo tiempo, que a través de la fe podemos ser mejores personas y salvarnos, si la vivimos en plenitud. Esto nos ubica en una situación de humildad, de igualdad y a su vez de razonamiento sobre la urgencia de Dios en nuestra vida, y del rol positivo de los no creyentes en nuestro mundo. Y en segundo lugar, esta vez en forma de pregunta, nos surge la siguiente cuestión: ¿nos creemos de verdad que una sociedad con fe es una sociedad mejor?

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Una antropología cristiana

Si hacemos un recorrido por la historia de la antropología, podemos descubrir cómo el hecho religioso es una realidad palpable en los yacimientos de todo el mundo. Se pueden encontrar vestigios religiosos en China, en Australia o en la América meridional, y en épocas muy dispares. Al mismo tiempo, la religiosidad se manifiesta de diversas formas que, si bien no bastan para demostrar la existencia de Dios, muestran sin embargo que el ser humano está naturalmente predispuesto a la fe y a su presencia en la cultura y en la sociedad, y que, por lo tanto, una educación integral no puede en ningún caso pasar por alto esa realidad.

Esto se acentúa cuando nos acercamos a las ideales de felicidad y plenitud que triunfan en nuestra época, donde priman el éxito, el dinero, el placer y el ocio. No obstante, la realidad muestra cómo nuestra vida no siempre se ajusta a estos ideales, y la propuesta cristiana propone un camino capaz de dar un horizonte de plenitud más allá de los resultados mundanos, que suelen aupar a unos pocos a la cumbre y condenan a otros al ostracismo más atroz, también en cuanto a modelo de felicidad se refiere. En esta misma línea, está demostrado cómo los creyentes suelen tener menos conductas suicidas, por diferentes motivos[4].

Uno de los rasgos del nihilismo imperante es la pérdida de sentido de la vida – y el valor que esta tiene – para las personas, lo cual condena a muchísimas personas al sinsentido existencial y propicia demasiadas conductas adictivas. Este drama no es algo solo propio de sociedades donde se ha logrado el ansiado estado del bienestar, se da con mayor necesidad entre los alumnos que se sienten marginados, que sufren bullying o que están en situación de extrema vulnerabilidad. La antropología cristiana responde ante esta problemática que cada persona cuenta y tiene una vocación, y por tanto un lugar en el mundo, siendo una comprensión del ser humano que pone en cuestión la cultura dominante.

Mirando la realidad, podemos comprobar cómo el contexto actual está marcado por el modo de comprender el mundo propio del neoliberalismo económico, que exalta la libertad por encima de todo y rompe los vínculos de las personas para exaltar al individuo. Esto puede tener sus ventajas, pero conlleva un auge del individualismo y en consecuencia condena a muchas personas a la soledad y al empobrecimiento de los lazos comunitarios, algo que sufren más las personas en situación de vulnerabilidad.

Ante este panorama, resulta curioso constatar cómo los países de tradición católica tienen mucho más marcada la dimensión familiar y comunitaria, lo que se advierte incluso en los deportes de equipo en los Juegos Olímpicos, donde selecciones nacionales suelen destacar. En el caso de España, durante la crisis de 2008 muchas personas salieron adelante gracias a sus redes familiares, mientras que las personas que contaban con menos tejidos familiares corrían el riesgo de acabar en situación de pobreza y exclusión[5]. La realidad es que las escuelas no están solo para formar académicamente a las personas, porque una de sus tareas dentro de su formación integral pasa por ayudar a los alumnos a crear vínculos: con los demás y con la trascendencia.

El existencialismo, una de las corrientes filosóficas predominantes de las últimas décadas, se ha alejado de la comprensión cristiana que se fundamenta en el Génesis, que considera que el ser humano está creado por amor. Este matiz es más importante de lo que parece. Porque no es lo mismo considerar que la chispa de tu existencia está en ti, o que tu origen está en otros que te dieron la vida, porque nadie está en el mundo por méritos propios. Es la sutil diferencia entre aceptar la vida desde el don o vivirla desde la continua queja del que se cree el centro del mundo, entre aceptar nuestra condición de criaturas o renunciar a esta vivencia. Al fin y al cabo, todos conocemos personas que se relacionan desde el agradecimiento por todo lo que tienen o desde la exigencia por todo lo que les falta.

Son detalles nada desdeñables que pueden llegar a marcar la convivencia y nuestro modo de comprendernos en el mundo. Esta concepción de la persona cristiana contrasta con la visión consumista del ser humano, que le obliga a participar en una cadena de consumo – que va desde el ocio, hasta las compras y por supuesto a la tecnología –, y que le aboca a producir más y más para poder consumir más y más. Es otra forma de esclavitud y es otra forma de deshumanizarnos poco a poco, pese a que nos creamos que estamos triunfando laboralmente. Y más allá de las consecuencias para el planeta y para los daños que genera en las periferias del sistema, implica un modo de vivir basado en la insatisfacción constante del que necesita gastar continuamente para poder participar del sistema y de paso ser feliz. Por esto mismo, se hace imprescindible recuperar espacios en la realidad donde el ser humano recupere su condición de persona en referencia a una realidad anterior. Para ello es preciso intentar conectar a cada alumno con un Dios que les ama por lo que son y no por lo que tienen o por lo que hacen, donde puedan contemplar con lucidez su vida y donde conecten con su esencia más profunda, para así intentar salir de cualquier dinámica materialista que les impida ser libres.

Por último, tampoco se puede olvidar que los centros educativos forman personas para toda la vida, lo que implica enseñarles a enfrentar enfermedades, fracasos y la muerte de sus seres queridos. Y nadie sabe qué será de su vida dentro de diez, veinte o treinta años. Desde esta perspectiva, no es lo mismo para una persona afrontar la pérdida de sus familiares desde la esperanza de la resurrección o condenar a las personas a pensar que los suyos un día serán un recuerdo, al día siguiente el olvido y más tarde la nada. En un mundo que rehúye el fracaso y tiene dificultad para tolerar el dolor, renunciar a la fe como elemento de apoyo en las situaciones de dificultad vital puede ser algo cuanto menos discutible. Porque estos días tarde o temprano llegan a todas las vidas, y conviene estar más que preparado para lo que pueda pasar. En cambio, el antídoto del mundo pasa por los ansiolíticos, los seguros o, en el caso de los más espabilados, por la pícara especulación. Frente a esta actitud, la respuesta cristiana no consiste en defender el sufrimiento porque sí – eso sería masoquismo – sino en comprender la cruz, la resurrección y el sacrificio por amor, y esto puede cambiar muchas vidas, porque nos permite vivir de otra manera.

En diálogo con la cultura

Son muchas las definiciones y conceptos que podríamos tomar para tratar de definir y comprender la cultura. Lo mismo vale para el rol que se le da en relación con la biología. No obstante, aunque se asuma como un concepto cambiante y polisémico, no podemos negar que tiene una gran relación con la fe, porque de alguna forma salvaguarda el modo que tienen las personas de relacionarse con la realidad. Por otro lado, la cultura no es imparcial, y puede desembocar en unos resultados u otros en función de los elementos y las categorías de las que se nutre. Esta cultura, además, determina la cosmovisión, que no es otra cosa que el modo de ver y comprender el mundo y la realidad que tiene cada persona y cada colectivo.

El gran ejemplo del dinamismo cultural son los propios referentes culturales. En el siglo XXI estamos asistiendo a un cambio exponencial, tanto en los medios como en los diversos actores implicados. Por un lado, hay un auge de las redes sociales, donde emergen y pasan de moda con relativa facilidad. A su vez, en este escaparate mediático compiten personajes como deportistas, cantantes o influencers, cuyos mensajes, de lo más peculiares, son consumidos, asimilados y multiplicados por muchos seguidores. En algunos casos inofensivos, en otros más sutiles y enrevesados, pero en ningún caso indiferentes. Sobre todo, porque estos referentes se centran solo en algunas dimensiones de la vida, y se vuelven insuficientes para dar respuestas a retos y preguntas que cuestionan nuestras vidas. Y pese a que en muchos casos los referentes que propone la Iglesia no casan mucho con los patrones que propone el mundo, si se logran transmitir y explicar en profundidad, se vuelven sanos referentes en cuanto a valores y virtudes que engloban a todas las dimensiones de la persona.

Por otro lado, la cultura provee de identidad colectiva a los grupos humanos. Recuerda a cada comunidad de personas quiénes son, de dónde vienen y a dónde van. Este aspecto, en un mundo cada vez más volátil, se vuelve una necesidad mayor, pues la probabilidad de desarraigo es más alta. En el caso de la cultura europea y americana, es muy complicado visitar museos como el Louvre, el Prado o la Sagrada Familia sin comprender ciertas categorías culturales. No se trata de tener un mínimo de cultura general y de identificar los distintos elementos en el retablo de una iglesia, o de saber quién es quién cuando se contempla un cuadro de Caravaggio. Consiste más bien en saber reconocer categorías que configuran nuestras relaciones; conceptos que apuntan a dimensiones tan humanas y divinas a la vez como el amor, la fidelidad, el compromiso, la entrega, la fraternidad, la misericordia, la cruz, la plenitud, el sacrificio, el pecado y, por supuesto, el perdón. Sin comprender el significado profundo y el origen de estas categorías en nuestra cultura, es indudable que nuestra visión colectiva se empobrecerá.

A su vez, la cosmovisión cristiana sigue estando presente en el pensamiento occidental. De la misma manera que la visión del tiempo era circular y en otras culturas la mirada sobre los ancestros es fundamental, en la cultura cristiana nos movemos sobre un eje longitudinal, asentado en el alfa y omega, principio y fin, creación y fin de los tiempos. Los grandes líderes son aquellos capaces de mirar mucho más allá del ahora y del propio lugar, de lo que se deduce que la mirada cortoplacista suele ser mala consejera. Por eso mismo, desde la cosmovisión cristiana consideramos que el mañana es bueno sencillamente porque viene de Dios (cf. Gn 1,31), una idea que ha sido tomada por la perspectiva del progreso. No obstante, esto tiene sus implicaciones en nuestra vida. Renunciar a esta mirada longitudinal nos condena a un cruel «presentismo», donde el ahora se vuelve una emergencia, y surge la ansiedad porque somos incapaces de separar lo urgente de lo importante, algo muy propio de nuestra sociedad. En contraposición a esta visión longitudinal, nuestra cultura enarbola la bandera del carpe diem, soslayando que para muchas personas cuyas vidas son un infierno, hablar de vivir el presente se puede convertir en un auténtico disparate.

Camino para la paz

Benedicto XVI, a lo largo de su pontificado, urgía a defender, como ya había hecho san Juan Pablo II[6], las raíces cristianas de Europa, como requisito para la preservación de los valores morales y espirituales del continente, como hizo en aquel encuentro con el mundo de la cultura en su Alemania natal[7]. Y la realidad es que cualquier institución que olvida sus fundamentos, está condenada tarde o temprano a naufragar. Por ello, en un momento donde el auge de los nacionalismos amenaza la geopolítica global, tener fundamentos comunes conlleva una esperanza para el futuro y otorga lenguajes comunes donde poder ganar en entendimiento. Estas raíces y fundamentos nos ayudan a comprendernos a nosotros mismos y nos confieren un pasado y un presente imprescindibles para afrontar un futuro con valentía, sentido y decisión.

Estos elementos se transmiten en el día a día. Aspectos como la ética, la libertad (cf. Gal 5,1) y la dignidad humana, tan necesarios para la democracia se asientan en una cosmovisión cristiana. De tal manera que en muchos países de tradición cristiana – por muy secularizados que estén – rechina la instintiva ley del «ojo por ojo, diente por diente», propia de numerosas y antiguas culturas y que se puede ver en cualquiera de nuestros recreos y entornos profesionales, siendo la respuesta de Jesús una auténtica novedad (cf. Mt 5,38-48).

En esta línea, en muchos países del mundo la libertad es un sueño lejano por falta de seguridad o de ausencia de democracia como tal, y sin embargo es algo inherente a la propia vivencia de un sano cristianismo (cf. 1 Cor 10,20) desde sus inicios (cf. Jn 8,31-32). Y no hay más que mirar el modo de comprender a las personas desde la cultura contemporánea y desde la política actual, donde por desgracia el mínimo común denominador se reduce a identidades y derechos, aspirando a una mirada empobrecida del ser humano. No obstante, el fundamento de la dignidad del ser humano no puede anclarse en identidades que basculan con corrientes y modas o en derechos a merced de los políticos de turno, que hacen y deshacen a su antojo. Por más que no se quiera ver, la dignidad de toda vida humana, desde la propuesta cristiana, radica en ser y estar creados «a imagen y semejanza de Dios» (Gn 1,26). Y desde esta perspectiva, toda vida humana es valiosa, sencillamente porque encuentra su dignidad en relación a Dios. Para los cristianos, esto hace que la dignidad humana tenga el mismo valor, seas monarca en la vieja Europa o estés intentando cruzar de forma ilegal el Mediterráneo, estés en el vientre de una joven en el cuerno de África o agonizando en una unidad de cuidados paliativos.

Y quizás esto, en un mundo tan cambiante – y en ocasiones, amenazador – es una urgencia y una necesidad, pues es la clara diferencia entre humanizar al ser humano o cosificarlo como un objeto más. Es un fundamento necesario para afrontar los retos morales de hoy, como el transhumanismo[8], pero también una clave para tratar al hermano, al compañero de pupitre y al vecino de al lado. Esto se constata en la ejemplaridad de muchas organizaciones sociales de la Iglesia – bastantes ligadas al ámbito educativo – que están en las fronteras del mundo, sencillamente, donde nadie quiere estar.

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Siguiendo en la clave política, no se puede ignorar el riesgo de las ideologías, que basculan desde lo político y lo cultural hasta el fanatismo religioso. En parte, nos conducen a mirar la realidad desde una visión monocolor que divide el mundo entre buenos y malos – y por tanto polariza – , asume que unos son mejores que otros y poco a poco nos empobrece como sociedad y acaba con cualquier atisbo de diálogo y de diversidad, anteponiendo nuestro modo de comprender la realidad al respeto al prójimo y a la defensa del bien común. En contraste, las alternativas a las ideologías, radican en la conciencia, donde el ser humano afianza su intimidad con Dios y logra leer la realidad a luz de la verdad y del amor a Dios y al prójimo.

Asimismo, esta conciencia sirve de brújula para que cada persona pueda dejarse guiar en un mundo incierto y que gira demasiado rápido, y donde no se puede responder al hoy con las respuestas del ayer. Por tanto, es preciso enseñar a nuestros alumnos las líneas del bien y del mal, a rechazar las respuestas enlatadas y a asumir un discernimiento a la luz de la verdad y en auténtica libertad, para no caerse por el camino o dejarse llevar por intereses externos que buscan aprovecharse de los demás. León XIV afirma, en la carta que hemos citado, que la educación católica:  «debe unir la justicia social y la justicia ambiental, promover la sobriedad y los estilos de vida sostenibles, formar conciencias capaces de elegir no solo lo conveniente, sino lo justo»[9].

Por otro lado, no son pocas guerras las que afectan al mundo, y que pueden desembocar en conflictos aún mayores. Tomando los casos de Ucrania y de Oriente Medio, el factor religioso – aunque hay otros tantos – y las distintas cosmovisiones del mundo han propiciado un roce que ha acabado en herida. Si lo pensamos detenidamente, la solución no pasa por erradicar las religiones como algunas ideologías pretenden y que contradice la necesidad antropológica del hecho religioso. Pasa más bien por proponer una imagen cristiana de Dios que invite a amar a Dios y al prójimo. Sin duda, junto a la justicia social este es el camino para la paz, donde si todos consideramos a Dios como Padre, percibiremos al prójimo como un hermano, y no como un enemigo.

No obstante, no podemos olvidar que la idea de Dios es fácilmente manipulable por los fundamentalismos políticos o terroristas, algo que ya se intuía desde el principio en el libro del Éxodo(cf. Ex 20,7). Por tanto, en un mundo en guerra y donde surgen diversas visiones del mundo, el concepto de fraternidad se convierte en uno de los pocos horizontes que integran a todos los pueblos de la tierra en un camino de paz, justicia y diálogo. Y no lo podemos olvidar, sencillamente porque está en juego el futuro de la humanidad.

Y finalmente, es importante recordar que las democracias, en este primer cuarto de siglo, han estado marcadas por el populismo, a lo largo y ancho del globo. Un modo de comprender la política que menosprecia la verdad y que crea líderes mesiánicos, que difunde fake news y jalea la violencia y erosiona las estructuras y se desenvuelve a las mil maravillas en las redes sociales, afectando a todas las sensibilidades políticas. Es un modo de comprender la política acomodado en la posverdad, donde la verdad ya no es algo por lo que merece la pena luchar.

Por desgracia, la sobredosis de información y de estímulos, implica una mayor dificultad para llegar a lo profundo. Asimismo, el relativismo actual hace que cada vez nos cueste más discernir lo principal de lo secundario, el bien y el mal, lo aparente de lo auténtico y lo verdadero de lo falso, de tal manera que puede tener más impacto un comentario en X que en una buena tesis doctoral. Es, por tanto, inmediatamente necesaria la mirada que sabe distinguir niveles y que no se deja engañar. Un modo distinto y profundo de ver el mundo. En la misma línea, ahora que se habla tanto de transdisciplinariedad y conexión entre saberes, necesitamos enganches que no conecten solo lo horizontal, sino que nos fijen a lo profundo de la realidad, en vertical[10], algo propio de la filosofía y de la teología y que remite a la fuente última del conocimiento.

El presente y el futuro de la Iglesia

Educar implica sí o sí una mirada profética, porque se preparan personas para un futuro incierto, desconocido y desconcertante. Por ello es preciso dotar de todas las herramientas posibles para sobrevivir entre las muchas adversidades de un mundo que nos reta, y una de ellas es la fe que provee de confianza en el futuro y que nos hace amar más a los demás, crear vínculos. Y sobre todo, para formar personas capaces de intuir claridad donde otros solo ven caos y confusión, testimonios capaces de atisbar la luz de la esperanza en medio de la oscuridad de la noche. Y educar también requiere un paso previo, porque no se trata tanto de elegir la metodología, pensar qué sociedad queremos formar y qué es de verdad lo importante y qué es de verdad lo secundario. En definitiva, qué nos hace vivir con plenitud a todos, sin dejar a nadie atrás.

Muchas veces se piensa que los jóvenes son el futuro de la Iglesia, pero la realidad es que ya son el presente. En una época en el que en muchos lugares las parroquias se vacían, las escuelas se convierten en punto de contacto de la Iglesia con los jóvenes. De poco servirá a la escuela católica formar grandes profesionales si no son capaces de transmitir lo mejor que poseemos y lo que nos une y nos hace distintos, y la esencia de todo, que no es otra cosa que la fe. Y esto nos recuerda la vocación misionera que tenemos cada uno como bautizados y la Iglesia como institución, para que los alumnos vivan reconciliados y perciban en Jesús de Nazaret algo más que una buena referencia, sino alguien que les puede cambiar la vida y ofrecer un horizonte de plenitud.

Y es que la fe no es algo de otro siglo, sino que es un don llamado a recrearse en cada momento y lugar de la historia. Y que lejos de ser algo desfasado, no solo es necesidad, sino también urgencia (cf. 1 Cor 9,16) para la vida de las personas y para el buen discurrir de cada pueblo y nación.

El «temor de Dios», uno de los dones del Espíritu Santo, no es tener miedo a un Dios bueno y misericordioso, sino reconocer que con Dios podemos ser mejores personas y mejores sociedades. En algunos lugares del mundo, este es probablemente el gran reto que la escuela católica debe afrontar en este siglo XXI. Ojalá entre todos lo consigamos abordar, para así «diseñar nuevos mapas de esperanza» y «orientarnos hacia la verdad que libera (cf. Jn 8,32), hacia la fraternidad que consolida la justicia (cf. Mt 23,8), hacia la esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5)»[11].

  1. León XIV, Carta apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, con ocasión del LX aniversario de la Declaración conciliar Gravissimum educationis, 28 de octubre de 2025, n. 3.2.

  2. Cf. Francisco, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 24 de noviembre de 2013, nn. 231-233.

  3. Cf. Id., Discurso a la curia romana con motivo de las felicitaciones navideñas, 21 de diciembre de 2019.

  4. Cf. R. Dawson, «Is religion good for your mental health?», en Thinking Faith (www.thinkingfaith.org/articles/religion-good-your-mental-health), 15 de mayo de 2015.

  5. Cf. L. Stoleru, Vaincre la pauvreté dans les pays riches, París, Flammarion, 1974, cap. 3.

  6. Cf. Juan Pablo II, s., Discurso sobre las raíces cristianas comunes de las naciones europeas, Roma, 6 de noviembre de 1981.

  7. Cf. Benedicto XVI, Encuentro con el mundo de la cultura, Aula Magna de la Universidad de Ratisbona, 12 de septiembre de 2006.

  8. Cf. Comisión Teológica Internacional, «Quo vadis, humanitas?». Pensar la antropología cristiana ante algunos escenarios futuros de la humanidad, 4 de marzo de 2026.

  9. León XIV, Diseñar nuevos mapas de esperanza, cit., n. 7.2.

  10. Cf. J. L. Martínez, Teología moral en salida, Santander, Sal Terrae, 2023, 102-108.

  11. León XIV, Diseñar nuevos mapas de esperanza, cit., n. 11.3.

Álvaro Lobo Arranz
Jesuita desde 2011 en la provincia de España. Su primera formación fue Enfermería, para luego continuar con Antropología y un Máster en Política y Democracia. Actualmente prepara la Licencia en Teología Moral en el Centro Sèvres. Sus principales áreas de interés son el mundo de la educación y la escritura. Colabora de forma regular en la Pastoral SJ y en otros espacios religiosos y laicos.

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