Les decía: «El sembrador salió a sembrar. Cuando sembraba, unas semillas cayeron junto al camino, vinieron los pájaros y se las comieron. Otras cayeron sobre un terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y, como esta no tenía profundidad, brotaron enseguida, pero apenas salió el sol, las quemó y, al no tener raíz, las secó. Otras cayeron entre las espinas, pero estas crecieron y las ahogaron. Otras cayeron en tierra fértil y fueron dando fruto, una cien, otra sesenta, otra treinta. El que quiera escuchar, que entienda». […]. «Cuando uno oye la palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y le arranca lo sembrado en su corazón; este es el que está sembrado junto al camino. Lo sembrado en terreno pedregoso representa al que escucha la palabra y enseguida la recibe con alegría, pero esto dura poco, porque no tiene raíz en sí mismo y cuando llega algún sufrimiento o persecución por causa de la palabra, de inmediato sucumbe. Lo sembrado entre las espinas es el que escucha la palabra, pero la preocupación de este mundo y la seducción de la riqueza ahogan la palabra y la dejan sin fruto. En cambio, lo sembrado en tierra fértil representa al que escucha la palabra y la comprende, da fruto y produce, ya sea cien, sesenta o treinta» (Mt 13,3-9; 19-23).
A primera vista parece que el sembrador de la parábola es bastante distraído. No se arroja la semilla sobre los caminos, ni entre las piedras, ni donde crecen las espinas… sino en la tierra buena. Sin embargo, en tiempos de Jesús se sembraba precisamente así: el sembrador esparcía la semilla por todas partes y luego araba. El arado enterraba las semillas bajo tierra para que echaran raíces y dieran fruto.
Jesús habla un lenguaje sencillo, tomado de la vida cotidiana, comprensible para todos. En sus parábolas le es muy querido el tema de la «semilla». Porque la semilla es la Palabra de Dios y, por tanto, lo representa a él mismo. Todos los evangelistas transmiten las parábolas de la semilla, pero Juan presenta más claramente que los demás su interpretación: «Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere queda solo; pero si muere da mucho fruto» (Jn 12,24). El grano de trigo es el Señor Jesús, su pasión, muerte y resurrección. La parábola de la semilla se refiere, pues, a la vida de Jesús, representa su historia, pero al mismo tiempo también nuestra vida y el modo de relacionarnos con él. Y pone en el centro también un escándalo que marca la historia de los hombres. El Señor ha venido a salvarnos y nosotros no lo acogemos; más aún, a veces lo rechazamos e incluso nos rebelamos: ¿cómo es posible que algunos no comprendan la sencillez y la belleza del Evangelio, y ni siquiera quieran oír hablar de él?
La primera enseñanza de la parábola es que el sembrador arroja la semilla con abundancia: todos los terrenos la reciben, incluso aquellos que parecerían menos aptos para acogerla. El sembrador es el Señor, que se entrega a nosotros con generosidad, no se reserva nada, quiere ser acogido; su deseo es salvar a todos, incluso a quienes parecen superficiales o completamente sordos a su llamada. La semilla es, en efecto, la Palabra de Dios, el Evangelio, su poder de salvación. De ahí la importancia de estar disponibles para escuchar, con el corazón abierto y acogedor.
Si la primera parte de la parábola subraya la abundancia de la siembra, la segunda pone el acento precisamente en la acogida de la Palabra, que puede aceptarse o rechazarse de diversos modos. El primero es la superficialidad: la semilla que cae junto al camino no echa raíces, queda en la superficie y es presa fácil de las aves. El segundo es la inconstancia: el corazón puede ser un terreno pedregoso (como suele ser el terreno palestino). La Palabra es acogida, pero no arraiga profundamente; apenas llega una tribulación o una prueba, se deja de lado la Palabra y, a veces, incluso se pregunta uno dónde está Dios y por qué no interviene. El tercero es el de la semilla caída entre espinas: son los atractivos del mundo, las distracciones, los entretenimientos vacíos, la seducción de la riqueza, el querer probarlo todo y no saber renunciar a nada. Entonces la Palabra queda ahogada, silenciada, reprimida, y no puede dar fruto alguno.
Finalmente está la Palabra que cae en tierra buena y da fruto abundante. El agricultor sabe que un saco de trigo puede producir diez o doce sacos, pero no un rendimiento tan grande como treinta, sesenta o ciento por uno. Ahora ya no se trata de trigo, sino de la Palabra de vida, de la salvación que el Señor nos ha dado, de su propia vida que quiere ser vida en nosotros. He aquí, entonces, una cosecha sobreabundante, extraordinaria.
¿Por qué tantos porcentajes diferentes? Porque no a todos se les exige el mismo resultado, ya que cada uno tiene dones distintos, capacidades originales, una experiencia propia y un modo personal de acoger el don del Señor. En cualquier caso, el fruto es nuestra acogida y nuestro compromiso.
La parábola de la semilla nos interpela: ¿cuál es mi conocimiento de la Palabra de Dios? ¿Qué hago para conocerla mejor? «El desconocimiento de las Sagradas Escrituras es desconocimiento de Cristo» (San Jerónimo).
El papa León XIV: «No debemos resignarnos a la violencia. La violencia no tendrá la última palabra. Dios sigue abriendo en la historia caminos de reconciliación y de paz».


