Biblia

El milagro de compartir

La multiplicación de los panes y los peces, de Giovanni Lanfranco.

Cuando Jesús se enteró, se retiró de allí, en una barca, a un lugar solitario. La multitud lo supo y lo siguió a pie desde las ciudades. Al desembarcar, Jesús vio a una gran cantidad de gente, se compadeció de ella y sanó a sus enfermos.

Al atardecer, los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: «Este es un lugar deshabitado y ya se ha hecho tarde. Despide a la gente para que vaya a las aldeas y compre su propio alimento». Pero Jesús les dijo: «No necesitan ir, ¡denles ustedes de comer!». Ellos le contestaron: «Solo tenemos cinco panes y dos pescados». Él les ordenó: «Tráiganlos aquí!». Y después de mandar que la gente se recostara sobre el pasto, Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados, levantó la vista al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos, y estos a la gente. Todos comieron hasta saciarse, y de lo que sobró recogieron doce cestas repletas. Los que comieron eran como unos cinco mil varones, sin contar mujeres ni niños (Mt 14,13-21).

Hay dos aspectos especialmente importantes de esta página del Evangelio para nuestra meditación y nuestra oración. El primero es la ternura de Jesús: el Señor advierte nuestra hambre y no quiere dejarla insatisfecha.

El segundo es la responsabilidad a la que nos llama, porque el milagro acontece a través de la generosidad de compartir lo poco que se ofrece. Cinco panes y dos peces, bendecidos por Jesús, en las manos de los apóstoles se convierten en alimento para saciar a cinco mil personas. Sin contar las mujeres y los niños. Y todavía sobraron doce canastos…

Pero ¿quién ofrece a Jesús los cinco panes y los dos peces? El evangelio de Juan nos dice que es un muchacho (Jn 6,9; en griego: paidárion, que también puede traducirse como «un niño», «un pequeño») que había llevado algo para sí mismo y al que se le pide compartirlo. ¿Qué habrá pensado cuando los discípulos comenzaron a preguntar quién tenía algo de comer? No es difícil imaginar sus pensamientos: «Si comparto lo poco que tengo (y, además, son panes de cebada, de escaso valor), ¿qué me quedará a mí?».

Sin embargo, la lógica que mueve a ese niño es distinta. Realiza un gesto sencillo: no piensa en sí mismo y entrega todo lo que tiene; pero es también un gesto de una grandeza inconmensurable, porque Jesús toma precisamente esos panes y esos peces, los bendice, los parte y los reparte entre todos. ¡Y una multitud inmensa queda saciada! El evangelista Juan destaca el gesto generoso de aquel muchacho, que comprendió el espíritu del Evangelio. Lo poco que tenemos y lo poco que somos, si lo entregamos, se convierte en las manos del Señor en algo sobreabundante.

¿Cuántas veces nos hemos sentido interpelados por las necesidades de los demás y nos hemos tranquilizado diciéndonos: «¿Qué puedo dar? ¡No tengo nada!»? Pero es precisamente esa aparente nada, puesta en nuestras manos y confiada al Señor, la que puede multiplicarse y convertirse en apoyo y alivio para muchos, más allá de toda previsión humana. Eso es lo que el Señor nos pide: ser fieles en lo poco, allí donde la fidelidad no significa aferrarse con egoísmo a lo poco que creemos poseer, sino tener la humildad y el valor de compartir, confiando en que la voluntad salvadora del Señor quiere pasar por nuestras pobres manos.

Habitualmente, al referirse a esta página del Evangelio se habla de la «multiplicación de los panes y los peces». Sin embargo, esa expresión no aparece en el Evangelio: en ninguno de los cuatro evangelistas encontramos la palabra «multiplicación». En cambio, hay otra que invita a reflexionar: «Jesús tomó el pan y lo partió». Partir el pan es el gesto de compartir lo que se tiene, de darlo y de hacerlo participar a los hermanos; es un inmenso signo de comunión y de solidaridad. El signo que realiza Jesús anticipa la Eucaristía y prefigura el pan eucarístico, signo del pan necesario para ayudarnos mutuamente.

El evangelista señala que sobraron «doce cestas repletas» (cf. Mt 14,20). El número es elocuente: una cesta por cada tribu de Israel, una cesta por cada mes del año. El pan es para todos, en abundancia, y también para todos los meses del año. «Los que buscan al Señor y confían en él no carecen de ningún bien» (cf. Sal 34,11).

El papa León XIV afirma: «¡Basta ya de guerras, con sus dolorosos cúmulos de muertos, destrucciones y exiliados! […] ¡La guerra nunca es santa, sólo la paz es santa, porque es la voluntad de Dios!».

Giancarlo Pani
Es un jesuita italiano. Entre 1979 y 2013 fue profesor de Historia del Cristianismo de la Facultad de Letras y Filosofía de la Universidad de La Sapienza, Roma. Obtuvo su láurea en 1971 en letras modernas, y luego se especializó en la Hochschule Sankt Georgen di Ffm con una tesis sobre el comentario a la Epístola a los Romanos de Martín Lutero. Entre 2015 y 2020 fue subdirector de La Civiltà Cattolica y ahora es escritor emérito.

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