Biblia

«Devuelvan al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios»

El dinero del tributo (1782), John Singleton Copley, Royal Academy of Arts, Londres.

Los fariseos se pusieron de acuerdo para hacer que Jesús cayera en una trampa con alguna de sus afirmaciones. Enviaron a sus discípulos con los partidarios de Herodes para decirle: «Maestro, sabemos que eres sincero, que enseñas con fidelidad el camino de Dios y no te dejas influir por nadie, porque no te fijas en la apariencia de la gente, dinos qué te parece, ¿es lícito o no pagar el tributo al César?». Jesús, conociendo la maldad de ellos, les contestó: «¡Hipócritas! ¿Por qué me ponen a prueba? Muéstrenme la moneda con la que se paga el tributo». Ellos se la mostraron, y él les preguntó: «¿De quién es esta imagen y esta inscripción?». «Del César», le respondieron. Entonces Jesús les dijo: «¡Devuelvan al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios!». Al oír esto, ellos se quedaron admirados, lo dejaron y se fueron (Mt 22,15-22).

El problema que le plantean a Jesús es claramente una provocación. Israel estaba dominado por el Imperio romano, por lo que los judíos debían pagar el tributo al emperador. Esto constituía para ellos no solo una humillación, sino también un problema religioso. ¿Cómo podía el pueblo de Dios, «su preciada posesión» (Dt 7,6), pagar un tributo a un extranjero? Por desgracia, las consecuencias para quienes no lo pagaban eran dramáticas, por lo que, a regañadientes y contra su conciencia, se sometían.

El problema, sin embargo, es una ocasión para poner al Señor en aprietos y denunciarlo. Si responde que hay que pagar el tributo, se pone del lado de los romanos y en contra del pueblo; si, por el contrario, dice que no hay que pagarlo, es un subversivo y puede ser acusado ante la autoridad romana.

Jesús responde, pero no cae en la trampa ni tampoco elude el problema. Sabe bien que la relación con el poder es un ámbito delicado y que siempre ha sido un terreno minado, por lo que pregunta cuál es la moneda del tributo. Le muestran el denario con la imagen del emperador y la inscripción «pontifex maximus». Según una interpretación rigurosa de Ex 20,4, una imagen que diviniza al emperador constituye idolatría. Y más grave aún es el hecho de que se encuentren en el patio del Templo (cf. Mt 21,12-14), donde no pueden circular las monedas romanas (por eso había cambistas).

Si tienen la moneda del César, es señal de que la utilizan para sus negocios. Por tanto: «Devuelvan al César lo que es del César». Si se benefician de las ventajas del Imperio romano (protege el comercio, construye y mantiene las carreteras, defiende las fronteras, regula la administración, etc.), es justo «devolver» [no «dar», como se dice a veces] al César lo que es suyo.

Sin embargo, Jesús no se limita al ámbito civil, sino que entra de lleno en el problema religioso: ¿qué le corresponde al César si todo es de Dios? «A Dios hay que devolverle lo que es de Dios». Todo lo que existe es de Dios: el cielo y la tierra y, sobre todo, el ser humano, su corazón, su vida. Pero el Señor no es un propietario, sino que regala todo a sus hijos. Su poder y su omnipotencia se manifiestan en la misericordia, el perdón, el servicio y el amor. A él se le debe la obediencia a su voluntad, la fidelidad a sus mandamientos y el amor al hermano. Esto también pone límites a lo que corresponde al emperador: al César, por ejemplo, se le debe respeto, pero no se le debe ningún culto religioso.

La pregunta sobre el tributo, por tanto, encierra otra pregunta aún más provocadora: ¿Eres o no eres el Mesías? ¿Aquel que debe liberarnos de la opresión de los romanos? La pregunta se refiere a los judíos de entonces, pero también está dirigida a nosotros. Jesús sí es el Mesías, pero no el que se esperaba: no ha venido a combatir a los romanos, sino a liberarnos del pecado y del mal, de la desesperación y de la muerte. Y a recordarnos que «somos de Dios, somos suyos»: él es nuestro único Señor.

Papa León XIV: «La misión de la Iglesia se realiza también al contribuir a la construcción de la ciudad terrenal. Sin embargo, sus métodos y su finalidad no son principalmente de carácter político, sino que consisten en el testimonio de la fe y de la caridad, junto con el compromiso por la justicia, la paz, la fraternidad»[1].

  1. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/audiences/2026/documents/20261007-udienza-generale.html ↑

Giancarlo Pani
Es un jesuita italiano. Entre 1979 y 2013 fue profesor de Historia del Cristianismo de la Facultad de Letras y Filosofía de la Universidad de La Sapienza, Roma. Obtuvo su láurea en 1971 en letras modernas, y luego se especializó en la Hochschule Sankt Georgen di Ffm con una tesis sobre el comentario a la Epístola a los Romanos de Martín Lutero. Entre 2015 y 2020 fue subdirector de La Civiltà Cattolica y ahora es escritor emérito.

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