El papa León XIV culminó su viaje apostólico a España cumpliendo una peregrinación que había deseado hacer el papa Francisco: la que le llevó a Canarias como parte de la Frontera Sur europea el 11 y 12 de junio 2026. No fue un gesto aislado, puesto que el 4 de julio viajó a Lampedusa, la «Puerta de Europa», casi 13 años más tarde de que acudiera el papa Francisco en su primer viaje fuera de Roma[1].
Viajó a Canarias aceptando la invitación que habían dirigido a su predecesor el presidente del gobierno de Canarias y los obispos de las dos diócesis presentes en el archipiélago. Les había movido la dureza de las travesías por una ruta especialmente mortífera y el impacto de la llegada por mar de decenas de miles de migrantes cada año, especialmente en el periodo que va entre 2020 y 2024. Les había movido también la cantidad de adolescentes que migran sin referentes familiares adultos (asumiendo su tutela el gobierno autónomo de Canarias) y la necesidad de albergar a tantas personas siquiera hasta que siguen su camino hacia el continente europeo. Paradójicamente, la gran mayoría de la población inmigrada que reside en Canarias es iberoamericana (venezolana, cubana, colombiana, argentina) o europea (alemana, británica, italiana), con la excepción de la población nacida en Marruecos. Pero las entradas por mar, a bordo de cayucos, son las más desgarradoras. La presencia de un Papa reconoce a las personas que arriesgan sus vidas para dar futuro a los suyos, a quienes se esfuerzan en acogerlas y acompañarlas en sus itinerarios de integración, y remueve conciencias de quienes se desentienden o incuban actitudes de rechazo.
León XIV acudió al muelle de Arguineguín, en el sur de la isla de Gran Canaria; visitó el centro de acogida de inmigrantes «Las Raíces» en San Cristóbal de la Laguna, la sede episcopal en la isla de Tenerife, y en una plaza de dicha localidad se encontró con quienes participan en las iniciativas de integración. Pero, todo el viaje apostólico a España deja un hondo reguero de palabras vivas sobre las personas que migran y sobre las migraciones: a las autoridades y embajadores que lo recibieron en el Palacio Real, a los diputados y senadores que forman las Cortes Generales, en las visitas a miembros de obras sociales de la Iglesia, a inmigrantes que participaban en calidad de jóvenes, familias y otras situaciones vitales con las que se encontró el Papa.
Viajando a Canarias, y a lo largo de todo su viaje apostólico a España, León XIV alzó la voz para humanizar las fronteras. También le movía el deseo de humanizar una sociedad que ya no puede entenderse sin el aporte de la inmigración. Sus reflexiones acompañan y alientan tanto a quien vive la experiencia de la migración, como a quien participa en los esfuerzos de acogida, defensa, promoción e integración de migrantes. Y su voz interpela a las comunidades eclesiales, a la sociedad entera, a quienes ejercen la autoridad y tienen algún poder de decisión.
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Merece la pena meditar sus palabras, teniendo en cuenta en calidad de qué las pronuncia, desde dónde se sitúa, en qué contexto interpela y mueve a la reflexión, a un nuevo modo de situarse frente a las personas migrantes y el fenómeno migratorio[2].
El Pastor de la Iglesia universal entra en diálogo
En la audiencia general del miércoles 17 de junio, el Papa compartió, lleno de gratitud, algunas reflexiones sobre su viaje a España[3]. Es significativo que sus escalas en Gran Canaria y Tenerife le hayan proporcionado la clave de interpretación general de dicho viaje apostólico, y que esta sea indisociable de las migraciones. Volvamos a escuchar las palabras que utilizó: «Precisamente allí, en las islas Canarias, última etapa de nuestro itinerario, he encontrado una clave de interpretación general. Me la han ofrecido, por una parte, la misma posición geográfica del archipiélago; y, por otra, la realidad de una Iglesia local que acoge a un gran número de migrantes forzados, procedentes sobre todo de África. Sabemos que el fenómeno migratorio es complejo y que requiere planes de acción orgánicos y concertados. Pero esta clave de interpretación abre una perspectiva diversa y más amplia: nos hace entender que estamos llamados a releer el Evangelio en el mundo de hoy intercambiándonos los dones de nuestras respectivas culturas y, en especial, los frutos que produce en ellas la fecundidad del mensaje de Cristo. Y uno de estos frutos es precisamente el diálogo entre las personas y entre los pueblos, el encuentro con espíritu de fraternidad, que permite descubrir y apreciar recíprocamente los valores de los que el otro es portador. Este camino no es fácil; requiere buena voluntad y la ayuda de Dios, pero es el camino que conduce a la civilización del amor».
En síntesis, la clave de interpretación, el fruto de lo experimentado en su viaje apostólico, es la llamada a «releer el Evangelio en el mundo de hoy intercambiándonos los dones de nuestras respectivas culturas», no ya realidades separadas espacialmente, sino que se entrelazan en los mismos territorios, como palpó en las Islas Canarias.
En su discurso ante las Cortes Generales, León XIV aportó la reflexión de la Iglesia sobre la dignidad inalienable del ser humano como el alma de la ley, exigiendo que la protección de quienes carecen de voz sea el examen definitivo de una sociedad que aspira a ser auténticamente justa y humana, principio que se aplica a las personas migrantes. En su alocución, llama a los cuerpos legisladores y a las autoridades a defender a las personas migrantes porque las identifica como blanco de múltiples amenazas en la vida social y en la acción política. Es una situación ligada a la degradación del discurso público y la instrumentalización de la fragilidad humana. Así apela a la conciencia frente a la tentación que experimenta la clase política de ganar popularidad avivando el fuego de las polarizaciones, valiéndose para ello de narrativas divisivas, simplificadoras de la historia y la realidad social. O deplora los enfoques identitarios que pueblan el mundo de fantasmas y enemigos, desfigurando la alteridad, que deja de ser percibida como fuente de riqueza para ser temida como amenaza.
La defensa hecha por el Papa de migrantes y refugiados, como los horizontes que señala a las políticas migratorias, responde a unas dinámicas divisivas en la sociedad que engendran discriminación y atentan contra la dignidad humana. No impone soluciones a los problemas que aborda el poder legislativo, sino que ofrece criterios de discernimiento. En este sentido, invita a los diputados y senadores a elevar la mirada para que las leyes no sean meros instrumentos de utilidad o beneficio, sino que busquen lo que hace «verdaderamente humana la convivencia»[4].
Desde dónde dialoga León XIV
Cuando el Sucesor de Pedro acepta la invitación de la presidenta del Congreso de los Diputados y del presidente del Senado a dirigir unas palabras a una sesión conjunta de las Cortes Generales, cuida de explicitar desde qué lugar se sitúa al entablar un diálogo que propone criterios de discernimiento. Se reconoce en el lugar que le asigna el Señor al encomendarle la cura pastoral sobre la Iglesia universal, uniéndola en una comunión de amor y verdad. Ciertamente, expone y no oculta su aspiración de que la fe cristiana siga siendo «una fuente de esperanza y de orientación entre los desafíos que hoy, como familia humana, debemos afrontar juntos»[5]. No aspira a imponer la fe mediante privilegios ni coerciones, sino que entra en diálogo. Pone como clave de su diálogo la apertura a la verdad, citando al papa Francisco sobre una cuestión tan grata a Benedicto XVI: el diálogo y la purificación recíproca de razón y fe; la aspiración a la verdad que adentra en caminos de diálogo con los otros y con el Otro. Precisamente, en su diálogo se remite a la noción de «dignidad humana» con las palabras que dirigió Benedicto XVI al Parlamento Federal Aleman, cuando reconocía que «la fe cristiana la proclama a partir de la Revelación; la razón humana puede reconocerla como exigencia inscrita en la verdad del hombre»[6].
En esta dinámica discursiva y dialogal, con el papa Francisco, León XIV proclama el primado de la realidad sobre la idea[7]. Reflexiona desde un sano realismo, anclado en la realidad. No se trata de una postura metodológica empirista, sino del impacto que deja sobre la persona la cercanía a otras personas mediante el encuentro, la escucha, el acompañamiento. Todas las palabras dirigidas por León XIV a migrantes que le han brindado su testimonio previamente, o las reflexiones expuestas en sus encuentros con quienes participan en obras sociales así como a las autoridades, dejan traslucir un conocimiento labrado, forjado en la cercanía, en el acompañamiento de personas de carne y hueso, que forman parte de familias, que tejen vínculos con otras personas. Se trata de la experiencia personal adquirida por Robert Francis Prevost a lo largo de su vida en tantos lugares del mundo, cumpliendo misiones tan diversas. Y se trata de la reflexión fundada en la experiencia que tantos otros miembros de la Iglesia le han comunicado en el ejercicio de sus sucesivas encomiendas pastorales, de la sabiduría aquilatada por toda la Iglesia.
Habrá a quien le suene pretencioso que identifique a la Iglesia como «experta en humanidad», fundando en ello que no se desentienda de nada verdaderamente humano[8], asumiendo la actitud de diálogo como parte integrante de su vocación[9]. Pero León XIV lo explica sencillamente durante su encuentro con las iniciativas de integración de los migrantes en Tenerife, cuando identifica las obras caritativas, sociales y de integración de la Iglesia como el lugar en el que esta «aprende a leer en la vida concreta de quienes sufren en el cuerpo o en el espíritu un signo vivo que remite a los santos Evangelios y que se vuelve legible a través del tacto y de la cercanía, cuando palpamos las heridas de los demás»[10]. No se trata solo de una experiencia de contacto que suscita la reflexión intelectual y sapiencial en términos inmanentes, sino en la que reconoce la presencia viva de Dios, cómo entreteje con la historia humana la Historia de Salvación. Así, añade el Papa: «también la Iglesia aprende que las heridas, miradas desde la fe, pueden convertirse en lugar de reconocimiento: allí donde el dolor humano es tocado con amor, Cristo nos confirma que está presente en el hambriento, en el sediento, en el desnudo, en el enfermo, en el preso y en el forastero»[11].
El Papa dialoga con sus interlocutores – autoridades, legisladores, migrantes, miembros de instituciones de rescate, acogida o integración – a partir de un ejercicio de reflexión acometido a partir de la experiencia cercana de encuentro interpersonal, releído a través de una mirada de fe que contempla la presencia y acción de Dios, su designio, su llamada a la conversión y a la acción. Toda su reflexión sobre las personas migrantes y refugiadas, el complejo fenómeno de migraciones y las políticas migratorias tiene un marcado cariz antropológico, que pivota sobre la noción de dignidad humana, central en la Doctrina Social de la Iglesia. Las reflexiones compartidas por el Pontífice en forma de discurso o de respuesta a los testimonios recibidos están sólidamente ancladas en la Doctrina Social de la Iglesia. Sin contener un magisterio sistemático sobre el fenómeno migratorio y la respuesta que debe encontrar en la sociedad entera, en las comunidades eclesiales o en las comunidades políticas, ofrecen un panorama suficientemente articulado y complejo como para trazarlo.
Humanizar las fronteras
El Papa se desplazó desde la capital a una región ultraperiférica de Europa, desde las sedes institucionales de las máximas magistraturas de España hasta la frontera marítima con el África noroccidental. A lo largo de las etapas de su periplo diagnosticó el drama humano que late en el fenómeno migratorio, planteó una doble exigencia de justicia – en los países de origen y en los de tránsito y destino – para abordar el marco ético y jurídico que regula las migraciones, ofreció criterios humanistas para las respuestas políticas e institucionales al reto de las migraciones, no dejó de insistir en el recorrido bidireccional de la integración, ni de precisar la misión específica de la Iglesia.
El encuentro de León XIV con migrantes y con quienes los acompañan, la escucha, el ejercicio de comprensión sobre las experiencias vitales, anclan la visión de conjunto sobre el fenómeno migratorio en la dignidad de personas de carne y hueso marcadas por el sufrimiento y la esperanza. A lo largo de sus intervenciones recorre la geografía de las migraciones que se valen de las rutas marítimas para atravesar las fronteras: se hace cargo de las situaciones humanas que impelen a salir de la propia tierra, cuando esta no ofrece alternativa o cuando se hace preciso exiliarse para poner la vida a salvo. Alude a la falta de paz y seguridad, al padecimiento de condiciones de vida indignas, a las desigualdades económicas, a los efectos de la crisis climática, al hambre, la persecución, la violencia y la corrupción que «roba el pan de los pobres»[12].
En un lugar tan hondamente simbólico como el muelle de Arguineguín, donde se valió de esta última expresión, el Papa alza la mirada hacia el océano, estremecido por historias que no se cuentan fácilmente ni se confían a cualquiera. Constata los peligros de rutas que convierten el Mediterráneo y el Atlántico en «cementerios sin lápidas», denunciando el altísimo coste que imponen. Y desde La Laguna, en Tenerife, con el corazón puesto en la pequeña isla de El Hierro, afirma no desentenderse de los muelles a los que llegan miles de personas arrancadas de su tierra y confiadas a la fragilidad de un cayuco, en los que desembarcan personas recuperadas del mar y cuerpos exánimes rescatados de las aguas. La mirada del Papa no expresa solo compasión, sino que denuncia las estructuras de pecado que deshumanizan las rutas migratorias. En Arguineguín señala a las redes criminales, traficantes y contrabandistas que ofrecen «cantos de sirena» y comercian con la vida humana como auténticas «industrias de muerte», aprovechándose de la desesperación y la vulnerabilidad.
La sacudida que produce la visión del mar y la intuición de lo que implica verse a merced de corrientes, vientos y oleaje, ayuda a releer mucho de lo que acontece en el país de tránsito o destino como un «segundo naufragio»[13], tal como indica en La Laguna. Con esta imagen transmite la situación de quien llega y se encuentra solo, sin raíces, sin lengua y sin vínculos, quedando expuesto a nuevas formas de explotación y al «silencio ensordecedor de la soledad»[14]. La profundidad de una mirada atenta a la dignidad ontológica de la persona, que «no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera»[15], mueve al Papa a reiterar una convicción madurada por la Iglesia a lo largo de los años: que el ser humano tiene derecho a permanecer en su propia tierra. Ello impone a las naciones de origen y a la comunidad internacional el deber de promover condiciones de justicia y desarrollo para que nadie se vea obligado a partir.
Y que el ser humano, cuando no encuentra las condiciones necesarias y suficientes para vivir en su propia tierra, debe verse reconocido el derecho a buscar futuro en otros lugares. Los discursos pronunciados por León XIV a lo largo de su viaje a España insisten en las migraciones forzadas por el miedo, la persecución o la necesidad económica, sin abordar directamente la migración voluntaria para ampliar horizontes vitales, prosperar. El carácter forzoso de tantos movimientos migratorios proporciona un sólido fundamento a la exigencia de regular vías legales y seguras que, entre otras consecuencias, evitan que los migrantes caigan en manos de las organizaciones criminales.
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De nuevo, atento a la dignidad humana y a las amenazas que sufre esta en las circunstancias que impelen a salir del propio país, en la imposibilidad de usar vías legales y seguras, en los peligros arrostrados en las travesías terrestres y marítimas, en la inhumanidad que muestran traficantes, tratantes, quienes explotan laboralmente o quienes ejercen formas muy diversas de violencia como agentes del Estado, el Papa reclama ante las Cortes Generales una respuesta política e institucional que vaya «más allá de la mera gestión de flujos»[16].
En ese mismo discurso apuesta por el multilateralismo y cooperación. Puesto que ninguna nación puede afrontar sola este desafío; es indispensable una respuesta coordinada, solidaria y eficaz en el marco de la cooperación regional. Apela a la grandeza de la ley, cuyo criterio es que pueda «comparecer ante la dignidad de la persona […] sin avergonzarse». Lo cual implica proteger a las víctimas y perseguir a quienes convierten el sufrimiento en negocio, exigiéndoles conversión y reparación. Así como mueve a adaptar las formas de protección: articulando, por ejemplo, procedimientos para la protección de menores, especialmente vulnerables al abandono, y para víctimas de trata, a quienes la Iglesia reconoce como personas «invaluables» frente a quienes les pusieron precio.
La atención de León XIV a las personas migrantes se prolonga más allá de las labores de salvamento y rescate, de primera acogida en la frontera. Cruzado el umbral, le importa la reconstrucción de un futuro, la vida nueva emprendida en lugares distintos al de nacimiento o de etapas vitales anteriores. El Pontífice honra los gestos solidarios que manifiestan una acogida respetuosa mediante los que la sociedad y las instituciones públicas reconocen al migrante como parte de la familia humana. Y no los concibe como una tarea secundaria, delegable en el voluntariado, sino imperativo para toda la sociedad y la Iglesia. Conviene dejar resonar las propias palabras del Pontífice cuando afirma en la plaza del Cristo de La Laguna que «la solidaridad nace del reconocimiento de la dignidad humana y supera toda concesión secundaria o simple obra de filantropía. Está llamada a comprometerse y a tomar forma de proceso. La acogida abre la puerta; la integración ayuda a cruzar el umbral. La asistencia coloca bálsamo en la herida y la integración reconstruye el futuro»[17].
El Papa alza la mirada para adentrarse más allá en las dinámicas migratorias, meditando sobre los procesos de integración. De nuevo, es mejor reproducir algunas de sus palabras pronunciadas en la plaza del Cristo de La Laguna antes de comentarlas: «Integrar no significa borrar la historia de quien llega ni exigirle que deje atrás todo lo que forma parte de su memoria. Tampoco significa crear mundos paralelos, cerrados unos a otros, donde las personas conviven sin encontrarse realmente. Integrar es un camino recíproco: quien llega aprende a habitar una tierra nueva, y quien recibe aprende a ensanchar su propia casa sin diluir su identidad ni cerrar el corazón al encuentro»[18].
La visión que León XIV transmite sobre la integración es coherente con la que asumió la Unión Europea en el número 1 de los «Principios Básicos Comunes para la Política de Integración de Inmigrantes en la Unión Europea», aprobados por el Consejo de la UE en noviembre de 2004: «La integración es un proceso dinámico y bidireccional de acomodación mutua por parte de todos los inmigrantes y residentes de los Estados miembros»[19]. Pertenece, de algún modo, al acervo jurídico-político común, al menos en Europa. No obstante, la mirada del Papa sobre la integración nace de la reflexión filosófica y teológica, a partir de la experiencia de encuentro entre migrantes y los miembros de las sociedades receptoras, de sus Iglesias locales, iluminada por la fe. En este sentido añade el Papa en La Laguna: «Toda sociedad que acoge tiene deberes hacia quienes llegan; y quien es acogido descubre también que la dignidad reconocida como derecho florece cuando se convierte en responsabilidad y deseo sincero de construir junto a los demás. Así, quien llegó como forastero puede reencontrar vínculos, reconstruir confianza y sentirse parte viva de una comunidad. Ésta es una forma preciosa de misericordia»[20]. Para la persona, el fruto último de los procesos de integración va en la línea de la comunión: formar parte viva de una comunidad.
El Papa quiere que la Iglesia siga ganando experiencia en humanidad conforme camina con los que sufren. Toda su reflexión está llena de alusiones a la «carne», sea tratando de la Encarnación del Verbo, como de una Iglesia llamada a tocar la carne de quien sufre, mendiga, experimenta angustia. En el mismo plano, quiere una Iglesia capaz de alzar la mirada hacia el Señor sin apartarla de quienes sufren. Mirando al Señor, aprenderá a mirar con sus ojos al hermano. Por supuesto, alienta a la Iglesia a volcar su caridad mediante la prestación de servicios y acompañando en procesos de inclusión social. Pero, mucho más, le anima a ser comunidad que anuncia a Jesucristo, que evangeliza; como una Iglesia que se deja evangelizar. De nuevo, es más valioso leer palabras pronunciadas por León XIV en La Laguna: «no podemos olvidar a tantos migrantes que, provenientes de Latinoamérica, de Filipinas y de otras latitudes, forman ya parte viva de la comunidad y, con su fe, su trabajo y sus dones, ayudan a renovarla. Déjense también evangelizar por ellos, pues seguramente traen consigo regalos que la Providencia ha querido hacer llegar a ustedes a través de quienes se integran. […] A los católicos quiero pedirles algo más: que la integración no quede reducida a una tarea social, por necesaria que sea. Quien llega a nuestras parroquias necesita pan, techo, lengua, trabajo y protección; y también debe encontrar una comunidad capaz de ofrecer, con el testimonio de la vida y de la palabra, caminos para conocer a Jesucristo, respetando siempre la conciencia y la libertad de cada persona. Evangelizar es compartir con respeto y humildad el tesoro que sostiene nuestra acción y nuestra esperanza. Una Iglesia que acoge es también una Iglesia que anuncia, ofreciendo a Cristo sin imponerlo y que, al mismo tiempo, recibe el Evangelio de manos de los pobres»[21].
Lo que el Papa quiere de la Iglesia va en la línea de lo que propone a la sociedad: formar comunidad, cultivando las dinámicas de comunión.
Una visión de conjunto
Las intervenciones de León XIV sobre migraciones durante su viaje apostólico a España dejan traslucir el esquema de las «dos ciudades», que recorre toda su encíclica Magnifica humanitas: Sí, se trata de la tensión fundamental, teológica y social, entre Babel y Jerusalén, dos modelos de construcción humana que se reflejan con crudeza en la realidad de las migraciones actuales.
El Papa identifica Babel con el «proyecto de dominio» y la arrogancia de una humanidad que busca la estabilidad mediante una uniformidad que elimina la diversidad, sacrificando la dignidad de las personas con el pretexto de la eficiencia e idolatrando el lucro[22]. En el contexto migratorio que el Papa contempla en España, Babel se manifiesta eminentemente en las monstruosidades de las mafias, traficantes, tratantes: las «industrias de muerte» que especulan con la desesperación; o quienes someten a los migrantes a explotación laboral. Solo que Babel también deja asomar su rostro en la indiferencia de una sociedad que permite que los mares se conviertan en «cementerios sin lápidas», y en políticas que reducen al migrante a un mero expediente o dato estadístico, haciendo abstracción de su dignidad, tratándolo como mercancía. La lógica de Babel provoca, en el país de destino migratorio, los «segundos naufragios» de la soledad y la exclusión de personas privadas de vínculos, víctimas de una «cultura del descarte» ansiosa por lograr una homogeneización que deshumaniza.
El «camino de Nehemías» para edificar la Jerusalén renovada no impone soluciones desde arriba, sino que alienta la reconstrucción del tejido social «pieza por pieza»[23] mediante la responsabilidad compartida y el concurso de personas diversas. En los discursos del Pontífice, Jerusalén cobra vida en la «conversión de la mirada» que se adquiere en los muelles de Arguineguín, donde el rescate y la asistencia no son simples tareas administrativas, sino parte de la «dramaturgia de la salvación»[24] en la que llegamos a reconocer en el otro a un hermano. La humanidad aporta a la construcción de la «nueva Jerusalén» – en último término, don de Dios bajado del Cielo – mediante gestos pequeños de acogida —pan, techo y escucha— que transforman la diversidad en un recurso y en una «posibilidad luminosa»[25] de enriquecimiento mutuo. Jerusalén se manifiesta plenamente en los procesos de integración que impiden el aislamiento, convirtiendo al «extranjero de ayer» en el vecino corresponsable de hoy y permitiendo que las «piedras desechadas» por el sistema —los pobres y migrantes— se conviertan en las piedras angulares de un hogar común sólido y hospitalario. Mientras Babel se cierra en narrativas divisivas y polarizaciones que pueblan el mundo de enemigos, Jerusalén cultiva una «comunión que sana fracturas»[26], que revela el carácter sinfónico de la verdad, el amor como único lenguaje que logra que todos se sientan en casa.
En última instancia, León XIV nos recuerda que la elección entre estas Babel y Jerusalén comienza en el corazón de cada persona, instándonos a ser constructores de la civilización del amor frente a la tentación de una nueva Babel deshumanizada. Y, en Jerusalén tuvo lugar el acontecimiento de Pentecostés, la efusión del Espíritu Santo en la que cada uno de los presentes, peregrinos venidos de lugares tan diversos dentro del imperio romano y más allá de sus confines oyó a los apóstoles hablar de las grandezas de Dios en su propia lengua. Sí, las migraciones también nos colocan, como sociedades y como Iglesia, ante la opción fundamental por ilusiones engañosas o por la vida verdadera.
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Durante la homilía de la Misa celebrada en Lampedusa, León XIV agradeció los gestos de acogida de los habitantes de la isla y se refirió al papel de Europa, pidiendo una visión estratégica y a largo plazo sobre el fenómeno de las migraciones; afirmó: « Europa tiene la capacidad —en esta área— de afrontar la crisis de modo orgánico, insertando los primeros auxilios en un plan estratégico de larga duración, que sea capaz de acoger, proteger, promover e integrar a los migrantes y, al mismo tiempo, trabajar por el desarrollo, de tal forma que nadie se vea obligado a emigrar. Todo esto velando por el respeto de la dignidad de cada persona. Es un deber de las instituciones públicas, pero también de toda la sociedad civil y de la Iglesia» (https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/homilies/2026/documents/20260704-lampedusa-messa.html). ↑
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Los discursos y las imágenes del viaje apostólico en España pueden consultarse en: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/travels/2026/documents/spagna-6-12giugno2026.html ↑
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León XIV, Audiencia general, 17 de junio de 2026. ↑
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Id., Encuentro con los miembros del Parlamento español, Congreso de los Diputados, Madrid, 8 de junio de 2026. ↑
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Id., Encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático, Palacio Real, Madrid, 6 de junio de 2026. ↑
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Benedicto XVI, Discurso al Parlamento federal, Berlín, 22 de septiembre de 2011. ↑
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Cf. León XIV, Encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático, cit. ↑
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Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 1. ↑
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Cf. León XIV, Encíclica Magnifica humanitas (MH), 15 de mayo de 2026, n. 2. ↑
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Id., Encuentro con las realidades de integración de los migrantes, Plaza del Cristo de la Laguna, Tenerife, 12 de junio de 2026. ↑
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Ibid. ↑
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Id., Encuentro con las realidades de acogida de los migrantes, Puerto de Arguineguín, Las Palmas de Gran Canaria, 11 de junio de 2026. ↑
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Id., Encuentro con las realidades de integración de los migrantes, Plaza del Cristo de La Laguna, Tenerife, 12 de junio de 2026. ↑
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Id., Vigilia de oración, Estadio Olímpico Lluís Companys, Barcelona, 9 de junio de 2026. ↑
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Id., Encuentro con las realidades de acogida de los migrantes, cit. ↑
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Id., Encuentro con los miembros del Parlamento español, cit. ↑
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Id., Encuentro con las realidades de integración de los migrantes, cit. ↑
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Ibid. ↑
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Unión Europea, Principios básicos comunes de la política de integración de los migrantes de la Unión europea, 19 de noviembre de 2004. ↑
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León XIV, Encuentro con las realidades de integración de los migrantes, cit. ↑
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Ibid. ↑
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Cf. MH 90. ↑
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Ibid. ↑
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Id. Encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático, cit. ↑
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Id., Encuentro con la comunidad diocesana, Estadio Santiago Bernabeu, Madrid, 8 de junio de 2026. ↑
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MH 8. ↑
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