Cine

La gracia y el cine: Gabriel Axel y Paolo Sorrentino

Un fotograma de la película La grazia, de Paolo Sorrentino.

La relación entre la gracia y el cine se puede formular de diversas maneras. Según una de estas explicaciones, la gracia como fuerza divina presente en la historia se manifiesta especialmente en vidas humanas, y el cine como séptimo arte tiene una capacidad extraordinaria de narrar vidas humanas. Quizás esta sea la gracia del cine.

De hecho, «gracia» es un término central de la Biblia y de la tradición cristiana. En este artículo, hemos elegido dos películas en que este término es central: El festín de Babette (Gabriel Axel, 1987) y La Grazia (Paolo Sorrentino, 2025). Ciertamente, son dos películas separadas en el espacio y en el tiempo: Dinamarca 1987 e Italia 2025. Pero esta distancia nos permitirá descubrir la diversidad de formas en que la gracia se hace presente en nuestro mundo y en nuestras vidas[1].

En el texto que sigue, comenzamos presentando brevemente la idea de gracia en la Biblia. Continuamos con los resúmenes de los argumentos de las dos películas, tras los cuales realizaremos un análisis comparativo desde la perspectiva de la gracia. Terminamos con unas conclusiones sobre las formas en que la gracia se manifiesta en el tiempo presente: incluso a través de personas y en situaciones en que no se la invoca ni se la espera.

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La «gracia» en la Biblia

En el Antiguo Testamento, la gracia aparece como una promesa y como una esperanza, y refleja el amor de Dios a la humanidad con términos diversos: hen (misericordia inclinada ante la miseria); hesed (fidelidad generosa); ‘emet (firmeza en el compromiso); rahamim (apego afectivo a los que él ama); sedeq (justicia inagotable)[2].

En el Nuevo Testamento, el amor de Dios se concreta en la venida de Jesús al mundo como plenitud de la promesa y realización de la esperanza: «Si Dios no nos negó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no habrá de darnos también, junto con su Hijo, todas las cosas?» (Rm 8,32). El origen de este acto inaudito se encuentra en la misericordia divina: uno de cuyos nombres en el Nuevo Testamento es charis, traducido al latín como gratia: «Que Dios nuestro Padre y el Señor Jesucristo derramen su gracia y su paz sobre vosotros» (Rm 1,6). De hecho, esta bendición incluyendo el término «gracia» aparece en diversos versículos de las cartas de San Pablo: 1 Cor 1,3. 16,23; 2 Cor 3,13; 1 Ti 6,21; 2 Ti 1-2. 4,22; Tt 1,4. 3,15; Fm 1,3. 25. La particularidad de «gracia» en el Nuevo Testamento es que se refiere a la vez a la fuente del don y a su efecto en aquellos que lo reciben. Ellos evidencian entonces ser imagen de Dios[3].

En síntesis, la gracia es la misericordia fiel, íntima, integral e inagotable de Dios hacia sus criaturas, de forma que estas son impulsadas a ser imagen de Dios, a semejanza de Jesucristo, que constituye la plenitud de la gracia.

«El festín de Babette»

El festín de Babette está basada en el cuento homónimo de Karen Blixen (1958). La acción se sitúa en el siglo XIX en Berlevaag, un pueblo de Jutlandia, adonde llega Babette (Stéphane Audran): una francesa de mediana edad traumatizada que huye de su país. Es acogida en la casa de dos hermanas solteras ancianas (Martina y Philippa) que se dedican a animar la fe de la congregación cristiana local, bajo la inspiración de su difunto padre, un santo predicador. En su juventud, las hermanas habían hecho voto de castidad para proseguir la obra del predicador, rechazando las proposiciones de matrimonio de dos jóvenes pretendientes: un militar del ejército sueco, Lorens Lowenhilm, enamorado de Martina; y un famoso barítono francés, Achille Papin, cautivado por la bella voz de Philippa.

Babette se adapta lentamente a la vida de Berlevaag, sin revelar ningún detalle de su pasado, del que parece querer olvidarse. Ayuda a las dos hermanas en sus obras de caridad, y los pobres del pueblo aprecian sus habilidades culinarias. Al cabo de unos años, Babette recibe carta de París. Le ha tocado una lotería de 11.000 francos. En aquel tiempo se está preparando la celebración del aniversario de la muerte del padre de Martina y Philippa. Babette muestra a las hermanas el boleto de lotería. Ellas temen que se vuelva a Francia, pero Babette les cuenta que ha decidido quedarse en el pueblo… con una condición: que le permitan cocinar la cena en la noche del solemne aniversario del predicador.

En las siguientes semanas, Babette va recibiendo de Francia los ingredientes de la cena. Las hermanas y la comunidad observan estos preparativos con curiosidad y escándalo, ya que Babette está gastando mucho dinero para el banquete. Poco antes de la cena, la comunidad se reúne y decide solemnemente comer los platos preparados por Babette sin saborearlos: en el estilo ascético al que están acostumbrados.

Llega el momento. A la mesa están invitados el general Lowenhilm, enamorado de juventud de Martina, y su madre centenaria. Mientras Babette, desde la cocina, prepara los platos y los manda servir a un joven camarero, los comensales no pueden evitar saborear con gran placer el banquete. Hacia el final de la cena, el general explica a los demás comensales que aquellos platos responden al banquete que una famosa cocinera parisina preparaba en su restaurante de París antes de la revolución de 1848. El banquete costaba 11.000 francos. Las hermanas se miran sorprendidas al descubrir finalmente la historia y la identidad de Babette. Mientras tanto, los miembros de la comunidad local, en un clima de gran gozo, se van reconciliando por diversos conflictos que llevaban escondidos en sus corazones.

Al final del festín, profundamente conmovido por la cena y por los recuerdos de amor de su juventud, el general se levanta de la mesa y proclama solemnemente: «El hombre, en su debilidad y cortedad de miras, cree que debe tomar decisiones en la vida. Tiembla con los riesgos que toma. Conocemos el miedo. Pero no. Nuestra decisión no tiene importancia. Llega un tiempo en que se nos abren los ojos y nos damos cuenta de que la gracia es infinita. Sólo tenemos que esperarla y recibirla con gratitud. La gracia no impone condiciones. Y descubrimos que todo lo que hemos decidido nos ha sido concedido. Y todo lo que hemos rechazado también nos es dado. Sí, incluso lo que hemos rechazado se nos devuelve. Porque la misericordia y la verdad se han encontrado, y la justicia y el gozo se besarán» (Axel, 1987).

Poco después, el general y su madre centenaria se marchan de la casa. En la puerta, en el umbral de la noche, el general Lorens Lowenhilm y Martina se despiden. Él dice: «He estado contigo todos los días de mi vida. ¿Sabes, verdad, que ha sido así?». Martina contesta: «Sí, sé que ha sido así». Él continúa: «Estaré contigo todos los días que me quede. Cada noche me sentaré, si no en la carne, que no es nada, sí en espíritu, que es todo, para cenar contigo, como lo hemos hecho esta noche. Porque esta noche he aprendido, querida hermana, que en este mundo cualquier cosa es posible». Martina asiente: «Sí, es así, querido hermano. En este mundo cualquier cosa es posible» (Axel, 1987).

Mientras, en la plaza del pueblo, en plena noche estrellada, se ha reunido espontáneamente la comunidad. Se cogen de las manos en círculo y bailan para dar gracias a Dios por sus vidas y por el legado de la vida del predicador.

«La grazia»

La acción de La grazia se desarrolla en el tiempo actual, principalmente en el palacio romano del Quirinal, residencia oficial del Presidente de la República Italiana. Se trata de un ambiente frío como el de Dinamarca porque el presidente que habita en él, el ex-juez y penalista Mariano de Santis (Toni Servillo), no tiene un carácter demasiado cálido. Sus colaboradores le apodan en secreto «cemento armado»; y en una cena simpática, su amiga atea Coco Valore (Milvia Marigiano) le llama amistosamente «monolito». Está terminando su mandato de presidente y se siente viejo: católico tradicional, se culpa de estar durmiéndose en la oración. En pleno «semestre blanco» (los seis meses de final del mandato) se pregunta por el legado que va a dejar.

En estas circunstancias, se le presentan tres casos en los que debe decidir conceder o denegar «la gracia», es decir, el indulto legal. En primer lugar, las cámaras parlamentarias están discutiendo una ley de la eutanasia que él tendrá que ratificar o rechazar. En segundo lugar, debe decidir indultar o no indultar a dos convictos que llevan años cumpliendo condena por haber terminado con la vida de otra persona: una mujer joven, por apuñalar a su marido maltratador; y un hombre mayor por haber estrangulado a su esposa, víctima de un Alzheimer muy avanzado y que sufría considerablemente.

De Santis vive en el Quirinal con Dorotea de Santis (Anna Ferzetti), su hija soltera, también jurista, que le ayuda y aconseja en tareas legales. Tiene otro hijo, Riccardo, que es compositor musical y vive en Canadá. Recuerda a menudo a su esposa, Aurora, que se le presenta a la memoria idealizada en sus años de juventud. Pero al mismo tiempo vive con una herida: hace 40 años, su esposa le engañó con una persona conocida, de quien él sigue ansiosamente intentando conocer la identidad. De vez en cuando se va al Vaticano para confesarse con su amigo el papa: un africano con pelo largo y rastas, acogedor y sabio, que viaja en moto por los jardines de su palacio.

En el fondo, el presidente vive obsesionado por conocer la verdad: empeño y virtud de todo buen penalista. Para su carácter y su momento vital, los tres casos vinculados con «la gracia» suponen para él un peso que le quita la paz interior y le bloquea. De hecho, confiesa que nunca sueña por las noches, aunque le gustaría hacerlo. A pesar de su carácter y momento vital, es un presidente querido por el pueblo italiano y también por sus colaboradores, que le tratan con una mezcla de respeto y cordialidad. En este sentido, al despedirse del Quirinal tras su renuncia a la presidencia, uno de sus guardaespaldas le comenta amable y educadamente: «Me parece que usted vive con la obsesión por la verdad, pero ahora puede librarse de ella: a fin de cuentas, como juez ya está jubilado».

Y es que el presidente se siente atrapado por la complejidad de los tres casos que tiene entre manos. En la ley de la eutanasia, se queja ante su hija: «Si no firmo, seré un torturador; si firmo, seré un asesino». Dorotea le contesta: «La pregunta es una sola, papá: ¿De quién son nuestros días?». En relación con los dos casos de indulto, no hay forma de comprobar los grados de inocencia o de buena fe de los dos convictos de asesinato, por mucho que Dorotea se entreviste con la mujer condenada y él mismo lo haga con el hombre condenado. Sin embargo, este acercamiento a los rostros de los implicados para descubrir la verdad genera un cambio de actitud en «cemento armado». Tal como señala Piero Loredan en la crítica a la película aparecida en esta revista: «Es necesario ver la verdad “de cerca”, tocarla con las manos en el encuentro con el rostro del otro, porque – como afirma el Presidente – “el derecho te la muestra siempre desde lejos”. Así es como se abren paso espirales de humanidad inesperadas»[4].

En este camino hacia la vulnerabilidad, durante una confesión con el papa, el presidente comparte – a la vez desconsolada y misericordiosamente – sus conflictos y las realidades de sufrimiento que los generan. Entonces el papa, que Sorrentino dibuja entre payaso y místico, le responde: «En este momento, estás invadido por la gracia». Más tarde, él confiesa a una gentil periodista de moda: «Cuando la pasión nos abandona, aparece la gracia». Y afirma también: «La gracia es la belleza de la duda».

De hecho, De Santis mismo ha presenciado un momento de gracia en una conexión por pantalla con un astronauta italiano que, mientras lee un libro en su cápsula espacial, suelta una lágrima. La lágrima se mueve lentamente en la ingravidez. Al contemplarla, el astronauta abandona la tristeza y esboza una sonrisa. Esta experiencia de reconciliación remite a unas palabras que el presidente ha pronunciado anteriormente: «La gracia no es un don, sino una herida que brilla. Una cosa que llega tarde, cuando ya lo comprendes todo y no te sirve más» (Sorrentino, 2025).

Así, poco a poco, la gracia le va inspirando a resolver los tres casos que le ocupan. Después de resolverlos – más o menos inspirado por la gracia –, revela a un amigo: «Me he fiado de mis hijos: hay una época en la que tienes que mandar sobre los hijos; pero llega un tiempo en el que tienes que fiarte de ellos». Días más tarde, el ya expresidente se conecta online con estos dos hijos que están juntos en Canadá (ya que Dorotea se ha hartado de su padre y se ha tomado unas vacaciones). Riccardo y Dorotea le invitan a escuchar una música que el primero ha compuesto. Los tres sonríen y se emocionan. Entonces él se imagina dentro de la cápsula espacial gozando de la ingravidez.

Comparación

El contexto de El festín de Babette es la Dinamarca rural del siglo XIX, en que chocan la tradición ascética (en la comida y en la castidad) y el despilfarro financiero y sensorial de un banquete que conmemora la vida y el legado de un predicador cristiano.

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Pero la gracia no está ausente de la vida y del mensaje del predicador, ni en la consagración de sus hijas, ni en la vida de la comunidad que acoge a Babette hasta el punto de decidir quedarse en Berlevaag el resto de su vida. Sin embargo, esta gracia se manifiesta especialmente en una cena en que regala su talento artístico culinario a esta comunidad. La cena significa a la vez un despilfarro de 11.000 francos y un sacrificio que impedirá a Babette volver a su antiguamente amado París.

La gracia aparece explícitamente en el discurso del general Lowenhilm y en su despedida de Martina. Desde la perspectiva de la gracia, la libertad es poco importante: «Todo lo que hemos decidido nos ha sido concedido». El origen último de nuestras elecciones, de nuestras promesas, está fuera de nosotros mismos. «Sí, incluso lo que hemos rechazado se nos devuelve». Nuestra libertad y nuestras promesas están inevitablemente unidas a exclusiones que nos hieren y hieren a los demás: Martina y Philippa quedaron heridas e hirieron a Lowenhilm y a Papin. Pero existen momentos en el tiempo – «esta noche» – en que la gracia reconcilia estas heridas. Y también las heridas que los miembros de la comunidad se habían estado infligiendo, sin siquiera percibirlo o confesarlo. Esta reconciliación les convierte en hermanos: «querida hermana» (el general dice a Martina), «querido hermano» (Martina le dice al general), así como la danza colectiva en la plaza del pueblo.

El contexto de La grazia, en cambio, es la Italia contemporánea. En ella chocan el carácter ascético de un presidente jurista católico en tiempo de descuento (¿alusión a Oscar Luigi Scalfaro, presidente de 1992 a 1999, o a Sergio Mattarella, presidente desde 2015 hasta hoy?) con el sufrimiento de los ciudadanos a los que ha deseado servir, en concreto, con el de dos condenados a prisión. Desde el punto de vista religioso, estamos en una Italia a la vez católica y secular. Esta dualidad se traduce en la ambigüedad del término «gracia», que se refiere a vez a la intervención salvífica divina y a la acción legal permitida al presidente de la República italiana de indultar a algunos presos.

La gracia aparece citada y definida de diversas maneras, pero prácticamente sin referencias a Dios: «la belleza de la duda», «una herida que brilla», «una cosa que llega tarde», «cuando la pasión nos abandona, aparece la gracia». Incluso cuando se plantea la influencia en nuestras vidas de una fuerza más allá de lo humano, su denominación aparece en labios de Dorotea en forma de pregunta sin alusión a Dios: «¿De quién son nuestros días?».

A pesar de todo, la gracia se hace presente en situaciones diversas: en la amistad de De Santis con una atea desvergonzada y con un papa de imagen ciertamente heterodoxa; en su relación ambigua con Dorotea y Riccardo; y en su relación con sus colaboradores y con el pueblo italiano, que le aprecia sinceramente a pesar de apodarle secretamente «cemento armado».

En ambas películas, un impedimento a la gracia es claramente el ascetismo: impuesto por la convicción del predicador o por el carácter del presidente. En ambos casos, ella se revela en la vejez («cuando la pasión nos abandona») y tiene por efecto la reconciliación y la fraternidad. Sin embargo, en El festín de Babette la gracia se contrapone a la libertad; mientras que en La grazia choca con la obsesión por la verdad. La plasticidad del séptimo arte nos regala una última comparación: el símbolo de la gracia en Dinamarca es el disfrute de un banquete; en Italia – o en una cápsula espacial –, es la suspensión en la ingravidez.

Conclusiones

A partir de la aproximación bíblica a la gracia como fiel misericordia divina, hemos explorado su presencia en dos películas en que el término aparece frecuentemente. Sin pretender ninguna definición, podemos concluir caracterizándola brevemente.

La gracia se hace presente a todos. En primer lugar, a personas socialmente importantes o socialmente irrelevantes. Se manifiesta al general Lowenhilm y al presidente De Santis, pero también a los cristianos de la pequeña comunidad rural de Berlevaag, que saborean una cena de 11.000 francos y acaban bailando en la plaza del pueblo. En segundo lugar, se hace presente a creyentes y a no creyentes: al presidente De Santis, al papa y a las hermanas Martina y Philippa, pero también a Coco Valore, atea confesa que con su amistad y sentido del humor abre el camino de la gracia al presidente.

La gracia no es el producto de la acción humana. Podemos invocarla o prepararla con acciones tales como un banquete o una oración; pero se presenta a través de personas y en situaciones en que no se la invoca ni se la espera. «Sólo tenemos que esperarla y recibirla con gratitud» (general Lowenhilm).

La conciencia humana de la gracia es sincrónica o anacrónica. En efecto, se da a veces en el tiempo de su paso por nuestra vida: durante la cena preparada por Babette o en la contemplación por De Santis del episodio del astronauta italiano. Sin embargo, otras veces somos conscientes de ella después de su paso por nuestras vidas: es el caso del general Lowenhilm y Martina en su vejez y del presidente de Santis al final de su mandato político («Una cosa que llega tarde, cuando ya lo comprendes todo y no te sirve más»). Así, la gracia conecta con la virtud cristiana de la esperanza: Dios es capaz de hacer brotar la vida después del final de nuestras vidas en la tierra.

La gracia es últimamente inefable. Se puede nombrar, tal como testimonian las referencias verbales a ella en los diálogos y discursos de las dos películas presentadas. Pero es una realidad que se experimenta sin palabras. En este sentido, la gracia del cine consiste en mostrar la gracia sin palabras pero en escenas como la de la cápsula espacial, que transcurre en absoluto silencio, o la de la cena, durante la cual los comensales no hablan porque están comiendo, bebiendo y saboreando.

Existen impedimentos humanos a la gracia. Hemos constatado dos: la autosuficiencia de los humanos (discurso de Lowenhilm) y la obsesión por la verdad (De Santis). Solo cuando nos reconocemos vulnerables o heridos, ella se puede manifestar en nosotros y a través de nosotros. Entonces genera un gozo que no supera o niega la vulnerabilidad sino que nos reconcilia con ella.

La gracia es reconciliadora. Reconcilia a cada uno con su historia personal y con su dimensión corporal – piénsese en el placer de la comida –; y a las personas entre ellas, generando fraternidad: Lowenhilm con Martina; De Santis con Dorotea y Riccardo; entre los miembros de la comunidad de Berlevaag.

La gracia tiene su origen más allá de los humanos. «¿De quién son nuestros días?». Finalmente, la tradición bíblica subraya que la gracia viene de Dios, y que Jesús de Nazaret constituye la plenitud de la gracia. De hecho, este origen divino está más explícitamente presente en El festín de Babette que en La grazia. Quizás en sociedades en que no se habla de la gracia, los cristianos estamos llamados a descubrirla y acogerla, para alabar a Aquel de quien proviene. También en situaciones en que no es reconocida y en personas que no la nombran pero la transmiten.

  1. Notemos, al respecto, que El festín de Babette era una de las películas preferidas del papa Francisco. Cf. E. Iacono, «Papa Francesco tra ‘Il pranzo di Babette’ e il pollo alla panna», Il Giornale, 17 de diciembre de 2026.

  2. Cf. X. Léon-Dufour, «Grazia», en Dizionario di Teologia Biblica, Casale Monferrato (AI), Marietti, 1976, 518-524.

  3. Cf. Ibid.

  4. P. Loredan, «La grazia», en La Civiltà Cattolica 2026 I 348 (versión italiana).

Josep Franesc Mària Serrano
Josep Francesc Mària Serrano es Asistente del Presidente del International Association of Jesuit Universities.

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