Biblia

«Tanto amó Dios al mundo»: el don de la Trinidad

La Santísima Trinidad. Masaccio, Basílica de Santa María Novella, Florencia.

Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único para que todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para que el mundo se salve por él. Quien cree en él no es condenado; pero quien no cree ya está condenado por no creer en el nombre del Hijo único de Dios (Jn 3,16-18).

El domingo de la Trinidad nos lleva directamente al misterio de Dios, Uno en tres personas. Es un misterio de la fe. San Agustín se concentró en él toda su vida, escribió un tratado sobre la Trinidad y al final, en la oración de alabanza, se declaró «desconcertado» por lo poco que logró entender.

Cuenta una leyenda que un día, mientras paseaba a la orilla del mar meditando precisamente sobre la Trinidad, Agustín vio a un niño que con una concha vertía agua del mar en un agujero. Curioso, le preguntó: «¿Qué haces?». El niño respondió: «Quiero vaciar el mar en este agujero». Sonriendo, Agustín le explicó que era imposible hacer algo así. El mar es inmenso. Entonces el niño, serio, replicó: «Para ti también es imposible penetrar con la pequeñez de tu inteligencia la inmensidad del Misterio trinitario». Y desapareció…

Inscríbete a la newsletter

Cada viernes recibirás nuestros artículos gratuitamente en tu correo electrónico.

El sentido de la fiesta no es tanto detenerse en el misterio, sino ayudarnos a meditar quién es Dios para nosotros. En la liturgia de hoy, el Padre, el Hijo y el Espíritu son nombrados solo una vez en la segunda lectura: es el epílogo de la segunda carta a los corintios y es también el saludo inicial de cada Misa: «La gracia de Jesucristo, el Señor, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes» (2 Cor 13,13). El deseo anuncia que la gracia y la misericordia son la generosidad del Hijo Jesús, el amor es don de Dios Padre, la comunión es el fruto que el Espíritu realiza en el creyente. Las tres personas obran nuestra santificación, pero el apóstol Pablo pone en primer lugar al Señor Jesús. Quizás es su experiencia de la salvación, lo cierto es que por la gracia de Cristo en nosotros se manifiesta el amor del Padre mediante el Espíritu.

En el Antiguo Testamento es fundamental la revelación del monoteísmo: «El Señor es nuestro Dios, es Uno» (Dt 6,4). Es una unidad misteriosa que se revela en Dios, origen de la vida y del cosmos, que crea un pueblo para que lo acoja. En el Nuevo Testamento la unidad se manifiesta en Jesús que viene a nuestro encuentro para donarnos el amor del Padre, y finalmente en el Espíritu que ora en nosotros y nos sostiene para acoger la Palabra salvífica.

La unicidad de Dios revela también el dinamismo de la unidad: en Él no hay soledad, sino una fuente de unión entre Padre, Hijo y Espíritu, un don recíproco entre las personas que se expande hasta nosotros. En el libro del Éxodo se proclama a Moisés: «El Señor es un Dios compasivo y bondadoso, lento para enojarse, y pródigo en amor y fidelida» (Ex 34,6). En el Evangelio dice Jesús: « Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único para que todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). El mundo, nuestro mundo, está así dentro de la vida del Señor, que se ha revelado, ensanchado y dilatado, y se dirige a nosotros. Somos amados desde dentro de la vida de Dios, y su generosidad llega hasta nosotros, mediante el Hijo y el Espíritu. La señal de Dios es habernos donado lo más querido y precioso que tenía, el Hijo, «el amado» (Mc 9,7).

El Señor Jesús, sin embargo, no se limitó a anunciar quién es Dios para nosotros, sino que es él mismo la revelación histórica: «Nos amó y entregó su vida por nuestra salvación» (cf. Gál 2,20), testimoniándolo en la cruz. Sin embargo, a pesar de este don infinito, permanece en nosotros la imagen de un Dios «justiciero», que juzga y condena. Nada más erróneo, y difícil de erradicar. Es la consecuencia de las fuerzas del mal que actúan en la historia, por lo que el proyecto de Dios parece habérseles… escapado de las manos. Pero el amor por las criaturas impulsó a Dios a hacerse hombre en Jesús, a descender a los bajos de la historia, para estar cerca de nosotros y señalarnos la acogida del don. Nosotros somos «los amados»: quien cree en él, y acepta a Jesús crucificado, se salva. Es paradójico «creer» que se es amado sin mérito alguno y sin reservas.

León XIV: «En un tiempo en que “se busca [la paz] mediante las armas, como condición para la afirmación del propio dominio”, existe la necesidad urgente de volver a “una diplomacia que promueva el diálogo y busque el consenso” a todos los niveles: bilateral, regional y multilateral»[1].

  1. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/it/speeches/2026/may/documents/20260521-ambasciatori.html

Giancarlo Pani
Es un jesuita italiano. Entre 1979 y 2013 fue profesor de Historia del Cristianismo de la Facultad de Letras y Filosofía de la Universidad de La Sapienza, Roma. Obtuvo su láurea en 1971 en letras modernas, y luego se especializó en la Hochschule Sankt Georgen di Ffm con una tesis sobre el comentario a la Epístola a los Romanos de Martín Lutero. Entre 2015 y 2020 fue subdirector de La Civiltà Cattolica y ahora es escritor emérito.

    Comments are closed.